La muerte del poeta Gonzalo Millán, además de teñir especialmente de negro el 2006 literario (recordemos la partida de Stella Díaz Varín), sigue calando hondo en las editoriales nacionales, en particular a la de la Universidad Diego Portales. Antes de que se supiera el nefasto cáncer que terminó por causar el deceso del autor de “La ciudad”, este ya había publicado en este sello, y se aprestaba a lanzar otros volúmenes que compondrían una trilogía poética, que no sabemos si verá la luz. Igualmente, tras octubre, la editorial reeditó “Relación personal”, y hoy nos trae la obra final de Millán, su last, but not least, entrega.
Decir que Millán cierra con broche de oro con este “Veneno de escorpión azul” es, además de un cliché, una inexactitud, no porque la obra de Gonzalo Millán no haya sido relevante, sino porque la vida de poetas como Millán dista de poder cerrarse con un broche de oro. Sí Millán es sincero, y sigue el ejemplo de Lihn, de entregar una sinceridad total. Hacerlo de otro modo sería impropio, por la intachable elocuencia y contundencia de su poesía, la que estuvo siempre presente en el autor hasta sus últimos momentos.
Esta bitácora final se inicia el 20 de mayo de 2006 (fecha cercana a la entrevista que concedió a este medio) y culmina el 2 de octubre, 12 días antes de su muerte. Según se puede leer en las páginas de este libro, el aviso a Millán de que padecía cáncer de pulmón no fue un desafío para curarse, sino el inicio de los preparativos a una partida, que fue documentada en detalle por Millán, esto es, llenada de palabras, repletando cuadernos que hoy llegan a manos del lector. Gonzalo Millán no consigna todo lo que hace porque sí (toser, comer galletas, ir al Apumanque, hablar por teléfono, ser jurado de concursos de poesía, etc.) sino que lo hace para hacer lo que hizo en su obra inconfundiblemente, llenar de significado las palabras, y verter una pátina de trascendencia poética a su diario vivir, que en este libro se ve indefectiblemente trastocado por una macabra cuenta regresiva, ante la que no sirve lamentarse, sino alistarse, y no estar desocupado, ni dejar escapar cualquier verso, idea o imagen que transite por su mente.
Millán dice adiós en este libro, con dignidad y humanidad, con lenguaje preciso, y como siempre, con buena poesía.
Gonzalo Millán
“Veneno de escorpión azul”
Ediciones U. Diego Portales, Santiago, 2007, 321 págs.
viernes, 27 de julio de 2007
Corto viaje hacia la noche
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viernes, 13 de julio de 2007
Nada más que la verdad
Si hubo alguien que capitaneó la intelectualidad occidental fue Susan Sontag (1933-2004), conspicua pensadora, ensayista, cineasta y activista estadounidense (más específicamente de Manhattan), fallecida hace dos años y medio. Hoy, la editorial Random House Mondadori nos presenta “Al mismo tiempo”, una serie de ensayos, introducciones y discursos de aceptación de algunos de los varios premios que jalonaron su eminencia intelectual.
Algo sucede cuando nos acercamos a personalidades como Sontag. Una vez superada la clara noción de estar frente a un peso pesado intelectual, producto de infinitas ávidas lecturas, y de la habilidad indispensable de vincular acontecimientos actuales y pensamientos punzantes, nos encontramos de frente con el ser humano que denota su hambre de conocer, de saber más, de humanizarse. Estos escritos son una muestra de aquello a lo que Susan Sontag consagró su vida, la persecución del conocimiento como estética, es decir, saber más para ser mejores.
De este volumen póstumo, destaca el ensayo que Sontag publicó en la revista The New Yorker, cuando el horror del 11 de septiembre de 2001 estaba aún muy fresco en la mente de los estadounidenses. En este escrito pone en entredicho el que los ataques a Nueva York hayan sido a “la libertad” o al “mundo libre”, señalando que eran la consecuencia de los actos de alianzas específicas que Estados Unidos había hecho. Así era Sontag, directa, fuerte, dura en casi todo momento, pero pocas veces desacertada, lo que naturalmente le granjeó tanto adeptos como enemigos.
Pero también este volumen no pasará inadvertido para los escritores, pues más allá de lo que se pueda decir de la narrativa de la propia Susan Sontag (una novelista fallida, muy a su pesar), sí es indiscutible que sabía bastante acerca de los lineamientos y proyectos de la literatura actual. Una píldora de su lucidez: “los escritores serios no sólo deberían expresarse de forma diferente del discurso de los medios de comunicación de masas, sino que deberían oponerse al zumbido comunitario de las noticias y los talk shows (…) los escritores deben liberarnos, estremecernos”.
Puede resumirse el afán intelectual de Susan Sontag en deseo irrenunciable de sacar a flote la verdad (término espinudo como pocos). Pero más que entrar en bizantinos debates acerca de qué puede ser la verdad, en el caso de Susan Sontag es sinceridad, expresada con una impecable elocuencia. Todo al mismo tiempo.
Susan Sontag
“Al mismo tiempo”
Ed. Random House Mondadori, Barcelona, 288 págs.
*Publicado originalmente en El Periodista N° 132, 13 de julio de 2007
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viernes, 29 de junio de 2007
Lucidez, simpleza y brevedad
Un nuevo batazo editorial nos provee el crítico, docente, poeta y novelista Alejandro Zambra (Santiago, 1975), con su última producción “La vida privada de los árboles” (Anagrama, 2007), libro que sigue el camino de “Bonsái”, que puso a Zambra en el mapa no sólo de la literatura local, sino de Hispanoamérica. Este segundo libro, sin duda emparentado con el primero, ya termina por galvanizar a Zambra con una pátina de seguridad, la de un tipo que va en serio, con pantalones largos, y más focos sobre su rostro.
Antes de entrar en materia, es digno de destaque el hecho de que este volumen haya sido impreso en Chile. Lo habitual es que los libros de Editorial Anagrama, al ser importados, sean caros, lo que los hace o inalcanzables, u objetos de culto que se aprecian por lo penoso de adquirir. Pero esta tendencia de libros Anagrama impresos acá es un sanísimo y esperanzador indicador de que a futuro puede que no haya que gastar dinerales en las librerías chilenas o en su defecto, encargarle al viajero a Buenos Aires, el volumen que allá cuesta la mitad que acá. Ojalá que a Zambra sigan los Vila-Matas, Piglia, Auster, Ford, etc., para que el lector nacional acceda a la buena literatura a un precio decente.
Digresiones aparte, Zambra es un animal literario y no puede evitarlo. Y aunque seguramente esta aseveración lo incomodará un poco, dado su carácter reservado y silencioso, no le queda mal la definición. Su texto lo delata. Pero esta sabiduría no alcanza, felizmente, a opacar el verdadero valor de esta obra, su tenue, pero certera observación del diario vivir; cierta pincelada muy bien cuidada de las circunstancias del chileno común y corriente, en este caso, la de Julián, que espera a Verónica que llegue de su clase de dibujo, pero tarda demasiado.
El ínterin, Julián recorre pasajes de su vida, presentados con la habilidad del autor que hace que un racconto no sea un racconto, sino que simplemente incida, como una nota a pie de página. Ejemplos como este contribuyen a la calidad de esta breve novela, el hábil manejo de los tiempos, pero sustentados en un equilibrio tenue, más que correctamente armado; frágil a la vista, pero feliz a todas luces, con una sinceridad y justeza en el retrato que se agradece. Asimismo se aplaude la carencia total de embelecos, tretas y florituras, con las que los malos escritores suelen torturar al lector, ¿aprendió la lección de Raymond Carver? Seguramente, y lo sabe expresar sin ambages, esbozando el pasado, el presente y el futuro, personificados en Julián, Verónica y su hija Daniela, respectivamente.
Esta última novela de Alejandro Zambra tiene muchos puntos a favor, eso es claro. Lo que es claro también es que pasamos a otro Alejandro Zambra, del que ya no interesa si los autores que criticaba en LUN se vengarán de él, o si puede barajar ser profesor, poeta y comentarista de libros, y no morir en el intento. Este es otro Zambra, uno quizás superior, pero sí definitivamente confirmado, recio, que ya anda solo; no es ni promesa ni para tenerlo en carpeta. Veremos a dónde nos lleva.
Alejandro Zambra
“La vida privada de los árboles”
Ed. Anagrama, Barcelona, 2007, 117 págs.
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viernes, 15 de junio de 2007
Pagano total
El chileno medio (y en lo posible no tan desmemoriado) guarda ciertas imágenes cuando se le habla de Erick Pohlhammer (Santiago, 1955). Quizás la más recordada es el certero puñetazo que le propinó Django en el programa “Hablemos De…”, conducido por César Antonio Santis, y transmitido por TVN, donde el poeta, y en ese entonces popular juez de “¿Cuánto vale el Show?”, y el cantante español estaban invitados. Hay que señalar que en el momento en que Django asestó una contundente trompada que hizo que Pohlhammer quedara depositado tras un sillón, aquél se encontraba bajo las influencias del hipnotizador Tony Kamo, de gran popularidad en la televisión chilena de los noventa. Perdonará el lector las inexactitudes en la reconstrucción de este episodio, pues quien suscribe no pudo encontrar en YouTube la mentada pelotera, que se zanjó a la mañana siguiente en el set del programa de concursos de Chilevisión, con un sentido abrazo entre el vate y el intérprete de “Corazón mágico”.
Hoy ha vuelto Pohlhammer, y en el expediente del que quizás no debió haberse alejado demasiado: la poesía, actividad que le hizo un nombre con poemas como “Usted” y “Los Helicópteros” (particularmente significativo por el lamentable momento que Chile vivía a mediados de los ochenta). Las jóvenes, pero laboriosas Ediciones Bordura ofrecen “Vírgenes de Chile”, cuarto libro de este poeta, y su regreso luego de dos décadas de silencio editorial, permitiéndonos ver al mejor Pohlhammer, aquel que señaló en el algún momento que la poesía era un espacio de libertad absoluta.
“Vírgenes de Chile” es un más que un interesante y jocoso catastro de madonnas chilenas, pues lo que intenta Pohlahmmer en este libro es más que loable, el darle una vuelta de tuerca a la devoción, y ventilar con algo de frescura el recogimiento (y el dolor, por qué no) que significa pedirle favores a la Madre de Cristo. Y en esto el autor no se resta, pues en el poema “Virgen del Parque Forestal”, Pohlhammer pide la trascendencia, de forma más elocuente que en la cantidad de las livianas entrevistas publicadas del autor (donde se insiste hasta el hartazgo en que hable de fútbol y realities).
Erick Pohlhammer es otro heredero de Parra y su antipoesía. Su lenguaje lo delata. Sus temas lo delatan. Pero más importante aún, lo delatan su capacidad de tomar ese fierro caliente, y no quemarse, aportando versos y poemas pletóricos de certeras imágenes cotidianas, pero construidas con un lenguaje habitual, hábilmente adornado, que les otorga mayor durabilidad. Bien por esta vuelta de Pohlhammer (no tanto así por sus entrevistas, sin ton ni son la mayoría de ellas), es la vuelta de un poeta más que un personaje; de un artista, más que de un payaso.
Erick Pohlhammer
“Vírgenes de Chile”
Ediciones Bordura, Santiago, 2007, 57 págs.
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viernes, 1 de junio de 2007
La edad de la inocencia
Noticias frescas de Violeta Quevedo llegaron, como suele pasar, desde el extranjero, más específicamente de parte del afamado escritor argentino César Aira, quien en su “Diccionario de escritores latinoamericanos” (2001) dedica líneas a una de las plumas más enigmáticas que ha existido en la literatura nacional, Rita Salas Subercaseaux (1882-1965), alias Violeta Quevedo.
Hoy Ediciones B hace un nuevo esfuerzo por dar a conocer a esta desatendida autora (tarea que ya había emprendido antes Eduardo Anguita), cuya obra pareciera destacarse, -y así lo hacen ver quienes prologan este volumen-, no por lo conmovedor que pudiera ser la inocencia con que Violeta Quevedo percibió el mundo en que le tocó vivir, sino por ese sincretismo único, que con el genio de la simpleza, ilustra mejor que las teorías y dogmas más pintados. Y aunque no es difícil confundir esta devoción con superchería, hacerlo sería un error garrafal. Como también lo sería quedarse sólo con el encanto y diversión que estas páginas aportan a quien lee.
“Cuál no sería mi sorpresa…” (Ediciones B, 2007), más que oportuna recopilación de la obra de Violeta Quevedo, cumple la misión que tienen todos los buenos libros: llenar vacíos, y caramba que los hay en la olvidadiza literatura chilena. Eliminar lagunas, refrescar memorias y reflotar páginas olvidadas es uno de los desafíos pendientes (sino el más), y doble es el gusto si es que se hace con dineros públicos.
La agudeza suele mostrase con ropajes originales y sencillos, los que en el caso de Violeta Quevedo ya son casi una quintaesencia; la misma quintaesencia que se puede encontrar en la correspondencia de Boquitas Pintadas, de Manuel Puig. Originalidad y sencillez que no se logran si se proponen, que no se logran a menos que esa sea la materia prima de la que esté hecha nuestra cosmogonía, como sucedía con Violeta Quevedo, para quien todo se basaba en la Providencia y milagros, con salidas y frases (“la torre de Pisa es gótica por dentro e inclinada por fuera”) que encontramos en los niños simpáticos y despiertos, y que hicieron posible que esos escritos fueran publicados en libro, y admirados por Edwards Bello, Anguita y César Aira, y ahora por los chilenos del siglo XXI.
Violeta Quevedo
“Cuál no sería mi sorpresa…”
Ediciones B, Santiago, 2007, 263 págs.
*Publicado originalmente en El Periodista N° 129, 1 de junio de 2007
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viernes, 18 de mayo de 2007
El Súper Estrella de Chile
Raúl Zurita (Santiago, 1951) da que hablar, de eso no cabe duda. Así fue en el pasado, y así ha sido también ahora en lo que va corrido de siglo XXI, desde el bullado otorgamiento que se le hizo del Premio Nacional de Literatura en el año 2000, pasando por la publicación de su libro “Poemas Militantes”, la antología “Cantares” -que también fue comidillo de aquellos que desafortunadamente nunca faltan, y gozan echándole pelos a la sopa-, hasta el público anuncio del autor del cese de su actividad literaria, dado el mal de Parkinson que lo aqueja.
A la luz de estos hechos, quizás ha sido una movida más que inteligente la reedición de “Purgatorio” por parte de las ediciones UDP, uno de los volúmenes más trascendentales de la obra de este poeta, y que no da pie a ningún tipo de ruido o habladuría extraliteraria. Es que este libro, publicado originalmente en 1979, es la materia prima con la que Zurita basó buena parte de su producción literaria posterior, y que es la mejor del ex CADA.
En Purgatorio se percibe, casi en estado salvaje, la acertada combinación de arte, poesía y desgarro. Y es que en los “libros dantescos” del autor (este, más Anteparaíso y La Vida Nueva), Zurita intenta la reconstrucción propia, un acto que además de destreza literaria, requiere de una buena cuota de valentía. Decir que este libro es un testimonio es, a la vez, verdadero y mezquino. Verdadero porque sí, el autor se vierte por completo en el texto, traslada su interioridad doblegada al papel; y mezquino, pues decir solamente que es un testimonio es tener la vista más que corta, pues Purgatorio es, por sí solo, y también en unión con Anteparaíso y La Vida Nueva, un ensemble que forma parte de las páginas poéticas más relevantes de la poesía chilena de las últimas décadas, junto con “La Ciudad” del recordado Gonzalo Millán, y la poesía de Juan Luis Martínez. Y esto no es porque se diga en estas líneas, sino que se ve claramente en la obra de poetas harto posteriores a Zurita. Por ejemplo, en una gota de sangre “poética” de autores como Héctor Hernández Montecinos, fácilmente se pueden rastrear plaquetas y glóbulos verbales que llevan inscritos el ADN de poemas como “El Desierto de Atacama” o “Pastoral de Chile”.
Se intuye –y se espera-, que los próximos volúmenes a publicar serán, efectivamente, las reediciones de Anteparaíso y La Vida Nueva; sería la jugada obvia, puesto que, antes que publicar libros nuevos de Raúl Zurita, mucho mejor es reeditar sus antiguos (sandías caladas, si se quiere), aquellos que superaron por sí solos, con gran y novedosa poesía, todas las acciones de arte, mejillas quemadas, prólogos de antologías, galardones cuestionados y dimes y diretes en general, y que pusieron a Raúl Zurita en el lugar que hoy ocupa, bien al centro de la poesía chilena, y con buenos argumentos, como este Purgatorio, que ha nacido de nuevo.
Raúl Zurita
“Purgatorio”
Ediciones UDP, Santiago, 2007, 61 págs.
*Publicado originalmente en El Periodista N° 128, 18 de mayo de 2007
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sábado, 5 de mayo de 2007
Entre el bife chorizo y milonga
Hace no mucho tiempo está en librerías el libro que reúne los cuentos completos del escritor argentino Antonio Di Benedetto (1922-1986). Esto, para quienes tienen nociones acerca de las grandes plumas de Latinoamérica, podrá ser algo medianamente comprensible; pero para el gran público no significa mucho. Pues bien, sépase que la aparición de este libro (o en estricto rigor su cruce de Los Andes) es un importante hecho editorial, que abre a los chilenos la posibilidad de conocer a uno de los autores más singulares la literatura contemporánea de nuestro continente. Esto último va especialmente dedicado a quienes pasarán los días feriados venideros (lunes 21 de mayo ad portas) en Buenos Aires, Mendoza u otra ciudad trasandina. Si bien el libro de Di Benedetto está acá, su alto precio lo hace casi sólo accesible, no a los más adinerados, sino a aquellos fieles que no ven en un alto desembolso de dinero un obstáculo para llegar a la literatura que ansían. En resumen, si usted es uno de los afortunados que paseará por las librerías de calle Corrientes, tenga en cuenta, entre el bife chorizo y el partido de Boca o River, a Antonio Di Benedetto, editado por Adriana Hidalgo editora.
¿Por qué debería el lector interrumpir los capelettis, la pizza o la compra de la prenda de cuero? ¿por qué debería el lector fijarse en este periodista mendocino, que fue secuestrado y luego encarcelado por agentes de la dictadura militar argentina en 1976? Pues una de las respuestas que saltan espontáneas ante estas preguntas es que Antonio Di Benedetto fue un escritor que abrió nuevos territorios en la literatura, a la altura de un Arlt e incluso un Borges, sin recibir en vida los reconocimientos que bien merecía; los que llegan, en no poca medida, con la edición de estos Cuentos Completos.
Admirado por Roberto Bolaño (quien se basó en Di Benedetto al crear al protagonista de su célebre relato “Sensini”), Antonio Di Benedetto creó una narrativa exacta, efectiva y potente como pocas. Lacónica, sin hacer perder el tiempo con embelecos ni florituras, sus novelas (donde sobresale “Zama”) y estos cuentos son el reflejo de lo sorprendente y tremendamente renovadora que puede ser la obra de un escritor en evolución constante, además de confirmar que la mayoría de los mejores narradores del siglo XX nacieron allende los Andes. En Argentina, las reediciones de la obra de este autor fueron recibidas con la felicidad de un deseo largamente postergado. En Chile idealmente debería suceder algo similar, pues se pone al alcance del lector uno de los más trascendentales autores de la lengua castellana de las últimas décadas. Basta y sobra para tenerlo en cuenta entre el alfajor Havanna y la milonga en La Boca.
Antonio Di Benedetto
“Cuentos completos”
Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 2006, 705 págs.
*Publicado originalmente en El Periodista N° 127, 4 de mayo de 2007
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viernes, 27 de abril de 2007
Haciendo Justicia
Una de las deudas pendientes que el mercado editorial tenía con la poesía chilena del siglo XX era la reedición de la obra poética de Alberto Rubio Riesco (1928-2001). Si bien se saldó una de ellas, queda todavía un largo débito para con los poetas más anónimos que llenaron de gracia las letras nacionales. Pero viendo la parte llena del vaso, más que bienvenida es esta “Poesía Reunida” (Ediciones UDP, 2007), una reparación más que necesaria con la obra de uno de los poetas más silenciosos que escribió en Chile.
Para hablar de la poesía de Alberto Rubio, debemos remitirnos no a la llamada Generación del 50, sino a un subgrupo más reducido y específico, compuesto de tres poetas: el propio Rubio, David Rosenmann-Taub y Armando Uribe, que comparten un contexto más específico y una escritura similar (signada por las formas y metros clásicos, adaptados al propio momento de los autores). Los dos primeros, hay que decirlo, existen y son conocidos casi por entera obra y gracia de Uribe, quien se ha encargado de difundir, con no poco entusiasmo la obra de sus cofrades. Y hay que decir también, que ambos lo superan en materia poética. Pasa con Rosenmann y pasa con Rubio (con quien compartió las aulas de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile), poetas más desconocidos, que se situaron exclusivamente en el silencioso oficio de la palabra, antes que incursionar en ámbitos más bullados, como la política y el comentario de la misma, como lo hizo Armando Uribe.
En el prólogo del libro, el poeta Juan Cristóbal Romero señala que hay rasgos en “La greda vasija” que anticipan “Poemas y antipoemas”, de Nicanor Parra. Esto no es así. Sí hay un alejamiento de lo nerudiano, pero Rubio y Parra no pueden estar más alejados entre sí, esencialmente por la forma. Ambos libros son incomparables, pues tal como Parra, la poesía de Rubio se alejó en ese momento del canon establecido por Neftalí Reyes. No anticipa la obra capital parriana, sino que va a unirse a ese séquito de libros sorprendentes y exquisitos como “Cortejo y epinicio” y “Los surcos inundados”, de Rosenmann-Taub, el Réquiem de Humberto Díaz Casanueva, o varios pasajes de Rosamel del Valle, entre otros.
Pero esta crítica es en sí misma otro feliz efecto de la reedición de la obra de Alberto Rubio, el que vuelva a hablarse de poetas como Rubio es la gran virtud de la reedición de sus obras, el sacarlas del olvido. Se ha elogiado este objetivo que tienen las ediciones de la UDP, y el mismo se mantiene. Se le ha hecho justicia a Alberto Rubio, esperemos que no sea el último.
Alberto Rubio
“Poesía Reunida”
Ediciones UDP, Santiago, 2007, 111 págs.
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viernes, 13 de abril de 2007
Un río interminable y caudaloso
Hace un tiempo, quien suscribe tuvo la oportunidad de comentar otro libro del singular poeta Héctor Hernández Montecinos (Santiago, 1979), “El barro lírico de los mundos interiores más oscuros que la luz” (Contrabando del bando en contra, 2003), y en esa ocasión se señalaron unas cuantas cosas que podrían servir al lector para armar un identikit del autor. Como la idea no es dejar en penumbras al lector, pero tampoco repetir al pie de la letra lo ya escrito, vayan unos highlights de la crítica previa. Leer a este poeta es una experiencia en sí misma, y estar desprovisto de algunos referentes no es lo más recomendable. Segundo, que su escritura es de una singularidad que la distingue del resto de la lírica joven chilena, y que, pasado el tiempo, hace que hoy unos cuantos jóvenes que hacen sus primeras armas en poesía sigan las formas de Hernández. Tercero, Hernández mantiene intactas tanto su capacidad literaria así como su sapiencia lingüística.
Vamos ahora a [Coma] (MANTRA editorial, 2006), libro que es parte de una saga que Hernández inició hace años con “Este libro se llama como el que yo una vez escribí”, prosiguió con “El barro…” y supuestamente culmina con el presente volumen. Mencionemos primero algunas encomiables mejoras en la edición; uno: páginas numeradas (su ausencia era inexcusable) dos: una edición cuidada, con una tipografía y tipo de papel que hace de MANTRA el escalón superior a “Contrabando…” tres: índice, lo que finalmente hace notar que las ediciones de Héctor Hernández al fin se pusieron pantalones largos, y le hacen un servicio a su propia poesía, antes que un autogol.
Luego, el texto. Un sello indeleble de que este libro se parece a los dos anteriores es la presencia copiosa de esa expresión desbocada, brutal e interior que plasma el autor en un gran porcentaje del volumen. Claramente Hernández es su propia escritura, y lo hace saber al lector. Y, hay que decirlo, tras leer cerca de mil (!) páginas de escritura parecida, ya cae algo pesada. Pero bien se ha dicho por ahí (de boca de Raúl Zurita, si la memoria no traiciona) que la obra de los poetas se salva por un puñado de poemas de gran calidad, lo que queda refrendado en este libro, específicamente en la sección “La aparición del día”. Acá es posible ver a un Héctor Hernández que puede superar ese relato verborreico, desesperado y violento de su yo, su literatura y sus circunstancias (solapa de este libro incluida) y saca a la luz poesía de alto vuelo, invencible al tiempo, galvanizada de una pátina de suficiencia que es perfectamente capaz de llegar e impactar al “gran público”. Esos versos de alto vuelo que asomaron en los volúmenes anteriores, hoy encuentran más espacio y un fulgor y calidad también mayores, en vez de rizar el rizo del discurso personal y delirante.
Lo anterior se suma a otra gran cualidad de esta poesía, y de la de muchos a los poetas que en la actualidad escriben o editan: la acuciosa revisión y reescritura de la poesía chilena del siglo XX. Hernández Montecinos tiene por delante un futuro escritural ajetreado, pues es una de las plumas más movidas, abundantes e inquietas de la poesía actual. Con él no nos quedaremos cortos de versos, y si se mantiene la tendencia, más pepitas de oro quedarán luego de lavar ese río interminable y caudaloso que es la poesía de Héctor Hernández Montecinos.
Héctor Hernández Montecinos
“[Coma]”
MANTRA Editorial, Santiago, 2006, 379 págs.
*Publicado originalmente en El Periodista N° 125, 5 de abril de 2007
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viernes, 30 de marzo de 2007
Jesús es una pílsener

Si se permite la licencia, en estas líneas quedará más o menos claro que el libro de Claudio Bertoni “En qué quedamos” es casi una excusa para hablar de una nueva y feliz estación en la esforzada labor editorial poética chilena. Y es que este último libro del poeta desgreñado de Concón es editado por un sello debutante, Ediciones Bordura (edicionesbordura@gmail.com). Ya antes se han comentado y ensalzado con no poco entusiasmo las apariciones de nuevas editoriales, generalmente hechas a pulso y con esfuerzo tesonero por los idealistas que se meten en esa camisa de once varas que significa editar poesía en un país como Chile. Muchos –pasa lo mismo con las revistas-, caen a poco andar. Y si bien, Ediciones Bordura corre el mismo riesgo (roguemos que no), bien vale destacar un par de cosas.
Este libro es un ejemplo de lo que muchas editoriales con más “credenciales” debieran tomar en cuenta a la hora de editar libros. Lo primero, un diseño agradable y limpio. Se nota que hay preocupación por la apariencia del libro, tarea que no todos cumplen, y menos lo hacen a un nivel tan satisfactorio. Lo segundo, el cuidado de la edición, que va mucho más allá de entregar un texto sin faltas. Hay un índice, lo que se agradece, hay una tipografía y un tipo de papel acogedores a vista y tacto. En definitiva hay trabajo, y las ganas de entregar un producto de calidad.
Pero como todo no puede ser perfecto, hay también algunos deslices, por ejemplo, el poema “Algo” dice: “(…) en la esquina de Huérfanos y Banderas (…)”, cuando el nombre correcto de la calle es Bandera. O bien algunos queísmos que vagan por algunas páginas. Esto puede parecer un detalle fútil, pero dado el alto estándar de calidad del producto, bien vale señalarlo. Ahora, yendo al texto mismo, la poesía de Bertoni es, hoy por hoy, sandía calada. Hay garantía de sabor, de picardía, de ingenio, de humor, de potos, de tetas y penes erectos aterrizados en el contexto de todos los días de todos (o casi todos) los chilenos. El lenguaje de la tribu, si se quiere.
Claudio Bertoni es una de las más ilustres caras de la herencia antipoética parriana, en su vertiente cachonda (“guachaca” dirían por ahí) y genial, con versos como estos: “Una/ Pílsener/ En el desierto/ Es un regalo/ De Dios// Jesús/ Estuvo en/ El desierto// Y/ Como/ Jesús es/ Un regalo/ De Dios// Jesús/ Es una/ Pílsener.
En resumen, bien por Ediciones Bordura, partieron bien, pero como dice el propio Bertoni en este libro “Mozart tuvo la típica partida del caballo inglés// Y la llegada del burro”. Ojalá que Ediciones Bordura no corra la misma suerte. En cuanto a Claudio Bertoni, esa es otra cosa, pues “fue caballo inglés toda la vida”, al menos mientras ha escrito poesía.
Claudio Bertoni
“En qué quedamos”
Ediciones Bordura, Santiago, 2007, 60 págs.
*Publicado originalmente en El Periodista N° 124, 23 de marzo de 2007
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martes, 13 de marzo de 2007
Blusero porteño

Carlos Henrickson (Santiago, 1974) es un poeta poco conocido en el medio chileno, mas no por ello inactivo. Su palmarés, reproducido en una solapa donde además se incluye una poco favorable foto del autor, cuenta con unos cuantos logros en el plano editorial, como libros y plaquettes propios, además de la preparación de una antología de poetas de Valparaíso (sin ir más lejos ocupó –u ocupa- el cargo de secretario del capítulo porteño de la SECH) y la traducción de poemas de Tristan Corbière.
Harto más acá del puerto, Ediciones del Temple lanza al ruedo “An Old Blues Songbook”, un conjunto de 53 poemas más que correctos, donde la palabra fluye con un ritmo poco acompasado, pero no sin una densidad que permita la “licencia” de descuidar la cadencia. Sin caer en una prosa poética grandilocuente y hueca, el autor logra plasmar un lenguaje bien adornado, aunque por momentos tropieza ya sea por la falta de ritmo, o por cierta imprecisa colocación de algunos versos, o bien por una descuidada puntuación (exceso de comas, básicamente) en ciertos poemas, que atentan contra el denso discurso que Carlos Henrickson transmite.
Sin embargo, el autor nos entrega un conjunto de poemas donde la referencia musical del título, y las múltiples referencias a la poesía que hay en el texto son una suerte de excusa, un medio para graficar todo un desagarrado sentimiento que pareciera incubarse mientras se escucha el rasgueo contundente de una guitarra blusera. Lo señala claramente el propio autor “(..)no hay/ consideraciones estéticas, música ni poesía en esto”. La nostalgia, el desamparo citadino y el desgarro del hombre son el escenario en el que el blues es una adecuada música de fondo.
Con todo, hay que prestar atención a este libro, que a pesar de sus pifias, ilustra la voz potente de un autor que tiene todo un cancionero que verter sobre él mismo y sus circunstancias. Lo ha hecho acá, con un rasgueo llamativo, interesante, y a pesar de desafinar en algunas ocasiones, hay que estar al pendiente de la próxima tonada que nos regale el blusero porteño, Carlos Henrickson.
*Publicado originalmente en El Periodista N° 123, 9 de marzo de 2007
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viernes, 2 de febrero de 2007
Entre toque de queda y showbusiness
Hablar sobre antologías en Chile no es fácil. Una de las polémicas más insignes de la historia de la poesía chilena se suscitó por una antología notable (aquella famosa editada en los treinta por los “preciosos ridículos” Anguita y Teitelboim), y otras no tanto (como Zurita y sus “Cantares”). Hoy una nueva colección de obras poéticas sale al ruedo, la antología “Diecinueve. Poetas chilenos de los noventa” (JC Sáez editor, 2006), compuesta por la académica Francisca Lange Valdés.Quienes conocen a la mencionada compiladora (quien suscribe y la gran mayoría de los “poetas chilenos de los noventa”) saben el largo camino que ha debido recorrer esta antología para hacerse realidad. Años han pasado hasta que este libro puede estar hoy en nuestras manos, lapso en que no poca expectativa se generó en el concierto de vates chilenos que hoy rondan las cuatro décadas de edad. Para entrar en materia, primero hay que señalar que la aparición de todas las antologías es buena. Es mejor que existan a que no existan, incluso las mal hechas. Le hacen un favor a la obra de los buenos poetas (la de los malos se olvida sola) y a veces tenemos el placer de encontrarnos con alguien que sabe elegir. En este mismo sentido, a la hora de comentar este tipo de compilaciones, lo que se reseña principalmente es el criterio de selección del antologador. Francisca Lange, docente con abundantes credenciales, y muy al corriente del quehacer poético de sus coetáneos, aporta un prólogo más que interesante y completo, pues hay que señalar que estos poetas no son “en el aire”, sino que los define indefectiblemente la coyuntura en la que crecieron y se desarrollaron tanto como personas, así como escritores, esto es la dictadura del recientemente fallecido Augusto Pinochet. Lange rescata en su prólogo toda esta dimensión, reparando detenida y acertadamente en aspectos de la cultura popular de la época, que más allá de la mal entendida nostalgia, es necesario desentrañar para entender cómo se definió la cultura chilena de los años posteriores hasta hoy. Luego selecciona diecinueve autores, quienes en su conjunto dan cuenta de que existe una generación robusta -forjada al fuego del showbusiness y capitales padres poéticos como Nicanor Parra, Enrique Lihn, Gonzalo Millán, Rodrigo Lira y Juan Luis Martínez-, compuesta de grandes autores. Botones de muestra: Javier Bello, Alejandro Zambra, Leonardo Sanhueza, entre otros, nombres que hoy son representantes activos (varios de ellos le hacen un grandísimo servicio a la cultura nacional con la labor editorial que realizan), pujantes y calificados de la joven poesía chilena. Extraña es la ausencia de Germán Carrasco, hoy “exiliado” en Argentina, pero igual un nombre determinante del período, u otros que han sido citados en otras recolecciones, como Cristián Gómez, Rodrigo Rojas o Damsi Figueroa, mas Francisca Lange prefiere no hacer mayor aspaviento al respecto, pero quizás tenerlos en cuenta en el futuro no esté demás. Con todo, este libro es una rica y más que recomendable muestra de uno de los mejores ámbitos de nuestra literatura: los poetas.
“Diecinueve. Poetas chilenos de los noventa”
Selección de Francisca Lange Valdés
JC Sáez editor, Santiago, 2006, 429 págs.
*Publicado originalmente en El Periodista N° 122, 27 de enero de 2007
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lunes, 15 de enero de 2007
Pidiendo Pista
La muerte ronda por los alrededores de la poesía chilena. Se han dado en los últimos meses algunas “bajadas de cortina” de vates de renombre, y coincidentemente premiados con el máximo galardón de las letras criollas. Uno de ellos es Raúl Zurita, pero en ese caso la caída de telón es totalmente comprensible dada la notoriamente menoscabada salud del autor de Anteparaíso (basta revisar su turbadora entrevista con Cristián Warnken en “Una belleza nueva”), pero en el caso del “poetícola” (como le gusta llamar a los poetas) Armando Uribe ya el tema es más un emborrachamiento de perdiz más que nada. Una suerte de “Pedrito y el lobo” hecho poesía.
Si bien varios de los incondicionales adeptos del desdentado abogado temen un deceso inminente (claramente el hombre no es inmortal), Uribe (o quizás sus editores) ha sabido aprovecharse del pánico para sacar al mercado cuanto poema, escrito o garabato tenga atesorado en su departamento ubicado frente al Parque Forestal. Así, LOM suma un libro más al abultado repertorio que existe del Premio Nacional de Literatura 2004 en nuestras librerías con “De Muerte”, un diario en verso donde el autor vuelve a escribir sobre lo que ha escrito hasta el hartazgo en estos últimos años (especialmente en la última década en adelante, cuando se deja de mandarle cartas abiertas al dictador y al presidente de turno para zambullirse en la poesía), esto es, la muerte y la constante autoflagelación de su precaria condición humana y mortal, siempre con el mismo expediente, el mismo estilo de verso, siempre con Catulo en el horizonte y siempre causando el mismo efecto. Decir “más de lo mismo” no es enteramente correcto, pues, mal que mal el autor es un poeta que tiene altura en la poesía chilena, pero pega en el palo.
Al paso que vamos, este será solamente uno más de las decenas de libros por venir que se publicarán de la poesía de Armando Uribe, un poeta que en su obra “pide pista” a gritos, pero que, dada ya la sobreabundancia de nuevos títulos que salen periódicamente al pequeño ruedo literario nacional, pareciera estar más vivo que nunca. Pero ojo, no sucede ni lo uno ni lo otro. Pero los libros quedan, y de Armando Uribe quedarán bastantes.
Armando Uribe
“De nada. Diario en verso”
LOM, Santiago, 2006, 183 págs.
*Publicado originalmente en El Periodista N° 121, 12 de enero de 2007
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lunes, 25 de diciembre de 2006
¿Lyndon Johnson era gay?
El estadounidense David Foster Wallace (1962) es actualmente el mejor representante de una literatura que, durante el siglo XX tomó la delantera de forma casi indiscutible en el campo del cuento. Desde Faulkner, pasando por Salinger, Capote, los beatniks, hasta llegar a Bret Easton Ellis, desembocamos en este escritor, sindicado como uno de los más talentosos y originales de nuestros días en Estados Unidos. Ya golpeó el mundo editorial yanqui con la monumental y épica novela de más de mil páginas “Broma infinita” (Infinite Jest), que le significó la aclamación general por el agudo retrato de la sociedad norteamericana que describe la obra.
Pero antes, Foster Wallace dio más que llamativos chispazos de su capacidad, con el volumen de relatos “La niña del pelo raro” (Ed. Debolsillo, 2006). En este conjunto Foster Wallace saca a relucir todos los trucos y experimentos que tiene guardados en la chistera, trucos por los que ha sido alabado incondicionalmente, pero también inclementemente fustigado. Con un manejo del lenguaje bastante singular (que si en la traducción logra rescatarse, ni hablar del original), el autor nos interna en el universo de “gente real” como el ex presidente norteamericano Lyndon Johnson, o las personalidades televisivas David Letterman y Alex Trebek (algo así como los Don Francisco locales) mezclados con punks, jóvenes republicanos sociópatas, y de paso salpimenta el volumen con un examen de la literatura contemporánea, manteniendo a raya en buena parte de la obra la pedantería y la autoreferencia, para dar paso a la descripción fluida, al relato que habla por sí solo.
A pesar de que por momentos la “inteligencia” es demasiada, cayendo en lo elitista (eso sucede, por ejemplo, en la novela corta “Hacia el oeste, el avance del imperio continúa”, que pareciera exigir al lector unos cuantos talleres de cuento en el cuerpo para entenderlo a cabalidad), este puñado de cuentos es una buena puerta de entrada al mundo de Foster Wallace (comprendido fundamentalmente en “Broma infinita”), en sí complejo, pero atractivo como pocos, y es también una feliz confirmación de una de las grandes e indiscutibles tradiciones estadounidenses: su narrativa.
David Foster Wallace
“La niña del pelo raro”
Ed. Debolsillo, Buenos Aires, 2006, 477 págs.
*Publicado originalmente en El Periodista N° 120, 22 de diciembre de 2006
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Etiquetas: David Foster Wallace, Debolsillo
sábado, 16 de diciembre de 2006
Vivir con dignidad

“Vida y época de Michael K.” (Ed. Random House, 2006) es otra prueba fehaciente de que el sudafricano John Maxwell Coetzee, se merece el Premio Nobel de Literatura que se le otorgó en 2003. La editorial Random House ha traído a los lectores de lengua castellana desde hace un buen tiempo (y con mayor razón desde 2003) la obra de este escritor, y en esta ocasión, la entrega no ha decepcionado.
La pluma del autor de libros como “Foe” y “Elizabeth Costello” ahora muestra una gran destreza para entregar una historia sencilla, la de un viaje, pero a la vez cargada de una profundidad que bien puede remover alguna célula interna que se pregunte por el sentido de la existencia. Coetzee nos inserta en la Sudáfrica de la década de los 70, partida en dos por la guerra civil, el mundo del frágil Michael K., que inicia un viaje, a instancias de su moribunda madre, al lugar de sus orígenes. El eje central de este libro es el viaje, el trayecto en el que no solamente se puede ir comprobando un país fracturado por un conflicto armado, sino que se sustenta en la odisea de Michael K hacia el centro de la experiencia humana, buscando una vida digna.
Escrito en 1983, el libro le valió a Coetzee el prestigioso premio Booker, está escrito en tres partes, la primera (que cubre la gran mayoría del libro) es el relato de las peripecias de Michael K. donde vemos la autenticidad de un ser humano simple que vive de la tierra y la naturaleza, en respuesta a una sociedad que se cae a pedazos, buscando un sentido a su existencia. Las dos partes restantes son visiones de la vida de Michael, desde puntos de vista “normales”, como el de un médico que ve en Michael K. a un ser desnutrido, y de incomprensibles propósitos.
La gran cualidad de este libro es la destreza con la que Coetzee contrasta un entorno en zozobra, y la vida de un hombre que logra abstraerse de todo, y vivir una vida decente en una sociedad que ha perdido la decencia hace rato. Sin ser deliberadamente “instructivo”, Coetzee nos pone ante un personaje del que hoy en día se pueden sacar muchas lecciones. Todo un retrato, contado con una simpleza notable, con no pocos retratos poco felices, pero poderosos, con aparentemente poco espacio para la esperanza, pero al final, entregando un retrato descarnado y auténtico, tal como es Coetzee, desprovisto de artificialidad y pirotecnia, dejando un mensaje que cumple el objetivo de todo buen libro: el mirarnos a nosotros mismos, y al menos rozar, la reflexión sobre de qué va nuestra vida.
J.M. Coetzee
“Vida y época de Michael K.”
Ed. Random House Mondadori, Barcelona, 2006, 187 págs.
*Publicado originalmente en El Periodista N° 119, 8 de diciembre de 2006
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domingo, 26 de noviembre de 2006
Un homenaje póstumo
El pasado sábado 14 de octubre, el poeta nacional Gonzalo Millán (1947-2006) sucumbió finalmente al cáncer que lo aquejó durante gran parte de su vida. Símbolo de la Generación del 60, y de la poesía chilena, el deceso de Millán sorprendió a todos, dejando un vacío grande en la literatura chilena. Sin proponérselo, la editorial de la Universidad Diego Portales lanzó una reedición de Relación Personal, un libro de juventud de Millán, siendo el inicio de una senda poética, que remate con al uno de los libros fundamentales de la poesía chilena como “La Ciudad” (1979). Hay que señalar que no solamente las trágicas circunstancias del deceso de Millán le dan relevancia a esta edición. Si Millán no hubiera fallecido, el libro tiene el gran valor intrínseco de reeditar uno de las obras más sorprendentes y golpeadoras de la poesía chilena de los años 60, y si más encima es una edición enriquecida. Se podría caer en el cliché de que Gonzalo Millán seguirá vivo en su poesía, pero caer en esta manida sentencia, es también una gran obviedad. El germen de “Relación Personal” fue una novela fallida que fue rechazada por la editorial Zig-Zag por ser “una historia ripiosa”, como señala en el prólogo el escritor y docente Alejandro Zambra (también así se lo expresó a quien escribe en una entrevista publicada en este medio en mayo pasado). Ese lenguaje “ripioso” se transformó en un libro de poemas, cuyas imágenes, representadas con un lenguaje poderoso, y exacto, donde no sobra nada, pero donde pareciera decirse todo. No será la muerte lo que haga que la poesía de Gonzalo Millán perdure, será su calidad encomiable, desprovista de ruido y pirotecnia. Ni tampoco serán nuevos homenajes las reediciones por venir, sino muestras definitivas y perdurables, de por qué Gonzalo Millán fue uno de los mejores poetas chilenos del siglo XX.
Gonzalo Millán
“Relación Personal”
Ediciones U. Diego Portales, Santiago, 2006, 75 págs.
*Publicado originalmente en El Periodista N° 118, 24 de noviembre de 2006
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domingo, 5 de noviembre de 2006
Su pasado lo condena

Para nadie es un misterio que Bret Easton Ellis (Los Ángeles, 1964) es un autor de culto, un escritor que caló hondo en casi todo el mundo, y que en Latinoamérica tuvo a unos cuantos émulos. Alberto Fuguet aspiró a ocupar ese sitial, pero perdió la pulseada con Jaime Bayly. Glamour, camionadas de dólares, drogas por montón, sexo en todas sus variedades, son los ingredientes que construyeron la imagen de Ellis como enfant terrible de la literatura norteamericana, con best sellers como Menos que cero, y la archi famosa American Psycho.
Recientemente llegó al mercado hispanoparlante Lunar Park (Ed. Random House, 2006), la última novela de este tumultuoso escritor. Ellis empieza con casi un olímpico centenar de páginas donde resume su vertiginosa carrera escritural, nos hace un repaso de sus grandes éxitos y sin asco detalla su saison en enfer, la fiesta interminable (donde fue compañero de juerga de Bono y Bruce Springsteen), las bajezas de ser un escritor del llamado Brat pack, y los detalles escabrosos del éxito comercial de sus grandes novelas.
Un gran juego para empezar, un aparente mea culpa por su alcoholismo y drogadicción, que más allá de ser verdad o no, es una nueva prueba de que Ellis maneja el efectismo brutal con un singular talento. Páginas que parecieran estar de más, pero que, unidas con el resto del argumento, tienen una razón de ser. Easton Ellis entrega un reporte de una veracidad incuestionable en el papel, y que une luego con un delirante cuento de terror posmoderno construido con pinceladas del cine de horror ochentero (sin ir más lejos, el autor ha confesado la influencia de Stephen King), si se quiere, que no puede estar más alejado de la realidad, donde hay un narrador que se llama Bret Easton Ellis, que escribió las novelas del autor, pero que a fin de cuentas opera como una comedia, efecto último que, conociendo a Ellis, claramente es intencional. Nada está dejado al azar, tampoco este juego de espejos, que produce múltiples reflejos del personaje-autor.
Ellis-autor hace un cambio de giro, ya que Lunar Park contiene una cantidad mucho menor de reventón que sus novelas anteriores. Ellis intenta reinventarse como padre y esposo, viviendo en un suburbio tranquilo, donde hasta parece pedir disculpas por American Psycho, lo que no es suficiente para frenar a un pasado que viene a pasarle la factura a Ellis-personaje. Este giro deliberadamente forzado, igualmente hace que Lunar Park sea una novela muy entretenida, aunque tenga muchos menos gramos de cocaína y litros de vodka que las obras anteriores de Easton Ellis, una especie de happening que no deja insatisfecho tanto al seguidor empedernido de la parranda monumental del padre de Patrick Bateman, así como a quien se interna por primera vez al universo Ellis.
Bret Easton Ellis
“Lunar Park”
Ed. Random House Mondadori, Barcelona, 2006, 380 págs.
*Publicado originalmente en El Periodista N° 117, 10 de noviembre de 2006
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domingo, 22 de octubre de 2006
Un poltergeist que nos viene a destapar los pies
Si Nicanor Parra y Enrique Lihn son actualmente los sumos pontífices de la poesía chilena actual, entonces Rodrigo Lira (1949-1981) debería ser situado como una versión alterna del Cristo de Elqui, un cura de Catapilco o un Rasputín de la poesía criolla. No está rodeado de un aura de santidad inmaculada, pero es una figura irresistible, llena de carisma, ventrilocuismo, parodias certeras, y una gran poesía. Nuevamente, si situamos hoy a Lihn y Parra en los pináculos de nuestro panteón poético (permítase el Parricidio anticipado), Lira sería definitivamente un espíritu chocarrero, un poltergeist que nos viene a destapar los pies en la noche, botar los libros de las repisas y a tumbar a los vates olímpicos.
Por años su poesía circuló mayormente de mano en mano, clandestina, fotocopiada, y sabrosa. Hasta que finalmente en el año 2003, Roberto Merino se puso las pilas y homenajeó a su compañero de andanzas al editar por fin ese infinitamente pirateado “Proyecto de obras completas”, haciendo un aporte macizo a la poesía joven actual, que tiene –y con toda razón-, a Lira entre sus estampitas sagradas. Encasillarlo como “poeta maldito” (o como el esquizofrénico que participó en “Cuánto vale el show”) sería no solo tener la vista corta, sino derechamente faltarle el respeto y hasta caer en el mal gusto, pues con estas evidencias editoriales Lira dejó de ser leyenda urbana, payaso o caso clínico, y pasó a ser un autor de credenciales, uno de nuestros grandes poetas.
Hoy es el poeta y editor Adán Méndez quien echa felices luces sobre la trayectoria poética de Rodrigo Lira con el libro “Declaración Jurada” (Ediciones UDP, 2006), otro gran aporte editorial para seguir armando y ordenando ese puzzle inorgánico y desperdigado que es la obra literaria de Rodrigo Gabriel Lira Canguilhem, obra inorgánica, pero que denota un factor común: a Lira como un angurriento de la palabra, con un deseo inextinguible de expresión, que queda palmariamente demostrado en este volumen, donde Lira reconvierte su currículum -texto soso por definición casi-, y realmente define su propio ser, escapando incluso a la caricatura que pudo significar el aspirar a un puesto de trabajo con semejantes papeles.
La gran proeza poética que logró Rodrigo Lira con su escritura fue poder continuar con la labor antipoética de Nicanor Parra -un fierro candente en sí mismo-, sin caer en lo que cayeron la cuasi totalidad de los seguidores del autor de “Canciones rusas”: el ser un mero copión. Lira verdaderamente prolonga la labor parriana, no por el simple hecho de escribir poesía “coloquial” o “humorística”, sino que por utilizar, con singular genialidad, todo escrito pedestre y reconvertirlo en poesía o literatura, todo esto como consecuencia de su constante premura expresiva.
“Todo es poesía menos la poesía” reza un artefacto de Parra; pues bien, Rodrigo Lira coincidió al pie de la letra al menos con la primera parte de la sentencia. Y si a eso le agregamos que logra sazonar esto con unas gotas de Enrique Lihn, es suficiente como para situar a Rodrigo Lira -y su alarido que nos ha perseguido durante un cuarto de siglo tras su muerte-, en un lugar de privilegio.
Rodrigo Lira
“Declaración jurada”
Selección y edición de Adán Méndez
Ediciones U. Diego Portales, Santiago, 2006, 97 págs.
*Publicado originalmente en El Periodista N° 116, 20 de octubre de 2006
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domingo, 8 de octubre de 2006
Memoria literal
Simone de Beauvoir (1908-1986), novelista, ensayista y filósofa francesa, fue una de las personalidades intelectuales más atrayentes del siglo XX. Supo estar a la altura de su eterno compañero, Jean Paul Sartre, no como una fiel escudera, sino como una personalidad aparte, una mente peculiarmente fértil en medio del epicentro de buena parte de la intelectualidad del siglo XX. Como si estos elementos no fueran suficientes para construir una biografía contundente, la existencial Simone de Beauvoir se situó en momentos claves de la historia de la humanidad, como la Segunda Guerra Mundial.
Quién mejor que la misma Simone de Beauvoir para relatar su paso por el mundo. Así lo hace en el segundo tomo de su autobiografía, “La plenitud de la vida” (Ed. Debolsillo, 2006), una continuación de “Memorias de una joven formal”, que narra la infancia y la adolescencia de la autora de “La mujer rota”, su desarrollo intelectual y el encuentro con Sartre. La plenitud de la vida (la autobiografía de esta autora se divide en cinco libros distintos) se inicia en la tardía adolescencia de Beauvoir y cubre hasta los años de la guerra, y fue publicado originalmente en 1960.
El relato se inicia con algo de vaguedad, Simone de Beauvoir estaba en esos momentos acomodándose a una vida de trabajo, dando cuerpo a sus proyectos, contrastando los inicios de su relación con Sartre con su filosofía; pero a medida que se van superando estos primeros tramos del libro, podemos hincarle de lleno el diente a aspectos más atractivos, como la ampliación del círculo de conocidos y amigos de la autora, la intelectualidad de la Rive Gauche (donde destacan el pintor Alberto Giacometti, Hemingway, Jean Cocteau y Picasso), la descripción acuciosa y llena de sabor del París de los años 30 y 40, la ocupación de la capital francesa por parte de las fuerzas nazis, y la destreza de Simone de Beauvoir para balancear –desde un punto de vista existencialista- el momento histórico, con sus particulares sentimientos y su formación como escritora. En este último punto, este libro es también una lección sobre cómo escribir, un ejemplo más que interesante sobre lo que se conoce como “cocina literaria”.
La plenitud de la vida es un libro que perfectamente funciona en sí mismo, pues no es necesario estar al tanto de los otros capítulos de la vida de Simone de Beauvoir. Esto, unido al hecho de que la edición de Debolsillo se da en un papel corriente, sin mayor lujo (por lo tanto sin mucho costo), pone al alcance del lector una vida ejemplar, un relato de una de las mentes brillantes del siglo XX y un retrato contundente de la historia reciente de la humanidad.
Simone de Beauvoir
“La plenitud de la vida”
Ed. Debolsillo, Buenos Aires, 2006, 639 págs.
*Publicado originalmente en El Periodista N° 115, 6 de octubre de 2006
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domingo, 24 de septiembre de 2006
Mucho más que azar
Paul Auster (Nueva Jersey, 1947) es hoy uno de los novelistas más consagrados del mundo. Así lo atestiguan premios, películas, tiras cómicas y otros subproductos que han generado varias de sus once novelas. No hay que rebuscar mucho para explicar el arrollador suceso que tiene cada volumen que Auster saca al mercado, la razón es (engañosamente) simple: Paul Auster domina a la perfección el arte de contar una buena historia.
Su undécima novela, “Brooklyn Follies” (Anagrama, 2006) lo confirma. El autor de “La noche del oráculo” y “La trilogía de Nueva York” narra la historia de Nathan Glass, un sesentón, canceroso, divorciado y jubilado agente de seguros que llega a Brooklyn “buscando un sitio tranquilo donde morir”. Con esta sombría frase se abre la fábula de Glass, que terminará exactamente al revés de lo que el protagonista tenía planeado, abriendo una caja de Pandora llena de personajes, peripecias e historias –un giro austeriano por excelencia-, elementos todos que completarán un proyecto de senectud de Nathan Glass, “El libro de las locuras de los hombres”, una bitácora de observaciones, disparates y anécdotas (una idea no nueva, pero siempre atrayente), que calzarán todas en una sincronía perfecta, gracias a ese elemento ineludible en todas las novelas de Paul Auster, el azar que hace de bisagra en la vida de sus personajes.
Dados estos antecedentes, Auster pone sobre la mesa una baraja de personajes, uno de los repartos más nutridos que se pueden ver desde libros como “El palacio de la luna”, para articular más de 300 páginas de una trama siempre viva y que no decae en un solo renglón. Pues porque a todo este cóctel de antihéroes, Auster no deja (como era de esperarse) de agregar el tirón de orejas de rigor a George W. Bush, tanto por la caída de las Torres Gemelas, así como por la invasión a Irak de 2003, además de ilustrarnos siempre con esa sana pincelada de historia literaria (dando una pasada a Poe, Melville y Kafka), que en Brooklyn Follies llega de parte de Tom Wood, sobrino y escudero de Nathan Glass, un cuasi doctor en literatura que deviene en taxista, y luego en dependiente en la librería del imperdible Harry Brightman.
En Brooklyn Follies, es posible ver a un Auster completo, un titiritero de una destreza singular que mueve una marioneta de decenas de hilos, un malabarista que en su maroma yuxtapone lugares, personajes, historias y sentimientos, pero que también sabe dar un momento de descanso, con instantes de reflexión y llana sabiduría (sin el azar determinista de obras anteriores), enfocados en el drama cotidiano de los simples habitantes de Brooklyn. Un tinglado que pareciera terminar felizmente, con un cierre redondo, resuelto favorablemente, donde nada podría haber terminado mejor, pero “pareciera”, pues el fin es una hora fatídica de un hito fatídico, las 8:46 A.M. del 11 de septiembre de 2001.
En resumen, nos encontramos con una novela soberbia, una prosa sencilla, fluida, palpable, casi musical, que no hace más que recalcar la maestría de un autor más que consagrado.
Paul Auster
“Brooklyn Follies”
Ed. Anagrama, Barcelona, 2006, 310 págs.
*Publicado originalmente en El Periodista N° 114, 22 de septiembre de 2006
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