viernes, 18 de mayo de 2007

El Súper Estrella de Chile

Raúl Zurita (Santiago, 1951) da que hablar, de eso no cabe duda. Así fue en el pasado, y así ha sido también ahora en lo que va corrido de siglo XXI, desde el bullado otorgamiento que se le hizo del Premio Nacional de Literatura en el año 2000, pasando por la publicación de su libro “Poemas Militantes”, la antología “Cantares” -que también fue comidillo de aquellos que desafortunadamente nunca faltan, y gozan echándole pelos a la sopa-, hasta el público anuncio del autor del cese de su actividad literaria, dado el mal de Parkinson que lo aqueja.
A la luz de estos hechos, quizás ha sido una movida más que inteligente la reedición de “Purgatorio” por parte de las ediciones UDP, uno de los volúmenes más trascendentales de la obra de este poeta, y que no da pie a ningún tipo de ruido o habladuría extraliteraria. Es que este libro, publicado originalmente en 1979, es la materia prima con la que Zurita basó buena parte de su producción literaria posterior, y que es la mejor del ex CADA.
En Purgatorio se percibe, casi en estado salvaje, la acertada combinación de arte, poesía y desgarro. Y es que en los “libros dantescos” del autor (este, más Anteparaíso y La Vida Nueva), Zurita intenta la reconstrucción propia, un acto que además de destreza literaria, requiere de una buena cuota de valentía. Decir que este libro es un testimonio es, a la vez, verdadero y mezquino. Verdadero porque sí, el autor se vierte por completo en el texto, traslada su interioridad doblegada al papel; y mezquino, pues decir solamente que es un testimonio es tener la vista más que corta, pues Purgatorio es, por sí solo, y también en unión con Anteparaíso y La Vida Nueva, un ensemble que forma parte de las páginas poéticas más relevantes de la poesía chilena de las últimas décadas, junto con “La Ciudad” del recordado Gonzalo Millán, y la poesía de Juan Luis Martínez. Y esto no es porque se diga en estas líneas, sino que se ve claramente en la obra de poetas harto posteriores a Zurita. Por ejemplo, en una gota de sangre “poética” de autores como Héctor Hernández Montecinos, fácilmente se pueden rastrear plaquetas y glóbulos verbales que llevan inscritos el ADN de poemas como “El Desierto de Atacama” o “Pastoral de Chile”.
Se intuye –y se espera-, que los próximos volúmenes a publicar serán, efectivamente, las reediciones de Anteparaíso y La Vida Nueva; sería la jugada obvia, puesto que, antes que publicar libros nuevos de Raúl Zurita, mucho mejor es reeditar sus antiguos (sandías caladas, si se quiere), aquellos que superaron por sí solos, con gran y novedosa poesía, todas las acciones de arte, mejillas quemadas, prólogos de antologías, galardones cuestionados y dimes y diretes en general, y que pusieron a Raúl Zurita en el lugar que hoy ocupa, bien al centro de la poesía chilena, y con buenos argumentos, como este Purgatorio, que ha nacido de nuevo.



Raúl Zurita
“Purgatorio”
Ediciones UDP, Santiago, 2007, 61 págs.



*Publicado originalmente en El Periodista N° 128, 18 de mayo de 2007

sábado, 5 de mayo de 2007

Entre el bife chorizo y milonga

Hace no mucho tiempo está en librerías el libro que reúne los cuentos completos del escritor argentino Antonio Di Benedetto (1922-1986). Esto, para quienes tienen nociones acerca de las grandes plumas de Latinoamérica, podrá ser algo medianamente comprensible; pero para el gran público no significa mucho. Pues bien, sépase que la aparición de este libro (o en estricto rigor su cruce de Los Andes) es un importante hecho editorial, que abre a los chilenos la posibilidad de conocer a uno de los autores más singulares la literatura contemporánea de nuestro continente. Esto último va especialmente dedicado a quienes pasarán los días feriados venideros (lunes 21 de mayo ad portas) en Buenos Aires, Mendoza u otra ciudad trasandina. Si bien el libro de Di Benedetto está acá, su alto precio lo hace casi sólo accesible, no a los más adinerados, sino a aquellos fieles que no ven en un alto desembolso de dinero un obstáculo para llegar a la literatura que ansían. En resumen, si usted es uno de los afortunados que paseará por las librerías de calle Corrientes, tenga en cuenta, entre el bife chorizo y el partido de Boca o River, a Antonio Di Benedetto, editado por Adriana Hidalgo editora.
¿Por qué debería el lector interrumpir los capelettis, la pizza o la compra de la prenda de cuero? ¿por qué debería el lector fijarse en este periodista mendocino, que fue secuestrado y luego encarcelado por agentes de la dictadura militar argentina en 1976? Pues una de las respuestas que saltan espontáneas ante estas preguntas es que Antonio Di Benedetto fue un escritor que abrió nuevos territorios en la literatura, a la altura de un Arlt e incluso un Borges, sin recibir en vida los reconocimientos que bien merecía; los que llegan, en no poca medida, con la edición de estos Cuentos Completos.
Admirado por Roberto Bolaño (quien se basó en Di Benedetto al crear al protagonista de su célebre relato “Sensini”), Antonio Di Benedetto creó una narrativa exacta, efectiva y potente como pocas. Lacónica, sin hacer perder el tiempo con embelecos ni florituras, sus novelas (donde sobresale “Zama”) y estos cuentos son el reflejo de lo sorprendente y tremendamente renovadora que puede ser la obra de un escritor en evolución constante, además de confirmar que la mayoría de los mejores narradores del siglo XX nacieron allende los Andes. En Argentina, las reediciones de la obra de este autor fueron recibidas con la felicidad de un deseo largamente postergado. En Chile idealmente debería suceder algo similar, pues se pone al alcance del lector uno de los más trascendentales autores de la lengua castellana de las últimas décadas. Basta y sobra para tenerlo en cuenta entre el alfajor Havanna y la milonga en La Boca.



Antonio Di Benedetto
“Cuentos completos”
Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 2006, 705 págs.



*Publicado originalmente en El Periodista N° 127, 4 de mayo de 2007

viernes, 27 de abril de 2007

Haciendo Justicia

Una de las deudas pendientes que el mercado editorial tenía con la poesía chilena del siglo XX era la reedición de la obra poética de Alberto Rubio Riesco (1928-2001). Si bien se saldó una de ellas, queda todavía un largo débito para con los poetas más anónimos que llenaron de gracia las letras nacionales. Pero viendo la parte llena del vaso, más que bienvenida es esta “Poesía Reunida” (Ediciones UDP, 2007), una reparación más que necesaria con la obra de uno de los poetas más silenciosos que escribió en Chile.
Para hablar de la poesía de Alberto Rubio, debemos remitirnos no a la llamada Generación del 50, sino a un subgrupo más reducido y específico, compuesto de tres poetas: el propio Rubio, David Rosenmann-Taub y Armando Uribe, que comparten un contexto más específico y una escritura similar (signada por las formas y metros clásicos, adaptados al propio momento de los autores). Los dos primeros, hay que decirlo, existen y son conocidos casi por entera obra y gracia de Uribe, quien se ha encargado de difundir, con no poco entusiasmo la obra de sus cofrades. Y hay que decir también, que ambos lo superan en materia poética. Pasa con Rosenmann y pasa con Rubio (con quien compartió las aulas de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile), poetas más desconocidos, que se situaron exclusivamente en el silencioso oficio de la palabra, antes que incursionar en ámbitos más bullados, como la política y el comentario de la misma, como lo hizo Armando Uribe.
En el prólogo del libro, el poeta Juan Cristóbal Romero señala que hay rasgos en “La greda vasija” que anticipan “Poemas y antipoemas”, de Nicanor Parra. Esto no es así. Sí hay un alejamiento de lo nerudiano, pero Rubio y Parra no pueden estar más alejados entre sí, esencialmente por la forma. Ambos libros son incomparables, pues tal como Parra, la poesía de Rubio se alejó en ese momento del canon establecido por Neftalí Reyes. No anticipa la obra capital parriana, sino que va a unirse a ese séquito de libros sorprendentes y exquisitos como “Cortejo y epinicio” y “Los surcos inundados”, de Rosenmann-Taub, el Réquiem de Humberto Díaz Casanueva, o varios pasajes de Rosamel del Valle, entre otros.
Pero esta crítica es en sí misma otro feliz efecto de la reedición de la obra de Alberto Rubio, el que vuelva a hablarse de poetas como Rubio es la gran virtud de la reedición de sus obras, el sacarlas del olvido. Se ha elogiado este objetivo que tienen las ediciones de la UDP, y el mismo se mantiene. Se le ha hecho justicia a Alberto Rubio, esperemos que no sea el último.



Alberto Rubio
“Poesía Reunida”
Ediciones UDP, Santiago, 2007, 111 págs.



*Publicado originalmente en El Periodista N° 126, 20 de abril de 2007

viernes, 13 de abril de 2007

Un río interminable y caudaloso


Hace un tiempo, quien suscribe tuvo la oportunidad de comentar otro libro del singular poeta Héctor Hernández Montecinos (Santiago, 1979), “El barro lírico de los mundos interiores más oscuros que la luz” (Contrabando del bando en contra, 2003), y en esa ocasión se señalaron unas cuantas cosas que podrían servir al lector para armar un identikit del autor. Como la idea no es dejar en penumbras al lector, pero tampoco repetir al pie de la letra lo ya escrito, vayan unos highlights de la crítica previa. Leer a este poeta es una experiencia en sí misma, y estar desprovisto de algunos referentes no es lo más recomendable. Segundo, que su escritura es de una singularidad que la distingue del resto de la lírica joven chilena, y que, pasado el tiempo, hace que hoy unos cuantos jóvenes que hacen sus primeras armas en poesía sigan las formas de Hernández. Tercero, Hernández mantiene intactas tanto su capacidad literaria así como su sapiencia lingüística.
Vamos ahora a [Coma] (MANTRA editorial, 2006), libro que es parte de una saga que Hernández inició hace años con “Este libro se llama como el que yo una vez escribí”, prosiguió con “El barro…” y supuestamente culmina con el presente volumen. Mencionemos primero algunas encomiables mejoras en la edición; uno: páginas numeradas (su ausencia era inexcusable) dos: una edición cuidada, con una tipografía y tipo de papel que hace de MANTRA el escalón superior a “Contrabando…” tres: índice, lo que finalmente hace notar que las ediciones de Héctor Hernández al fin se pusieron pantalones largos, y le hacen un servicio a su propia poesía, antes que un autogol.
Luego, el texto. Un sello indeleble de que este libro se parece a los dos anteriores es la presencia copiosa de esa expresión desbocada, brutal e interior que plasma el autor en un gran porcentaje del volumen. Claramente Hernández es su propia escritura, y lo hace saber al lector. Y, hay que decirlo, tras leer cerca de mil (!) páginas de escritura parecida, ya cae algo pesada. Pero bien se ha dicho por ahí (de boca de Raúl Zurita, si la memoria no traiciona) que la obra de los poetas se salva por un puñado de poemas de gran calidad, lo que queda refrendado en este libro, específicamente en la sección “La aparición del día”. Acá es posible ver a un Héctor Hernández que puede superar ese relato verborreico, desesperado y violento de su yo, su literatura y sus circunstancias (solapa de este libro incluida) y saca a la luz poesía de alto vuelo, invencible al tiempo, galvanizada de una pátina de suficiencia que es perfectamente capaz de llegar e impactar al “gran público”. Esos versos de alto vuelo que asomaron en los volúmenes anteriores, hoy encuentran más espacio y un fulgor y calidad también mayores, en vez de rizar el rizo del discurso personal y delirante.
Lo anterior se suma a otra gran cualidad de esta poesía, y de la de muchos a los poetas que en la actualidad escriben o editan: la acuciosa revisión y reescritura de la poesía chilena del siglo XX. Hernández Montecinos tiene por delante un futuro escritural ajetreado, pues es una de las plumas más movidas, abundantes e inquietas de la poesía actual. Con él no nos quedaremos cortos de versos, y si se mantiene la tendencia, más pepitas de oro quedarán luego de lavar ese río interminable y caudaloso que es la poesía de Héctor Hernández Montecinos.



Héctor Hernández Montecinos
“[Coma]”
MANTRA Editorial, Santiago, 2006, 379 págs.


*Publicado originalmente en El Periodista N° 125, 5 de abril de 2007

viernes, 30 de marzo de 2007

Jesús es una pílsener


Si se permite la licencia, en estas líneas quedará más o menos claro que el libro de Claudio Bertoni “En qué quedamos” es casi una excusa para hablar de una nueva y feliz estación en la esforzada labor editorial poética chilena. Y es que este último libro del poeta desgreñado de Concón es editado por un sello debutante, Ediciones Bordura (edicionesbordura@gmail.com). Ya antes se han comentado y ensalzado con no poco entusiasmo las apariciones de nuevas editoriales, generalmente hechas a pulso y con esfuerzo tesonero por los idealistas que se meten en esa camisa de once varas que significa editar poesía en un país como Chile. Muchos –pasa lo mismo con las revistas-, caen a poco andar. Y si bien, Ediciones Bordura corre el mismo riesgo (roguemos que no), bien vale destacar un par de cosas.
Este libro es un ejemplo de lo que muchas editoriales con más “credenciales” debieran tomar en cuenta a la hora de editar libros. Lo primero, un diseño agradable y limpio. Se nota que hay preocupación por la apariencia del libro, tarea que no todos cumplen, y menos lo hacen a un nivel tan satisfactorio. Lo segundo, el cuidado de la edición, que va mucho más allá de entregar un texto sin faltas. Hay un índice, lo que se agradece, hay una tipografía y un tipo de papel acogedores a vista y tacto. En definitiva hay trabajo, y las ganas de entregar un producto de calidad.
Pero como todo no puede ser perfecto, hay también algunos deslices, por ejemplo, el poema “Algo” dice: “(…) en la esquina de Huérfanos y Banderas (…)”, cuando el nombre correcto de la calle es Bandera. O bien algunos queísmos que vagan por algunas páginas. Esto puede parecer un detalle fútil, pero dado el alto estándar de calidad del producto, bien vale señalarlo. Ahora, yendo al texto mismo, la poesía de Bertoni es, hoy por hoy, sandía calada. Hay garantía de sabor, de picardía, de ingenio, de humor, de potos, de tetas y penes erectos aterrizados en el contexto de todos los días de todos (o casi todos) los chilenos. El lenguaje de la tribu, si se quiere.
Claudio Bertoni es una de las más ilustres caras de la herencia antipoética parriana, en su vertiente cachonda (“guachaca” dirían por ahí) y genial, con versos como estos: “Una/ Pílsener/ En el desierto/ Es un regalo/ De Dios// Jesús/ Estuvo en/ El desierto// Y/ Como/ Jesús es/ Un regalo/ De Dios// Jesús/ Es una/ Pílsener.
En resumen, bien por Ediciones Bordura, partieron bien, pero como dice el propio Bertoni en este libro “Mozart tuvo la típica partida del caballo inglés// Y la llegada del burro”. Ojalá que Ediciones Bordura no corra la misma suerte. En cuanto a Claudio Bertoni, esa es otra cosa, pues “fue caballo inglés toda la vida”, al menos mientras ha escrito poesía.

Claudio Bertoni
“En qué quedamos”
Ediciones Bordura, Santiago, 2007, 60 págs.


*Publicado originalmente en El Periodista N° 124, 23 de marzo de 2007

martes, 13 de marzo de 2007

Blusero porteño


Carlos Henrickson (Santiago, 1974) es un poeta poco conocido en el medio chileno, mas no por ello inactivo. Su palmarés, reproducido en una solapa donde además se incluye una poco favorable foto del autor, cuenta con unos cuantos logros en el plano editorial, como libros y plaquettes propios, además de la preparación de una antología de poetas de Valparaíso (sin ir más lejos ocupó –u ocupa- el cargo de secretario del capítulo porteño de la SECH) y la traducción de poemas de Tristan Corbière.

Harto más acá del puerto, Ediciones del Temple lanza al ruedo “An Old Blues Songbook”, un conjunto de 53 poemas más que correctos, donde la palabra fluye con un ritmo poco acompasado, pero no sin una densidad que permita la “licencia” de descuidar la cadencia. Sin caer en una prosa poética grandilocuente y hueca, el autor logra plasmar un lenguaje bien adornado, aunque por momentos tropieza ya sea por la falta de ritmo, o por cierta imprecisa colocación de algunos versos, o bien por una descuidada puntuación (exceso de comas, básicamente) en ciertos poemas, que atentan contra el denso discurso que Carlos Henrickson transmite.

Sin embargo, el autor nos entrega un conjunto de poemas donde la referencia musical del título, y las múltiples referencias a la poesía que hay en el texto son una suerte de excusa, un medio para graficar todo un desagarrado sentimiento que pareciera incubarse mientras se escucha el rasgueo contundente de una guitarra blusera. Lo señala claramente el propio autor “(..)no hay/ consideraciones estéticas, música ni poesía en esto”. La nostalgia, el desamparo citadino y el desgarro del hombre son el escenario en el que el blues es una adecuada música de fondo.

Con todo, hay que prestar atención a este libro, que a pesar de sus pifias, ilustra la voz potente de un autor que tiene todo un cancionero que verter sobre él mismo y sus circunstancias. Lo ha hecho acá, con un rasgueo llamativo, interesante, y a pesar de desafinar en algunas ocasiones, hay que estar al pendiente de la próxima tonada que nos regale el blusero porteño, Carlos Henrickson.


*Publicado originalmente en El Periodista N° 123, 9 de marzo de 2007

viernes, 2 de febrero de 2007

Entre toque de queda y showbusiness

Hablar sobre antologías en Chile no es fácil. Una de las polémicas más insignes de la historia de la poesía chilena se suscitó por una antología notable (aquella famosa editada en los treinta por los “preciosos ridículos” Anguita y Teitelboim), y otras no tanto (como Zurita y sus “Cantares”). Hoy una nueva colección de obras poéticas sale al ruedo, la antología “Diecinueve. Poetas chilenos de los noventa” (JC Sáez editor, 2006), compuesta por la académica Francisca Lange Valdés.Quienes conocen a la mencionada compiladora (quien suscribe y la gran mayoría de los “poetas chilenos de los noventa”) saben el largo camino que ha debido recorrer esta antología para hacerse realidad. Años han pasado hasta que este libro puede estar hoy en nuestras manos, lapso en que no poca expectativa se generó en el concierto de vates chilenos que hoy rondan las cuatro décadas de edad. Para entrar en materia, primero hay que señalar que la aparición de todas las antologías es buena. Es mejor que existan a que no existan, incluso las mal hechas. Le hacen un favor a la obra de los buenos poetas (la de los malos se olvida sola) y a veces tenemos el placer de encontrarnos con alguien que sabe elegir. En este mismo sentido, a la hora de comentar este tipo de compilaciones, lo que se reseña principalmente es el criterio de selección del antologador. Francisca Lange, docente con abundantes credenciales, y muy al corriente del quehacer poético de sus coetáneos, aporta un prólogo más que interesante y completo, pues hay que señalar que estos poetas no son “en el aire”, sino que los define indefectiblemente la coyuntura en la que crecieron y se desarrollaron tanto como personas, así como escritores, esto es la dictadura del recientemente fallecido Augusto Pinochet. Lange rescata en su prólogo toda esta dimensión, reparando detenida y acertadamente en aspectos de la cultura popular de la época, que más allá de la mal entendida nostalgia, es necesario desentrañar para entender cómo se definió la cultura chilena de los años posteriores hasta hoy. Luego selecciona diecinueve autores, quienes en su conjunto dan cuenta de que existe una generación robusta -forjada al fuego del showbusiness y capitales padres poéticos como Nicanor Parra, Enrique Lihn, Gonzalo Millán, Rodrigo Lira y Juan Luis Martínez-, compuesta de grandes autores. Botones de muestra: Javier Bello, Alejandro Zambra, Leonardo Sanhueza, entre otros, nombres que hoy son representantes activos (varios de ellos le hacen un grandísimo servicio a la cultura nacional con la labor editorial que realizan), pujantes y calificados de la joven poesía chilena. Extraña es la ausencia de Germán Carrasco, hoy “exiliado” en Argentina, pero igual un nombre determinante del período, u otros que han sido citados en otras recolecciones, como Cristián Gómez, Rodrigo Rojas o Damsi Figueroa, mas Francisca Lange prefiere no hacer mayor aspaviento al respecto, pero quizás tenerlos en cuenta en el futuro no esté demás. Con todo, este libro es una rica y más que recomendable muestra de uno de los mejores ámbitos de nuestra literatura: los poetas.


“Diecinueve. Poetas chilenos de los noventa”
Selección de Francisca Lange Valdés
JC Sáez editor, Santiago, 2006, 429 págs.


*Publicado originalmente en El Periodista N° 122, 27 de enero de 2007

lunes, 15 de enero de 2007

Pidiendo Pista

La muerte ronda por los alrededores de la poesía chilena. Se han dado en los últimos meses algunas “bajadas de cortina” de vates de renombre, y coincidentemente premiados con el máximo galardón de las letras criollas. Uno de ellos es Raúl Zurita, pero en ese caso la caída de telón es totalmente comprensible dada la notoriamente menoscabada salud del autor de Anteparaíso (basta revisar su turbadora entrevista con Cristián Warnken en “Una belleza nueva”), pero en el caso del “poetícola” (como le gusta llamar a los poetas) Armando Uribe ya el tema es más un emborrachamiento de perdiz más que nada. Una suerte de “Pedrito y el lobo” hecho poesía.
Si bien varios de los incondicionales adeptos del desdentado abogado temen un deceso inminente (claramente el hombre no es inmortal), Uribe (o quizás sus editores) ha sabido aprovecharse del pánico para sacar al mercado cuanto poema, escrito o garabato tenga atesorado en su departamento ubicado frente al Parque Forestal. Así, LOM suma un libro más al abultado repertorio que existe del Premio Nacional de Literatura 2004 en nuestras librerías con “De Muerte”, un diario en verso donde el autor vuelve a escribir sobre lo que ha escrito hasta el hartazgo en estos últimos años (especialmente en la última década en adelante, cuando se deja de mandarle cartas abiertas al dictador y al presidente de turno para zambullirse en la poesía), esto es, la muerte y la constante autoflagelación de su precaria condición humana y mortal, siempre con el mismo expediente, el mismo estilo de verso, siempre con Catulo en el horizonte y siempre causando el mismo efecto. Decir “más de lo mismo” no es enteramente correcto, pues, mal que mal el autor es un poeta que tiene altura en la poesía chilena, pero pega en el palo.
Al paso que vamos, este será solamente uno más de las decenas de libros por venir que se publicarán de la poesía de Armando Uribe, un poeta que en su obra “pide pista” a gritos, pero que, dada ya la sobreabundancia de nuevos títulos que salen periódicamente al pequeño ruedo literario nacional, pareciera estar más vivo que nunca. Pero ojo, no sucede ni lo uno ni lo otro. Pero los libros quedan, y de Armando Uribe quedarán bastantes.


Armando Uribe
“De nada. Diario en verso”
LOM, Santiago, 2006, 183 págs.


*Publicado originalmente en El Periodista N° 121, 12 de enero de 2007

lunes, 25 de diciembre de 2006

¿Lyndon Johnson era gay?

El estadounidense David Foster Wallace (1962) es actualmente el mejor representante de una literatura que, durante el siglo XX tomó la delantera de forma casi indiscutible en el campo del cuento. Desde Faulkner, pasando por Salinger, Capote, los beatniks, hasta llegar a Bret Easton Ellis, desembocamos en este escritor, sindicado como uno de los más talentosos y originales de nuestros días en Estados Unidos. Ya golpeó el mundo editorial yanqui con la monumental y épica novela de más de mil páginas “Broma infinita” (Infinite Jest), que le significó la aclamación general por el agudo retrato de la sociedad norteamericana que describe la obra.
Pero antes, Foster Wallace dio más que llamativos chispazos de su capacidad, con el volumen de relatos “La niña del pelo raro” (Ed. Debolsillo, 2006). En este conjunto Foster Wallace saca a relucir todos los trucos y experimentos que tiene guardados en la chistera, trucos por los que ha sido alabado incondicionalmente, pero también inclementemente fustigado. Con un manejo del lenguaje bastante singular (que si en la traducción logra rescatarse, ni hablar del original), el autor nos interna en el universo de “gente real” como el ex presidente norteamericano Lyndon Johnson, o las personalidades televisivas David Letterman y Alex Trebek (algo así como los Don Francisco locales) mezclados con punks, jóvenes republicanos sociópatas, y de paso salpimenta el volumen con un examen de la literatura contemporánea, manteniendo a raya en buena parte de la obra la pedantería y la autoreferencia, para dar paso a la descripción fluida, al relato que habla por sí solo.
A pesar de que por momentos la “inteligencia” es demasiada, cayendo en lo elitista (eso sucede, por ejemplo, en la novela corta “Hacia el oeste, el avance del imperio continúa”, que pareciera exigir al lector unos cuantos talleres de cuento en el cuerpo para entenderlo a cabalidad), este puñado de cuentos es una buena puerta de entrada al mundo de Foster Wallace (comprendido fundamentalmente en “Broma infinita”), en sí complejo, pero atractivo como pocos, y es también una feliz confirmación de una de las grandes e indiscutibles tradiciones estadounidenses: su narrativa.


David Foster Wallace
“La niña del pelo raro”
Ed. Debolsillo, Buenos Aires, 2006, 477 págs.



*Publicado originalmente en El Periodista N° 120, 22 de diciembre de 2006

sábado, 16 de diciembre de 2006

Vivir con dignidad


“Vida y época de Michael K.” (Ed. Random House, 2006) es otra prueba fehaciente de que el sudafricano John Maxwell Coetzee, se merece el Premio Nobel de Literatura que se le otorgó en 2003. La editorial Random House ha traído a los lectores de lengua castellana desde hace un buen tiempo (y con mayor razón desde 2003) la obra de este escritor, y en esta ocasión, la entrega no ha decepcionado.
La pluma del autor de libros como “Foe” y “Elizabeth Costello” ahora muestra una gran destreza para entregar una historia sencilla, la de un viaje, pero a la vez cargada de una profundidad que bien puede remover alguna célula interna que se pregunte por el sentido de la existencia. Coetzee nos inserta en la Sudáfrica de la década de los 70, partida en dos por la guerra civil, el mundo del frágil Michael K., que inicia un viaje, a instancias de su moribunda madre, al lugar de sus orígenes. El eje central de este libro es el viaje, el trayecto en el que no solamente se puede ir comprobando un país fracturado por un conflicto armado, sino que se sustenta en la odisea de Michael K hacia el centro de la experiencia humana, buscando una vida digna.
Escrito en 1983, el libro le valió a Coetzee el prestigioso premio Booker, está escrito en tres partes, la primera (que cubre la gran mayoría del libro) es el relato de las peripecias de Michael K. donde vemos la autenticidad de un ser humano simple que vive de la tierra y la naturaleza, en respuesta a una sociedad que se cae a pedazos, buscando un sentido a su existencia. Las dos partes restantes son visiones de la vida de Michael, desde puntos de vista “normales”, como el de un médico que ve en Michael K. a un ser desnutrido, y de incomprensibles propósitos.
La gran cualidad de este libro es la destreza con la que Coetzee contrasta un entorno en zozobra, y la vida de un hombre que logra abstraerse de todo, y vivir una vida decente en una sociedad que ha perdido la decencia hace rato. Sin ser deliberadamente “instructivo”, Coetzee nos pone ante un personaje del que hoy en día se pueden sacar muchas lecciones. Todo un retrato, contado con una simpleza notable, con no pocos retratos poco felices, pero poderosos, con aparentemente poco espacio para la esperanza, pero al final, entregando un retrato descarnado y auténtico, tal como es Coetzee, desprovisto de artificialidad y pirotecnia, dejando un mensaje que cumple el objetivo de todo buen libro: el mirarnos a nosotros mismos, y al menos rozar, la reflexión sobre de qué va nuestra vida.


J.M. Coetzee
“Vida y época de Michael K.”
Ed. Random House Mondadori, Barcelona, 2006, 187 págs.



*Publicado originalmente en El Periodista N° 119, 8 de diciembre de 2006

domingo, 26 de noviembre de 2006

Un homenaje póstumo


El pasado sábado 14 de octubre, el poeta nacional Gonzalo Millán (1947-2006) sucumbió finalmente al cáncer que lo aquejó durante gran parte de su vida. Símbolo de la Generación del 60, y de la poesía chilena, el deceso de Millán sorprendió a todos, dejando un vacío grande en la literatura chilena. Sin proponérselo, la editorial de la Universidad Diego Portales lanzó una reedición de Relación Personal, un libro de juventud de Millán, siendo el inicio de una senda poética, que remate con al uno de los libros fundamentales de la poesía chilena como “La Ciudad” (1979). Hay que señalar que no solamente las trágicas circunstancias del deceso de Millán le dan relevancia a esta edición. Si Millán no hubiera fallecido, el libro tiene el gran valor intrínseco de reeditar uno de las obras más sorprendentes y golpeadoras de la poesía chilena de los años 60, y si más encima es una edición enriquecida. Se podría caer en el cliché de que Gonzalo Millán seguirá vivo en su poesía, pero caer en esta manida sentencia, es también una gran obviedad. El germen de “Relación Personal” fue una novela fallida que fue rechazada por la editorial Zig-Zag por ser “una historia ripiosa”, como señala en el prólogo el escritor y docente Alejandro Zambra (también así se lo expresó a quien escribe en una entrevista publicada en este medio en mayo pasado). Ese lenguaje “ripioso” se transformó en un libro de poemas, cuyas imágenes, representadas con un lenguaje poderoso, y exacto, donde no sobra nada, pero donde pareciera decirse todo. No será la muerte lo que haga que la poesía de Gonzalo Millán perdure, será su calidad encomiable, desprovista de ruido y pirotecnia. Ni tampoco serán nuevos homenajes las reediciones por venir, sino muestras definitivas y perdurables, de por qué Gonzalo Millán fue uno de los mejores poetas chilenos del siglo XX.

Gonzalo Millán
“Relación Personal”
Ediciones U. Diego Portales, Santiago, 2006, 75 págs.

*Publicado originalmente en El Periodista N° 118, 24 de noviembre de 2006

domingo, 5 de noviembre de 2006

Su pasado lo condena



Para nadie es un misterio que Bret Easton Ellis (Los Ángeles, 1964) es un autor de culto, un escritor que caló hondo en casi todo el mundo, y que en Latinoamérica tuvo a unos cuantos émulos. Alberto Fuguet aspiró a ocupar ese sitial, pero perdió la pulseada con Jaime Bayly. Glamour, camionadas de dólares, drogas por montón, sexo en todas sus variedades, son los ingredientes que construyeron la imagen de Ellis como enfant terrible de la literatura norteamericana, con best sellers como Menos que cero, y la archi famosa American Psycho.
Recientemente llegó al mercado hispanoparlante Lunar Park (Ed. Random House, 2006), la última novela de este tumultuoso escritor. Ellis empieza con casi un olímpico centenar de páginas donde resume su vertiginosa carrera escritural, nos hace un repaso de sus grandes éxitos y sin asco detalla su saison en enfer, la fiesta interminable (donde fue compañero de juerga de Bono y Bruce Springsteen), las bajezas de ser un escritor del llamado Brat pack, y los detalles escabrosos del éxito comercial de sus grandes novelas.
Un gran juego para empezar, un aparente mea culpa por su alcoholismo y drogadicción, que más allá de ser verdad o no, es una nueva prueba de que Ellis maneja el efectismo brutal con un singular talento. Páginas que parecieran estar de más, pero que, unidas con el resto del argumento, tienen una razón de ser. Easton Ellis entrega un reporte de una veracidad incuestionable en el papel, y que une luego con un delirante cuento de terror posmoderno construido con pinceladas del cine de horror ochentero (sin ir más lejos, el autor ha confesado la influencia de Stephen King), si se quiere, que no puede estar más alejado de la realidad, donde hay un narrador que se llama Bret Easton Ellis, que escribió las novelas del autor, pero que a fin de cuentas opera como una comedia, efecto último que, conociendo a Ellis, claramente es intencional. Nada está dejado al azar, tampoco este juego de espejos, que produce múltiples reflejos del personaje-autor.
Ellis-autor hace un cambio de giro, ya que Lunar Park contiene una cantidad mucho menor de reventón que sus novelas anteriores. Ellis intenta reinventarse como padre y esposo, viviendo en un suburbio tranquilo, donde hasta parece pedir disculpas por American Psycho, lo que no es suficiente para frenar a un pasado que viene a pasarle la factura a Ellis-personaje. Este giro deliberadamente forzado, igualmente hace que Lunar Park sea una novela muy entretenida, aunque tenga muchos menos gramos de cocaína y litros de vodka que las obras anteriores de Easton Ellis, una especie de happening que no deja insatisfecho tanto al seguidor empedernido de la parranda monumental del padre de Patrick Bateman, así como a quien se interna por primera vez al universo Ellis.


Bret Easton Ellis
“Lunar Park”
Ed. Random House Mondadori, Barcelona, 2006, 380 págs.



*Publicado originalmente en El Periodista N° 117, 10 de noviembre de 2006

domingo, 22 de octubre de 2006

Un poltergeist que nos viene a destapar los pies

Si Nicanor Parra y Enrique Lihn son actualmente los sumos pontífices de la poesía chilena actual, entonces Rodrigo Lira (1949-1981) debería ser situado como una versión alterna del Cristo de Elqui, un cura de Catapilco o un Rasputín de la poesía criolla. No está rodeado de un aura de santidad inmaculada, pero es una figura irresistible, llena de carisma, ventrilocuismo, parodias certeras, y una gran poesía. Nuevamente, si situamos hoy a Lihn y Parra en los pináculos de nuestro panteón poético (permítase el Parricidio anticipado), Lira sería definitivamente un espíritu chocarrero, un poltergeist que nos viene a destapar los pies en la noche, botar los libros de las repisas y a tumbar a los vates olímpicos.
Por años su poesía circuló mayormente de mano en mano, clandestina, fotocopiada, y sabrosa. Hasta que finalmente en el año 2003, Roberto Merino se puso las pilas y homenajeó a su compañero de andanzas al editar por fin ese infinitamente pirateado “Proyecto de obras completas”, haciendo un aporte macizo a la poesía joven actual, que tiene –y con toda razón-, a Lira entre sus estampitas sagradas. Encasillarlo como “poeta maldito” (o como el esquizofrénico que participó en “Cuánto vale el show”) sería no solo tener la vista corta, sino derechamente faltarle el respeto y hasta caer en el mal gusto, pues con estas evidencias editoriales Lira dejó de ser leyenda urbana, payaso o caso clínico, y pasó a ser un autor de credenciales, uno de nuestros grandes poetas.
Hoy es el poeta y editor Adán Méndez quien echa felices luces sobre la trayectoria poética de Rodrigo Lira con el libro “Declaración Jurada” (Ediciones UDP, 2006), otro gran aporte editorial para seguir armando y ordenando ese puzzle inorgánico y desperdigado que es la obra literaria de Rodrigo Gabriel Lira Canguilhem, obra inorgánica, pero que denota un factor común: a Lira como un angurriento de la palabra, con un deseo inextinguible de expresión, que queda palmariamente demostrado en este volumen, donde Lira reconvierte su currículum -texto soso por definición casi-, y realmente define su propio ser, escapando incluso a la caricatura que pudo significar el aspirar a un puesto de trabajo con semejantes papeles.
La gran proeza poética que logró Rodrigo Lira con su escritura fue poder continuar con la labor antipoética de Nicanor Parra -un fierro candente en sí mismo-, sin caer en lo que cayeron la cuasi totalidad de los seguidores del autor de “Canciones rusas”: el ser un mero copión. Lira verdaderamente prolonga la labor parriana, no por el simple hecho de escribir poesía “coloquial” o “humorística”, sino que por utilizar, con singular genialidad, todo escrito pedestre y reconvertirlo en poesía o literatura, todo esto como consecuencia de su constante premura expresiva.
“Todo es poesía menos la poesía” reza un artefacto de Parra; pues bien, Rodrigo Lira coincidió al pie de la letra al menos con la primera parte de la sentencia. Y si a eso le agregamos que logra sazonar esto con unas gotas de Enrique Lihn, es suficiente como para situar a Rodrigo Lira -y su alarido que nos ha perseguido durante un cuarto de siglo tras su muerte-, en un lugar de privilegio.



Rodrigo Lira
“Declaración jurada”
Selección y edición de Adán Méndez
Ediciones U. Diego Portales, Santiago, 2006, 97 págs.



*Publicado originalmente en El Periodista N° 116, 20 de octubre de 2006

domingo, 8 de octubre de 2006

Memoria literal

Simone de Beauvoir (1908-1986), novelista, ensayista y filósofa francesa, fue una de las personalidades intelectuales más atrayentes del siglo XX. Supo estar a la altura de su eterno compañero, Jean Paul Sartre, no como una fiel escudera, sino como una personalidad aparte, una mente peculiarmente fértil en medio del epicentro de buena parte de la intelectualidad del siglo XX. Como si estos elementos no fueran suficientes para construir una biografía contundente, la existencial Simone de Beauvoir se situó en momentos claves de la historia de la humanidad, como la Segunda Guerra Mundial.
Quién mejor que la misma Simone de Beauvoir para relatar su paso por el mundo. Así lo hace en el segundo tomo de su autobiografía, “La plenitud de la vida” (Ed. Debolsillo, 2006), una continuación de “Memorias de una joven formal”, que narra la infancia y la adolescencia de la autora de “La mujer rota”, su desarrollo intelectual y el encuentro con Sartre. La plenitud de la vida (la autobiografía de esta autora se divide en cinco libros distintos) se inicia en la tardía adolescencia de Beauvoir y cubre hasta los años de la guerra, y fue publicado originalmente en 1960.
El relato se inicia con algo de vaguedad, Simone de Beauvoir estaba en esos momentos acomodándose a una vida de trabajo, dando cuerpo a sus proyectos, contrastando los inicios de su relación con Sartre con su filosofía; pero a medida que se van superando estos primeros tramos del libro, podemos hincarle de lleno el diente a aspectos más atractivos, como la ampliación del círculo de conocidos y amigos de la autora, la intelectualidad de la Rive Gauche (donde destacan el pintor Alberto Giacometti, Hemingway, Jean Cocteau y Picasso), la descripción acuciosa y llena de sabor del París de los años 30 y 40, la ocupación de la capital francesa por parte de las fuerzas nazis, y la destreza de Simone de Beauvoir para balancear –desde un punto de vista existencialista- el momento histórico, con sus particulares sentimientos y su formación como escritora. En este último punto, este libro es también una lección sobre cómo escribir, un ejemplo más que interesante sobre lo que se conoce como “cocina literaria”.
La plenitud de la vida es un libro que perfectamente funciona en sí mismo, pues no es necesario estar al tanto de los otros capítulos de la vida de Simone de Beauvoir. Esto, unido al hecho de que la edición de Debolsillo se da en un papel corriente, sin mayor lujo (por lo tanto sin mucho costo), pone al alcance del lector una vida ejemplar, un relato de una de las mentes brillantes del siglo XX y un retrato contundente de la historia reciente de la humanidad.


Simone de Beauvoir
“La plenitud de la vida”
Ed. Debolsillo, Buenos Aires, 2006, 639 págs.



*Publicado originalmente en El Periodista N° 115, 6 de octubre de 2006

domingo, 24 de septiembre de 2006

Mucho más que azar

Paul Auster (Nueva Jersey, 1947) es hoy uno de los novelistas más consagrados del mundo. Así lo atestiguan premios, películas, tiras cómicas y otros subproductos que han generado varias de sus once novelas. No hay que rebuscar mucho para explicar el arrollador suceso que tiene cada volumen que Auster saca al mercado, la razón es (engañosamente) simple: Paul Auster domina a la perfección el arte de contar una buena historia.
Su undécima novela, “Brooklyn Follies” (Anagrama, 2006) lo confirma. El autor de “La noche del oráculo” y “La trilogía de Nueva York” narra la historia de Nathan Glass, un sesentón, canceroso, divorciado y jubilado agente de seguros que llega a Brooklyn “buscando un sitio tranquilo donde morir”. Con esta sombría frase se abre la fábula de Glass, que terminará exactamente al revés de lo que el protagonista tenía planeado, abriendo una caja de Pandora llena de personajes, peripecias e historias –un giro austeriano por excelencia-, elementos todos que completarán un proyecto de senectud de Nathan Glass, “El libro de las locuras de los hombres”, una bitácora de observaciones, disparates y anécdotas (una idea no nueva, pero siempre atrayente), que calzarán todas en una sincronía perfecta, gracias a ese elemento ineludible en todas las novelas de Paul Auster, el azar que hace de bisagra en la vida de sus personajes.
Dados estos antecedentes, Auster pone sobre la mesa una baraja de personajes, uno de los repartos más nutridos que se pueden ver desde libros como “El palacio de la luna”, para articular más de 300 páginas de una trama siempre viva y que no decae en un solo renglón. Pues porque a todo este cóctel de antihéroes, Auster no deja (como era de esperarse) de agregar el tirón de orejas de rigor a George W. Bush, tanto por la caída de las Torres Gemelas, así como por la invasión a Irak de 2003, además de ilustrarnos siempre con esa sana pincelada de historia literaria (dando una pasada a Poe, Melville y Kafka), que en Brooklyn Follies llega de parte de Tom Wood, sobrino y escudero de Nathan Glass, un cuasi doctor en literatura que deviene en taxista, y luego en dependiente en la librería del imperdible Harry Brightman.
En Brooklyn Follies, es posible ver a un Auster completo, un titiritero de una destreza singular que mueve una marioneta de decenas de hilos, un malabarista que en su maroma yuxtapone lugares, personajes, historias y sentimientos, pero que también sabe dar un momento de descanso, con instantes de reflexión y llana sabiduría (sin el azar determinista de obras anteriores), enfocados en el drama cotidiano de los simples habitantes de Brooklyn. Un tinglado que pareciera terminar felizmente, con un cierre redondo, resuelto favorablemente, donde nada podría haber terminado mejor, pero “pareciera”, pues el fin es una hora fatídica de un hito fatídico, las 8:46 A.M. del 11 de septiembre de 2001.
En resumen, nos encontramos con una novela soberbia, una prosa sencilla, fluida, palpable, casi musical, que no hace más que recalcar la maestría de un autor más que consagrado.


Paul Auster
“Brooklyn Follies”
Ed. Anagrama, Barcelona, 2006, 310 págs.



*Publicado originalmente en El Periodista N° 114, 22 de septiembre de 2006

domingo, 10 de septiembre de 2006

Una delicia japonesa

Si bien calificar la obra de los escritores que han ganado el premio Nobel (algunos, no todos) puede ser algo innecesario y a veces reiterativo, dedicarle algunas palabras a la obra de Yasunari Kawabata (1899-1972) no es algo que esté demás, pues, junto con Yukio Mishima (sin ir más lejos, Kawabata fue mentor de Mishima), son los escritores japoneses más importantes del siglo XX, y dos contundentes narradores de los últimos cien años.
Tal como el estilo japonés, que ha impuesto la estampa como una forma de relato, los cuentos que están agrupados en el libro de 1925 “La Bailarina de Izu” (Ed. Emecé 2006), cuentan con lo triste y lo bello, dos adjetivos que retratan de plano la característica de la obra de Kawabata, y, de hecho, es el título de uno de sus libros principales. Quizás este libro debiera ser una estación posterior de quienes deseen adentrarse en la obra de este nipón, pues es una estación claramente intermedia –un claro coming of age-, que rematará en terminales como “El Maestro de Go” o “Lo Bello y lo Triste”.
Quizás a la manera de Akira Kurosawa y sus “Sueños”, Kawabata da la impresión de entregar una obra autobiográfica, pero aporta una obra que encasillar en la autobiografía sería simplemente pecar de vista corta. Kawabata entrega un relato que es suyo, pero que es a la vez el Japón de la posguerra, derrotado y traumatizado, matizado con la maestría de la observación y esa rara y genial habilidad de extraer tesoros delicados y gráciles del lodo.
Tal como las figuras del origami, el tinglado de esta serie de relatos de Kawabata descansa en un equilibro tenue y delicado, donde se balancean la ternura y el recuerdo de una adolescencia precaria, con deidades etéreas que, si bien nacen de una imagen real, solamente subsisten en el recuerdo y la evocación del narrador, llenas de una belleza arrobadora, pero inalcanzable.
Más allá del sabor agradable y atractivo que pueda tener lo exótico en nuestro paladar, este libro de Kawabata es, lisa y llanamente, un gran libro, un conjunto de perlas, donde los protagonistas de las historias son ellos mismos generadores de una belleza que solamente existe en sus retinas, y que, con la pericia que le valió un Nobel a Kawabata, es posible captar en toda su extensión, sin ser potente, delicada, pero clara, evidente. Kawabata transmite aquello, la belleza residente en personajes que viven vidas poco relevantes, lastimeras o amargas, pero que se salvan por esa hermosura única y, por fortuna, transferible, mediante la pluma de Yasunari Kawabata.


Yasunari Kawabata
“La Bailarina de Izu”
Emecé, Buenos Aires, 2006, 219 págs.



*Publicado originalmente en El Periodista N° 113, 8 de septiembre de 2006

domingo, 27 de agosto de 2006

Gumucio trepa por Chile... y el mundo


Rafael Gumucio (Santiago, 1970) es un personaje que en sus más de tres décadas de vida ha recorrido mucho. Geográficamente erró en varios de los cinco continentes del orbe, animó las pantallas del desaparecido –pero evocado- canal de televisión Rock & Pop, con espacios como “Plan Z” y “Gato por Liebre”; y hoy ofrece a Chile y el mundo su mejor arma, su escritura.
“Páginas Coloniales” (Ed. Random House Mondadori, 2006), un conjunto de crónicas de viaje, es la nueva entrega de este adulto joven, medio nervioso y tartamudo, que también las ofició por un buen tiempo como columnista de LUN (uno entre los varios medios en los que ha colaborado). En sus “Memorias Prematuras” (2000), Gumucio dice “Quiero ser un genio o no ser nada”, pues bien, luego de repasar las muy bien escritas páginas coloniales, es posible decir que la genialidad no está muy lejos, y que con libros de esta calidad, va a estar cada vez más cerca.
Gumucio demuestra no solamente que es un autor de fuste, sino que también domina la crónica como la dominaron los grandes cronistas chilenos de antaño. Si bien aún es temprano para comparar a Gumucio con Edwards Bello o Pérez Rosales, sí es posible decir que tiene dedos para el piano, y que le saca a este piano prosístico minuetos más que plácidos. Una línea que sigue el más que correcto desempeño de libros como “Monstruos Cardinales” (2002).
Desde la primera hasta la última carilla, este libro está bien escrito, con un balance ajustado entre información, destreza escritural y vivencias personales. Cualquier desequilibrio entre estos ingredientes puede hacer naufragar la crónica, pero Gumucio demuestra el talento para que no se le suba la leche, ni se le desinfle el soufflé, ni le quede desabrida la sopa. Valga la analogía culinaria, pues este libro de Gumucio es quizás eso, un plato distinguido y muy bien preparado, una escritura fina, consistente sin ser densa, provista de relatos sabrosamente ilustrados, con una dosis apropiadamente manejada de autorreferencia (un elemento ineludible en el mejor Gumucio) y también proveyendo un periodismo de estimable nivel, pues estos relatos perfectamente pueden calzar en ese subgénero conocido como “nuevo periodismo”. Pero no viene al caso reflotar ese debate (académico más que nada) del roce entre periodismo y literatura. Para estos efectos, el libro funciona.
La escritura de Rafael Gumucio ha progresado con los años. Quizás la edición de Germán Marín ha sido parte apreciable del prodigio, pero el hecho es que hoy nos encontramos con un cronista sólido, que ha superado al chico nervioso que hacía sketchs en televisión, y al opinólogo, y que nos ha ilustrado con una bitácora atractiva y bien escrita. Puede que el desafío de repetir la misma calidad en novela o cuento (sin Gumucio como voz y protagonista) sea una asignatura pendiente, pero esa es harina de otro costal.
Rafael Gumucio no será genio, pero por lo menos en crónica está dando en el clavo.


Rafael Gumucio
“Páginas Coloniales”
Ed. Random House Mondadori, Barcelona, 2006, 149 págs.



*Publicado originalmente en El Periodista N° 112, 25 de agosto de 2006

domingo, 13 de agosto de 2006

Rozándole la nariz a la poesía


David Bustos (Santiago,1972) no es una voz nueva en la poesía joven chilena. Desde hace un buen tiempo sus poemas han circulado en varias revistas, figurado en unas cuantas antologías, y principalmente, ha sacado a la luz dos libros de poemas, Nadie lee del otro lado (2001) y Zen para peatones (2004). Ahora ha llegado a las librerías el tercer volumen este poeta, becario de la Fundación Neruda y guionista de telenovelas, llamado Peces de colores (LOM, 2006).
Hay unas cuantas cosas que se pueden desprender de la lectura de este libro. La primera de ellas es que se nota que este libro es una suerte de continuación de Zen para peatones, en el sentido de que aquí nuevamente nos habla una voz continuada, una voz singular que mantiene un tono que busca mantener una suerte de escepticismo, una suerte de juego introspectivo, que regala imágenes interesantes que sirven para retratar una agradable lucidez que reluce no pocas veces en estos versos. Bustos ya tiene un sello, una voz clara, una crónica que tiene cuerda para rato.
Otro aspecto interesante es que se nota que Bustos no hace oídos sordos a la tradición poética chilena (como la gran mayoría de los poetas jóvenes de la actualidad); así nos encontramos con guiños a Huidobro, Neruda y Lihn, pero también hay referencias a sus compañeros de generación, como Andrés Andwandter y sus “Especies intencionales”. Más que apostillas y gestos oportunos, queda claro que David Bustos es un poeta que está atento a lo que sucede a su alrededor, y que tiene la habilidad para traducirlo en versos e imágenes, usando sus propios medios, sin recurrir a citas literatosas, ni echando en cara que es un lector atento. Eso siempre lo agradecerán quienes saben apreciar la buena poesía
Ya sea un pez que estrella su nariz contra su prisión de vidrio, babosas, o Jesucristo sangrante (imágenes que no tienen que relacionarse entre sí necesariamente), Bustos nos transmite acertadamente, entre otras cosas, una precariedad, una sentimiento que se retrata con un verso elocuente, “Pero sólo logramos rozarle la nariz a la poesía”, quizás un melancólico leitmotiv, que unido a la feliz habilidad de Bustos de articular este sentimiento (que existe a raudales en nuestra sociedad) con gracia y sagacidad, da como resultado un conjunto de retazos, consistentes y profundos. Una crónica de un hombre particular y su tiempo particular y circunstancias particulares, y, por fortuna, un buen libro de poemas.


David Bustos
“Peces de colores”
LOM, Santiago, 2006, 79 págs.



*Publicado originalmente en El Periodista N° 111, 11 de agosto de 2006

domingo, 30 de julio de 2006

El (anti)poeta + grande


Ya no hay casi nada nuevo que decir de Nicanor Parra (1914) que no haya sido dicho antes. Elogiar su poesía sería repetirse. El hombre ya cumplió con creces, por lo que todo lo que Parra entregue, a sus gloriosos 92 años, es yapa. Parra es hoy, indiscutidamente, el poeta vivo más importante de la lengua castellana, un candidato eterno al Nobel, el gran renovador de la poesía chilena, latinoamericana y en lengua española. Trajo el humor y los nuevos discursos, tan bienvenidos como abrir una ventana en una pieza enrarecida; bajó a los poetas del Olimpo, aportó un coloquialismo delicioso (con ataúdes y útiles de escritorio), nos ha enseñado otra forma de leer a Shakespeare, entre algunas de sus inigualables proezas.
Por todo lo anterior, editar un libro de poemas es carrera corrida, pan comido, grito y plata. Imposible equivocarse. Así sucede con “Discursos de sobremesa” (Ediciones UDP, 2006), una reunión de discursos, que no son otra cosa que textos poéticos en clave parriana, (con la genialidad y calidad que ello conlleva) acaecidos en diversos contextos. Ya algunos de ellos habían aparecido publicados, como el Mai Mai Peñi, en la útil antología que editó el Fondo de Cultura Económica de Parra. Sin embargo, la colección es de un oportunismo excelente, pues estando en ciernes la edición de las obras completas del Antipoeta, a cargo del crítico español Ignacio Echevarría, ir preparando el terreno no está nada mal. También esta edición muestra la excelente labor que están realizando las ediciones de la UDP. De este sello editorial vino “Lear rey & mendigo” el 2004, y ahora nuevamente hace un aporte con los presentes “Discursos de sobremesa”.
Se confirma también, viendo a los editores Adán Méndez y Vicente Undurraga, que son las generaciones nuevas las encargadas del rescate de la poesía de Parra, dando testimonio que Nicanor Parra, junto con Enrique Lihn, son los principales cromosomas del ADN poético joven actual. Pero lo agradable es que esta herencia genética no se manifiesta en viles copiones y antipoetas recalentados de poca monta, como los hubo en décadas pasadas, sino que hoy nos encontramos con poetas jóvenes que trabajan y dialogan con la obra de Parra, abriéndola al lector común, labor en sí meritoria y profundamente ventajosa para acercar la poesía al lector de a pie, y en excelentes medios como este libro. Por lejos, uno de los aciertos editoriales del año.


Nicanor Parra
“Discursos de sobremesa”
Ediciones U. Diego Portales, Santiago, 2006, 290 págs.



*Publicado originalmente en El Periodista N° 110, 28 de julio de 2006

domingo, 16 de julio de 2006

La antología que no fue


El poeta iquiqueño Óscar Hahn (1938) ha estado últimamente en la palestra de la actualidad literaria nacional por la reciente obtención del Premio Casa de América de Poesía Americana, pero también está en nuestro país para presentar “Obra Poética” (Ed. Andrés Bello), una nueva antología de este poeta nacional radicado a miles de kilómetros de distancia, en la remota e idílica ciudad de Iowa City.
Ya en el año 2001, la misma editorial Andrés Bello había sacado a la luz otra antología de este poeta, quien de vez en cuando nos sorprende con un nuevo volumen de poemas. Así sucederá dentro de los próximos meses, cuando el autor de “Arte de Morir” nos ilustre con “En un abrir y cerrar de ojos”, en una edición de la prestigiosa editorial española Visor. Pero ahora nos ocupa esta nueva recopilación de poemas de Hahn. Ésta cumple de forma correcta la labor de las antologías, el darnos un paseo por la obra del autor antologado. Es lo mínimo que puede hacer una antología y esta cumple ese cometido de modo más que eficiente, con una agradable diagramación y una presentación apropiada de los textos.
Sin embargo, esta recopilación adolece de algo que la haga sobresalir por sobre las otras. Un claro signo de ello es la total ausencia de un prólogo o un prefacio de peso que permita tener un punto de vista crítico, o alguna relato anecdótico de la obra de Hahn. Ya el mercado editorial está rozando la saturación de antologías de Óscar Hahn, y no ofrecen mayores diferencias entre sí. Esta edición contiene solamente una escuálida nota preliminar, cuando la buena calidad de la edición pedía a gritos un prólogo o un estudio preliminar (y hasta un postfacio, por qué no), como el que Jorge Edwards aportó a la antología que la editorial Fondo de Cultura Económica hizo de Óscar Hahn. Hahn y sus lectores se han ganado con creces un volumen recopilatorio más completo de su obra, más allá de un conjunto de poemas, que incluya versiones completas de sus libros, o unos cuantos poemas inéditos.
Esta presente “Obra Poética” es un volumen útil, pero igualmente queda la poderosa impresión de que se desperdició una gran oportunidad de editar un gran conjunto definitivo sobre la poesía de Hahn, un volumen que pueda ser material de consulta obligada para quienes estudian (y seguramente estudiarán) la poesía de este vate erótico y tanático. Ojalá que este fallo sea subsanado en las próximas ediciones de esta antología, porque para conocer a Óscar Hahn sus poemas son fundamentales, pero no lo son todo.


Óscar Hahn
“Obra Poética”
Editorial Andrés Bello, Santiago, 2006, 275 págs.



*Publicado originalmente en El Periodista N° 109, 14 de julio de 2006