lunes, 29 de septiembre de 2008

No sólo de pan… y vino

Ha pasado una nueva entrega del Premio Nacional de Literatura, quizás la premiación más vilipendiada de la historia de nuestro país, de nuestro simpático y particular país. Condecoración que genere y haya generado más pelotera, hay pocas, por no decir ninguna. La maquinaria de prensa, tal como hay que reportear a la primera guagua que nace segundos después de las 12 de la noche del 1 de enero, o (para ponernos a tono con el mes) dónde está la mejor empanada de pino del dieciocho, así también se reportea a la nómina de candidatos a la medallita y sus respectivos méritos. Muchos van más allá y se encargan, como diligentes sabuesos, de inducir la cuña encendida del enemigo de algún nominado –siempre los hay-, o de las viudas de algún obliterado –siempre injustamente-, por las autoridades de turno. Ruido, inevitablemente. En fin, una chimuchina que a los primeros que aburre es a los propios candidatos, quienes todos los años deben soportar (con un estoicismo envidiable, a estas alturas) el puntudo llamado telefónico, el mail indiscreto, el café con el reportero de turno, quien, con discutible entusiasmo, va en busca de la papa caliente, de la cuña que saque ronchas, de los sempiternos balazos contra el medio cultural y literario, de la polémica efectista.
Con estos archiconocidos antecedentes sobre la mesa, se entregó el galardón máximo de las letras nacionales a Sergio Efraín Barahona Jofré, ciudadano chileno que es algo más conocido por su nom de plume, Efraín Barquero (Curicó, 1931). Primero, lo primero. ¿Es merecido este premio? Sí, lo es. La poesía de Barquero, por trayectoria y calidad, lo merece. Pero ahora ¿hay alguno de los aspirantes habituales que no lo merezca, si es que el premio se otorga basado fundamentalmente en la trayectoria? Difícilmente. Una mejor imagen de esta presea, antes que el gallinero que muchos sacan a colación, es la de la sala de espera. Ahora hicieron pasar al despacho a Barquero, le dieron su diploma, su pensión vitalicia, y ya está. Tarde o temprano serán Óscar Hahn, Carmen Berenguer, y muchos otros, que siguen en la sala, aguardando, escribiendo, leyendo el diario, etc.
Las editoriales, importantes e infaltables figurines en este baile de máscaras, coordinan el paso doble con novedades en función del momento en que se vaya a otorgar el estímulo. En este caso, LOM aporta “El pan y el vino” (y demuestra un interesante, aunque incompleto rediseño, pues la diagramación interior y el papel son los mismos, de la prolífera colección “Entre mares”), el último poemario del vate radicado en Marsella, quien en esta edición echa mano a unos elementos que son casi marca registrada en la estética de Barquero, como el pan, el vino, la tierra, la familia, y la santificación y glorificación en el lenguaje de las ceremonias domésticas; tópicos que le han valido dudosos motes como “el poeta de la tierra”; esto porque quedarse con estos pocos signos es no hacerle justicia a un autor bastante más prolífico, y con una escritura que ha recorrido hartas más estaciones que estos banquetes con pan, vino y tierra. Sólo una muestra de la hermosa poesía que hay en “El pan y el vino”: “siempre hay alguien más que nos mira/ es el extraño que al cruzar/ como si hubiera olvidado algo que fue suyo en la infancia/ como si quisiera recobrarlo al verte comer con tanta inocencia una manzana”.
Barquero tiene una poesía mucho más rica de lo que se ha hecho ver, no es heredero ni mentor de nadie, no es continuador ni gurú de generación. Las ceremonias y ritos de Barquero, esas engañosas simplicidades, ¿no son acaso más cercanas a los “hombres, gente de polvo y de toda especie” del épico y esencial Saint-John Perse, que a un prócer latino del Canto General nerudiano o de algún “recado” mistraliano? Es más, ¿acaso versos como los arriba mencionados, no son más parecidos, al empático Pink Floyd (miren a dónde fuimos a parar) de temas como “Echoes” antes que a cualquier poeta chileno?
Este comentario se escapará por la tangente y le señala a usted, querido lector, que descubra la poesía de Efraín Barquero (empiece por la antología editada por el propio sello LOM), que no recibió el Premio Nacional porque le tocaba (bueno, en cierta medida sí), sino porque es un gran y genuino poeta que, aunque suene medio escandaloso, aún hay que descubrir.


Efraín Barquero
“El pan y el vino”
LOM, Santiago, 2008, 63 páginas.




*Publicado originalmente en El Periodista N° 157, 26 de septiembre de 2008

martes, 9 de septiembre de 2008

Las cajas chinas de Lihn

En los últimos años, la industria editorial chilena ha convertido a la obra de Enrique Lihn (1929-1988) en una especie de set de cajas chinas. Cada vez que se destapa un nuevo libro de Lihn, aparece otro que estaba guardado, que estaba oculto. Ya en poesía, las ediciones de la Universidad Diego Portales y otros sellos, como Universitaria, se han encargado de renovar y repoblar el bosque literario con esos milenarios robles lihneanos, que son lo mejor de nuestra foresta poética. En ensayo LOM publicó hace un tiempo ya, el importantísimo “El circo en llamas”, la recopilación de crítica literaria de Lihn, editada por Germán Marín.
La contraparte del “circo” hoy es “Textos sobre arte”, editado por el antedicho sello de la UDP, y que pone al alcance del lector la crítica sobre arte que el autor de “La pieza oscura” realizó durante más de tres décadas, hasta poco antes de morir. La sobria, elegante y contundente edición, a cargo de Adriana Valdés y Ana María Risco, es, como lo señalan las propias editoras, “un texto esperado” (anunciado como una especie de “Pedrito y el lobo” por Pedro Lastra y la propia Ana María Risco), pero además es un texto importante, quizás como todo lo que produjo Lihn a lo largo de su variado trabajo escritural, que en esta ocasión nos devela además a un autor bien preocupado sobre el cine, un agradable plus que ennoblece el conjunto. Cabe señalar también que este libro es el primero de la colección “Pensamiento visual” de las Ediciones UDP, las que siguen creciendo con singular empuje.
Los artículos compilados en “Textos sobre arte” dan cuenta de un observador agudo, pero que no complaciente con la labor artística reseñada. Enrique Lihn no es un voyeur medio extasiado o medio adormilado por la gracia etérea del arte observado o un espectador hiperventilado por estar en el epicentro del arte chileno (algo tan cool que marea a varios), ni mucho menos. Lihn se pone el overol y trabaja lo que mira, lo trabaja con la mente, lo acomete por todos los costados. Como resultado, obtenemos un corpus agresivo, pero asertivo, detallista y concienzudo, compuesto en un período histórico muy particular, tensionado y oscurecido en uno de sus tramos (huelga decir cuál). Lihn, como un animal social tremendamente adscrito a sus circunstancias, absorbe y refleja esas tensiones. Los lenguajes de una época son desautorizados posteriormente, lo que otorga otro valor al libro, el ser una bitácora formativa del Lihn crítico, donde varía el tono –impetuoso y arrojado en un inicio, escéptico y algo burlesco de sí mismo hacia al final, como no podía ser de otra forma con Lihn-, porque la agudeza es denominador común de todo el conjunto. Este libro es, entre tantas cosas, la entrada en gloria y majestad de Enrique Lihn al cuadro mayor de los analistas de arte en Chile, esto porque ahora estos textos tienen un domicilio conocido, al que mucho podrán (y ojalá debieran) asistir. Antes que circular en un circuito reducido, conocido por una cierta elite, hoy estos escritos son parte de un dominio público que los pone a mano. De seguro no será la última novedad editorial que surja sobre el autor, pues este 2008 señala el vigésimo aniversario de su desaparición, pero será difícil que sea de igual calibre que esta artillería pesada del pensamiento de Enrique Lihn.


Enrique Lihn
“Textos sobre arte”
Ediciones UDP, Santiago, 2008, 563 págs.






*Publicado originalmente en El Periodista N° 156, 9 de septiembre de 2008

viernes, 22 de agosto de 2008

La Revolución, güey

Del escritor mexicano Carlos Fuentes (nacido en Panamá en 1928 por la labor diplomática de su padre en ese país) se pueden decir unas cuantas cosas, muchas de ellas ampliamente sabidas. Un ejemplo, que es una de las figuras centrales del llamado boom latinoamericano, quizás el primer fenómeno literariomarketinero de la historia de las letras latinoamericanas.
Pues bien, debate aparte, Fuentes (que este año celebra su octogésimo cumpleaños) es el autor de "La región más transparente", uno de los libros clave del período, y de la narrativa en lengua española de la segunda mitad del siglo XX, y que hoy, tras cumplir medio siglo de vida,es reeditado por Alfaguara. Este libro, ambientado en el DF de los años posteriores a la sabrosísima Revolución Mexicana, que entre 1910 y 1920 se erigió como el primer evento insurrecto en la historia del subcontinente, proceso que Fuentes utiliza para hacer lo que mejor hace en su escritura, dibujar la cara de una nación, auscultar la biografía panorámica de una sociedad, mediante la revisión del mito y la configuración de los símbolos representados por sus personajes, los que no son solamente las personas, sino también lo son ambiente y la urbanidad de la capital mexicana. Un retrato latinoamericano, profuso de lenguaje y floritura pintoresca, tan seductor en el Viejo Mundo, donde fueron catapultados a la fama escritores como Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, el propio Fuentes y nuestro José Donoso.

Fuentes, mediante una estructura fragmentada arma un rompecabezas tal como se estilaba en los años de su mayor esplendor (baste recordar a Cortázar y su Rayuela eterna), un rompecabezas cuyas piezas conforman un puzzle multifuncional, de crítica a la sociedad mexicana apelando al presente revolucionario de la obra y al pasado imperial azteca, contraponiendo realidades subjetivas y objetivas, que configuran la pieza maestra del autor de La muerte de Artemio Cruz.

Hoy esta novela renace gracias a la editorial Alfaguara, que ha ido incluyendo en su catálogo de autores a varios representantes del boom,como lo es Fuentes, o bien el niño mimado del sello, el siempre candidato al Nobel, el peruano Mario Vargas Llosa. Publicar a Carlos Fuentes no es una apuesta, es una certeza, es un número puesto en un catálogo de lujo, y un siempre exitoso elemento para mantenerviva una identidad continental.




Carlos Fuentes

“La región más transparente”

Ed. Alfaguara, Buenos Aires, 2008, 554 págs.



*Publicado originalmente en El Periodista N° 155, 22 de agosto de 2008

viernes, 8 de agosto de 2008

El sujeto que enloqueció de amor

La imagen que el chileno de a pie (y también el que no) tiene de Pablo Mackenna (Santiago, 1969) es la de un figurín televisivo mordaz, lenguaraz y audaz, impertinente, osado, sin pelos en la lengua y que en más de una ocasión se ha metido en problemas con la autoridad, convirtiéndose en el comidillo de la prescindible prensa de farándula y ganándose una carcelaria saison en enfer (de la que se sacó provecho editorial, por cierto, dado el personaje y dado su tormento). Sin embargo, detrás de ese tarambana de abolengo, ese calavera disipado con estudios en encopetadas universidades de Chile y Europa, muy pocos sospechan que se encuentra un poeta sensible con más de un libro a cuestas y con una razonable dosis de capacidad como para transformar esa sensibilidad en poesía.
Hoy es la editorial Pehuén la que brinda al público “Anatomía del amor perfecto”, libro que sigue a “Papas cocidas” (2001) que poca resonancia crítica obtuvo (salvo por un comentario encargado por cierto medio online a Armando Uribe, de seguro con afán más morboso que literario).
Por un momento hagamos un saludable ejercicio, posible, pues la poesía es a prueba de biografías. Dejemos totalmente de lado que el autor es un personaje de televisión (no de la mejor, lamentablemente) y concentrémonos en el texto. Pues bien, digamos que “Anatomía…” da cuenta de que su autor maduró desde los poemas de “Papas cocidas”, ha pulido su arte, ha trabajado su palabra (cómo no, si el anterior volumen concentraba poemas adolescentes) y logra hilvanar poemas donde la imagen logra configurarse como debe ser, esto es, a partir de un lenguaje dominado y trabajado, con un tono más subido, divisando por momentos la fatuidad y cierta altisonancia.
Si bien sus temas no son originales (culos, colegialas y jumpers ya fueron abordados por un desternillante y más suelto Bertoni) Mackenna hace un ejercicio primero de sinceramiento de pulsiones y luego de un análisis, de dibujo, de descripción de todo lo que lo mueve; no es un adolescente cachondo, sino un sujeto que viene de vuelta, que ha pasado por el lejano oriente, y que sin amainar sus apetitos, puede hacer de ellos poesía más elaborada, aquilatada, sosegada al recuerdo de haber caído en lo más negro; esto se nota en poemas como “¡guarda con el telón!”: “algo nos traíamos entre manos/ y de tanto echar los dados/ contra el tablero vuelto de la infamia/ caímos heridos, aplastados/ pobres demiurgos, roto el espinazo/ bajo el peso muerto/ del telón púrpura del cielo”.
El libro se abre con el poema “Anatomía del abrazo perfecto”, que escapa a la norma del resto del volumen, puesto que se destierra el yo y comanda todo una voz externa que logra desembarazarse de la carnalidad que abunda en el libro. Ejercicios como aquél son los que denotan primero que Mackenna posee en su ADN el cromosoma Parra, presente en los poetas chilenos de este tiempo, y luego, que su poesía brilla cuando escapa a la calentura, gana su palabra cuando cede la erección y el reposo ayuda a la reflexión.
Hoy “Anatomía del amor perfecto” (si es que existe tal amor) es un mélange de sensibilidad y destemplanza, una batalla en que asoman imágenes balanceadas y correctas entre tetitas y ombligos. Hay esperanza en la poesía Pablo Mackenna, si es que con el tiempo seguirá la depuración su palabra. Si es que en el futuro continúa el proceso de destilación poética, a partir de una cachondez tan humana como su autor, hay esperanza.

Pablo Mackenna
“Anatomía del amor perfecto”
Pehuén editores, Santiago, 2008, 101 páginas.


*Publicado originalmente en El Periodista N° 154, 8 de agosto de 2008

viernes, 25 de julio de 2008

Mortalmente parecidos

En el año 2003, el periodista Pablo Basadre publicó en el diario La Nación, un reportaje titulado “El Salieri de Teillier”, en el que los dardos apuntaron al poeta antologador y docente nacional Francisco Véjar (Viña del Mar, 1967). En el artículo se detalla la devoción que Véjar profesaba por el vate lautarino, a tal punto que, según relatan los entrevistados de la nota, el primero imitaba al segundo hasta en su enfermiza forma de beber. Comentarios como los que se reproducen en la nota fueron, de seguro, el motivo por el cual Francisco Véjar ha optado por mantenerse oculto, silencioso, alejado de un ambiente en el que no poco ruido se hizo en su nombre. Un ejemplo de lo anterior fue la “Antología de poesía joven chilena” de 1999, donde Véjar recibió más de algún palo tanto cuando la publicó y cuando la reeditó años después; pero, cabe señalar, por los mismos motivos que otros compiladores poéticos (como Raúl Zurita o Julio Espinosa Guerra), es decir, criterios de selección, la inclusión de algunos, la exclusión de otros, etcétera.
Más allá que el artículo antes mencionado se desvanecerá con el tiempo, como pasa con toda la chimuchina anecdótica que rodea la vida de los escritores, hoy está “La fiesta y la ceniza” (Ed. Universitaria, 2008) última entrega de Véjar. Antes de entrar al texto, cabe destacar la excelente edición a cargo del tradicional sello y su colección “El poliedro y el mar”, bien cuidada, realizada con excelentes materiales, con una diagramación y tipografía muy agradables a la vista, con orden, sobriedad y calidad.
Pasemos al texto. Si bien no es la idea seguir mentando la cercanía entre Francisco Véjar y Jorge Teillier, la lectura de este libro da más de un ejemplo de que la escritura del autor de “Canciones imposibles” sigue nutriéndose bastante de la poesía de Teillier. El parecido es evidente. Incluso Véjar dedica poemas a los mismos poetas que admiraba Teillier, como René Char y René Guy-Cadou. Hasta el título de este volumen suena parecido al de Teillier, “El Molino y la higuera”. Se habla en literatura del “parricidio”, de “matar” al padre literario, superar sus influencias y sacar la propia voz. Pues bien, varios pasajes de “La fiesta y la ceniza” evidencian que Francisco Véjar aún tiene esa asignatura pendiente. Por otro lado, el libro es prologado con una nota preliminar de Pedro Lastra, que es idéntica a una publicada en la revista “Pluma y Pincel” en abril del 2006 a propósito de “Bitácora del emboscado”, pero en esta ocasión fue reciclada toscamente, reemplazando donde dice “Bitácora del emboscado” por “La fiesta y la ceniza”. Un ejercicio no muy digno que digamos.
Con todo, hay poemas de buena factura, donde un tono melancólico, lento, transitorio, se evidencia con imágenes en las que Véjar escribe, se escribe y se refugia. Su palabra no es grandilocuente, destemplada o enrevesada por símbolos, sino que es la referencia a la simpleza, a lo inmediato, a lo próximo, sensibilidades a la manera de Efraín Barquero y… Jorge Teillier. Todos estos son rasgos que se repiten en las obras pasadas de Véjar, imagen tratada con sutileza, con jazz y playas semivacías; de hecho Véjar recorre sus obras pasadas en este libro, como “El emboscado” y “País insomnio”, convirtiendo a este libro en una especie de antología, si no de poemas, sí de sensibilidades. Una muestra es “Paráfrasis de Jean Tardieu”, también incluido en “Bitácora…”: “Tiemblo al nombrar las cosas/ Pues cada una toma vida/ Y muere en el instante/ En que escribo.// Yo mismo desaparezco/ Como las cosas que señalo/ Dentro de este fuerte tumulto/ De ruidos y gritos”.
La poesía de Francisco Véjar es singular. Tiene referentes claros e identificables, pero avanza con un claro cometido: hacer poesía de lo que nos rodea y nos define, nada más ni nada menos.


Francisco Véjar
“La fiesta y la ceniza”
Ed. Universitaria, Santiago, 2008, 91 págs


*Publicado originalmente en El Periodista N° 153, 25 de julio de 2008

viernes, 4 de julio de 2008

Poesía de baja autoestima

“Higiene” es el título del segundo poemario de Ernesto González Barnert (Temuco, 1978), joven poeta que ha recibido connotados galardones, becas y reconocimientos, poniéndolo como un nombre destacado y más que respetable entre los jóvenes versificadores. Hoy “Higiene” llega a las librerías de la mano de un sello especializado y consolidado en lo que se refiere a poesía joven, Ediciones del Temple, que recientemente ha logrado mantenerse por el sorprendente período de una década publicando poesía. Todo un ejemplo, quizás un récord, de todas maneras encomiable.
Volviendo a “Higiene”, algunas lecturas de los poemas del libro nos dejan cosas en evidencia. La primera de ellas es que el autor domina el lenguaje, echando mano con razonable destreza a un castellano castizo y aparentemente empolvado, de palabras grandes, altisonantes, dando cuenta, al mismo tiempo, de que la poesía joven es diversa y rica en vertientes y formas. Aunque temáticamente González Barnert prueba ser un epígono de Enrique Lihn (como la inmensa mayoría de los vates chilenos jóvenes), el autor hace un esfuerzo de desmarcarse de lo simple o lo vulgar, instalándose idiomáticamente en una zona más cercana a los Rosenmann-Taub, es decir, de trabajo de la palabra y de enriquecimiento del habla de la tribu.
Todo este sustancioso armazón semántico es utilizado por el poeta para transmitirnos el tema que cruza todo el libro, la precariedad, la miseria que encierra la vida del poeta y del ejercicio poético per se. Hay que señalar que el tema no es nada nuevo ni original, pues en nuestra historia poética nacional (Lihn et al.) ya más de uno se ha encargado de poner al bardo en el último nivel del escalafón literario, al mismo rebajándolo a la categoría de ser abandonado a su suerte, que se desvive por un oficio a todas luces inútil, dudoso –y que hace sudar tinta china-, pero irrenunciable, curiosamente.
González Barnert recorre una vez más ese camino, y nos hace llegar un poemario con una autoestima lastimosa, una composición plena de una poesía de alto vuelo, que nos dice que el poeta y su labor no se sostienen en sí mismos, pero que a la vez no es posible “decirle no al ejercicio”. Así, las páginas de “Higiene” nos presentan copiosas referencias a lo anterior, en “sucios legajos”, “erráticas glosas” o “frágiles correrías”, ante las que se ruega disculpar, poniendo al poeta no sólo como un ser frágil, sino que más encima culpable. La construcción de estos versos nos deja claro que el autor demuestra tener dos características esenciales para un feliz desempeño literario: lecturas atentas y dominio sobre la herramienta esencial: el lenguaje, sus múltiples figuras y sus casi infinitas posibilidades.
En este libro hay versos e imágenes de muy buena factura que nos abren el apetito respecto de la futura poesía de Ernesto González Barnert. Si se permite la analogía gastronómica, “Higiene” es como un bistec a lo pobre, bien presentado, bien preparado, con sabrosos ingredientes y aderezos; pero ya sabemos de antemano de qué va el bistec a lo pobre, y si nuestra dieta se compone sólo de bistec a lo pobre, corremos el riesgo de terminar odiando el bistec a lo pobre, lo que sería injusto para con el chef, así como para con el propio bistec a lo pobre.
Solamente hace falta una apertura temática, un nuevo fondo, superar el conocido solipsismo doloroso del poeta que escribe sobre la poesía y sus bemoles, que sienta a la belleza en sus rodillas, la encuentra amarga y la escupe en su texto. Si bien es ya sabido que, tarde o temprano, los poetas caen en la autoevaluación de su oficio y su irresoluto lugar en el mundo, es un estadio que se debe superar, con mayor razón con autores como González Barnert que demuestran pasta y talento para algo grandemente superior que un mero bistec a lo pobre, delicioso, pero bistec a lo pobre al fin y al cabo. Estaremos siguiendo atentamente las próximas entregas del autor, que seguro dará que hablar, y cambiará las “asociaciones” por una “reputación” sólida, pues “la verdad está llena de muchachos sin talento”, pero Ernesto González no es uno de ellos.


Ernesto González Barnert
“Higiene”
Ediciones del Temple, Santiago, 2008, 81 págs.



*Publicado originalmente en El Periodista N° 152, 4 de julio de 2008

viernes, 20 de junio de 2008

Fiesta, drama y derrota

Lo más cercano a una Frida Kahlo que podemos tener en Chile es Violeta Parra, pero cerquita está Cecilia Vicuña (Santiago, 1948), quien hoy se acerca a las seis décadas de existencia, pero que en 1973 era una más de los miles de jóvenes, que con los pechos insuflados de una esperanza revolucionaria y renovadora, un deseo que bordeaba la quimera, y que no dejaba de asustarse con la creciente amenaza del derrocamiento del gobierno de la Unidad Popular.
Esa inocencia, esa candidez y la ciega creencia en un proyecto político que fracasó estrepitosa y dolorosamente, quedan reflejadas en “Sabor a mí” (Ediciones UDP, 2008), libro-objeto de la versátil artista, cineasta y poeta nacional. Este texto tuvo dos versiones previas y fallidas, la primera iba a ser publicada por la PUCV en 1970, por encargo del poeta Alfonso Alcalde, pero los versos muy subidos en el tono erótico truncaron la aparición del libro, que intentaría volver a aparecer en Londres en 1972 e incluiría sus objetos y pinturas, pero la muerte de Salvador Allende postergó ese proyecto para dar paso a la tercera versión, que reedita las Ediciones UDP, y que puede ser visto desde variados ángulos, como un diario de vida, como el termómetro social del momento, como un libro de poemas, como un objeto de arte, un tour de force de alguien que padeció (decir “vivir” es quedarse corto) esa época, o como se prefiera.
La candidez, en ningún caso azarosa, antes mencionada se ilustra en varios pasajes del libro, entre ellos en las primeras frases del “Texto del cuaderno café”: “Durante 3 años (sept 1970-1973) Chile fue el lugar más extraordinario de la tierra (con excepción de Cuba y China”, señala Vicuña antes de explicitar que este volumen constituiría su propia lectura de la atribulada sociedad de ese momento, donde gran parte de la actividad artística se transformó en proselitismo de Estado, y los artistas en meros funcionarios del gobierno de turno. Pero quedarse en lo político (tentación grande) es errar el camino, pues como todo lo que hace Cecilia Vicuña, el arte es su raison d’être, imprimiendo “magia y revolución” a su proyecto artístico, a la sazón (septiembre de 1973) en desarrollo en Londres, becada por el Consejo Británico.
La contraportada de este volumen estipula de que “Sabor a mí” es el inicio de la trayectoria poética de Cecilia Vicuña, y se alude también a su deseo y potencia creadora. Sin duda es con eso con lo que nos encontramos en este libro, con una fuerza pura, casi en estado de gracia, imperturbable e insobornable, nunca a medias tintas; fuerza que ha hecho pasear a la artista por diversos lugares de Estados Unidos, Europa y Latinoamérica, dando clases y exhibiendo su obra, y que ha generado más de dos decenas de libros de poesía repartidos por todo el globo, amén de ese entusiasta y proverbial proyecto artístico-literario llamado la Tribu No, que se propuso romper los cánones, y lo logró en más de una ocasión, por ejemplo con la instalación “Otoño” (rebautizada “Salón de otoño” por Nemesio Antúnez, director de Museo Nacional de Bellas Artes, por esas épocas), registrada en el libro, que fue, dada su factura y formato (el “libro o objeto” o “libro de artista”), también profundamente revolucionario, original y pionero en su época.
Pero no nos olvidemos de los poemas, pues este “Sabor a mí” no es sólo plástico. La poesía contenida en este volumen también nos da cuenta de que Cecilia Vicuña mantiene un lenguaje y temas quizás cándidos, pero honestos y sin dobleces –como en los poemas que dedica a su amor de entonces, Claudio Bertoni-, y aunque también es un poco deudora de la gran tradición poética parriana, con el lenguaje coloquial y otros síntomas antipoéticos clásicos, sí se desmarca con el sabroso condimento erótico, con cierta dulzura de la iniciación adolescente, que puso colorado a los funcionarios universitarios porteños en 1970.
La aparición de este libro es, además de la masificación de un libro escaso por su naturaleza y factura artística, una reparación, en alguna medida, ante la escasa repercusión en Chile de la obra de la Vicuña, radicada en Nueva York desde hace más de un cuarto de siglo. Se dirá que nadie es profeta en su tierra, pero lo que pasó con la obra múltiple y ardiente de Cecilia Vicuña es pasarse de tontos. Suele suceder, tristemente, en todo caso, ya que con esta artista se negó la presencia en nuestro vivir, y si bien no pasaron más de mil años, por fuerza de Cecilia, que tanta vida nos dio, llevamos su sabor, allá tal como aquí.


Cecilia Vicuña
“Sabor a mí”
Ediciones U. Diego Portales, 2008, 156 págs.


*Publicado originalmente en El Periodista N° 151, 20 de junio de 2008

viernes, 6 de junio de 2008

Inteligencia emocional

Comparar las narrativas chilena y argentina es lo mismo que parangonar ambos países en fútbol. Los del Atlántico nos dan cancha, tiro y lado. “Pero, ¿y Bolaño?”, podrá aducirse… pues bien, incluso el autor de “Los Detectives Salvajes” es una golondrina que no hace verano. Como el balompié trasandino tuvo un Diego Armando Maradona, las letras argentinas tuvieron un Jorge Luis Borges. Así de simple. En poesía la cosa cambia, pero eso ya es materia de otra discusión.
Esta poco halagüeña comparación literaria entre Chile y Argentina sirve de introducción al comentario de otro gran exponente de la narrativa de allende los Andes, Juan Forn (Buenos Aires, 1959) cuya última novela “María Domecq” (Emecé, 2008) ya está circulando por nuestras librerías. Esta última entrega del fértil antologador y periodista de Página/12 y editor de Emecé y Planeta, merece un detenido análisis. Primeramente, Forn utiliza en esta novela un expediente medio manoseado, ya utilizado, y ante el que más de un crítico literario frunce el ceño, el incluirse como un personaje dentro del libro. La técnica no es nueva, y la forma en que Forn la aplica es muy similar a otras que ya hemos visto, incluso recientemente, como “Lunar Park”, de Bret Easton Ellis. Tal como el reventado autor de “American Psycho”, Forn se deshace de apodos, alter egos y heterónimos para meterse con nombre y apellido en la trama. Al academicismo sesudo y con más tiempo le cabrá discutir sobre la validez de esta técnica, no a este apurado comentarista.
Más allá de que Forn posiblemente nos esté contando un chiste repetido, o haciendo comulgar al lector con una rueda de carreta, lo cierto es que la lectura de esta novela disculpa con creces el manoseo técnico. Forn confirma en este libro que es un escritor eficiente, y por sobre todo, que es un narrador inteligente, concienzudo y que cuenta bien las cosas. Lo concienzudo y lo inteligente son atributos fundamentales para poder mantener en pie un tinglado tan diverso como el que se presenta en “María Domecq”, pues Forn tiene éxito donde otros han fracasado, al mezclar historia y autobiografía. El autor echa mano a elementos tan heterogéneos como la ópera Madama Butterfly, la Guerra Ruso-Japonesa, las agitadas primeras décadas del siglo XX argentino y un ataque de páncreas, todas piezas que forman parte de un dantesco embrollo que vincula al protagonista del libro, el almirante Manuel Domecq García, bisabuelo de Forn, con la obra magna del compositor italiano Giacomo Puccini, pasando por matanzas civiles, hijos perdidos y personajes que tienen los días contados. Forn logra con maestría mantener arriba todos estos elementos y crear un libro al que no le sobra una sola página.
Un casi ridículamente simple pero irrefutable indicador de la calidad de una novela es si es entretenida (con esa palabra desdeñada por la intelectualidad) o no. Pues bien, Juan Forn ha creado un relato que también es gozosamente entretenido, del aquellos que no se pueden soltar y se leen de un tirón. Casi para libro playero, si esta novela hubiese aparecido con la antelación suficiente, pero con la felicísima salvedad de que es una novela dosificadamente inteligente, trabajada, “reporteada” si se quiere (pues Forn es también un perspicaz periodista), pues nos podemos entretener con un reality o comiendo comida chatarra, pero poco beneficio quedará para nuestra persona.
Con esta novela, Juan Forn se gana el puesto de titular en esa oncena (que también convoca hoy a los Aira, Cucurto, Fresán, Pauls, Piglia y en el pasado a los Borges, Bioy Casares, Puig, Cortázar, Arlt, Saer, Di Benedetto, et. al.) que hoy golea en todos lados, da cátedra y aporta a la literatura en lengua castellana como ninguna otra narrativa lo hace hoy en Latinoamérica.



Juan Forn
“María Domecq”
Ed. Emecé, Buenos Aires, 2008, 236 págs
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*Publicado originalmente en El Periodista N° 150, 6 de junio de 2008

viernes, 25 de abril de 2008

Erección y urgencia

Sucede con los poetas –o con la gran mayoría de ellos-, que pasan por aquello que se da en llamar la “temporada en el infierno”. Y si bien algunos versificadores fingen o insuflan una mala parodia de la miseria para recalentar poemas de poca monta, otros, los buenos poetas, saben transmitir el patetismo de las acerbas circunstancias que vivimos todos los días. Con todo, la vida le ha sonreído por momentos a Víctor Hugo Díaz (Santiago, 1965). Desde “No tocar”, su último poemario publicado en 2003, el autor se agenció ese mismo año el Premio Pablo Neruda (con diploma, medalla y cheque en divisa estadounidense incluido). Pero hay algo que signa la escritura de Díaz, algo que si bien no posee la constancia suficiente como para considerarlo una “marca registrada”, sí nos da cuenta de que existe un desgarro, y más evidente todavía, una carencia que es imposible de disimular o disfrazar. Mal que mal, el autor es un ser humano.
“Falta” (Ed. Cuarto Propio, 2007) es la materialización poética de esa carencia, de ese recorrido honesto, vital e ineludible por circunstancias aciagas o simplemente ignoradas, así como por ese constante análisis urbano que ha realizado Víctor Hugo Díaz en la mayoría de sus libros –en algunos más, en otros no tanto-, de poesía. Vuelta a lo anterior, los malos poetas recalientan sus vicisitudes, pero los buenos son capaces de sacarles provecho, limar la amarga piedra para que reluzca un diamante en medio de la miseria, en medio de lo inadvertido.
Esta última entrega de Díaz (que mantiene su brevísima extensión, poesía a cuentagotas, casi sin querer molestar, que es ya una tónica) conserva un rasgo que retrata la mirada del poeta, su irrenunciable ligazón con lo cotidiano, y su retrato por medio de una palabra medida, compuesta al detalle, jamás desperdiciada, sin importar que circulen por las páginas del volumen la cocaína y el tolueno, pues son parte de esa realidad que es la comezón del poeta, el malestar constante al que no se le da la espalda, sino por el contrario, se acomete con lo más honroso que se tiene a mano: la palabra, hic et nunc, sin más. Sin buscar trascendencia, sino presencia. Botón de muestra, “¿Sabes leer las piedras?/ Yo las he pateado como envases y letras vacías/ camino mirando al suelo./ De vez en cuando, una pausa/ el cigarrillo que espera los labios/ humeante en el cenicero”.
El expediente es el mismo al que nos tiene acostumbrados Víctor Hugo Díaz, es decir, poemas breves, ajustados, donde las palabras no abundan, pero jamás sobran; con esos guiños literarios (Vallejo dice presente) que son un tijeral fuerte, que sostiene un techo que recubre toda una estructura poética, que nos otra cosa que (permítase el floreo filosófico) la versificación honesta, auténtica, comedida y brutal, del ser y las circunstancias del autor, las que son retratadas con una aquilatada capacidad, con un acertado balance entre lo imperecedero visto desde lo cotidiano, con la salvedad de que Víctor Hugo Díaz apuesta por el des-velo, apuesta por la alétheia, y aunque sin hundirnos en ese terreno pantanoso que es Heidegger, sí podemos señalar que el poeta le quita los velos a sus días en este mundo, y los entrega tal cual son (desde su poética) en forma de palabras e imágenes.
Sin embargo, la corta extensión del volumen, la sinceridad, la ausencia total de trámites y ambages que devela la lectura, no debe llevar a pensar que hay poesía de poco peso; muy por el contrario hay versos de altísimo y feliz vuelo. Nada más inaugurado el libro, en el poema “Los allegados” hay una apelación de bienvenida whitmaniana o eliotiana, “¿Conoces el olor de una huelga de hambre;/ golpes de martillo dos pisos más arriba/ o el latir de un corazón apoyado en la mesa/ hacen vibrar el único recipiente con líquido// Vejez y juventud se clasifican por el olor/ no por frescura (…)”.
Sea bienvenida entonces esta “Falta” de Víctor Hugo Díaz, que alcanza al lector sin los manoseados y deslucidos efectos de lo “maldito”, y le alcanza al lector versos de calidad, sin emborrachar la perdiz, sin hacerle perder el tiempo con descomunales fardos, de los cuales el ciudadano de a pie debe extraer lo que valga la pena, tras faenar incontables floreos y olvidables páginas.



Víctor Hugo Díaz
“Falta”
Editorial Cuarto Propio, Santiago, 2007, 47 págs.


*Publicado originalmente en El Periodista N° 147, 25 de abril de 2008

viernes, 11 de abril de 2008

Saliendo del horroroso Chile

Afortunadamente, la cruzada de reedición y rescate de los libros del poeta nacional Enrique Lihn (1929-1988) sigue adelante, firme e indomeñable. Las ediciones de la Universidad Diego Portales, responsables de tan meritoria tarea, entregan el cuarto libro de Lihn (ya fueron reeditados “El Paseo Ahumada”, “La pieza oscura” y “Una nota estridente”). Ya se señaló con anterioridad la utilidad de esta labor, y repetirla sería un derroche de tinta. Que sigan viniendo Lihn, que nadie los detenga.

Yendo al texto mismo, “Poesía de paso” (1966, Premio Casa de Las Américas ese mismo año) es un libro bisagra en la obra de Enrique Lihn. Consagrado ya con “La pieza oscura”, el poeta inicia el ciclo de sus libros de viaje, que rompen con el verso famoso “nunca salí del horroroso Chile”, que aunque está incluido en “A partir de Manhattan”, publicado trece años después de “Poesía de paso”, retrata con la agudeza habitual los sentimientos del poeta, que hasta los 35 años no hubo de usar su pasaporte. En los periplos europeos de Lihn se generan giros interesantes en su obra, uno de ellos es el nacimiento de la misteriosa Nathalie, amour de plume del autor, y como siempre, la personificación del amor-dolor, un amor de recuerdo doloroso, de lecciones aprendidas no sin sangre, de desencuentros que existen solamente en los textos de Enrique Lihn.
Como sucede con la mejor poesía, su lectura siempre revela nuevas cualidades al lector atento. En este caso algo formal, y más que formal, sensitivo, auditivo. Pasa, por ejemplo, con el notable poema “La derrota”, texto que dado su carácter encendidamente antiestadounidense, como era de esperar, llamó la atención de los jueces cubanos que, gracias a su distinción, permitieron la publicación del volumen. Y más allá de consideraciones políticas, la lectura de este poema da la impresión de que se está leyendo un electrocardiograma de un corazón sano, rozagante y vital, que no es un fluir alocado, desorganizado o pedantemente pesado, pues con la introducción de fragmentos reflexivos, frases comunes e impresiones, que no hacen más que configurar una especie de sístole y diástole, un ritmo ordenado y constante, encaminado, perfectamente balanceado con la crónica versada de sus viajes y sus recuerdos de niñez o de incipiente e inocente activista político.
La densidad, el sonido y el sentido se encuentran pletóricos en este poema, que a pesar de contar con una profusión de palabras, no sobra ninguna. Esto se repite en el bellísimo poema “Bella época”, una articulada viñeta de la infancia lihneana, con interesantísimos guiños a Eduardo Anguita, otro peso pesado entre nuestros vates.
El viaje, no solamente físico, sino temporal, que Enrique Lihn testimonia es el verdadero carácter de este libro, su leitmotiv, quizás a la manera de la magdalena de Proust, que desata un vendaval de recuerdos, por cierto harto más extensos que la poesía de Lihn, precisa y delimitada por antonomasia. Esto ya lo apuntó antes la académica y crítica literaria Carmen Foxley, que ha dedicado buena parte –quizás la mejor-, de sus esfuerzos a estudiar la poesía de Enrique Lihn , y no podemos estar en desacuerdo con ella. Foxley agrega que este libro “descentrado y en movimiento, hecho de reiteraciones y contrapuntos (…) es una percepción que se ve contrarrestada por la confianza en la posibilidad de religarse al mundo por el lenguaje”.
La reaparición de los libros va configurando un mapa, un puzzle que va construyendo la imagen de Enrique Lihn a los nuevos lectores. Esta nueva pieza es, también, una nueva prueba de la calidad de Lihn como uno de los poetas tutelares de nuestra literatura. Que siga viniendo.



Enrique Lihn
“Poesía de paso”
Ediciones U. Diego Portales, Santiago, 2008, 65 págs.



*Publicado originalmente en El Periodista N° 146, 11 de abril de 2008

viernes, 28 de marzo de 2008

Pepe paga doble

Uno de nuestros íconos novelísticos más importantes hasta antes del “huracán Bolaño” era José Donoso Yáñez (1924-1996); era la carta nacional en ese primer producto del marketing literario, conocido mundialmente como el “Boom Latinoamericano”, y, más allá de que en ese escalafón -insuflado por la novela norteamericana de Faulkner, Hemingway y Henry James-, estuvo a la sombra de los García Márquez, los Vargas Llosa, los Cortázar o los Carlos Fuentes, por cierto que su obra basta y sobra para incluirlo entre nuestros narradores de peso, de esos que nos enorgullecemos de mencionar afuera, sobre todo afuera.

Parodiando la parafernalia del mentado Boom, “Lagartija sin cola” (Alfaguara, 2007), novela póstuma de Donoso, fue lanzada con no poco marketing, y por el ex presidente Ricardo Lagos (que para el recordado “Pepe” había que estar, pero para la comisión investigadora del Transantiago, ni a palos) en el marco de la Feria del Libro de Santiago. El libro, comenzado en España en 1973, y titulado en principio “La cola de la lagartija”, fue abandonado, y solamente el azar permitió que este fuera encontrado por Pilar Donoso, hija del autor, en la universidad de Princeton, y tras ser revisado por el destacado crítico y académico peruano Julio Ortega, llega a las manos de los lectores, para ofrecer el vigésimo y último suspiro de la prosa cargada de autobiografía del autor de “El obsceno pájaro de la noche”, esa que declinó caer en el tropicalismo húmedo latinoamericano, para volver los ojos a la vieja Europa.


La historia trata del pintor Armando Muñoz-Roa, que no quiere nada más con el arte, hastiado y decepcionado por la decadencia y el mercantilismo de una actividad que ya había abandonado con mucho sus días más gloriosos. El libro tiene otra virtud, aparte de lo oportuno (oportunismo, pensarán algunos) de su publicación, pues es claramente Donoso, esto es, es un revivir de los elementos que cruzan varios puntos de su escritura, así, la relación amorosa que sostienen el protagonista con su prima Luisa, se repite en “Donde van a morir los elefantes” (curiosamente presentado también por el entonces ministro Ricardo Lagos, quien además, en su entonces calidad de ministro de Educación, condecoró a Donoso en 1990 con el Premio Nacional de Literatura), relación que en “Lagartija sin cola” se lleva a cabo en el pueblo de Dors (que representa a Calaceite, pueblo de infancia de Donoso), último bastión resistente a las hordas de turistas que llegan a Cataluña. Incluso hay un episodio homosexual, condición que tanto se le achacó a Donoso, y que estaría supuestamente documentada en unos papeles encontrados en la Universidad de Iowa.


El gran motor de la novela es el choque, el conflicto, el encuentro duro entre realidades opuestas, ambiguas. Por un lado es el escape del protagonista de la gran ciudad, y la llegada a Dors, un poblado por el que pareciera que aún no pasa el tiempo, y ante el cual su intelectualidad se pondrá cara a cara, sin poder entenderse. Esta zozobra, este desencaje, mueve la pluma de Donoso, que pareciera alborozar al pintor Muñoz Roa mediante la contemplación de un paisaje que, se sabe, su integridad tiene fecha de vencimiento.


El rescate de obras literarias siempre es algo riesgoso. En más de una ocasión la voracidad comercial ha puesto en el mercado textos poco cocinados de autores renombrados, en la espera que la altura de los nombres genere vista gruesa por parte de los lectores ante un texto que debió haberse mantenido oculto. Felizmente este no es el caso, y aunque mantiene el rústico carácter de un libro que no contó con el visto bueno del autor, “Lagartija sin cola” cuenta con la suficiente cantidad del ADN de José Donoso, como para darlo a conocer, y entregar al público con toda tranquilidad, esta insospechada última obra.




José Donoso
“Lagartija sin cola”
Alfaguara, Santiago, 2007, 228 págs




*Publicado originalmente en El Periodista N° 146, 28 de marzo de 2008

viernes, 14 de marzo de 2008

El descubrimiento de una realidad distinta

El mexicano Sergio Pitol (Puebla, 1993) es conocido en el mundo de la literatura castellana como uno de las plumas más prominentes de la actualidad, además de ser una de las mentes más lucidas de la intelectualidad latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX y de lo que va corrido del XXI. Su más que prolífica obra fue merecidamente premiada el año 1999 con el Premio Juan Rulfo, y en 2005 con el Premio Cervantes, galardones que de seguro se sustentaron en la sobresaliente labor de promoción cultural, traducción (notables son sus versiones de Gombrowicz y Conrad), ensayo y novela. Tanto así que hoy no es descabellado citar a Pitol como el escritor más consolidado de México, lo que en el concierto iberoamericano es bastante que decir.
La editorial española Anagrama lanzó recientemente al mercado la “Trilogía de la memoria”, un volumen que junta tres obras esenciales de Pitol, “El arte de la fuga” (su diario de viaje más allá de la “cortina de hierro” en los ochenta, gracias a sus cargos diplomáticos, pero en un trayecto pendular, volviendo a occidente, Roma, Barcelona, Chiapas), “El viaje” y “El mago de Viena”.
Pitol, abogado de profesión y agnóstico de religión, entrega una escritura elegante, de un estilo delicado, reposado y sutil, pero sustanciosa y colorida, galvanizado con una distintiva inteligencia en su relato, el que se transforma en algo mucho más que una bitácora ingeniosa y entusiasta, sino que es un periplo cultural (en el que no teme ensalzar con justicia lo bello, así como denunciar sin ambages la miseria y la poca cosa de la sociedad soviética), el detalle de las transformaciones del pensamiento y de la intelectualidad, muy a lo Sebald de “Los anillos de Saturno”, es decir, el periplo de un hombre que viaja, pero a su vez un hombre que lee, comprende y comenta la literatura como un excelente lector, antes que como un crítico juzgador y taxativo, como un creador humilde y maravillado antes que un teórico pedante y literatoso. La biografía señala que este estilo se habría forjado en la tormentosa infancia del autor, con una madre que muere ahogada en un río, un padre que fallece de meningitis, una hermana cuya vida sucumbe a la “desesperación”, a lo que se suma una feroz malaria que obliga al niño Pitol a pasar seis años en cama con Dostoievksi, Faulkner y Tolstoi por toda compañía.
La tónica del “Arte de la fuga” se mantiene en los restantes integrantes del conjunto, sin tener ese tufillo a refrito o repetición. En “El viaje”, el punto de partida es una breve travesía a la Unión Soviética en 1986, donde nuevamente la obra se resiste a la clasificación, liberándose de los géneros y haciendo la amalgama que solamente Pitol sabe hacer entre viaje y literatura, entre el repaso a Leningrado, Moscú y Tibilisi, la capital de Georgia, y la obra de sus recordados Tolstoi, Dostoievksi, Nabokov, Pasternak y Marina Tsvietáieva. La gran hazaña de Pitol es que se acerca a este mundo con la misma avidez que aquel niño postrado por la malaria, pero que ahora tiene la agudeza suficiente para retratar una sociedad que está cerca de desaparecer, dada la entonces en ciernes caída del muro de Berlín.
La libertad respecto de los encasillamientos genéricos pareciera demostrar el triunfo más bullado del autor en el tercer tercio del volumen, “El mago de Viena”, un libro que no es un diario de viaje, ni un ensayo, una reseña, un conjunto de perfiles humanos o una crónica, sino un radiante y contento ejercicio de superación de todo lo antes mencionado, donde lo que se trasluce son las claves creadoras del incansable e insobornable Pitol, para quien escribir es “un acto semejante al de tejer y destejer varios hilos narrativos arduamente trenzados donde nada se cierra y todo resulta conjetural; será el lector quien intente cerrarlos, resolver el misterio planteado, optar por algunas opciones sugeridas: el sueño, el delirio, la vigilia”. Por lo bajo, Sergio Pitol es un autor que ciertamente no se puede dejar pasar, y que ha superado con creces antojadizos apelativos que en el pasado lo alejaron del gran público hispano, (léase “escritor de escritores”), pero que hoy casi nadie deja de aplaudir y colocar, con entera justicia, en lo más alto que da la literatura castellana en esta época.

Sergio Pitol
“Trilogía de la Memoria”
Ed. Anagrama, Barcelona, 2007, 654 págs.

*Publicado originalmente en El Periodista N° 145, 14 de marzo de 2008

sábado, 19 de enero de 2008

El poeta atómico

El caso de Mario Markus (Santiago, 1944) biofísico que –como no podía ser de otra forma-, ejerce la ciencia no en Chile, sino que en el Instituto Max Planck, en la ciudad alemana de Dortmund, es uno más de los felices episodios en que sesudos hombres de números, fórmulas y teoremas, optan por utilizar el lado opuesto del cerebro.
Dar un paseo por la biografía de Markus impresiona, encandila. Hasta puede llegar a conquistar los románticos corazones, impresionables por la proeza de tender un puente entre ciencia y arte (hemisferios tan divorciados, supuestamente), para encontrar, en un ejercicio ya algo manoseado, las respuestas que ni las ecuaciones más pintadas pueden explicar.
El entusiasmo que el autor exuda, esa curiosidad insaciable, ese “estar moviéndose” de forma constante (como se puede leer en el profuso archivo de prensa existente en la web del físico) son ingredientes adicionales para que tengamos en Mario Markus a un personaje de tomo y lomo, cuyas “locuras” (como teletransportar seres humanos) son susceptibles de ser publicadas en las biblias científicas de hoy, como lo son las revistas Nature y Science.
Pero hoy llega a nuestras manos algo bastante más aterrizado. Se trata de “Punzadas” (LOM, 2007), primer poemario de este versátil personaje, que ya antes había incursionado en la traducción de poetas chilenos al alemán y el cómic novelado de ciencia ficción. El conjunto -prologado por Raúl Zurita, por supuesto-, desnuda el frenesí de su autor, tanto así que se nota con un poco de exceso el uso de recursos poéticos y neologismos de tufillo vallejiano. Tanto así que Markus se esfuerza, por momentos, en dejar claro que conoce los tropos, pero lo hace de forma tan manifiesta que le quita espontaneidad al texto, lo que en poesía es algo así como la tarjeta amarilla en fútbol. Para decirlo de otro modo, nunca es recomendable ser más papista que el Papa. Esto se desmejora, si tenemos en cuenta que los temas del libro no son otros que aquellos sobre los que se ha escrito poesía desde tiempos inmemoriales, a saber, la muerte.
Sin embargo, Markus logra resarcirse, porque claramente vive en un universo donde todo lo fascina, y del que no quiere perder detalle, ni dejar pasar las interconexiones misteriosas entre todas las cosas del mundo, y de ese denodado esfuerzo por transmitirle ese asombro al lector, algo queda. Esto se traduce en ciertos versos de ingenio, ciertos pasajes destacables e interesantes, complementados con que el autor es un hombre que conoce sus mitos y leyendas, y que por momentos puede plantear un buen diálogo con Pablo de Rokha. Botón de muestra, del arte poético-científica de autor: “Todo se recoge/ de un más allá que está adentro./ Y no son dos dioses/ sino uno, o ninguno,/ que parece/ estar lejos”.
Para Mario Markus ahora queda por delante el mismo desafío que tienen ante sí los poetas aficionados, que los traicionan las ganas de transformar en palabras el pecho henchido y el exceso de revoluciones: la práctica, el perfeccionamiento, el descubrimiento de lo sutil, de lo simple, la forja del oficio necesario, para que los poemas estén compuestos con una expresión refinada, destilada, sin ripios, bien puntuada, lo más pura posible, sin importar tenor o tema. Labor casi tan compleja como escanear a un ser humano y mandarlo por email.


Mario Markus
“Punzadas”
LOM, Santiago, 2007, 89 págs.



*Publicado originalmente en El Periodista N° 144, 18 de enero de 2008

viernes, 14 de diciembre de 2007

Canción Animal

Thomas Harris (La Serena, 1956), poeta combativo, directo, sin pelos en la lengua y que en más de una ocasión se ha mostrado dispuesto a enfrascarse en vehementes zafarranchos con los más pintados personajes de la literatura criolla, ha lanzado, mediante LOM, un nuevo volumen de poemas al ruedo. Se trata de “Lobo”, última entrega del autor de libros relevantes en la lírica chilena como “Cipango” (que le valió al autor el Premio Municipal de Poesía en 1993, que se suma a otras importantes medallas).
Harris mantiene en este texto una tendencia de su obra anterior, es decir, la invocación de variopintos personajes y referentes literarios, cinematográficos y culturales, y su reunión y recreación en las páginas de este libro biográfico-licántropo, donde Harris deja ver la fuerza que más de algún desprevenido ha sentido ya sea de un zarpazo o de una dentellada. Sin ir más lejos, “Imposible detener una guerra causada por la palabra./ Es cuando Lobo muerde (…) Y cuando Lobo muerde, todo lo dicho revienta como pompa de sangre”, escribe el propio Harris.
Pero hay que ir más allá de la anécdota que significan los episodios sabrosos que este autor pudo haber protagonizado en décadas de laboriosa creación poética; está el texto, lo verdaderamente importante. El libro nos habla de la evolución de Lobo, el personaje central del relato, desde su nacimiento, su crecimiento, su coming of age, sus luchas frente a otros ejemplares de la manada y otros depredadores que amenazan su existencia, hasta su decadencia. Lobo-Harris lucha con vehemencia ante las amenazas y ataques, se defiende como gato de espaldas de los “cazadores del Deseo”, y ataca con fauces hambrientas y hediondas, sufre y aúlla por Loba.
La lectura de toda esta animal e instintiva biografía (pues su lectura sugiere claramente una progresión narrativa) se desenvuelve ante los ojos del lector con una profusión del lenguaje teñido de sangre fresca y el hedor canino, galvanizado en instinto, pero no por ello no premeditado. Harris utiliza, como es habitual en él, un lenguaje fuerte, feroz, directo, sin maquillajes (quizás aquí más que en ningún otra obra del autor). El libro es pesado, denso, estremecedor, avanza firme e insobornablemente, y por cierto no podrá ser tildado de “medias tintas”.
Tal como en “Edipo” (2005), Thomas Harris escribe en consecuencia con esa estética quizás desesperanzada, pero de todas maneras franca, derrumbadora de toda noción de belleza, heroísmo o ternura, provista de un furor que ya se ha hecho marca registrada en el autor. Éste, en el epílogo del libro, da clara cuenta de los elementos a los que ha echado mano para confeccionar la historia de Lobo, lo gótico, lo dark, lo terrorífico (quizás debió haber incluido a Hannibal Lecter, obra de su homónimo, el escritor estadounidense Thomas Harris), el Medioevo (quizás el período histórico favorito del autor), y una serie de autores de todas las épocas, que nos dan los ingredientes de un plato conocido. Esto porque Harris repite su esquema con distintos ropajes, lo que hoy es un lobo, antes fue Edipo, Goya o Timothy McVeigh, quien “aúlla a un público de espectadores muertos,/ pone los ojos en rojo/ aúlla como los hijos del Demonio/ espanta,/ juega a espantar,/ provoca,/ juega a provocar (…)”.
En resumen Thomas Harris sigue en su línea, la de crear un espacio propio, una épica necesaria, si se quiere, imposible de ignorar, firme e intransable, particular y macabra, personal y vitalísima, con sus personajes, sus escritores, sus ángeles y demonios, todos en su espacio que el autor crea y recrea en cada nuevo poemario, que trae un bestial Sturm und Drang del año.


Thomas Harris
“Lobo”
LOM, Santiago, 2007, 86 págs.






*Publicado originalmente en El Periodista N° 143, 14 de diciembre de 2007

domingo, 18 de noviembre de 2007

El imberbe que contempla

El cubano José Kozer (La Habana, 1940) es, hoy por hoy, uno de los vates más relevantes de la literatura en lengua castellana. Su poesía se ha alimentado de diversas fuentes, que pareciera que en el papel estallan en una sonora y rítmica batalla, que da como resultado una voz particular y llamativa en la poesía latinoamericana.
Descendiente de padres judíos centroeuropeos, Kozer emigró de Cuba a los 20 años a Estados Unidos, para no volver jamás, salvo esporádicos periplos que no son en ningún caso el regreso al terruño natal, destino que comparten no pocos artistas, que su labor creadora y el régimen de Fidel Castro se parecen a una gran botella llena de agua y aceite, dos fases que no pueden mezclarse.
Con estos antecedentes en la mano, con la milenaria diáspora que ha signado la historia del pueblo judío, y la moderna diáspora política que ha sacado de Cuba al autor, nos encontramos con “De donde oscilan los seres en sus proporciones” (Ediciones del Temple, 2007), un testimonio de que la patria del poeta son sus versos, y en ellos la palabra celebra un mundo propio, forjado a partir de aquellos que se perdieron en la realidad.
Siendo más concretos, nos encontramos con una poesía facunda, verbal, construida de palabras que construyen el carácter de este libro, que es una celebración de una época que existe en el universo poético del autor y su obra. Si buscamos a algún referente chileno para aproximar a Kozer a estas latitudes, existen en estos poemas aires de Efraín Barquero (también exiliado por décadas), del Barquero de “La mesa de la tierra”, pero que en Kozer se galvanizan con un denso barroquismo, una exuberancia castellana que supera con creces el simple hecho de acercarse al pasado, o de recurrir a las materias básicas, sobre las cuales se erige un discurso denso, pero articulado como muy pocos hoy en la poesía en español.
Volviendo atrás, la celebración de la experiencia vital, la construcción artesanal de una epifanía personal, abundante y de imaginería profunda, es el tono de este volumen, en una edición de notable calidad hecha por Ediciones del Temple, que con su colección Amarcord, ha dado un muy buen salto adelante en lo que se refiere a la calidad de los libros (como objeto) publicados por el sello.
No en vano, el autor ha publicado más de 40 libros de poesía, en variados rincones de Iberoamérica. No en vano, pues es posible aventurarse y decir que esta cascada de palabras (que seguramente no será la última) nace de una vertiente que no se resuelve. Por el bien de la poesía, ojalá no se zanje esa fuente de imágenes sustanciosas y complejas, que no se acabe la celebración de la poesía de José Kozer.


José Kozer
“De donde oscilan los seres en sus proporciones”
Ediciones del Temple, Santiago, 2007, 78 págs.



*Publicado originalmente en El Periodista N° 141, 16 de noviembre de 2007

viernes, 2 de noviembre de 2007

En el nombre del padre

Si “La Batalla de Chile” puede ser catalogado como “el” documental del Golpe de Estado, o “Machuca” ser considerada como “la” película del exterminio de la democracia, asimismo “Milico”, (LOM, 2007) la última entrega del Premio Nacional de Literatura 2006 José Miguel Varas, también puede entrar en el selecto grupo de testimonios culturales icónicos de la época más oscura que Chile ha vivido en su historia republicana.
Esto porque, tal como en el documental y la película antedichos, con “Milico” surge una nueva mirada, que complementa y enriquece nuestra comprensión del suceso que dividió a Chile hasta nuestros días. En esta contundente novela se reproducen los mejores rasgos del ex cronista de TVN, rasgos que unen indisolublemente al periodista y al escritor (que “usan las mismas neuronas”, como el propio Varas dijo por ahí), unidos en la proporción justa, para que el relato no sea seco como un reporte, ni excesivamente fantasioso, como una ficción pura. Varas, como no puede ser de otra forma, vierte su vida a las páginas, dando un testimonio vivo del devenir de la clase media y política de buena parte del siglo XX.
En esta novela, el autor cuenta la historia de Jaime (Varas), periodista bohemio y “bolchevique”, hijo del Coronel Román (Varas padre), a cuya muerte y funerales, asistimos en este libro, y con quien el protagonista tuvo una relación tirante y distante. En el racconto de la vida de Jaime y su padre, Varas entonces hace su juego, reconstruye la vida del Chile de los años cincuenta en adelante, haciendo siempre guiños a la literatura de la que ha aprendido (como lo es el recuerdo de Manuel Rojas, como cajero del Hipódromo Chile, uno de las decenas de oficios que desempeñó el autor de “Hijo de ladrón”, que fue obrero, linotipista tipógrafo, entre otros).
La escritura y la presentación de los personajes de “Milico” (libro en el que Varas ha trabajado durante años) dejan en evidencia también el innegable peso que el escritor argentino Manuel Puig tiene en el autor. Varas ha aprendido la lección de Puig, y reproduce la mirada intimista y sincera de “Boquitas Pintadas” o “La traición de Rita Hayworth”, pero a la chilena. Así, el autor de “El correo de Bagdad” pinta con precisión estilográfica los personajes vivos y densos que marcaron la vida de Jaime Román, y a su padre, al tiempo en que el país cae en la zozobra más negra, y de la que, por supuesto, hay que informar a toda costa.
La similitud con Puig (entre otros atributos) otorga a esta novela del cuñado de René Largo Farías una característica fundamental, la inteligencia en el recuento, y la imparcial justeza en la mirada de un período de nuestra historia. “Milico” era, al parecer, una deuda pendiente de José Miguel Varas, quizás una forma de hacer las paces, no solamente con su padre, sino con un país entero que se transfiguró, y sobre cuyo sufrimiento, Varas basó su trabajo periodístico más sobresaliente.
Esta novela es importante, útil, buena, entretenida, quizás fundamental… elíjase el calificativo que se elija, sí es un aporte para tratar de entender ese suceso de nuestra historia que hoy nos tiene, todavía, sin entender mucho de lo que somos. Como un tenista que confirma con su saque un quiebre de servicio, José Miguel Varas confirma por qué es el reinante Premio Nacional de Literatura.



José Miguel Varas
“Milico”
LOM, 2007, Santiago, 366 págs.






*Publicado originalmente en El Periodista N° 140, 2 de noviembre de 2007

viernes, 19 de octubre de 2007

Un mexicano iluminado

Desde hace algunos años, el periodista y escritor mexicano Juan Villoro (1956) es sindicado como uno de los tres o cuatro narradores que están abriendo territorios nuevos en la literatura en lengua castellana. Reverenciado por miles (e imitado por otros tantos, entre ellos algunos chilenos, cómo no), este escritor, ganador del prestigioso Premio Herralde de novela, con su libro “El testigo”, se ha instalado, sin darle codazos a nadie, en el centro del escenario literario, especialmente del cuento, formato al que ha impuesto un sello personalísimo y contundente, que ha hecho brillar a este mexicano con colores propios entre los cuentistas de esta parte del mundo. Al menos en cuento, Villoro brilla como sus compatriotas Sergio Pitol en la novela, y José Emilio Pacheco en poesía.
Pero la edición del conjunto de ensayos “De eso se trata” (Ediciones UDP, 2007) nos entrega más evidencia de que no sólo estamos ante un escritor que se las arregla para imponer su ritmo y marcar la pauta con literatura de factura acabadísima y original, sino también ante un dignísimo heredero de la tradición intelectual mexicana, que aportó en gran medida al aggiornamento de la literatura y cultura del siglo XX latinoamericano, de la mano de intelectos como Alfonso Reyes, Carlos Monsiváis u Octavio Paz.
Esta recolección de ensayos, que abarcan un período generoso y amplio, desde el Renacimiento hasta nuestros días, es a todas luces un aporte; un libro que rompe también cierta tónica que tenía el sello literario de la UDP de concentrarse en diarios y cuadernos testimoniales. No es que estas ediciones hayan sido equivocadas, lo que sucede es que esta de Villoro es tremendamente importante y de un alcance muchísimo mayor que, por ejemplo, el detalle calendarizado de la jocosa y productiva cachondez (en términos literarios, entiéndase) de Claudio Bertoni.
Matías Rivas, quien según cuenta el propio Villoro en la noticia bibliográfica del libro, invitó al escritor a materializar este libro, junto al inquieto y hacendoso Andrés Braithwaite, editor del conjunto, también merecen algo del crédito, pues han contribuido a formar el corpus literario que seguramente se revisará acá por un buen tiempo en aulas y bibliotecas (a no olvidar el libro que la misma UDP editó del crítico español Ignacio Echevarría), y, esperemos, también más allá de las fronteras chilenas, pues sépase que este libro no tiene nada que envidiar a los del mediático y ultramanoseado crítico estadounidense Harold Bloom.
Este meritorio volumen quizás habría merecido el bombo y rimbombancia que muchos libros de escasa monta reciben en la Feria Internacional del Libro de Santiago (aunque ahí se corre el riesgo de su farandulización… en fin), y aunque ya destaca en la escena literaria criolla (según trascendidos de los que se ha enterado quien suscribe), es de esperar que permee algo más que el diminuto espectro literario chileno. De eso se trata.


Juan Villoro
“De eso se trata. Ensayos literarios”
Ediciones U. Diego Portales, Santiago, 2007, 306 págs.



*Publicado originalmente en El Periodista N° 139, 19 de octubre de 2007

sábado, 6 de octubre de 2007

La obsesión de retratar

“Dios es chileno” es el nombre de un conjunto de crónicas que recientemente ha puesto en el mercado la editorial Planeta. En la presentación del volumen (en el que no participan solamente periodistas), Sergio Gómez, el editor a cargo, sindica a estas crónicas como “ejemplo arbitrario del mejor periodismo literario de la actualidad”, y si bien el libro reúne a plumas connotadas y de moda, que presentan relatos sugestivos y atrapantes, ante esa entusiasta y vehemente aseveración hay que presentar unos cuantos reparos.
Primero, el título, sin mayor asidero, notoriamente antojadizo, arbitrario como señala el editor en sus palabras iniciales. Sin ton ni son, tratando de imitar un argentinismo, que, dicho sea de paso, es un pueblo que sí ha sabido narrar sus vicisitudes, bastante más sabrosas y exitosas que las nuestras. Hay un tufillo a improvisación, visos de apuro, quizás.
Segundo, algo más grave, cuando se señala olímpicamente que este volumen contiene “el mejor periodismo literario del momento”, unas cuantas pifias y fallas, que denotan una edición floja, descuidada y poco digna del “mejor periodismo literario del momento”. Pruebas al canto: en el ensayo (que hasta donde uno sabe es un género literario, no periodístico) del dramaturgo Marco Antonio de la Parra se habla del “Colo Colo de 1972, el que llegó a la final de la Copa Libertadores”, cuando el cuadro albo de Caszely, Véliz, “Chamaco” Valdés y compañía, disputó la final del máximo torneo continental a nivel de clubes contra Independiente de Avellaneda, a mediados de 1973, a escasos dos meses del golpe de Estado que instalaría el horror en Chile. Seguimos con el equipo popular; en la sabrosa crónica del periodista Luis Miranda Valderrama, “El hincha fantasma”, un personaje del relato vocea “steakers del albo campeón”, cuando la palabra correcta es stickers. Steakers sería algo así como “bistequeros” (de bistec, steak en inglés) y no “calcomanía” o “autoadhesivo”.
Las pifias antedichas pueden ser nimias en el papel, pero en efecto no lo son, si con tanta pompa y arrebato se presenta este libro como “el mejor periodismo literario del momento”. Lo cierto que este “mejor periodismo” tuvo una edición que no dio el ancho, y que le hizo un flaco favor a algunos antologados, y, por ende, al conjunto en su totalidad, pues el mejor periodismo debe serlo en fondo, pero también en forma. El libro es un conjunto de sandías caladas, es verdad, pero confiar ciegamente en esto, es una apuesta riesgosa, y que en este caso, Sergio Gómez perdió. Sin querer (esperamos), Sergio Gómez también retrata, en carne propia, la identidad de algunos periodistas nacionales, que no corrigen con exhaustividad, y que de inglés, poco y nada.
Con todo, este libro es un simpático entremés, un dulce masticable que se consume en un par de horas (un viaje en Transantiago o a la espera del dentista, quizás), y que luego comparte el mismo destino de todos los que antes cayeron en la misma tozuda e irresistible obsesión de retratar “lo nacional”, “nuestra idiosincrasia” o “cómo somos los chilenos”. En otras palabras, es muy probable que una vez leído este librito, su destino sea acumular polvo en los estantes, junto con sus parientes mayores, como “La cultura huachaca” de Pablo Huneuus, los libros de Jorge Siasia o los “Pescados capitales” de Fernando Villegas.



“Dios es chileno”
Edición a cargo de Sergio Gómez
Editorial Planeta, Santiago, 244 págs.



*Publicado originalmente en El Periodista N° 138, 5 de octubre de 2007

viernes, 21 de septiembre de 2007

Malú superstar

Malú Urriola (Santiago, 1967) actualmente vive momentos felices. Su cuarto libro, “Nada” (LOM, 2003) se llevó hace poco el Premio Municipal de Literatura 2004, en su modalidad poética. “Superstar sorprendente y deliberada”, como la califica Diamela Eltit en la generosa y algo enrevesada contraportada del poemario, no deja entrever mayor goce o jolgorio en su más reciente volumen de poemas.
En la página 94 del mismo, la autora resume de qué va (o iba a esas alturas) todo el resto de la obra: “Escribo a escondidas y me avergüenzo./ Lo que para otros es gloria, para mí es nada./ Nací para acaecer en medio de las noches./ Para contemplar la magnitud de los días./ El de hoy es amarillo, ni una nube cruza la tarde,/ no hay viento ni hace frío./ Nada soy y no tengo nada que ofrecerte,/ salvo estas insulsas palabras que bien podrían no importar./ Que son la luz y el ocaso de mis días”. Cosa poco frecuente en la crítica, la autora del libro le hace gran parte de la tarea a quien escribe estas líneas.
Vamos por parte. Partamos descartando lo que no es efectivo. “Nada soy y nada tengo que ofrecerte”. Ello es falso, Malú Urriola se consagró, a punta de verso rocanrrolero -cuyo retintín, ya algo obsoleto, sigue presente en esta obra-, dentro de la poesía chilena (no diré “femenina” u otra categoría antojadiza y efímera), y ciertamente que ha ofrecido algo, y que hoy también ofrece algo, una reflexión no grave, no densa de lo que vive una poeta, de la vida de una poeta particular de Santiago de Chile. No da para juicio acerca de la poesía, pues acá hay retazos, impresiones, pinceladas íntimas sobre la palabra, sazonadas con sendos oh, my god, Paradise, Ocean Pacific, etcétera.
“Escribo a escondidas y me avergüenzo./ Lo que para otros es gloria, para mí es nada./ Nací para acaecer en medio de las noches./ Para contemplar la magnitud de los días”. Efectivamente, Malú Urriola da la impresión de adoptar una postura estilo “yo la peor de todas”, poniendo en duda, o por lo menos en perspectiva, su escritura poética. Recalco el “su”, porque Urriola no ha dado señas de salir de un intimismo que permita tildar de “universales” -aunque quede grande el vocablo-, o al menos de “amplio espectro” estas reflexiones acerca del oficio del poeta.
Incluso más, vienen de perillas las palabras de Enrique Lihn (que ciertamente Malú Urriola ha de tener entre sus lecturas de cabecera, porque se nota): “Si se ha de escribir correctamente poesía/ no basta con sentirse desfallecer en el jardín/ bajo el peso concertado del alma o lo que fuere/ y del célebre crepúsculo o lo que fuere”. La autora no aloja ni roza la lucidez genial de Lihn (en realidad ¿quién lo hace o puede hacerlo hoy?), “envidiándole el no a este ejercicio” a Rimbaud. En buenas cuentas, Malú Urriola no es una Bartleby, está condenada a escribir, aunque le pese, aunque lo único que rescate sea la perspectiva de levantarse por la mañana y contemplar el día hasta su ocaso.
“(…)estas insulsas palabras que bien podrían no importar”. Quedó claro que a alguien le importaron estas palabras. Tanto como para premiarlas. Pero hay que señalar que, a la luz de la lectura de “Nada”, este verso de Malú Urriola no es del todo desacertado. La repetitiva variedad de menciones a lo que sería la palabra, le da vaguedad al conjunto, mucho abarcar para poco apretar. Poco se puede sacar en limpio. Retomando la contraportada de Diamela Eltit: “la escritura es interrogada acuciosamente”, pero, ¿qué resulta de esta pesquisa? ¿que la autora solamente valora los días y sus noches?
Entonces, hay que hacer distinciones. La primera es que lo interrogado o lo señalado con el dedo por la Urriola no es la palabra, la poesía, la literatura, o cómo ella nace, sino la vida misma del ser humano en esta vida “posmo”. Malú Urriola logra eso con una buena dosis de imágenes notables y con más de algún pensamiento bien hilado, bien articulado, que da cuenta de que la autora no es una mera “posmoderna muchacha”, que se le pasa todo delante de las narices sin pensar. Luego, su valor será aquél, el ser una mirada, un testimonio de vida, no pesado, no viscoso, desprovisto de pretensiones de inmortalidad, bronces o laureles, lo que, por cierto, siempre se agradece. Sin embargo, este “alivianamiento” del discurso no viene por recursos o técnicas que la autora haya usado deliberadamente, sino del hecho mismo de entregar una visión personal, con buen número de aciertos, y otro tanto de caídas.
En “Nada” hay algo, una superstar que, esperemos, siga avanzando y continúe en la siempre encomiable senda de la vigorosa poesía.


Malú Urriola
“Nada”
LOM, Santiago, 2003, 101 págs.



*Publicado originalmente en El Periodista N° 137, 21 de septiembre de 2007

viernes, 7 de septiembre de 2007

El octogenario entusiasta

El poeta David Rosenmann-Taub celebra este año su cumpleaños número 80 en su ostracismo norteamericano, lejanía que no es en ningún caso inactividad, pues, como lo demuestra la editorial LOM, Rosenmann-Taub sigue trabajando. En esta ocasión, es “Auge” (LOM, 2007), el último libro de poemas de este multifacético y octogenario creador.
En este volumen (con un título que por estos días ha hecho levantar más de una ceja a la Contraloría General de la República), se mantienen prístinas las características que han hecho de la poesía de David Rosenmann-Taub, una de las más elogiadas de la actualidad; a saber, el uso exquisito, pero no arbitrario del lenguaje, y la profundidad que adquiere el poema por este rasgo. Hay “palabras raras”, añejas, desconocidas muchas de ellas, pero no porque el autor busque sumir al lector en una cortina de humo con vocablos en desuso, sino por un deseo genuino (aventuramos) de forzar la palabra al límite de lo posible y de lo tenue, con el ritmo y el sonido nunca descuidados.
Ahora Rosenmann-Taub da una vuelta de tuerca a su ajustadísima poesía, pues abre más su interioridad, incorporando una franqueza, que es expresada con la lucidez y el oficio de un maestro artesano. Un botón de muestra; “Yo podría haber sido otra persona,/ y otra persona, yo, que se codeara/ con el que yo sería:/ ¿fastidio?, ¿desconfianza?,/ o, peor todavía,/ ¿dudosa simpatía?”; o bien, “Yo rezo: ­­Poesía,/ aproxímate a mí:/ sé poesía.”
En el pasado, quien suscribe describió a David Rosenmann-Taub como “un poeta que domina a cabalidad la materia prima de la poesía, el lenguaje, y lo hace de tal forma que es capaz de construir estructuras mínimas y cuasi perfectas, propias de un trabajo que se ha ido destilando casi por medio siglo”. Pues bien, la nueva entrega de este vate, lejano y misterioso (hasta mítico, por la ayuda de sus amigos), no hace más que refrendar lo anterior, y confirmar que Rosenmann-Taub, a sus 80 años, sigue entregando su poesía única, rarísima, casi quirúrgica, esmerada y fina por sobre todas las cosas.



David Rosenmann-Taub
“Auge”
LOM, Santiago, 2007, 261 págs.



*Publicado originalmente en El Periodista N° 136, 7 de septiembre de 2007

viernes, 24 de agosto de 2007

Diamantes de Marín

El fraseo musical es, según señala la RAE “Cantar o ejecutar una pieza musical, deslindando bien las frases y expresándolas con nitidez y arte”. Lo mismo sucede al leer al escritor y editor Germán Marín (Santiago, 1934), especialmente su último libro “Basuras de Shanghai”, editado por Random House Mondadori, donde el propio Marín es editor, un conjunto de escritos que condensan muchas de las facetas literarias del autor de “La ola muerta”, pero que sobresalen por la industriosa combinación de un uso encomiable del lenguaje, y el fraseo antes mencionado, que hace que el libro no caiga nunca.
Fiel al estilo que lo ha distinguido con merecimientos en la literatura chilena, Marín no deja de lado la memoria, pero sin caer de lleno en la bitácora ni la autobiografía, borroneando la estrictez académica de los géneros literarios y también extraviando felizmente –tal como se aprecia en su última trilogía novelada-, los límites de lo real y lo ficticio, mezcla, que si bien está muy bien hecha, es sólo una de las cualidades de la escritura de Marín.
Así, surge este conjunto de relatos, que nos llevan a recorrer con una atrapante y divertida dialéctica la historia de Chile reciente, narrada (o hecha crónica, mejor) por el autor-personaje, que departe con Lihn, relata su encuentro con Augusto Pinochet, su ex instructor en la Escuela Militar, recrea su periplo chino (de ahí el título seguramente), o se va de putas en Cartagena, siempre ilustrando al lector, el proceso de creación de, quizás, las mismas líneas que repasa, y respondiendo siempre a esa sentencia que el propio Marín expresó en una entrevista hace una década, “no se escribe para el público, sino para saber por qué se escribe”.
Estas piezas literarias, que unidas forjan un sólido fraseo del mejor jazz, combinando estilos, humores oscuros, miradas, que se mantienen todas amarradas, siempre arriba. Es Germán Marín, indudablemente una de las plumas que se ubican muy por sobre quienes hoy en Chile escriben, un inexorable Premio Nacional de Literatura, un tutor de autores que lo admiran justa y a veces desmesuradamente (e.g. Rafael Gumucio); simplemente un gran escritor, que faltó a su promesa de dejar de escribir… afortunadamente.



Germán Marín
“Basuras de Shanghai”
Ed. Random House Mondadori, Santiago, 2007, 186 págs.



*Publicado originalmente en El Periodista N° 135, 24 de agosto de 2007

viernes, 10 de agosto de 2007

Adiós a las armas

Diamela Eltit (Santiago, 1949) ha sacado un nuevo libro, ¿qué implica esto? Ruido, interferencias, comentarios al paso, correveidiles, dimes y diretes; pues tal como sucede con Raúl Zurita, su ex pareja y compañero de andanzas artísticas, cada vez que Eltit edita un nuevo volumen, es como la voz de “a la carga”, tanto de quienes arremeten con todo contra la autora de “Lumpérica”, y en contrapartida quienes la defienden a brazo partido. Escaramuza repetida en nuestro liliputiense mundo literario criollo.
En esta ocasión es “Jamás el fuego nunca” (Seix Barral, 2007) la última entrega de esta autora, cuya lectura, digámoslo, no puede acometerse de buenas a primeras. La literatura de Diamela Eltit está rodeada por varios factores que la hacen riquísima y esencial, para algunos, y complicada y hasta pretenciosa en extremo, para otros. La razón de esta densidad (pongámoslo así) es la constante e irrenunciable apuesta que Diamela Eltit ha hecho por la integración de arte, literatura, vida y política. Así, es imposible quedar bien con Dios y con el diablo, y tampoco está en la autora la intención de hacerlo. Es más, la contratapa del libro contiene una invitación bastante poco atractiva para el lector de a pie, que vive apurado y no tolera platos demasiado fuertes. Claramente un volumen que no sería recomendable incluir en el peloteado “maletín literario” del Gobierno.
Pero lo que sí sucede con Diamela Eltit es que su presencia (con “textos duros, hermosamente crípticos” como certeramente describió el crítico Javier Edwards Renard) en las letras nacionales es a todas luces útil. Su escritura, si bien dista harto de tener la dulzura y accesibilidad de una educación sentimental, es un recorrido por ese lado de nuestra biografía social que poco nos gusta, pero que está ahí. En este caso es el repaso, mediante la óptica de una mujer mustia, agobiada por el espacio aplastante de una pieza, donde la derrota se respira como un miasma que es como el despertar de una pesadilla, de una realidad utópica, de sueños sociales y pasiones en zozobra constante. Diamela Eltit logra traspasar con éxito estas sensaciones de desastre, y el relato funciona. Como siempre, la autora no trepida en transferirle al lector una plétora de signos, símbolos y mensajes agudos, que son mucho más de lo que encierran las páginas de este volumen, difícil, pero ineludible; críptico, pero oportuno.



Diamela Eltit
“Jamás el fuego nunca”
Ed. Seix Barral, Santiago, 2007, 166 págs.


*Publicado originalmente en El Periodista N° 134, 10 de agosto de 2007

viernes, 27 de julio de 2007

Corto viaje hacia la noche

La muerte del poeta Gonzalo Millán, además de teñir especialmente de negro el 2006 literario (recordemos la partida de Stella Díaz Varín), sigue calando hondo en las editoriales nacionales, en particular a la de la Universidad Diego Portales. Antes de que se supiera el nefasto cáncer que terminó por causar el deceso del autor de “La ciudad”, este ya había publicado en este sello, y se aprestaba a lanzar otros volúmenes que compondrían una trilogía poética, que no sabemos si verá la luz. Igualmente, tras octubre, la editorial reeditó “Relación personal”, y hoy nos trae la obra final de Millán, su last, but not least, entrega.
Decir que Millán cierra con broche de oro con este “Veneno de escorpión azul” es, además de un cliché, una inexactitud, no porque la obra de Gonzalo Millán no haya sido relevante, sino porque la vida de poetas como Millán dista de poder cerrarse con un broche de oro. Sí Millán es sincero, y sigue el ejemplo de Lihn, de entregar una sinceridad total. Hacerlo de otro modo sería impropio, por la intachable elocuencia y contundencia de su poesía, la que estuvo siempre presente en el autor hasta sus últimos momentos.
Esta bitácora final se inicia el 20 de mayo de 2006 (fecha cercana a la entrevista que concedió a este medio) y culmina el 2 de octubre, 12 días antes de su muerte. Según se puede leer en las páginas de este libro, el aviso a Millán de que padecía cáncer de pulmón no fue un desafío para curarse, sino el inicio de los preparativos a una partida, que fue documentada en detalle por Millán, esto es, llenada de palabras, repletando cuadernos que hoy llegan a manos del lector. Gonzalo Millán no consigna todo lo que hace porque sí (toser, comer galletas, ir al Apumanque, hablar por teléfono, ser jurado de concursos de poesía, etc.) sino que lo hace para hacer lo que hizo en su obra inconfundiblemente, llenar de significado las palabras, y verter una pátina de trascendencia poética a su diario vivir, que en este libro se ve indefectiblemente trastocado por una macabra cuenta regresiva, ante la que no sirve lamentarse, sino alistarse, y no estar desocupado, ni dejar escapar cualquier verso, idea o imagen que transite por su mente.
Millán dice adiós en este libro, con dignidad y humanidad, con lenguaje preciso, y como siempre, con buena poesía.


Gonzalo Millán
“Veneno de escorpión azul”
Ediciones U. Diego Portales, Santiago, 2007, 321 págs.



*Publicado originalmente en El Periodista N° 133, 27 de julio de 2007
*Imagen: Francisco Javier Olea

viernes, 13 de julio de 2007

Nada más que la verdad

Si hubo alguien que capitaneó la intelectualidad occidental fue Susan Sontag (1933-2004), conspicua pensadora, ensayista, cineasta y activista estadounidense (más específicamente de Manhattan), fallecida hace dos años y medio. Hoy, la editorial Random House Mondadori nos presenta “Al mismo tiempo”, una serie de ensayos, introducciones y discursos de aceptación de algunos de los varios premios que jalonaron su eminencia intelectual.
Algo sucede cuando nos acercamos a personalidades como Sontag. Una vez superada la clara noción de estar frente a un peso pesado intelectual, producto de infinitas ávidas lecturas, y de la habilidad indispensable de vincular acontecimientos actuales y pensamientos punzantes, nos encontramos de frente con el ser humano que denota su hambre de conocer, de saber más, de humanizarse. Estos escritos son una muestra de aquello a lo que Susan Sontag consagró su vida, la persecución del conocimiento como estética, es decir, saber más para ser mejores.
De este volumen póstumo, destaca el ensayo que Sontag publicó en la revista The New Yorker, cuando el horror del 11 de septiembre de 2001 estaba aún muy fresco en la mente de los estadounidenses. En este escrito pone en entredicho el que los ataques a Nueva York hayan sido a “la libertad” o al “mundo libre”, señalando que eran la consecuencia de los actos de alianzas específicas que Estados Unidos había hecho. Así era Sontag, directa, fuerte, dura en casi todo momento, pero pocas veces desacertada, lo que naturalmente le granjeó tanto adeptos como enemigos.
Pero también este volumen no pasará inadvertido para los escritores, pues más allá de lo que se pueda decir de la narrativa de la propia Susan Sontag (una novelista fallida, muy a su pesar), sí es indiscutible que sabía bastante acerca de los lineamientos y proyectos de la literatura actual. Una píldora de su lucidez: “los escritores serios no sólo deberían expresarse de forma diferente del discurso de los medios de comunicación de masas, sino que deberían oponerse al zumbido comunitario de las noticias y los talk shows (…) los escritores deben liberarnos, estremecernos”.
Puede resumirse el afán intelectual de Susan Sontag en deseo irrenunciable de sacar a flote la verdad (término espinudo como pocos). Pero más que entrar en bizantinos debates acerca de qué puede ser la verdad, en el caso de Susan Sontag es sinceridad, expresada con una impecable elocuencia. Todo al mismo tiempo.



Susan Sontag
“Al mismo tiempo”
Ed. Random House Mondadori, Barcelona, 288 págs.



*Publicado originalmente en El Periodista N° 132, 13 de julio de 2007