viernes, 5 de junio de 2009

¿Por qué no puedo ser del red set?

El mercado editorial registró hace algunas semanas el nacimiento de una de sus novedades cool, nos referimos a “La deuda” (Mondadori, 2009), última entrega del escritor y columnista Rafael Gumucio (Santiago, 1970). El libro se basa en un caso real, el de la estafa del llamado “contador de las estrellas”, que embaucó a diestra y siniestra a media farándula criolla. También se echa mano a ciertos incidentes de corrupción política. En el libro, el resentido Juan Carlos Riquelme desfalca al atribulado cineasta Fernando Girón (oriundo de Macul y a quien la divina providencia social hizo rubio) quien además de ser desplumado por su contador y amigo, debe enfrentar los embates que este hecho acarrea en su matrimonio con Fernanda Valdés, ex alumna del Villa María y aguerrida gerenta de comunicaciones de TVN. En paralelo, la novela tiene como eje secundario las vicisitudes de Riquelme, quien escapa de Chile y trepa por Latinoamérica evadiendo a la Justicia, hasta que finalmente cae en cautiverio. Se entiende que la acción del libro transcurre para generar la tensión necesaria para sazonar el desenlace: el encuentro entre Girón y Riquelme, en la cárcel donde el segundo cumplía condena.

Suceden varias cosas con esta novela de Gumucio, y que hacen que simplemente no funcione. La primera de ellas es el baladí hecho que elige Gumucio como armazón para desarrollar su muy ambicioso proyecto, una noticia de farándula. La segunda de ellas se desprende de la anterior, Gumucio aspira a crear un libro que, en el papel, no dejará títere con cabeza al meterse contra la Iglesia, la política, la culpa cristiana, el cine chileno, la PDI, la corrupción en la Concertación, la clase media, el determinismo insalvable -casi al nivel de casta hindú-, que da el origen social, la literatura misma, etcétera., temas que, si se revisa la carrera de Gumucio como cronista y columnista, se verá que son sus obsesiones, sus perennes cuentas pendientes. Las páginas del libro rezuman un apuro, un atarantamiento incluso, por sacarse este hueso de pollo que Gumucio tiene atravesado en el gaznate, un apuro por escribir una novela política (en el sentido amplio y no ideológico del término), que desnude a la sociedad local y todos sus males, de una sola patada.

A partir de esto, una tercera cosa que sucede con “La deuda” –y su principal cojera- es que se aprieta mucho, y, como no podía ser de otra forma, se abarca poco. Gumucio promete una bomba de 150 megatones para terminar entregando guatapiques al lector. No se puede dejar de pensar que si el autor tuviera un poco más de paciencia, podría haber desarrollado con los años cada uno de estos temas -que no son nuevos- en libros individuales, con más calma, con mayor atención. Pero en fin, Rafael Gumucio eligió poner todos los huevos en una canasta harto frágil. Los cartuchos del que podría haber sido un extenso proyecto novelístico se utilizaron todos a la primera oportunidad, en un territorio plagado de adverbios terminados en “mente”, y de la palabra “odio” usada en las más diversas instancias.

En cuarto lugar, el tránsito de crónica a novela que el autor emprende se nota accidentado y por momentos fallido. Gumucio no toma en cuenta que hay arbitrariedades que se permiten en el campo de la opinión periodística (Macul como epicentro de la clase media, et. al.), pero que en la ficción, donde hay que construir tinglados argumentales y personajes sólidos, simplemente chirrían. Una cosa es cronicar el clasismo o la corrupción, y otra muy distinta es exponerlo con una dimensión poética o artística, con los intrincados códigos de la ficción. El discurso taxidermista y encasillador, que en un cronista suscita –idealmente- el pensamiento y la discusión, puede sonar fatuo y caprichoso en la voz un narrador omnisciente y en exceso escrupuloso de su poder sobre la historia. A propósito de esto, no se puede dejar de recordar a Machado de Assis y su novela “Esaú y Jacob”, que circula en nuestras librerías. Gumucio repite un narrador que en 1904 era una novedad, pero que en 2009 es difícil de digerir. Hasta en la división capitular se parece al libro de Machado, con microepisodios que están en páginas enfrentadas.

El pretencioso proyecto de “La deuda” se desmorona en un texto blando, lugar en que se deshacen las intenciones de desnudar yayas enquistadas de cierto sector de la sociedad (aquel en el cual Gumucio hace su vida diaria, como lo delatan los guiños a restaurantes y locales comerciales, tal como lo hizo su camarada Patricio Fernández en “Los nenes”) a partir de un narrador y personajes que se despachan filípicas y moralinas de esta clase: “La voz en off explica demasiado (lo que precisamente sucede en este libro). Típico de las películas chilenas eso de la voz en off. Pero la gracia de la novela es que no se cuenta sola, es que hay una voz esquizoide que la cuenta”, “El paraíso es lo más entretenido que hay. Son los pecadores los que son una lata. Rodeado de borrachos y puteros. ¿Tú has leído a Santo Tomás? La Suma teológica es lo más divertido que hay”, “nadie está condenado a ser pobre, y nadie es pobre porque otros son ricos, todo depende de tu capacidad de emprender, de soñar una vida mejor”. Así las cosas, no hay incomodidad ni diversión, como se señaló en el lanzamiento y en la contraportada, respectivamente.

¿A quién se dirige “La deuda”? (la pregunta levantó cierta polvareda), por cierto que no a un “lector subnormal” como se insinuó en LUN, pero tampoco a un gran público, como pretende Rafael Gumucio al meterse en las patas de todos los caballos de la plaza, aunque use la farándula como punto de fuga. Esto no porque en Chile –supuestamente- se lea poco, sino porque, una vez más, se opta por escribir para un reducido y nada marginal grupo de amigos y compañeros de juerga. Con esta novela (que tal como su desabrida prima hermana “Los nenes” probablemente no haga mucho ruido), queda establecido que Rafael Gumucio nos queda debiendo unas buenas crónicas, modalidad de la cual no debió haberse alejado mucho.


Rafael Gumucio
“La deuda”
Ed. Mondadori, Santiago, 2009, 352 págs.


*Publicado originalmente en El Periodista N° 172, 5 de junio de 2009

miércoles, 20 de mayo de 2009

Puro periodismo

Lo hemos dicho en otras ocasiones y lo diremos nuevamente, estimado lector: la crónica goza de excelente salud y se expande con rapidez. Dentro de la narrativa la crónica es, con holgura, la modalidad que ha dado los resultados más felices. Juan Pablo Meneses, Francisco Mouat, el indiscutible Pedro Lemebel, Roberto Merino, y ahora el periodista Werne Núñez (Quintero, 1975) lo confirman.
Del último de los mencionados, editorial Norma ha publicado “Crónicas de un subnormal para gente inteligente” (2008), volumen que reúne los particulares trabajos periodísticos que Núñez ha realizado para varios medios de prensa escrita. Empecemos señalando, eso sí, que el título del conjunto es algo desafortunado y forzado (innecesaria la autoflagelación del autor, innecesario el lisonjeo al lector), y que la portada tampoco es muy feliz, con una imagen del corazón (alguien dijo, erradamente, que era carne de chancho) con textura de papel mural (que se descascara con una sola pasada de uña) y un pobre “photoshopeo” de solapas que no entra en sintonía con el contenido interior, bien diagramado e impreso en buen papel.
En cuanto al texto, la lectura del trabajo de Núñez da cuenta de la calidad de su autor, miembro de ese cuadro honor de los periodistas portátiles (término acuñado por Juan Pablo Meneses), de ese periodismo alternativo de revistas “tan ABC1”. Experimentado reportero, Núñez ha pasado por diversos medios, destacando su fogueo en la Zona de Contacto, esa taquillera cantera de narradores de disímil devenir; valga esta mención porque el sello de la “Zona” –suplemento en el que Núñez llegó a ser editor- se ve en la escritura del autor, más allá de que algunas de las piezas consignadas en el libro aparecieron en ese suplemento. ¿A qué nos referimos al hablar del sello de la “Zona”? nos referimos a una escritura que rezuma desplante, una escritura que no deja de mostrar que el periodismo de autor tiene un peso, y una escritura que tiene como norte lo pop (o freak, si se quiere usar esa deleznable palabreja), aunque sea su lado B. Así es posible ver las caras más ocultas –y menos amables- de personajes que han dado para la risa y el escarnio, como Salo Luna, el manufacturado perro “Cosita” y el “Papurri” Piñera, junto con otros más anónimos que –y he aquí el verdadero valor periodístico/literario del libro- tienen una intríngulis oculta que se sacó de las anónimas sombras, como los evangélicos de Curanilahue, o los inmigrantes africanos residentes en Chile.
En todo caso, estimado lector, lo antedicho son, en buena medida, mocedades de estilo, veleidades que salpimientan un trabajo escritural correcto y efectivo. Ciertas cuestiones momentáneas de tono, si se quiere. Werne Núñez tiene los elementos básicos e indispensables para conformar el cuadro del buen cronista: buena pluma, valentía y la voluntad y tenacidad del sabueso. Ir siempre tras la historia, sea de la naturaleza que sea, sea donde sea, sea con o contra quien sea.
La contraportada del libro (espacio que, como se sabe, da para cualquier cosa) incluye el eslogan “crónicas escritas desde el mejor periodismo literario”; dejando de lado el obvio carácter publicitario de la frase, hay que decir que aquí hay más periodismo que literatura. Abundan los que han debatido y tratado de borrar las fronteras entre ambas disciplinas (desde García Márquez para abajo), pero en esta pasada gana el reporteo a las claras. Otros se ocuparán del mentado debate periodístico-literario, acá diremos que Werne Núñez es más periodista que nada, y no le apetece ser otra cosa. Y ya que el autor se metió en el mundo infantil chileno mediante el retrato de uno de sus íconos más ilustres, como lo es Roberto Nicolini, usemos la cortina de “Cachureos” para describir a Werne Núñez, y a todos sus cofrades, que se empeñan y logran con éxito enaltecer a la quizás más vilipendiada de las profesiones, el periodismo, pues se bajan de aviones o buses, exploran dentro y fuera de un computador, son siempre investigadores y audaces periodistas, y que en más de una ocasión -ya sea el deber o el gusto- se disfrazan para hacerse los artistas.


Werne Núñez
“Crónicas de un subnormal para gente inteligente”
Ed. Norma, Santiago, 2008, 185 págs.


*Publicado originalmente en El Periodista N° 171, 20 de mayo de 2009

viernes, 8 de mayo de 2009

Cinco años no es nada

Hace un tiempo, estimado lector, el joven poeta nacional Enrique Winter (1982) hizo llegar a este redactar, con esfuerzo (como trabajan todos los poetas jóvenes) su segundo libro de poemas, titulado Rascacielos, editado no en Chile sino en México, en la colección Limón Partido, parte del llamado Proyecto Literal, que también alberga a la poeta Elizabeth Neira y donde también participa el inquieto Héctor Hernández Montecinos.
Pues bien, Winter, que también ha trabajado aplicadamente traduciendo y editando autores, nos acerca este libro, el segundo desde “Atar las naves”, su debut editorial en poesía del año 2003, bajo el alero de las ya consolidadas Ediciones del Temple (publicación que le ha valido no pocos reconocimientos y un renombre respaldado con trabajo). Dato que hay que considerar, debido a que ha pasado agua bajo el puente. A qué me refiero, el Enrique Winter de “Atar las naves” era por entonces un estudiante de derecho, juvenil, con resabios de enseñanza media aún en el cuerpo. Hoy “Rascacielos” nos debiera mostrar a un autor que ya ha dejado atrás todo eso; hoy –según la nota biográfica incluida en el libro- es abogado de profesión, un tipo que, en el papel, se ha puesto pantalones largos, corbata y terno. En todo caso, la anterior es una imagen algo burda para señalar que el autor ha dejado de ser un chiquillo.
En virtud de lo anterior, y con un espacio de cinco años entre poemarios, uno podría esperar un lenguaje distinto, imágenes distintas, preocupaciones diferentes a las de aquel muchacho de 21 años que editó su primer libro. Sin embargo, hay continuación antes que ruptura, lo que se confirma hacia el final, cuando se señala que “Atar las naves” no está tan lejano temporalmente a “Rascacielos”, que es un libro cuyos poemas tienen cara de ser hermanos de los de “Atar las naves”. Se impone la continuidad antes que la renovación, por lo tanto, cualquier intento de ver este libro desde la óptica de un proceso de maduración, de un coming of age, queda totalmente desechado.
Vamos al texto entonces. En el blog del Proyecto Literal se señala que “se considerarán para publicación sólo aquellos poemarios terminados y que tengan unidad formal y temática”, lo que es bastante curioso, pues si hay algo que no tiene este libro es unidad formal y temática. Winter ha integrado un abanico de formas y temas, rompiendo ese molde. Poemas con rima consonante y sonetos comparten páginas con otros de largo aliento, de métrica más libre. Y si hay que hablar de temas, podría decirse que el hilo conductor de los versos pareciera que son transcripciones directas de las vivencias del autor, y sean estampas liceanas o del paisaje mexicano. La biografía o la bitácora de viaje como material de trabajo (no diré “la realidad”, puesto que el concepto es inasible como pocos). Se nota que el autor ha “salido del horroroso Chile” y ha deambulado por el globo, y no ha querido perder pisada de ese periplo.
Queda claro que “Rascacielos” y “Atar las naves” son libros hermanos –o primos cercanos-, concebidos desde un mismo prisma, pensados y dibujados a partir de un mismo modelo y un mismo tiempo, de un mismo punto de fuga. Se comparten imágenes similares, como la recurrencia a lo adolescente, lo colegial (“aprendiendo a mascar el último pedazo de helado/ sin quedar con el gusto de madera del palito” o “Me reí mucho cuando un ex compañero de colegio/ interrumpió mi baile para decir que siempre quiso/ darle a mi ex.”), imágenes que son un contrapeso de frases altisonantes que hay en el libro (“la verdad está sobrevalorada”), o palabras que son harto espinudas, a saber “burguesía”, “Latinoamérica”, “subdesarrollo”, “barrio alto”. Además persiste cierta estética medio sucia, medio marginal (bien abundante en la producción poética “sub 30” criolla), se desliza cierta pedofilia o abuso deshonesto, al mismo tiempo que hay cierto compromiso social, o de denuncia (como sucede en el poema “El Alexander”).
Los variopintos poemas de “Rascacielos” dan cuenta, eso sí, de un autor atento que se esfuerza por trabajar la palabra, por hacerla funcionar en el papel y traerla a los comedores de diario, dando valor a este libro. Un poeta que cuida que cada verso tenga adosadas unas cuantas imágenes que carguen de sentido las palabras, y que, al menos en algunos pasajes, haya un ritmo que haga correr los poemas en orden y musicalidad. No obstante, esto ya lo habíamos notado en “Atar las naves”, ya entonces habíamos notado a un autor que tiene pasta para dominar el oficio y desarrollarlo con el tiempo, notamos que había un buen manejo de imágenes, sugerencias, sintaxis, una interesante potencialidad de estilo.
Sin embargo, no es posible esquivar la sensación de que quedamos a la espera, mientras leemos este “Rascacielos”, de que la poesía de Enrique Winter dé ese paso, a una palabra depurada y podada, y que definitivamente deje atrás una juventud que se escapa; un estilo que sea claramente distinguible, a una voz madura que hable fuerte y claro, y que alcance las alturas que su autor promete con fundamentos y trabajo concienzudo y permanente por la poesía chilena. Si será mediante sonetos, endecasílabos, verso blanco, o lo que sea, está por verse. Y ojalá que no tengamos que esperar otros cinco años para constatar la consolidación de una de las buenas voces de la poesía joven chilena del joven siglo XXI.


Enrique Winter
“Rascacielos”
Ed. Literal, México, 2008, 99 págs.


*Publicado originalmente en El Periodista N° 170, 8 de mayo de 2009

viernes, 24 de abril de 2009

Cuando la novela era virgen

¿Qué es “Esaú y Jacob (FCE, 2008)? ¿Qué es este libro que la editorial Fondo de Cultura Económica ha tenido a bien colocar en nuestras librerías? ¿Qué es este volumen, compuesto por el brasileño Joaquín Machado de Assis (1839-1908)?, ¿es, en efecto, la reedición de un clásico de la novela, o quizás algo más parecido a un testamento novelero recién salido de imprenta, un anacronismo editorial? ¿es posible que la aparición de este libro se ajuste más a la taxidermia literaria, a la muestra de cómo se hacían novelas en tiempos que ya no volverán?
Todas estas preguntas pueden tener un “sí” como respuesta, querido lector, todas pueden calzar con esa impresión imposible de acallar que surge al leer esta novela. Pero, a su vez, no podemos dejar de aseverar –y por ende, disfrutar- que al tomar este volumen, tomamos un muy buen libro, obra de un autor avant la lettre, mestizo descendiente de esclavos, tartamudo y epiléptico. Pero a la vez nos enfrentamos a la novela en su ingenuidad pura, en una pubertad libresca tierna y virgen, que sería corrompida con el correr del mismo siglo que este volumen inauguró en 1904.
La lectura de esta obra de Machado de Assis es una experiencia lectora cabal, aún –y por- su decimonónico y floreado estilo, su narrador omnisciente al nivel de la divinidad, su anticuada división capitular (hay más de cien y varios no pasan de media página), su apelación al lector, y no solamente al lector, sino a la lectora, puesto que el adelantado Machado de Assis sabía, antes que se inventaran las campañas de marketing, los focus group, encuestas y sondeos de clase ninguna, el target del genéro novela: las mujeres, las grandes lectoras de este tipo de libros en el siglo XIX, así como en postrimerías del XX a la mujer se le achacaría el ser la gran consumidora de teleseries. Digno de nota es el narrador, que cuenta y sabe todo, pero su manejo de los hilos de la trama es tan absoluto que plantea dudas, maneja tiempos, instala cuestionamientos y preguntas deliberados para mover a su total antojo y destreza la perilla de la tensión lectora.
La novela cuenta la historia de Pedro y Paulo, hermanos gemelos que nacen para ser “grandes hombres” –y grandes rivales-, según la cabocla, pitonisa que avizoró el brillante y a la vez terrible futuro de los niños (futuros doctor y abogado, futuros republicano y monárquico), brillante, puesto que ambos serían protagonistas de la turbulenta política brasileña del cambio de siglo, que trajo el advenimiento de la República a ese país, y terrible, puesto que ambos pelearían por el amor de Flora, una dulce e inocente joven que tiene su tierno corazón partido por los conspicuos mellizos, quienes, ya de mayores, llegan al Parlamento brasileño, cumpliendo el oráculo que predijo grandeza a los hermanos.
Por cierto que la novela sirve, por si fuera poco, para conformar una elegantísima, exquisita y acuciosa postal de los personajes, usos y costumbres de la sociedad de la entonces capital brasileña de fines del siglo XIX, Río de Janeiro, destreza propia de Machado de Assis, talento propio de este escritor a quien se le ha achacado la paternidad de la literatura brasileña moderna –algo nada descabellado, pues temprano abandonó el Romanticismo para luego superar el Realismo-, y que ya antes de este libro se había hecho un nombre con obras como la revolucionaria “Memorias póstumas de Blas Cubas” (1881), “Quincas Borba” (1891) y “Don Casmurro” (1900). Si hasta Susan Sontag y Woody Allen se sintieron tocados por Cubas, y hay quienes han rastreado a Machado/Cubas en el autoreflexivo Lester Burnham, protagonista del filme “Belleza Americana”, interpretado por Kevin Spacey. Burnham inaugura la película declarando su fallecimiento, “en menos de un año, estaré muerto. Por supuesto, todavía no lo sé. Y en cierta manera, ya estoy muerto”, declaración algo más frugal que la de Cubas, quien apela “al gusano que primero royó las frías carnes de mi cadáver, dedico con sentido recuerdo estas memorias póstumas”.
Así las cosas, la publicación de “Esaú y Jacob” es un acierto por donde se la mire, es la publicación en castellano de una de las obras faltantes de Machado de Assis, es la publicación de una gran novela y una nueva estación en la revaloración de la obra de este prócer literario, es la publicación y exhibición de una pieza de museo digna de admiración, visita obligada y aprendizaje, es la publicación de un libro esencial en cualquier mapeo o cartografía de la novela latinoamericana moderna. Por sobre todo, es la publicación de una más de las obras de Joaquín María Machado de Assis, eso debiera ser suficiente, sin más.


Joaquín Machado de Assis
“Esaú y Jacob”
Fondo de Cultura Económica, Santiago, 2008, 348 págs.


*Publicado originalmente en El Periodista N° 169, 24 de abril de 2009

jueves, 9 de abril de 2009

Dale con Neruda

¿Seguiremos leyendo a Neruda en el futuro? ¿Desaparecerá de los anaqueles? Lanzo un par de preguntas algo ingenuas, querido lector, alimentadas por el hecho de que hoy el busto de Neftalí Reyes fue desbancado de una patada por la juventud libresca chilena, y en su lugar han colocado dos estatuas sagradas: Nicanor Parra y Enrique Lihn, acompañadas por otras estampitas menores. Pareciera que la labor de continuación de los muy extendidos estudios, catastros y loas nerudianos correspondiera a damas y señores de más edad, de otras épocas, de otro Chile en buenas cuentas. ¿Habrá, a estas alturas del partido, jóvenes que lleguen a las editoriales, plenos de esperanza y exaltación, a presentar un proyecto que sea “un libro sobre Neruda”?, improbable es decir poco, quimérico quizás sea más apropiado. Pero respire tranquilo, lector apreciado, no corra, porque Neruda hay en todas partes. Las repisas poéticas de las librerías, en las cuales el vate parralino ocupa, digamos, un 70% del espacio, lo delatan, acercándonos a ese terror que el propio autor tenía de que publicaran hasta sus calcetines. Concentrémonos en eso, amén de hechos palmarios como el que Pablo Neruda es estudiado -gracias a esa apoteosis nerudiana remanente de los profes- en cada aula colegial de este país. Agréguese el año 2004, año del centenario del nacimiento del vate, año en que se produjo la saturación del mercado cultural con el producto Neruda, atracón del cual muchos aún no se recuperan. Queda claro, eso sí, que para los más veteranos es tan difícil desligarse de Neruda, como fácil es para los jóvenes dejarlo acumular polvo en los estantes.
Concentrémonos, de todas maneras, en el libro “Tal vez nunca. Crónicas nerudianas”, un conjunto de artículos compuestos por el Premio Nacional de Literatura 2006 José Miguel Varas (uno de esos antedichos señores de edad), quien en 2008 sopló 80 velitas en su torta de cumpleaños. El volumen es editado por Universitaria, en esa honrosísima colección que este tradicional sello dedica a quienes se han ganado el máximo galardón literario local. Antes una pequeña mención. El libro como objeto ha perdido calidad, la impresión que ha hecho Salesianos se ve extraña, el libro se ve más débil, frágil, las tapas menos gruesas, el encuadernado con menos pegamento; unas solapas que, además de inútiles (están en blanco), pareciera que se van a rasgar por lo delgado de la cubierta. Quizás habría que revisar eso, en vistas a considerar el libro como un bien durable, que perdure más allá de las crisis mundiales.
Digresiones hechas, vamos al texto. Varas es de esos viejos cronistas que resisten y permanecen en el tiempo; esos cronistas, que ya son como leyendas, semidioses de linotipia que escanciaban licores en las noches mágicas en el centro bohemio, mientras se imprimía el diario, en una jarana que ya no existe, pero que seduce tanto y en la que periodistas y escritores venían a ser como lo mismo, perdidos en difusos torbellinos de vino tinto, pipeño o lo que fuera. Ahí se forjó el estilo de estas crónicas, las que están escritas con esa manera impecable y recortada de Varas, que durante toda su vida se ha empeñado en documentar el Chile que le toca vivir.
En esta ocasión, el punto de fuga es la vida del Premio Nobel 1971, pero sólo se queda en eso, en ser un personaje incidental, pues Varas pone a Neruda como excusa para hacer lo que hace mejor: cronicar el mundo, sanísima costumbre. Claro, la ligazón Neruda-Varas la habíamos visto en “Nerudiano” (1999) y “Neruda clandestino” (2003), donde fueron publicadas originalmente estos relatos, y donde Varas recrea el episodio, -elevado a la categoría de épica-, que fue el exilio del poeta. Un ejercicio de tremenda sanidad es no hacer lo que han hecho decenas y centenas de escritores, académicos, poetas, compañeros de ruta, compinches, yuntas y compadres de Neftalí Reyes: ponerlo al centro, instalarlo –aún- en el trono omnipotente. En ese sentido, este libro de Varas es un aporte, porque no se centra en el yo de Neruda -algo que Varas ha hecho siempre, valga señalar- sino en sus circunstancias. Se le baja algo el humo al inflado suflé del heroísmo, el romanticismo y la politiquería nerudianos, lo que hoy se agradece, y si ese ejercicio se da mediante la prosa sobria y seria de José Miguel Varas, tanto mejor. Así las cosas, igual no sería malo que la corten un ratito con Neruda.

José Miguel Varas
“Tal vez nunca. Crónicas nerudianas”
Ed. Universitaria, Santiago, 2008, 259 págs.


*Publicado originalmente en El Periodista N° 168, 9 de abril de 2009

viernes, 27 de marzo de 2009

Una prostituta honesta y piadosa

Reflexionando, mi querido lector, he llegado a la conclusión de que es imposible lograr una lectura que no esté condicionada por algo, “contaminada”, si se quiere. Siempre hay algo que condiciona la forma en que nos acercamos a los libros o a cualquier texto; nuestro ánimo, nuestros pensamientos, deseos, el clima, la crisis económica, la esquiva felicidad, etcétera. Esto que acabo de señalar no es nada original, pues ya antes el ensayista francés Georges Mounin apuntó que lo subjetivo, lo vivencial de la lectura son, en efecto, puntos de partida de cualquier investigación, crítica o vistazo literario, incluyendo, como no, el que usted tiene ante sus ojos, amigo lector.
Todo este caudal intelectual surgió en mí tras la lectura de “La novela luminosa”, libro póstumo del escritor uruguayo Mario Levrero (1940-2004), volumen que, divina providencia mediante, me dio a conocer sin querer una amiga muy especial, quien compartió su indignación por el alto precio del libro en las librerías locales. Amén de las atendibles quejas de esta muy querida amiga quintacostera, hay que jalonar a la figura de Mario Levrero como una de las más laboriosas de la literatura latinoamericana. Levrero publicó en este lado del mundo y en España, incursionó en subgéneros como la ciencia ficción y su labor subterránea hizo que el inefable Ángel Rama lo encajara en un grupillo de peculiares autores, como Felisberto Hernández y Marosa Di Giorgio.
Volvamos a la primera reflexión, aquella sobre la subjetividad, sobre lo que determina nuestras lecturas. Esto es totalmente válido cuando nos acercamos a este libro, que, en la más pobre de las apariencias, sería solamente un largo y puntilloso diario de vida, seguido de una novela corta. Pero concentrémonos en el principal de los ángulos de “La novela luminosa”; la mejor de sus caras es el rescate, mediante la literatura, de la vida de una persona (o al menos un trozo de ella) del olvido y del más total de los abismos. Lo que hace Levrero en este libro es algo que bien puede compararse a lo que enuncia Rainer María Rilke en la novena elegía del Duino, “aquí está el tiempo de lo decible”. Y toda esa larga minucia que Mario Levrero nombra en las primeras 450 páginas del libro es un año de vida que se ha salvado, que ha adquirido significado y sentido porque se ha nombrado, lo que no pueden decir las millones de personas en el mundo, de todas las edades y orígenes, que llevan diarios de vida que son todo para ellos, pero que, aún así, están a un universo de distancia de convertirse en libro, con todo lo trágico que pueda ser que todas esas existencias testimoniadas se diluyan en la oscuridad uniforme de la pesada noche mundial.
Por descontado “La novela luminosa” no es sólo un diario de vida en el que el autor derrama con soltura y naturalidad sus obsesiones, temores, miedos, achaques, esperanzas, calenturas y opiniones (su humanidad, sin más), sino que tiene el fundamental e inexcusable plus de estar compuesto –de lo contrario, no sería un libro publicado- con un acervo artístico y estilístico distintivo, resuelto y palmario. Es casi imposible no comparar este libro iluminado con otro agudo observador del diario absoluto, Gonzalo Millán, cuyo “Veneno de escorpión azul” (2007) bien puede ser un primo hermano -bien luminoso, por cierto- de esta bitácora de Levrero, bitácora que va más allá de las estructuras, formatos y literaturas, aún cuando Mario Levrero es consciente de su ejercicio y escribe para un lector que lo leerá y que –se espera- experimentará algo con el repaso del cotidiano acontecer del autor. A partir de esto, ¿no han salvado Levrero y Millán sus vidas y circunstancias de la total oscuridad, estando ambos, más encima, ad portas de la muerte?
“Lo siento, literatura, tú también que tienes algo de prostituta honesta y piadosa; también a ti te he abandonado, ensimismándome así, evocándome a tus costillas. También a ti te estoy perdiendo, pero era necesario. Espero que entiendas, estoy tratando de armar mi propio rompecabezas, estoy llamando con un grito que debe atravesar túneles de quince, dieciocho, veinte años de largo, llamando a mis pedazos dispersos, a los cadáveres de mí mismo que yacen insepultos, imágenes que nunca tuvieron un espejo para reflejarse”, nos franquea Levrero, quien, aparte de contribuir a generar -con ese oficio que parece inadvertencia- lúcida conciencia sobre la vida y el paso del tiempo, resolvió con felicísima destreza el puzzle que implica la oposición diario de vida/hacer literatura, desafío de suyo peliagudo, y que de seguro más de alguno de ese sinnúmero de escritores de diarios íntimos piensa salvable, porque cree que “sus cosas” tienen un valor incalculable en sí mismas, cuando en la inmensa mayoría de los casos no es así. Mario Levrero se ha despedido cruzando, hasta con gracia, el tramo de cuerda floja cuyo éxito final es el libro que el lector debiera comprar (aunque mi amiga hermosa se enoje), cuerda floja que, tendida sobre el precipicio del silencio y la desatención, fue sorteada con la luminosidad de la buena literatura.

Mario Levrero
“La novela luminosa”
Ed. Mondadori, Buenos Aires, 2008, 567 págs.


*Publicado originalmente en El Periodista N° 167, 27 de marzo de 2009

viernes, 13 de marzo de 2009

El memorioso elegante

Querido lector, si usted tiene en sus manos un ejemplar del libro “Luces de reconocimiento”, escrito por Roberto Merino (1961) y publicado por las ediciones UDP, pues agradezca a su buen juicio si lo compró, o bien a esa persona que se lo regaló. Ahora, si no lo tiene, pues bueno, haga el sacrificio y aparte algunos pesos del sufrido presupuesto mensual, y adquiéralo en librerías. O regálelo, no pasará indiferente.
Tanto entusiasmo, tanta alharaca de mi parte se ha cimentado al leer este conjunto de escritos (en rigor no son “ensayos”, como se señala en la cubierta del libro, por extensión y por tono, entre otras cosas) muchos aparecidos en prensa, confeccionados por el escritor Roberto Merino, hoy por hoy, un diestro exponente de la crónica, uno de los columnistas más señeros que hoy escribe en diarios, y además un laborioso editor, que ha dado muestras de un trabajo sólido en ese campo, como la edición de las crónicas de Joaquín Edwards Bello, ese oportunísimo megaproyecto literario que las Ediciones UDP están emprendiendo.
Ahora, la ventura de “Luces de reconocimiento” radica en dos factores, dos dones con los que cuenta el barbudo Merino: una memoria prodigiosa (o una prodigiosa capacidad para rellenar sus vacíos) y una pluma elegante, donairosa, con un peso específico definido, culto sin caer en la petulancia. Por esto mismo, la calidad del volumen también tiene dos vertientes. La primera de ellas es el ser un testimonio de un personaje que tuvo un contacto directo, cercano y hasta delirante con figuras proverbiales de la literatura reciente, como Rodrigo Lira, un poeta que aún es personaje, al medio filo entre la leyenda y la anécdota, aún vive entre “Cuánto vale el show” y sus muñecas rebanadas. Y el segundo arranque de virtud de este libro reside en que su autor escribe con un estilo definido, jalonado por la desenvoltura y el reposo. Merino hace hablar a la memoria, como todo un Nabokov (¿quizás como nuestro Nabokov?), y aplica la joyería del detalle, del dato que no pretende ser copucha ni cahuín, sino anécdota de los mejores cenáculos, de indelebles tertulias donde no se pela, sino que se conversa (hay ahí un precursor claro: Alfonso Calderón). Roberto Merino escribe de literatura chilena no con afán docente u opinante, sino con el humilde, honesto y feliz horizonte de escribir simplemente para salvar sus recuerdos –que son muchos- del olvido. Así las cosas, la ausencia de envanecimiento está asegurada, aunque, también hay que señalarlo, el lector no encontrará –puesto que el libro no lo pretende- el rigor académico, o el choque frontal que muchas veces también es necesario y deseable a la hora de instalar debates en la escena.
Qué sano y grato es la total ausencia de pretensión o de intelectualismo culturoso en Roberto Merino, qué gusto da encontrar un cronista que incluso es sincero con sus limitaciones, y que opta por la franqueza e incluso apela a la complicidad del lector en la aventura descubrir textos o autores. Un ejemplo: “Me ha costado entrar a los textos fundamentales de Una carta de Claudio Bertoni (…) cuando he tenido que contarle a alguien en qué consiste el libro no he podido pasar de la idea insatisfactoria de que se trata de unas cartas dirigidas a una mujer”, o bien “a veces pienso que la literatura ha sido, en mi caso, un camino equivocado”. Qué agrado (y qué logro del estilo) es hablar no desde una posición de autoridad, como una gárgola de la historiografía literaria, sino desde una posición horizontal, como en las fuentes de soda antes que en los cenáculos. Qué adecuado el título también, por “luces” y “reconocimiento”, por la forma en que se ilumina un costado de la literatura y los escritores de un período particular de la historia chilena, y también por cómo se los reconoce, se los descubre, se los vislumbra. Tal como lo señala la desaparecida pensadora estadounidense Susan Sontag, el reconocimiento es la modalidad del conocimiento que ahora se identifica con el arte.
Por si fuera poco, hay que agregar que el libro es obra del tándem Roberto Merino-Andrés Braithwaite, la dupla más calificada que tiene hoy la industria editorial criolla, la mejor joint venture que este y cualquier libro chileno pudiera pedir o esperar. Merino & Braithwaite son plata en el banco. Sin mucho más que decir, recordado lector, resta que usted se apersone en un expendio de libros (las cunetas son indignas de este buen trabajo) y pida sus “Luces de reconocimiento”, para iluminarse, conocer y reconocer literatura chilena, y no morir de tedio en el intento.


Roberto Merino
“Luces de reconocimiento”
Ediciones UDP, Santiago, 2008, 176 págs.


*Publicado originalmente en El Periodista N° 166, 13 de marzo de 2009

domingo, 1 de marzo de 2009

Retrato del artista como miserable profesor

Según lo que nos ha revelado Enrique Vila-Matas, es la vida la que configura a la literatura. Sumemos a esta más que elocuente sentencia del escritor catalán una pregunta mezclada con un toque de suspicacia, ¿no es acaso por una curiosidad, revestida de un conveniente intelectualismo, que entramos en el detalle de las vidas de los escritores? Este postulado se confirma al repasar los 47 movidos años de exilio autoimpuesto de James Joyce (1882-1941) en los cuales desarrolló lo más granado de su producción literaria, esa que ubicó al autor dublinés en el pináculo de la literatura del siglo XX. Dentro de ese ostracismo, destaca su período temprano, el que John McCourt repasa en extenso en su libro “Los años de esplendor. James Joyce en Trieste, 1904-1920”, obra que la editorial Fondo de Cultura Económica ha tenido la acertadísima decisión de editar en lengua castellana.
Hasta ahora la autoridad en James Joyce recaía en la figura del académico norteamericano Richard Ellmann, cuya biografía del autor, publicada originalmente en 1959, aún mantiene tras medio siglo de existencia, un reinado difícilmente rebatible, lo que sucede también en castellano, pues la investigación de Ellmann circula en nuestros anaqueles en un gruesísimo volumen editado por Anagrama. Esta meticulosa biblia joyceana instaló también una especie de silencio biográfico que en lengua inglesa –y por ende en la castellana- recién vino a ser roto por este libro de McCourt, que sin duda se empina como el trabajo sobre Joyce más importante desde la monumental y reverenciada biografía de Ellmann.
Pongamos algo de foco sobre John McCourt, un profesor dublinés de literatura, hoy residente en la ciudad de Trieste, quien además de seguir los pasos biográficos de Joyce se alza como la única personalidad académica capaz de hacerle el peso a Richard Ellmann. Sin embargo, el repaso del trabajo de McCourt dista muchísimo de emplazar una suerte de rivalidad entre ambos especialistas, quienes además de vivir en contextos espaciales y temporales distintos, han instalado –involuntariamente- un juego limpio, transformando sus trabajos en complementos ideales para desentrañar la vida y obra de uno de los escritores más importantes del siglo XX.
Volvamos a la cita vilamatiana, volvamos a mencionar cómo la vida configura a la literatura, y enfrentemos esa aseveración con el relato que hace McCourt (que en 2004 se adjudicó el Premio Commiso por mejor biografía) de la etapa triestina de Joyce. Si la vida configura a la literatura, entonces son, por decir lo menos, estoicos los procesos de generación de “Dublineses”, “Retrato del artista adolescente” y el inicio de “Ulises”, todos a partir de comerse paletadas bien llenas de miseria a orillas del Adriático. Pero esta relación mísero-creativa es solamente uno de los aspectos que guían el libro de McCourt, quien trabajó con fuentes italianas de primera mano para rastrear el duro e incipiente exilio de Joyce, donde el escenario, la ciudad hoy italiana de Trieste es no solamente decorado ni escenario, sino una entidad con un poder muy relevante en el modelado de las mejores obras de Joyce, en las cuales, incluyendo a “Finnegans Wake”, destilan influencias de este, a la sazón, puerto del imperio austrohúngaro, multilingual y muliticultural, con pujante actividad comercial, y con un efervescencia política protagonizada por los irredentistas italianos, ajetreo que solamente pudo ser aplacado por un hecho de un calibre como la Primera Guerra Mundial.
Un Joyce político, un Joyce botarate, derrochador, mal administrador de sus escasos ingresos, un Joyce despectivo, melómano y emprendedor (fue un pionero de la industria del cine en su despreciado Dublín), un Joyce que trataba a su hermano Stanislaus como si fuese su junior, un Joyce que luchó por casi una década para que le publicaran los hoy indiscutibles cuentos “Dublineses”, un Joyce fascinado por lo judío (material cardinal para la creación de Leopold Bloom, uno de los antihéroes más insignes de la literatura moderna) a lo que se acercó especialmente por su labor como profesor particular de inglés, y que contó entre sus alumnos a su querido Italo Svevo (o como prefiere denominarlo McCourt, por su nombre verdadero Ettore Schmitz), esas son algunas de las facetas del autor irlandés descritas en el libro, traducido al castellano por Juan José Utrilla, traducción encomiable porque logra conservar la meticulosidad investigativa y a la vez la atrayente afabilidad de la prosa de McCourt.
Tras revivir estos “años de esplendor” queda meridianamente claro que el cruce entre James Joyce y Trieste es quizás uno de los más prósperos que haya ocurrido en la literatura universal. Basta reparar en Ulises, ese mosaico inigualado y de chúcara clasificación. ¿Sería el mismo libro si es que James Joyce no hubiera entrado en contacto con el irredentismo italiano, el socialismo europeo continental, o con el feroz Futurismo de Marinetti, o si Joyce no hubiera tenido como pan de cada día, el trato con eslovenos, croatas, serbios, griegos, italianos, alemanes, húngaros y austriacos, todos ávidos de imponer su cultura, lenguaje y religión sobre la otra?
El título original en inglés es, -como no podría ser de otra forma al hablar de James Joyce- un pun, un juego de palabras, pues “The years of Bloom”, además de esplendor, es también la época del florecimiento (bloom), el florecimiento del escritor clave de un siglo donde la novela llevó las banderas de la literatura, y del personaje (Bloom) de la odisea literaria más connotada de la narrativa contemporánea. Si la idea es conocer a James Joyce, este libro de John McCourt es ineludible, no sólo por la sustanciosa y acabada investigación que aporta, pues McCourt, -por si lo anterior fuera poco- soporta su trabajo en una narrativa harto legible y amena. Combinación feliz y nada frecuente en la ensayística literaria actual.


John McCourt
“Los años de esplendor. James Joyce en Trieste, 1904-1920”
Ed. Fondo de Cultura Económica/Turner, México, 2002, 360 págs
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*Publicado originalmente en Hueders N°3, marzo de 2009

viernes, 30 de enero de 2009

Está pegando fuerte la pampa

Está haciendo calor, apreciado lector, seguramente usted lo ha apreciado cuando hace trámites en las calles. Pero también pareciera que en la literatura chilena (la narrativa en específico) también está pegando fuerte el sol, hace calor, y la arena, el polvo y los pedruscos empiezan a dominar el paisaje. Esto porque el pasado año 2008 se han lanzado tres libros con olor a tierra, secos como desiertos y donde el sol pega como una patada. Primero el campeón pampino, el paladín de Atacama, el bueno de Hernán Rivera Letelier sacó nueva novela con tema viejo (“Mi nombre es Malarrosa”), el excelente cronista Francisco Mouat reflotó un viejo y buen libro con tema siempre vigente (“El empampado Riquelme”) y luego fue el escritor Carlos Franz quien ha sido abducido por los hechizos del vasto Norte Grande (quiero creer que es Atacama el espacio elegido por Franz), y pone al desierto como escenario de su primer conjunto de cuentos “La Prisionera”, editado por Alfaguara.
Ya antes Franz había evidenciado su obsesión de arena y desolación, mediante la novela “El desierto” (2005), inaugurando un paraguas que albergaría su trabajo posterior, ni más ni menos que en un conjunto de cuentos, modalidad que el autor de “La muralla enterrada” no había cultivado, al menos en forma de libro publicado. Franz es un escritor concienzudo, mateo, aplicado. Se esfuerza por conocer su oficio, lo estudia a fondo, es quizás de aquellos que sufre ante la página en blanco, y al acometerla no lo hace sin antes haber hecho las tareas, sin investigar. Pues bien, Franz aprendió el know how del cuento, sabe las condiciones, las reglas (lo que se nota especialmente en el cuidado dibujo de los personajes), y se lanza a escribir en un género que en el pasado más de algún descartable autor ha utilizado como receptáculo de sus fijaciones y trancas, o derechamente como un espejo en el cual se reflejan vanidad y medias tintas. Con todo, Franz no abandona la novela, pues se cuida de amarrar los relatos con la misma pitilla, a saber, el telón de fondo. Esto podría funcionar como una novela –de hecho este libro es en buenas cuentas un spin off de “El desierto”- con sus respectivos capítulos, aunque Franz los hace intercambiables, y con la posibilidad de que puedan ser vendidos por separado.
Estos cuentos causaron desconcierto en la crítica de su momento. Tomemos por ejemplo el cuento “El ojo de Dios”. Juan Manuel Vial, de La Tercera lo encontró “decepcionante”, en cambio la insobornable Patricia Espinosa, de LUN, lo halló “memorable”. Prueba fehaciente de que el criticar libros de cuentos es un dolor de cabeza para el comentarista, pues debe juzgar las partes y el todo, y no desafinar en el intento. Pues bien (y aprovechando la pillería de escribir a posteriori de los diarios de la elite), creo que no es tan necesario irse a ninguno de los extremos del espectro, como lo señalaron ambos comentaristas. Sí hay algo extraño en el lenguaje de Franz, no termina de adaptarse, integrándose a la nutrida casuística de esos escritores que piensan en la territorialidad a la hora de escribir, damnificando al relato, situándolos en una especie de miasma algo monocorde. Franz no logra sortear cierta ampulosidad ni cierta cursilería presentes en estos cuentos, que configuran fragmentos de un puzzle mayor-denominado Pampa Hundida-, historias mínimas e íntimas (no se escapa de la tendencia cinéfila “in”, tampoco) que nunca cerrarán bien del todo. El relato “El desierto florido” es prueba de ello. Acá Franz desliza cierta crítica social, “denunciando” algo ya archisabido, que los adelantos llegan tarde a provincias.
A esto hay que sumar que no hay mucha originalidad en el tema del tratamiento del desierto como paisaje. Su vastedad es comparada con la del mar, parangón que ya nos ha entregado en más de una ocasión Rivera Letelier, PhD. en literatura desértica. También el desierto como gran cementerio, convenientemente anónimo, como vía de tráfico de todo tipo de sustancias ilegales, y como oasis de vida cada vez que florece. Es que, siendo sinceros, no hay mucho más que hacer con un peladero gigantesco como es un desierto (digamos el que conocemos en esta parte del mundo).
Franz claramente domina el formato del cuento, pero le cuesta hacer volar a los relatos, darles vértigo. En resumen, Estos cuentos están lejos de ganar por KO –Permítase el giro cortazariano-. El lenguaje, menos llano, directo y escaso en fraseo de lo que se quisiera, perdido en puntillosos y a ratos cansadores pasajes –baches conocidos en la narrativa criolla-, resta impacto a estas historias, que pareciera serán absorbidas por el gran silencio pampino.


Carlos Franz
“La prisionera”
Ed. Alfaguara, Santiago, 2008, 167 págs.

*Publicado originalmente en El Periodista N° 165, 30 de enero de 2009

viernes, 16 de enero de 2009

Corregir la vida

Hoy vamos a hablar de Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948), querido lector. En otras palabras, vamos a hablar de uno de los escritores cardinales de la lengua castellana de hoy. O bien, vamos a hablar de uno de los autores que ha llevado el estudio de la literatura y el goce de entretejer biografía y lecturas, a esferas tan felices como exitosas, tan delirantes como esenciales.
Y si hoy volvemos a hablar de Vila-Matas, es gracias a Hueders, pequeña editorial-distribuidora que tiene por misión traer a estos abandonados pagos aquellos grandes libros que, por su calidad, pareciera que nunca se editaron –ni se editarán- en Chile. Con la periodista y crítica Marcela Fuentealba a la cabeza, Hueders se yergue como otro afortunado y quijotesco esfuerzo por poblar anaqueles con buenos libros españoles y mexicanos (de sellos no comerciales como Sexto Piso, Periférica, Tumbona, Impedimenta, Gadir, Nórdica, entre otras), y más encima bien editados. Hueders se la juega y hay que apoyarlos, buen lector.
“El viento ligero en Parma” es uno de esos buenos libros, muy acertadamente editados, en este caso por el sello mexicano Sexto Piso. Si bien el libro fue editado en 2004, hoy para los chilenos es (desafortunadamente) una novedad. Situado luego de “Bartleby y compañía” y “El mal de Montano” (dos pilares centrales de la obra de Vila-Matas, que en buenas cuentas es un solo gran libro en desarrollo), este “Viento ligero” está empapado del giro de tuerca que convierte al autor una de las principales plumas en lengua española, esto es el acercamiento perturbador a la enfermedad literaria, la patología de escribirlo todo, o de decidirse a no escribir nunca más, entre otros.
En esta pasada, el enfermo de literatura es Vila-Matas, que en este conjunto de escritos demuestra el feliz signo de nuestros mestizos tiempos literarios, ser todo y nada a la vez, es decir, ser diario íntimo, novela, crítica, ensayo, disertación, entrevista, etc., pero sin chirriar en ningún momento. Aunque en rigor, ya conocíamos unos cuantos de los escritos del libro, (pues aparecieron en “Desde la ciudad nerviosa”, 2000), estos arman un canon desde la intención novelesca, el aventurero cruce entre vivir y leer, y la pasmosa habilidad de ordenar ese caótico pastelito. “Soy consciente de que todo cuanto la literatura pueda enseñarnos no son métodos prácticos, sino sólo las posiciones. El resto es una lección que no debe extraerse de la literatura, es la vida la que debe enseñarla”, sentencia el autor. Siendo sinceros, esta propuesta vilamatiana ya la conocemos desde hace al menos una década, y reiterar su examen no es algo tremendamente original. Lo que sí hay que señalar es la fertilidad y consistencia casi relojera del proyecto del escritor catalán, consistente como pocos, genial y rotundo como muy pocos y que desde ya nos permite vislumbrar el titánico grosor que tendrán esas obras completas.
Tal como Sergio Pitol o Julio Ramón Ribeyro, Vila-Matas aporta a la literatura (y lo sigue haciendo en este libro) ese sanísimo ejercicio de hablar de la misma en clave personalísima, aportando entusiasta cultura antes que insufrible academicismo, contribuyendo con saludable sospecha (“escribir es dejar de ser escritor”) acerca de la escritura, antes que con interminables e infumables casuísticas de escritores que crearon esto, aquello y lo de más allá, con esta, aquella o esa otra técnica. He ahí la gracia, querido lector, de Enrique Vila-Matas (ya un adulto mayor), el desechar la teoría para abrazar la vida (“escribir es corregir la vida”). Un gesto muy benéfico que es, ni más ni menos, el quid de la buena literatura actual.


Enrique Vila-Matas
“El viento ligero en Parma”
Ed. Sexto Piso, México, 2004, 192 págs.


*Publicado originalmente en El Periodista N° 164, 16 de enero de 2009

viernes, 19 de diciembre de 2008

Queremos tanto a Pedro

¿Qué podemos decir a estas alturas del partido de Pedro Lemebel? Seguramente usted, querido lector, como persona informada que es, habrá oído hablar de ese escritor excéntrico, o de ese escritor maricón (según la fuente de su información), de esa loca que escribe crónicas, y ha escrito crónicas desde hace años. Pues bien, debemos seguir oyendo a Lemebel, y debemos seguir leyéndolo, puesto que ha salido al mercado la última entrega del autor, “Serenta cafiola” (Seix Barral, 2008). El volumen, en coqueto rosado, reúne un nuevo conjunto de escritos, muchas de ellos publicados en el diario La Nación Domingo, en esa sección desternillante y aterradora que es “Ojo de loca no se equivoca”.
¿Qué podemos decir, reitero, de Lemebel? Algunas cosas. Primeramente que es una maestra de la crónica, una profesora bastarda que aventaja a muchos en el género también algo bastardo, mezcla de muchas cosas, conclusión de ninguna de ellas. A la vez Lemebel se encasilla solita en un sitial que nadie le podrá quitar, aunque muchos han tratado de emular, especialmente poetas jóvenes, que recogen la estética sucia y fleta del diminutivo, del encuentro sexual feroz, del encontronazo caliente en el Santiago de pelaje medio. Digamos otra cosa, y pongámonos los ropajes del telecrítico mercurial, que con arrogancia y autoritarismo se las da de guardián sabueso de la lengua castellana, y expongamos acá, con no menos propiedad, que hoy Pedro Lemebel le hace un favor tan grande al castellano, como grandes y anchas son las calles de la ciudad en que circula y croniquea. Un favor en neologismos y adjetivos festivos, un favor en ritmo y música, un favor muy mal visto como “barroquismo”. Hablemos del autor, loca consagrada, loca valiente como pocas, como ella sola, sola en su alma castigada. Hablemos también de ese desborde honesto y sincero, de ese exceso rokhiano por momentos que signa su escritura inoxidable, de ese desborde que es arte, que es oficio.
Interesante es el prólogo (si podemos considerarlo así) de “Serenata Cafiola”, “Podría mejorar el idioma metiéndome en el orto mis metáforas corroídas, mis deseos malolientes y mi desbaratada cabeza de mariluz o marisombra”, desembucha Lemebel, confesando un pecado que no necesita perdón, como pidiendo disculpas por utilizar una vez más el esquema que, en el mundo literario, lo ha convertido y consagrado en lo que es. Interesante también y siempre sano es como este libro (casi todos en verdad) de Pedro Lemebel actúa como antídoto a la porfía pop de convertir a los 80 en marca, en artículo de consumo, en la patraña melancólica lista para la venta. Lemebel es la conciencia de esos años tristes y duros para el chileno de entonces, en los que el Mapocho se “rebalsaba de cadáveres con un tiro en la frente”; es el contraluz del brillo publicitario que intenta, a punta de merchandising y seriales televisivas, maquillar una realidad que, de horrenda que es, preferimos ocultar entre la alfombra y el piso de flexit.
Y más interesante todavía es el conjunto de textos, crónicas signadas por la música, en las cuales Lemebel hace un recorrido por temas y cantantes que fueron un pilar asiuticado y popular de su educación sentimental y son la banda sonora de su recorrido por los años en que el país pasa de ser provinciano a globalizado, dictatorial a democrático, así como asistimos a la muerte de la mami de Lemebel, y la insobornable denuncia que hace en estas y otras páginas suyas. Qué manera de hacer política, qué manera de superar los discursos de pacotilla que mucho concejal de tercer orden lanzó en el marco de la elección municipal de hace un tiempo.
Lector apreciado, no camine, corra a por su ejemplar de Pedro Lemebel. Desprecie al pirata cunetero, si le ofrecen este rosado libro, cómprelo en librerías. Alguna vez, Alejandro Zambra dijo que Lemebel como cronista rara vez desentona, agreguemos –ya que este libro gira en torno a la música- que Pedro Lemebel siempre da la nota alta, pero sin desafinar.

Pedro Lemebel
“Serenata cafiola”
Ed. Seix Barral, Santiago, 2008, 237 págs.


*Publicado originalmente en El Periodista N° 163, 19 de diciembre de 2008

viernes, 5 de diciembre de 2008

Literatura por KO

Una muy agradable sorpresa, querido lector, apareció en los anaqueles de las librerías nacionales hace un tiempo. Se trata del libro “El fumador y otros relatos”, un pequeño volumen, editado por la editorial Mondadori, obra del escritor chileno Marcelo Lillo, un escritor anónimo, poco conocido, y saludablemente sigiloso, que se las ha arreglado para atraer loas y elogios desde la crítica chilena, sino también suscitar una lisonja del venerado crítico español Ignacio Echevarría, quien asombrado por el talento que exudan los cuentos de Marcelo Lillo, se abocó a la tarea de editar al autor en España, lo que no costó mucho, pues la calidad patente suele venderse sola. Lillo ya se ha adjudicado galardones por su más que correcta escritura, a saber el Premio a las Mejores Obras Literarias 2007, otorgado por el Consejo Nacional del Libro y la Lectura, en categoría cuento inédito, o el de Revista Paula en 1999 con “Hielo”. Hoy, con 50 años, llega a las librerías chilenas y españolas. Y seguirá llegando.
La gran gracia de Lillo (radicado cómodamente en la zona de Valdivia) es que no hace perder tiempo al lector. El conjunto de relatos está desprovisto de pirotecnias, mariguanzas verbales o lingüísticas, floreos de vanidad o aleteos de especie ninguna. Literatura directa, literatura sin rodeos, sin preámbulos, sin perdices emborrachadas. Un ejemplo, del cuento “La felicidad”: “Llorábamos porque creíamos que nos íbamos a morir y eso nos alegraba y aterraba al mismo tiempo, una de esas raras mezclas que hacen que la vida no tenga otro nombre”. Relato puro. Sinceridad, transparencia, casi como eslogan de elección municipal, pero con la diferencia de que con Lillo no hay dobleces ni concesiones, en cambio con los señores políticos, ni hablar. El autor sirve una mesa, pero no hace como ciertos cargantes garzones del Mercado Central, que atosigan al transeúnte con el menú del día. Si se quiere servir, hágalo, de lo contrario, siga, pareciera decir Lillo.
Más que economía verbal o estructuras narrativas bien armadas, en estos relatos hay fuerza y valentía, y no meros gestos o atisbos de coraje, sino que Lillo es corajudo pues no se deja nada atrás. Más que sugerir o recrear sentimientos, Marcelo Lillo logra toda una transmisión de lo vivido en el relato, teniendo muchísimo más éxito que esos deslavados e inanes últimos intentos del cine chileno por relatar “lo real” o “la realidad”, que se van más en la narración callejera y garabatera antes que otra cosa. Si fuera artista plástico, diríamos que Marcelo Lillo es un maestro del dibujo, y cómo no hacerlo, con párrafos como este, del cuento “40 caballos”: “Aún hoy, cuando recuerdo aquella ciudad, puedo sentir el olor a barro que salía del río, oigo el picoteo de la lluvia en los techos y escucho los gritos de la muchedumbre congregada en el gimnasio los sábados por la noche cuando se escenificaban los combates de box”.
Pero tal como lo hace el sureño Marcelo Lillo, estimado lector y lectora, esta crítica no se irá por las ramas, sino que ascenderá por el grueso tronco. Muchos otros redactores en medios de diversa índole practicaron el name dropping tras leer este libro. Raymond Carver, por supuesto fue el top of mind, pero también otros estadounidenses como Hemingway, o rusos como Chéjov saltaron al ruedo para ponerlos en filita junto a Marcelo Lillo. Hasta el ondero Leonard Cohen y chapas altisonantes como “Realismo sucio” salieron por ahí. Y, como no podía ser de otra forma, lo metieron a Lillo en un ring con Bolaño (a estas alturas el hámster de control de todos los experimentos que vengan en literatura chilena), porque a Lillo lo han sindicado como la encarnación de “Sensini”, ese memorable personaje que sobrevivía a punta de concursos literarios. Pues bien, caigamos en el chabacano e irresistible juego de las comparaciones, e invistamos a Marcelo Lillo como el “Carver chileno”, el “Hemingway de Niebla” o el “Chéjov del Calle-Calle”, (cualquier mote de esta laya se lo ha ganado de sobra sólo por aportar relatos como “Hielo” y “40 caballos”). A Marcelo Lillo no le importará.
Hay que leer a este Lillo, querido lector, tal como entonamos el himno compuesto por Eusebio o solidarizamos con las causas-cuentos de Baldomero. Cómprelo en librerías (la edición está a un precio más que accesible) y no en las cunetas. Léalo, no le tomará mucho, y como le quedarán minutos, reléalo. No se arrepentirá, no perderá tiempo ni dinero.


Marcelo Lillo
“El fumador y otros relatos”
Ed. Mondadori, Santiago, 2008, 130 págs.


*Publicado originalmente en El Periodista N° 162, 5 de diciembre de 2008

viernes, 21 de noviembre de 2008

El canon de Bisama

Empecemos con una pregunta y su inmediata respuesta, mi muy querido lector, ¿Hace canon el crítico literario, escritor y profesor chileno Álvaro Bisama (1975)? Sí, lo hace. El expediente es la novedad “Cien libros chilenos”. El volumen, editado por Ediciones B, es un catastro de cien libros nacionales, elegidos mediante el criterio exclusivo y excluyente del gusto de Bisama, pie forzado que es explicado en detalle tanto en el prólogo de este libro, así como en la entrevista que a la sazón apareció en Revista de Libros de El Mercurio -donde Bisama tiene su columna “El comelibros”-, realizada por Pedro Pablo Guerrero, su editor, en un ejercicio similar a como si Marcelo Bielsa le hiciera una entrevista elogiosa a Gary Medel o al “Chupete” Suazo.
A todo esto ¿qué diablos les pasa a ciertos comentaristas y autores de libros con la palabra “canon”? ¿Por qué huyen de ella como de la peste? Pareciera que preferirían –con algo de alivio, incluso- ser acusados de pedófilos antes que de canónicos. Bisama también huyó –y huye- del canon, se deshizo en pretextos y excusas en la mentada entrevista mercurial, y hace lo propio en el prólogo del libro, que es “más una pregunta que una respuesta”. Más curiosos todavía son los lugares en los que Bisama hace la pirueta del desmarque de cualquier cosa que huela a canon. Primero lo hace en El Mercurio, el medio autoritario (véase “El diario de Agustín”), sancionador y canonizador por antonomasia y luego en este volumen, producto de una editorial multinacional.
Álvaro Bisama, que, aunque le pese, escribe cómodamente instalado y empapado del imperio de la columna mercurial, ya con el solo hecho de discriminar libros, de escoger a unos y desechar a otros, hace canon (hasta usa la palabra en varias de las reseñas). Y más todavía, cuando ese cedazo se traduce en un libro publicado por una casa editora que tiene capacidad de esparcir ese catastro como el viento esparce esporas por el cielo primaveral. Bisama hace canon a pesar de que este libro sea producto de ese, en apariencia, inocuo ejercicio de “viajar” por la propia biblioteca, a lo Pierre Jacomet. Y ese canon es más suyo que ninguno, pues está la impronta pop, la impronta cool, freak, o cualquier otra ondera palabreja anglo de moda. Instalar a Condorito y a Mampato en el mismo saco que Alone o Alonso de Ercilla, es un ejercicio similar a ese que hace la gente que apenas compra o recibe un libro lo estampa con su nombre, en letras grandes ojalá. El libro es mío. Y este canon tiene “Álvaro Bisama” written all over it. En este sentido, pareciera que Bisama se ataranta en estampar su rúbrica caprichosa de, por ejemplo, meter majaderamente el cómic hasta en la sopa.
Volvamos atrás, estimado lector, y preguntémonos: ¿Hacer canon está mal? No. Bisama hace canon, empero uno extraño, despeinado, con la camisa afuera, pero críptico en su tono, de barroquismo técnico, de ambigüedad ampulosa, oscura e irresoluta. Y lo hace, además, con la olímpica obliteración de la eterna pelotera entre crítica periodística v/s crítica académica, es decir, entrega cien reseñas que no dan para un texto de referencia para investigadores, pero que tampoco servirán para la perentoria tarea de envolver pescado. Bisama es un lector voraz (de hecho se “come” los libros), pero su gazuza libresca cojea en un aspecto clave: no se logra transmitir al lector. Digamos que Álvaro Bisama tiene pluma diligente y tuvo en esta pasada una editora de cartel, como Andrea Palet; con todo, si hay que recomendarle una lectura a Bisama, esta es “La mano del teñidor”, esa estupenda obra de W.H. Auden, y más específicamente el apartado llamado “Leer”. Ahí se señalan importantes máximas, que, de haber sido seguidas con atención, habrían trastocado esta publicación. Asimismo, una división capitular por épocas y no por obras, habría sido un aporte, un orden, pues se ve que el autor sigue un hilo cronológico que no se aprovechó.
Del criterio de selección ni hablar, ya no se puede, es incluso de mal gusto, como arriscar la nariz ante el plato que nos convidan, cuando somos visita. De todas formas, basta decir que el criterio aquí es el exclusivo y arbitrario gusto del autor.
Veleidades de Bisama, veleidades extremas que son siempre una apuesta riesgosa. Uno se pregunta, si en vez de publicar cien reseñas pretendidamente heterodoxas de más o menos tres carillas cada una, ¿no hubiera sido mejor haberlas fusionado y dividido por períodos y no títulos? Se asume que Bisama tiene pasta y credenciales para superar el trabajo exploratorio y poco decisivo que ha entregado en esta pasada, un mucho apretar para poco abarcar. Seguiremos esperando.


Álvaro Bisama
“Cien libros chilenos”
Ediciones B, Santiago, 2008, 313 págs.


*Publicado originalmente en El Periodista N° 161, 21 de noviembre de 2008

domingo, 9 de noviembre de 2008

Rumiante superstar

Al leer “La vida de una vaca” (Planeta/Seix Barral, 2008), tercer libro del periodista chileno Juan Pablo Meneses (Santiago, 1969), viene a la mente un sketch del inclasificable y genial actor argentino Alfredo Casero, en el que las hacía de un lector de noticias que debe improvisar en cámara, ante una falla técnica que quema todas las notas del informativo. La primera cosa que a Casero se le viene a la mente es hablar del asado, “una pasión nacional que nos deja atónitos y que siempre estará en el corazón de los humanos”. El libro de Meneses –célebre desde que acompañó a Los de Abajo y sufrió la paliza que les dio la policía argentina en la Libertadores 1996 en cancha de River-, es, quizás, la documentación de esa pasión nacional, de algo que está en el corazón, mente y billetera de los argentinos, un estilo de vida que tiene alcances insospechados, y que van mucho más allá de un pedazo de carne bien jugosa.
Antes de entrar en el texto, cabe hacer alcances formales, bastante llamativos dados la calidad de la pluma del autor y el abolengo de la casa editora. La cantidad de faltas de ortografía, gazapos, y frases mal redactadas es sorprendentemente alta, lo que desde luego es una falta bastante fea, sobre todo ante un autor que ha concebido un texto con un estilo depurado, ágil, sustancioso y entretenido. La labor de edición simplemente no estuvo a la altura. A propósito, el 24 de octubre de 1929 cayó jueves.
El libro cuenta la historia de “La Negra”, una vaca que Juan Pablo Meneses adquirió en Argentina (país donde vive desde 2002) por 70 dólares, para seguir de cerca la evolución del vacuno, el cual, multiplicado por millones, son el émbolo que regula la vida económica y social de nuestros vecinos allende los Andes. En los tres años que el reportero dedica a la investigación, hace un análisis a fondo al peso que tiene la carne para los argentinos, país que eleva al lomo a la altura del fútbol o el tango, y en el que la variación del precio del kilo de asado puede botar a un gobierno de la Casa Rosada.
“La vida de una vaca” es del todo representativo de lo más granado del género crónica, que en el continente latinoamericano pareciera estar floreciendo con singular fecundidad, no sólo por la pasta que muestran los cronistas -corresponsales freelance que han superado las “muletillas” Bukowski o Hunter Thompson, con pantalones largos, la maleta empacada y el pasaporte siempre a mano para partir a donde sea que la historia los guíe-, sino también por el surgimiento de revistas (como Gatopardo, SoHo y Etiqueta Negra, entre otras) y editoriales que dan cabida al trabajo de los periodistas portátiles (como se autodenominó Meneses).
El autor ha creado un libro digno de ser parangonado con la mejor crónica, que no es otra cosa que el feliz y balanceado cruce entre una escritura elegante, sutil y provocativa y una investigación original y concienzuda, plena de datos, información, entrevistas. Un trabajo reporteril transformado con habilidad y novelado con una capacidad singular, a lo que se debe sumar aquellas delicias del periodismo del siglo XXI, la instantaneidad y ese plumazo borrador de fronteras: Internet. Meneses no solamente sembró las revistas latinoamericanas de crónica con las vicisitudes de su rumiante, sino también el crecimiento de “La Negra” pudo ser seguido en tiempo real gracias a las constantes actualizaciones de un blog destinado a tal propósito, donde la principal interrogante –si la vaca terminaría sus días sobre las brasas o pastando hasta la muerte-, fue el gancho que pescó a todo un continente, sacando ronchas entre los vegetarianos recalcitrantes, aguando las bocas de los parrilleros angurrientos y corriendo el velo a una sociedad farsante ante el cotidiano carneo de reses.
Sobre el fin de la vaca, nadie sabe nada a ciencia cierta. El libro no revela su fin y la deja pastando en los campos de La Plata. En un diario colombiano trascendió que “La Negra” se transformó en sabrosos bifes. Nada de esto importa, el juego admite estas y todas las hipótesis, pero lo realmente trascendente es el gran trabajo periodístico de Meneses, notable en el texto, soberbio en los efectos en los lectores. Quedan un gran libro y un hecho harto novelesco: Latinoamérica estuvo pendiente de una vaca pastando.


Juan Pablo Meneses
“La vida de una vaca”
Planeta/Seix Barral, Buenos Aires, 2008, 234 págs.


*Publicado originalmente en Dossier N° 7, octubre de 2008

viernes, 7 de noviembre de 2008

Adiós, muchacho

Ya que los Premios Nacionales están de moda, dada la reciente entrega del máximo galardón de las letras criollas al poeta Efraín Barquero, bien vale detenerse en el comentario respecto de la obra de otro laureado, el desaparecido Volodia Teitelboim (1916-2008).
Teitelboim se llevó el Premio Nacional en el año 2002, y a partir de eso, la Editorial Universitaria, en su excelente colección “Premios Nacionales”, ha reeditado el primero de los tomos de sus memorias, “Un muchacho del siglo XX” (1997). Hijo de ucranianos, Teitelboim es y será recordado tanto por su carrera política, así como por su literatura. Sufrió todos los avatares que los militantes del PC padecieron durante un siglo XX cuya segunda mitad fue particularmente amarga para los militantes de la hoz y el martillo (desde la Ley Maldita de González Videla hasta el 11 de septiembre de 1973), y en lo personal, mucho se habló del bullado “divorcio” que tuvo de su hijo adoptivo Claudio Bunster, quien decidió cortar contacto públicamente con el poeta y ex senador, cuando se enteró en 2005 que Teitelboim no era su padre biológico.
En literatura (su amante clandestina a espaldas de su mujer legítima, la política, según el mismo Volodia) su aporte fue indiscutible, y se inició con la primera gran polémica literaria del siglo pasado, la edición de la “Antología de poesía chilena nueva” (1935) junto a Eduardo Anguita, que sacó chispas entre los pesos pesados de los versos criollos (la tríada guerrillera Neruda-Huidobro-De Rokha) y que fue el inicio, para ambos, de una vida ligada a la escritura al mismo tiempo que fue el principio de una senda que los llevaría a ganarse un lugar destacado en el panteón de los literatos nacionales.
Porque no fue la poesía lo que más cultivó el chillanejo abogado, periodista y novelista Volodia Teitelboim (no se deben olvidar su labor en Radio Moscú y su novela “Hijo del salitre”, respectivamente), sino que fue la crónica su arma más efectiva, su talento más visible, y la contribución social y cultural que más se le agradece. “Un muchacho del siglo XX”, primer tomo de sus memorias, llamadas “Antes del olvido”, es un complejo tejido, en el que el autor entrelaza sus vivencias personales, el relato del momento del Chile de la juventud de Teitelboim (bajo la dictadura de Carlos Ibáñez del Campo, luego la fugaz República Socialista de Grove y Dávila y el nacimiento del Frente Popular), y la agudeza visual recogida en sus viajes, que desencadenan las reflexiones muy a lo Sebald o Magris.
El viaje es el tema central del libro, de hecho el autor cierra así la obra (y así se cierra también este comentario): “Muchacho del siglo XX no has viajado en vano. Tienes a tu lado lo que siempre buscaste. Sumérgete en la claridad de la noche, donde el alma y el cuerpo se encuentran en su hora dichosa. Has desembarcado en el muelle de los sueños, en el punto exacto donde el joven hace el descubrimiento del sentido del viaje. El Norte está en el Sur y el amor es su nombre”.


Volodia Teitelboim
“Un muchacho del siglo XX”
Ed. Universitaria, Santiago, 2008, 538 páginas.


*Publicado originalmente en El Periodista N° 160, 24 de noviembre de 2008

viernes, 24 de octubre de 2008

Inautenticidad, chacota y siutiquería

Camilo Marks Alonso es un crítico literario con no pocas credenciales, al que se le suele dar carta blanca en sus comentarios en el diario El Mercurio. De hecho Marks (que no opina, sino “dispara”) ha forjado un estilo de crítica que es bastante notorio, y que casi puede ser considerado como una marca registrada. Enfrentarse a un juicio de Camilo Marks es observar a un autor que basa buena parte de su ejercicio crítico en confeccionar catastros de errores de los libros que lee, de forma puntillosa, detallista hasta la saciedad, con el dedo acusador casi siempre en ristre ante la menor pifia, ripio o gazapo.

Valga esta introducción, pues es exactamente lo que hace Eugenio Órdenes Calvanesse, el protagonista de “La sinfonía perfecta” (Ed. Mondadori, 2008), un doméstico crítico literario, cincuentón, solterón, alegón y borrachín, cuya tarea cotidiana es enviar cartas llenas de insultos a los autores de libros que ha detestado, mientras profita de los derechos que ha heredado de su madre fallecida, una celebrada novelista y acreedora del Premio Nacional de Literatura. Una de las autoras destrozadas por Marks, perdón, por Eugenio Órdenes, se involucra con él en una tórrida relación. Paralelamente a la anodina vida de Órdenes está Silvia Fernández, madura profesora de literatura, que se enamora de un alumno, hijo de una vecina de Órdenes, integrantes, junto con otros personajes, de sórdidos triángulos amorosos. El libro remata en una suerte de opereta donde Renato Herrera, el educando seducido por Fernández, su amigo Nicolás Insunza, entre otros, cuentan su vidas.


La lectura de la voluminosa tercera novela del telecrítico Marks deja claro que el autor opta por la impostura, por un lenguaje absolutamente artificioso, amanerado por momentos. Este lenguaje casi teatral y poco verosímil, presente en casi todos los actores del libro, le hace un flaco favor al conjunto. Los personajes hacen gala de una voz acartonada, dando como resultado una novela donde quienes hablan actúan como toscas marionetas a las que se les ven los hilos, y son seres con quienes resulta imposible identificarse. El corolario: inautenticidad total. Por ejemplo, dos jóvenes de veinte años (Nicolás y Renato), corrientes estudiantes universitarios, al conversar hablan más o menos así: “surgían flores perfectas, clavelinas, parece que manzanillones, besitos de rosas, lilas, qué se yo, nunca he sido bueno para la jardinería”, (…) “Como sea, prefiero seguir así, contemplándola hasta la eternidad, antes de que se aburra de mí y decida decir sanseacabó”.

Ante este tipo de siutiquerías infumables, de seguro deliberadas, es difícil no preguntarse hasta cuándo se le toma el pelo al lector mediante la entrega de un producto forzado, arbitrario en muchos pasajes (empezando por el título, un homenaje que Berlioz no necesita) y modelado exclusivamente al calor de las veleidades del autor. Si Marks intentó purificar el lenguaje de la tribu, mediante un libro plagado de una prosa añeja, monocorde y recalentada a medias (quizás pensando en la publicación en España antes que en Chile), desprovista de color local, sin el menor sentido del oído, huelga decir que su fracaso es rotundo y con olor a naftalina.
Es claro que los editores de Random House Mondadori consintieron a Camilo Marks con el mismo laissez faire que El Mercurio le da para escribir sus críticas, lo que en ambos casos es del todo cuestionable, cuando no peligroso. Faltó que el propio Eugenio Órdenes (lejos lo mejor del libro) o algún equivalente en la editorial, leyera con cuidado la novela, la descuartizara línea por línea y le enviara a Marks una misiva infamante, enrostrándole una por una las fallas y caprichos que presenta este libro. Órdenes no habría dejado pasar las erratas del volumen, la suficiencia con la que los personajes opinan de todo y cuando se les da la gana, la desconexión total que Marks tiene con el habla cotidiana, la chacota desparpajada de mandarles recados a los alumnos que el autor tiene en la vida real en la U. Diego Portales, y un largo etcétera.
Camilo Marks señaló en la presentación de este libro que “las novelas dan para absolutamente todo y al que no le guste tendrá que tener paciencia”. Pues bien, sorprende a estas alturas que Marks no tenga meridianamente claro que la paciencia del lector tiene límites muy acotados, y que el abuso libresco raramente se tolera. Camilo Marks escribió un libro “a su manera”, pero es indudable que él no es un Frank Sinatra de la literatura, y está muy lejos de serlo.

Camilo Marks
“La sinfonía fantástica”
Ed. Mondadori, Santiago, 2008, 469 págs.



*Publicado originalmente en El Periodista N° 159, 24 de octubre de 2008

viernes, 10 de octubre de 2008

Que duerman los nenes

Como un esperado aguinaldo dieciochero llegó hace un tiempo a las librerías el libro “Los nenes”, segunda novela del director espiritual de The Clinic, Patricio Fernández, y que, para más gazuza del respetable público, llegó editada por el reverenciado sello español Anagrama. Pero la salivación de los lectores (en especial de esos que devoran mechadas palta en el Liguria, crudos en el Lomit’s, o se emborrachan en El Parrón) se vio primigeniamente exacerbada por la promesa de palos, la sangre en el ojo, la venganza implacable que caería sobre el autor Gonzalo Contreras, quien involuntariamente acuñó el dudoso título “Los nenes”, en una invectiva contra el escritor Germán Marín y sus “boys”, a la sazón promotores del autor de “Basuras de Shanghai” al Premio Nacional de Literatura. Supuesto mazazo para Contreras, supuesto sobajeo de lomo para las amistades de Fernández y verdadero palo al bolsillo de la gente, pues la novela, aunque es una edición chilena, cuesta carísima. Una ofensa al ya atribulado bolsillo nacional.
Pero hay que ir al texto, hay que remitirse a la novela. La pobre y localísima chimuchina chilena no tiene la fuerza para impactar en España (menos mal), con suerte trasciende el ámbito santiaguino, así que podríamos descartar al comidillo o al morbo como móvil de publicación. Jorge Herralde se ha caracterizado por tener buen ojo literario y por ser poco sobornable, así que alguna otra cosa debió haber en el libro de Fernández, y que debería residir en el texto. Pero, tras leer el libro se nota inmediatamente que faltó un editor competente, y también un corrector de pruebas. La lista de descalabros de forma y fondo es copiosa.
Vamos viendo. Faltó un editor que le dijera a Fernández que sus personajes no tienen densidad o desarrollo alguno (Iribarren y Miranda juntos no hacen uno). Faltó un editor que le dijera a Fernández que la puntuación de su novela es deplorable (¡cinco carillas sin un punto aparte!) y que su estructura es fallida. Faltó un editor que le dijera a Fernández que la arbitrariedad es habitual síntoma de la ausencia de calidad en un escritor. Faltó un corrector de pruebas medianamente despierto que no dejara pasar gazapos groseros como “Oscar Hahn”, “Eliodoro Yánez”, “yernas”, “entero de gins”, “John Cusak”, “peñiscando”, entre otros. Faltó un editor que le dijera a Fernández que las loas a los hoteles de la cadena NH se ven poco dignas y levantan sospechas, y que mejor debiera haber construido sus personajes antes que piezas de hotel. Faltó un editor que le dijera a Fernández que practicar el product placement en una novela es de pésimo gusto. Faltó un editor que le advirtiera a Fernández el tono desagradable y pendejo de muchos de los gratuitamente soeces diálogos de sus personajes, lo cuestionable que es meterse con nombre, apellido y primera persona en la narración sin “mojarse el potito” y mostrarse como un omnisciente rector del paupérrimo y taquillero anecdotario de sus amigotes, que no prendió con el débil volador de luces pinochetista. Faltó un editor que hiciera notar lo desprolijo que es anteponer artículo a un sustantivo propio (“la” Claudia). Faltó un editor que le soplara a Fernández que el relato de la celulitis de Gastón Miranda, y la pormenorizada y exasperante exposición de la salud venérea de Rafael Gumucio (en adelante “El Rafa”) constituyen una evidente y vergonzosa falta de recursos del autor, amén de una tomadura de pelo al lector. Faltó un editor que le hubiera aclarado al autor que una sarta de desinflados copuchenteos de baja estofa y pegados con moco dista mucho de constituir una novela decente. Faltó un editor que ante este manuscrito hubiera dicho “no, gracias” o “que pase el siguiente”. No sorprende que Germán Marín haya tomado distancias ante este libro. Y no sorprendería que Rafael Gumucio o Roberto Merino también lo hicieran.
Algunas palabras para el sello capitaneado por Jorge Herralde (nadie querrá estar en sus zapatos cuando intente meter este libro en México o Argentina). Circula la noción de que todo lo que hace Anagrama es bueno, casi como un Midas editorial. Falso, pero no por esta descartable novela de Patricio Fernández, pues ya ha habido otros patinazos, generalmente venidos desde Francia. Pareciera que publicar en Anagrama, es también sacar una póliza de garantía contra habladurías, un certificado, un salvoconducto que abra todas las puertas y calle todas las bocas. No es así. Mas es indesmentible que el grueso del catálogo de Anagrama es de sumo interés y de encomiable calidad. Mejor será hablar de “excepciones a la regla”. Mejor será dejar pasar a estos “nenes”.


Patricio Fernández
“Los Nenes”
Ed. Anagrama, Santiago, 2008, 175 págs.


*Publicado originalmente en El Periodista N° 158, 10 de octubre de 2008

lunes, 29 de septiembre de 2008

No sólo de pan… y vino

Ha pasado una nueva entrega del Premio Nacional de Literatura, quizás la premiación más vilipendiada de la historia de nuestro país, de nuestro simpático y particular país. Condecoración que genere y haya generado más pelotera, hay pocas, por no decir ninguna. La maquinaria de prensa, tal como hay que reportear a la primera guagua que nace segundos después de las 12 de la noche del 1 de enero, o (para ponernos a tono con el mes) dónde está la mejor empanada de pino del dieciocho, así también se reportea a la nómina de candidatos a la medallita y sus respectivos méritos. Muchos van más allá y se encargan, como diligentes sabuesos, de inducir la cuña encendida del enemigo de algún nominado –siempre los hay-, o de las viudas de algún obliterado –siempre injustamente-, por las autoridades de turno. Ruido, inevitablemente. En fin, una chimuchina que a los primeros que aburre es a los propios candidatos, quienes todos los años deben soportar (con un estoicismo envidiable, a estas alturas) el puntudo llamado telefónico, el mail indiscreto, el café con el reportero de turno, quien, con discutible entusiasmo, va en busca de la papa caliente, de la cuña que saque ronchas, de los sempiternos balazos contra el medio cultural y literario, de la polémica efectista.
Con estos archiconocidos antecedentes sobre la mesa, se entregó el galardón máximo de las letras nacionales a Sergio Efraín Barahona Jofré, ciudadano chileno que es algo más conocido por su nom de plume, Efraín Barquero (Curicó, 1931). Primero, lo primero. ¿Es merecido este premio? Sí, lo es. La poesía de Barquero, por trayectoria y calidad, lo merece. Pero ahora ¿hay alguno de los aspirantes habituales que no lo merezca, si es que el premio se otorga basado fundamentalmente en la trayectoria? Difícilmente. Una mejor imagen de esta presea, antes que el gallinero que muchos sacan a colación, es la de la sala de espera. Ahora hicieron pasar al despacho a Barquero, le dieron su diploma, su pensión vitalicia, y ya está. Tarde o temprano serán Óscar Hahn, Carmen Berenguer, y muchos otros, que siguen en la sala, aguardando, escribiendo, leyendo el diario, etc.
Las editoriales, importantes e infaltables figurines en este baile de máscaras, coordinan el paso doble con novedades en función del momento en que se vaya a otorgar el estímulo. En este caso, LOM aporta “El pan y el vino” (y demuestra un interesante, aunque incompleto rediseño, pues la diagramación interior y el papel son los mismos, de la prolífera colección “Entre mares”), el último poemario del vate radicado en Marsella, quien en esta edición echa mano a unos elementos que son casi marca registrada en la estética de Barquero, como el pan, el vino, la tierra, la familia, y la santificación y glorificación en el lenguaje de las ceremonias domésticas; tópicos que le han valido dudosos motes como “el poeta de la tierra”; esto porque quedarse con estos pocos signos es no hacerle justicia a un autor bastante más prolífico, y con una escritura que ha recorrido hartas más estaciones que estos banquetes con pan, vino y tierra. Sólo una muestra de la hermosa poesía que hay en “El pan y el vino”: “siempre hay alguien más que nos mira/ es el extraño que al cruzar/ como si hubiera olvidado algo que fue suyo en la infancia/ como si quisiera recobrarlo al verte comer con tanta inocencia una manzana”.
Barquero tiene una poesía mucho más rica de lo que se ha hecho ver, no es heredero ni mentor de nadie, no es continuador ni gurú de generación. Las ceremonias y ritos de Barquero, esas engañosas simplicidades, ¿no son acaso más cercanas a los “hombres, gente de polvo y de toda especie” del épico y esencial Saint-John Perse, que a un prócer latino del Canto General nerudiano o de algún “recado” mistraliano? Es más, ¿acaso versos como los arriba mencionados, no son más parecidos, al empático Pink Floyd (miren a dónde fuimos a parar) de temas como “Echoes” antes que a cualquier poeta chileno?
Este comentario se escapará por la tangente y le señala a usted, querido lector, que descubra la poesía de Efraín Barquero (empiece por la antología editada por el propio sello LOM), que no recibió el Premio Nacional porque le tocaba (bueno, en cierta medida sí), sino porque es un gran y genuino poeta que, aunque suene medio escandaloso, aún hay que descubrir.


Efraín Barquero
“El pan y el vino”
LOM, Santiago, 2008, 63 páginas.




*Publicado originalmente en El Periodista N° 157, 26 de septiembre de 2008