El deceso del periodista chileno Guillermo Hidalgo (1963-2009) significó una tragedia. Pero una tragedia en sordina, que igualmente se las arregló para instalar el halo de tristeza y extrañeza dada la forma en que Hidalgo abandonó este mundo, no cayendo de un avión poblado de figuras televisivas y perdiéndose para siempre en el Océano Pacífico, sino que en la soledad de un departamento santiaguino.
Para recordar su trabajo, la editorial Catalonia puso en librerías el libro Crónicas para perdedores, una recopilación de los mejores escritos de este periodista que, dirán los tirados al romanticismo reporteril, era “de raza”, su ambiente natural eran las redacciones de prensa, y por toda compañera fiel, su grabadora. Nota aparte: se está empezando a abusar bastante del adjetivo perdedor, sea por una influencia estadounidense, o por cualquier cosa, nos estamos habituando a ver blogs para “perdedores morenos”, o cosas por el estilo, para perlar de glamour un vocablo negativo en esencia. Además, ¿quiénes son los perdedores en esta pasada?, ¿los lectores de este libro?, ¿los Hidalgos del mundo? Ojo con el abuso.
Como buena pieza periodística de calidad, este libro de Hidalgo se lee en cuestión de minutos. La prosa diligente, la temática de real interés y la habilidad para develar el interesante e insospechado aspecto de personas y hechos, caracterizan al buen periodismo. Pues bien, eso está presente en este libro compuesto de crónicas, artículos de opinión y entrevistas que el autor publicó en vida en diversos medios como las revistas Qué Pasa, The Clinic y la legendaria Fibra, entre otros.
Sin embargo, la mejor cualidad de Hidalgo no es periodística, sino literaria. Ésta se obsequia al lector en la sección IV de este libro, titulada “Seudónimos”, y que tiene un compendio de los personajes que interpretó el autor, mediante columnas de opinión, principalmente en las páginas de The Clinic. De estos personajes sobresalen Lenin Peña y Chupete Aldunate, personajes que son la personificación de un país que sigue irremediablemente tensado y dividido desde 1973. Ambos son subproductos de ese quiebre nacional. Peña, por cierto allegado a la izquierda, y el Chupete Aldunate un retrato casi al dedillo de esa derecha que aún vegeta en este país, con sorprendente poder. En estas hilarantes columnas, Hidalgo demostró dominar de forma inusual la farsa, y descolló mucho más que casi cualquier aspirante a fotografiar “lo nacional”. Hidalgo demuestra en estos caracteres su pródigo ojo, y su capacidad para hacer reír y a la vez pensar un poco en cómo somos, nosotros, los perdedores.
Guillermo Hidalgo
“Crónicas para perdedores”
Ed. Catalonia, Santiago, 2011, 166 págs.
jueves, 5 de abril de 2012
El maestro del engaño
Publicadas por
jisa
a la/s
5:58 p.m.
0
comentarios
Etiquetas: Catalonia, crónica, Guillermo Hidalgo
viernes, 30 de marzo de 2012
Hablemos de mí
Publicadas por
jisa
a la/s
9:10 p.m.
0
comentarios
viernes, 16 de marzo de 2012
Mente enferma
Y así fue como un buen día, no se sabe muy bien por qué peregrina razón, una inadvertida organización llamada “Círculo de críticos de arte” (que, según se puede rastrear en Google, tiene más de medio siglo de existencia) dejó de ponerle atención a la marina con su crespo rompeolas o a la instalación que precede al coctelito, y decidieron, un día de enero en las apacibles dependencias de la Corporación Cultural de Las Condes, premiar libros. El favorecido en esta ocasión fue el volumen de cuentos No aceptes caramelos de extraños (Uqbar, 2011), última entrega de la escritora y académica chilena Andrea Jeftanovic (Santiago, 1970). Además muy honrado se ha de haber sentido Tomas Tranströmer, pues el Círculo de Críticos de Arte de Chile lo condecoró en el área de literatura internacional. El poeta sueco ya puede poner este noble galardón junto al diploma del Premio Nobel, para que luzca. Cuánto honor.
Volviendo a Andrea Jeftanovic, el plan de la autora en este libro es claro, mostrar el lado oscuro, la sensualidad sucia, el lado B, lo oculto, lo malévolo, lo abyecto, lo que se calla, lo que no se dice, lo innombrado, en fin, como se quiera motejar a la pulsión perversa que corre subrepticia y firme en todos los seres humanos, más allá de la correcta fachada pública (tal vez por eso llamó tanto la atención del psiquiatra Marco Antonio de la Parra este libro), y de paso cachetear cualquier idea preconcebida de núcleo familiar en Chile. Jeftanovic no es una escritora nueva en el medio nacional, hace años que viene animando, sin concesiones, la escena de la narración chilena, y en esta pasada, entrega un conjunto de once cuentos uniformes en tono (se prefiere la segunda persona) y temática.
Tal como sucede con los libros de poesía, los cuentos nunca son todos buenos, hay altibajos. La apertura del libro, “Árbol genealógico”, es débil, se pasa de rosca y roza el absurdo. Luego asciende hasta llegar a los relatos más logrados como “Marejadas”, “La necesidad de ser hijo” (donde se nota cierto buceo en la propia identidad de la autora) y “En la playa, los niños…”, a pesar de lo flojo del título de este último. El talento que más resalta en este volumen es la imaginería que su autora es capaz de construir, imaginería que se compendia en los colofones que se incluyen al final de cada cuento. Dentro del fárrago de la hiperconciencia (que cuando está en boca, por ejemplo, de conspicuos recién nacidos o niños chicos suena extraña) surgen perlas interesantes, postales bien acabadas, que incluso podrían disponerse en vertical y transformar en libro en un solo largo y crudo poema a las bajas pasiones.
La lectura del libro no es fácil, la segunda persona tiene ese riesgo, con facilidad puede transformarse en un sordo sonsonete plano, cansador, con una espesura que puede caer algo pesada, sobre todo en un libro que deliberadamente deja de lado toda chance de benevolencia, suavidad o inocencia. Andrea Jeftanovic visita un mundo oscuro que no es primera vez que se devela, pero que no deja de instalar desesperanza.
Andrea Jeftanovic
“No aceptes caramelos de extraños”
Ed. Uqbar, Santiago, 2011, 139 págs.
*Publicado originalmente en El Periodista N° 212, marzo de 2012
Publicadas por
jisa
a la/s
5:52 p.m.
0
comentarios
Etiquetas: Andrea Jeftanovic, cuentos, Uqbar
jueves, 16 de febrero de 2012
Salón
En la esplendorosa antigüedad parisina existía lo que se llamaba el salón, una instancia en la que se exponía oficialmente el arte en boga en ese momento. Algo parecido sucede con Gutiérrez, libro de textos inéditos de poetas y narradores chilenos (que va en su segunda entrega, luego de que en 2005 apareciera el primer Gutiérrez), donde existe un cuanto hay de nueva literatura chilena.
Esta compilación a cargo de Andrés Braithwaite, uno de los prominentes editores de libros que existen en nuestro país, opera esencialmente como un catálogo, como un muestrario. Desprovisto de cualquier enredoso prólogo o de cualquiera errática explicación, mapeo o excusa en la selección, la sencillez de la propuesta (sencillez que comienza desde el título) se transforma en uno de sus grandes puntales, puesto que, entre otros aciertos, evita la posibilidad de que se genere la latera discusión del quién sí y quién no, en qué se parece éste con el de más allá, el estilo que comparten fulanito y menganito, en fin, toda esa aburridísima polémica de poca monta, clásica de las antologías de toda índole con prólogo pomposo. En Gutiérrez la opción por no prologar es una opción por liberar el libro de ataduras, y una sanísima decisión del editor de quedarse donde le corresponde, y dejar que su trabajo selectivo hable por él.
Sin mayor orden que el suficiente alfabeto, como catálogo –valioso además por estar compuesto íntegramente de textos inéditos- Gutiérrez cumple una función cardinal para la literatura chilena de hoy: dar cuenta de su amplitud, esbozar sus fronteras, insospechadas muchas veces. En todo sentido, la amplitud es lo que se refleja principalmente en las páginas de este libro, amplitud de autores, de géneros cultivados, amplitud de miradas, de estilos y propuestas.
Y aun cuando el compilador no pretende dar cuenta de su selección de 32 autores, si es bueno dar una opinión sobre la misma. La mayoría son sandías caladas. Roberto Merino, Marcelo Mellado, Antonio Gil, Leonardo Sanhueza, Alejandro Zambra y Alejandra Costamagna son algunas de esas sandías. Rodrigo Olavarría y Yuri Pérez, por su parte, hacen una nueva entrega de sus consistentes proyectos literarios. Carlos Labbé aporta con su densidad habitual. Poetas como Yanko González, Verónica Jiménez y Jaime Huenún escriben como nunca y rinden como siempre. Diego Maquieira vuelve en grande en este libro, literalmente. Por otro lado, Claudio Bertoni se mantiene firme en su proyecto poético sexual en clave jumper colegial, Julio Carrasco continúa en su larga y consistente jornada poética en las lejanías de Oriente, Héctor Figueroa plantea una poesía de puños, alcohol y lecturas que lo mantiene groggy. La muestra es grande, y tal como el libro no ofrece pretensiones, queda como recomendación ir al libro, sugerir la lectura para apreciar la muestra en su completa dimensión.
Andrés Braithwaite nos pone al día del estado del arte de las letras criollas (o al menos de buena parte de ellas, siendo rigurosos), una labor que no sólo se debe agradecer, sino que también poner suma atención a los próximos Gutiérrez, detallados mapas sin querer de lo que se escribe en Chile.
Andrés Braithwaite (compilador)
“Gutiérrez”
Autoedición, Santiago, 2012, 144 págs.
Publicadas por
jisa
a la/s
3:01 p.m.
0
comentarios
Etiquetas: Andrés Braithwaite, antología, cuentos, poesía
jueves, 26 de enero de 2012
Contra el espectáculo
Se dijo en su momento, y se repite ahora, la crónica y el perfil son géneros que están dando satisfacciones mayores al público lector de estos pagos, y también de los sectores aledaños. Este panorama feliz se confirma tras la lectura de Los malditos (Ediciones UDP, 2011), compilación de perfiles realizados por un granado grupo de escritores hispanoamericanos, usando como premisa el hacerse cargo de la historia de un escritor “maldito”, con todo lo enojoso que puede ser este término para referirse a creadores que padecieron el infierno en vida, que tuvieron siempre acechante el acoso de los fantasmas, y que alejaron sus existencias de ese cauce discutible conocido como “normalidad”.
La apuesta de las ya consolidadas Ediciones UDP era salir del ámbito nacional, instalarse en un continente idiomático, y lo ha logrado. Empezando por quien organiza este volumen, tal vez la periodista de mayor cartel del momento, la argentina Leila Guerriero. Con el plan ya listo, Los malditos es un libro contundente, como contundentes son las plumas que aportan sus visiones. Aun, la armada chilena (lo diremos así) es desigual. Hay portaviones importantes, arrolladores como Óscar Contardo, Alejandra Costamagna y Roberto Merino. Y hay barquitos menores, que igual se mantienen bien a flote, como Rafael Gumucio y Alberto Fuguet. Pero el conjunto logra mantener lo que se le pide siempre a la buena crónica, el ritmo en los relatos, los que la mayoría de las veces se mantienen arriba, discurriendo con una prosa en forma y decidida, anclada en talento escritural y destreza investigadora, lo que no es raro, dado que muchos de quienes componen Los malditos tienen bastantes horas de vuelo en las ligas mayores del periodismo literario a nivel continental.
La apuesta era segura y pagó muy bien, conformando un libro que es casi imposible de soltar y que supera olímpicamente la valla de la manida conmiseración espectacular con la que se ha tropezado a la hora de describir vidas de escritores malditos, cuyos decesos ya han sido abundante carne de showbusiness, o de biografías melosas y sospechosas, como por ejemplo sucede en el caso de Teresa Wilms Montt, aquí saludablemente aterrizada y humanizada por Alejandra Costamagna. Los relatos incluidos acompañan el devenir de vidas difíciles; logran ser testigos y transmitir las tensiones extremas que provocaron en quienes convivieron con los malditos, y las huellas que dejaron en quienes los sobrevivieron.
Con todo, la evidencia de que la perfección es algo casi imposible de alcanzar también se nota en Los malditos. Aún cuando hay tan selectos contenidos, el brazo editorial del asunto tiene patinazos. Por ejemplo, la innecesaria suciedad que tiene la portada del libro, que rompe con esa tersa elegancia que muestran los otros volúmenes que componen la colección “Vidas ajenas” de Ediciones UDP. Se entiende que los autores incluidos en la compilación son muy dignos de destaque, pero tal vez se debió haber considerado la estética, o bien otra solución. Lo otro es que los textos están, por momentos bien descuidados, lo que es particularmente delicado cuando se anuncia con bombos y platillos (con justa razón) que a cargo de la edición del libro está, nada más ni nada menos, que Leila Guerriero. Un ejemplo de esta desatención se puede ver en la crónica que aportó Roberto Merino sobre Joaquín Edwards Bello, donde hay no pocos baches y motes en el texto, que, por cierto, le hacen un flojísimo favor al autor y al conjunto.
Salvo lo anterior, que debiese ser corregido en futuras ediciones, este libro constituye un nuevo acierto editorial, y ahora a nivel continental, que siguen consolidando a uno de los sellos editoriales más valiosos de Chile.
Leila Guerriero (editora)
“Los malditos”
Ediciones UDP, Santiago, 2011, 475 págs.
Publicadas por
jisa
a la/s
2:49 p.m.
0
comentarios
Etiquetas: crónica, Ediciones UDP
lunes, 16 de enero de 2012
Irreversible
La literatura de Pablo Torche (Santiago,1974) no es fácil. Corrección, Pablo Torche es un escritor que se esfuerza por plantear una literatura de apuestas. Esto fue particularmente notorio con Acqua Alta (2009), la primera novela de Torche, quien antes se desempeñó en el ámbito del cuento, donde su libro En compañía de autores le ganó la atención del público lector. Volviendo a las apuestas, en esta pasada se trata de Filomela (Emecé, 2011), la última entrega de este autor, que tampoco se la deja fácil al lector nacional.
Todo comienza con la recreación que hace Torche del mito de Procne y Filomela, ambas hijas del rey Pandión de Atenas. Procne, casada con el héroe Tereo de Tracia, tenía deseos de ver a su hermana, por lo que envió a Tereo a Atenas en busca de Filomela para llevarla a Tracia. Tereo se encandila con Filomela y la viola nada más llegar a destino. Esos grandes rasgos los cubre luego la adaptación del mito en clave marginal en el Santiago de nuestros días, donde Tereo es “El Tera”, vendedor de golosinas en micros, marido de Procne y padre del “Iti”. A estos tres personajes, se sumará Filomela, quien reside cerca de Los Ángeles, región del Biobío, y que luego irá a la ciudad, llamada por su hermana, para pasar una temporada.
Volvemos a reflotar lo antedicho sobre la apuesta literaria, puesto que es de suyo delicado trasladar la tragedia griega a nuestros días. La tragedia griega tiene dos características: su destino es inexorable, y todos quienes componen la historia saben que las consecuencias serán funestas, y no pueden hacer nada por evitarlo. Pues bien, trasladado al contexto marginal en que el grueso se desarrolla, podemos sacar en limpio que el autor casi no deja esperanzas a los personajes. Les es imposible escapar de un hado aciago. Considerado este determinismo, Procne no logra que su marido aporte más dinero al hogar, éste –Tereo- cae en la delincuencia, la juvenil y apetitosa Filomela cae en las garras de su cuñado.
Así las cosas, queda por dilucidar claramente qué es lo que nos propone Pablo Torche, tal vez una velada crítica a una sociedad tomada firmemente por el cuello por la obscena desigualdad imperante, o si realmente este escenario chileno de clase baja se repetirá por los siglos de los siglos, sin que nada ni nadie pueda aportar un poquito de ilusión, de fe en el progreso. Notas aparte en lo formal. Es de suyo complicado reproducir el habla popular, dada la rapidez con que cambia este lenguaje, que deja muy atrás al uso en literatura. Baste señalar que hasta hoy persisten dudas sobre cómo utilizar bien en letra impresa la palabra culear, ya sea como insulto o referencia al acto sexual.
Lo que es efectivo es que Pablo Torche no ha querido hacer la gran West side story, y nos entrega más bien un Caluga o menta novelado, una novela que es una suerte de portazo social, donde incluso Dios abandona la escena: “Dios no está ni ahí con nosotros”, señala el Tera en algún momento. Se instala la desesperanza total, un negro determinismo, avalado incluso por los personajes, como Filomela que dice “creo que la gente que sufre es porque, en el fondo, le gusta andar sufriendo”.
Pablo Torche
“Filomela”
Emecé, Santiago, 2011, 96 págs.
*Publicado originalmente en El Periodista N° 211, enero de 2012
Publicadas por
jisa
a la/s
3:58 p.m.
0
comentarios
Etiquetas: Emecé, novela, Pablo Torche
viernes, 6 de enero de 2012
Pulgares arriba
La periodista Lídice Varas (1981) es, hoy por hoy, la mejor crítica de cine del Chile actual. Sus comentarios circularon, entre otros lugares, en ese mohoso panteón del periodismo chileno llamado La Nación (medio que durante el actual gobierno involucionó hasta transformarse en otro mediocre sitio web más), y semana a semana, esta joven comentarista del séptimo arte se fue ganando, en la mejor lid, un espacio en un medio bien dado a la ñoñería hiperventilada o al oportunista nerd de ocasión, general y livianamente autodenominado como “cinéfilo”. Muy por sobre este cliché, Lídice Varas ha consolidado una voz madura y una afiladísima y documentada capacidad para analizar el cine, todo entregado mediante una pluma plena de estilo, soltura y calidad, como simplemente no se ve en estos tristes pagos.
La propuesta de Citas de cine es sencilla (hay guiños cinematográficos sencillos pero efectivos, como la tipografía utilizada en el texto), pero no por ello menos eficaz. No hay atosigantes exhortos a ver cierta cantidad de películas “antes de morir”, ni tampoco hay una pretensión de hacer canon, pero el libro no se despega un centímetro de su móvil el amor honesto al cine. En este sentido, de entrada la autora se ahorra un problema, pues en la presentación no se deshace en grandes explicaciones o pastosas fundamentaciones respecto de la selección de películas que revisa el libro (de hecho, no hay ninguna aclaración), ahorrándose también la discusión de por qué esta sí, o por qué esta no (por ejemplo, no figuran varias películas ganadoras del Óscar), discusión válida, pero que con facilidad puede volverse bizantina en manos del nerd de ocasión, que puede transformarla en un insoluble cul de sac. Previsora, Lídice Varas deposita elegantemente la pelota en la cancha del lector.
Así las cosas, lanzar un libro como Citas de cine es lo más parecido a tener plata en el banco en el mundo editorial. A una temática siempre atractiva como el cine, se une la prosa sensata, ágil y vivaz que marca el estilo de la autora; este, combinado con un ojo agudo y un conocimiento enciclopédico –mas no pedante- de las películas analizadas en el volumen, convierte la experiencia de leer Citas de cine, en una experiencia literaria. Y decimos literaria y no cinematográfica, porque es claro que es mediante la narración que el lector puede apercibir el fenómeno artístico del cine. Por cierto que, si bajamos más a la tierra, es posible tener en este libro a un verdadero reservorio de entretención. La casi total ausencia de jerigonza técnica es otro muy saludable rasgo de Citas de cine, subrayando que lo verdaderamente importante son las historias. La maroma tecnicista, irritante costumbre del cinéfilo pasado de rosca, suele estar presente para refregar en el rostro del respetable que el que escribe sabe de cine. No es el caso de este libro, donde la autora, con una sencillez cálida, tiende una mano al lector y le comparte sus impresiones, sus versiones de las películas que reseña.
Curiosamente, las citas son lo menos relevante del libro, lo que pone -sin querer, claro- en entredicho el título del mismo. El auténtico valor del volumen reside en las historias que Lídice Varas celebra mediante sus reseñas, muchas de ellas medallones ostensibles de un estilo crítico acabado y perspicaz, plagado de giros y mandobles de virtuosa vivacidad. Algunos botones de muestra. “Como Rob (personaje de Alta fidelidad), a veces, lo único que tenemos, es el legado de una inmensa cultura popular que nos hermana haciéndonos sentir que no estamos tan solos”; “Hilarante y sentimental, (Chris) Columbus supo ser corrosivo y mantener el tono familiar para decirnos que la verdadera moraleja es que nunca hay que subestimar a un niño”; “Cuando niños es un deber moral elegir a tus héroes”; “Hubo un tiempo en que las comedias románticas sabían de lo que hablaban. Un tiempo donde nadie se avergonzaría de disfrutar de los giros y arrebatos amorosos porque los personajes tenían algo que decir y que decirse”; “(James) Cameron parece decir que el futuro es terrible, pero el presente no tiene por qué ser un rompecabezas”; “Para (Stanley) Kubrick (…) el terror está simplemente en la cabeza de un hombre que, sin otros que le recuerden las reglas mínimas de convivencia social, comienza a mostrar su cruel naturaleza”.
Eso sí: del catastro de películas que analiza Lídice Varas, ni una sola es chilena. Para reflexionar luego de la lectura de un libro que es, sin el menor empacho, un robusto e incontrastable aporte a la crítica en Chile.
Lídice Varas
“Citas de cine”
Ed. Los libros que leo, Santiago, 2011, 163 págs.
Publicadas por
jisa
a la/s
12:55 a.m.
0
comentarios
Etiquetas: cine, crítica, Lídice Varas, Los libros que leo
miércoles, 28 de diciembre de 2011
El origen
Música y poesía han estado juntas desde casi siempre. Hacer un catastro en ese sentido sería demasiado extenso, a la vez que correspondería a otros espacios. Sin embargo, vale mencionar esta ligazón para hablar del poemario La pantera, escrito por el músico, ex vocalista de la banda Los Tetas, Camilo Castaldi (Berlín, 1977), y editado por el sello Desatanudos Editores, que abre su producción de libros de poesía poniendo a disposición lo que basta y sobra en el mundo de los poemarios, un objeto bien hecho.
Conocidísimo en el ámbito musical, “Tea-time”, el alias artístico del autor, opta por ingresar en el mundo de la poesía en el formato libresco. Ante esto, vale notar que el autor usa su nombre de civil para firmar esta producción. No un alias, no un nom de plume, sino él mismo.
La poesía de Castaldi reboza de los elementos que es posible encontrar en los poetas que debutan. Hay un hambre, un ansia, un ímpetu de usar el lenguaje, acaparar todas las palabras, todas las que se tengan a mano para nombrar y dar sentido a todo lo que rodea al autor. No es menor la mención al nombrar y dar sentido a todo mediante la palabra, pues este ejercicio que intenta Castaldi, más el título del libro, dan cuenta de una conexión directa con Rainer Maria Rilke, quien en sus soberbias Elegías de Duino se hace cargo de esta cuestión, de forma inmejorada en la literatura universal. Es claro que el autor entiende ese mensaje.
Pero guardemos las distancias y volvamos a Camilo Castaldi y su libro. Recorrerlo nuevamente confirma el hambre, el entusiasmo del poeta que desea traducir todo lo que sus sentidos captan en lenguaje. Así, por ejemplo, no es extraño que surja ante los ojos de quien lee un claro consorcio, un vínculo prístino entre Castaldi y la naturaleza. Bandadas de pájaros, árboles otoñales e invernales y otros elementos del paisaje abundan en La pantera, “Una bandada de pájaros tomó la misma dirección que/ nosotros/ como si un susurrar secreto de la naturaleza nos hablara/ a todos al mismo tiempo/ indicándonos dónde ir”. O más adelante, “Buscaría los tallos para camuflarme en el frío cristalizado/ de este primer día de invierno”.
Con lo que se ha dado en llamar “pecho caliente” (que no es otra cosa que el profundo e insondable asombro que mueve a los poetas que empiezan), otra veta que explora el autor es, desde luego, la de los sentimientos, la intimidad, la cercanía y la ausencia. A pesar de que mayoritariamente Castaldi elige celebrar lo natural en sus poemas, siempre hay un regreso a la proximidad coloquial a lo que se quiere y a lo que se extraña, “No quiero vivir como una roca./ Si me vas a esculpir,/ hazlo con cariño./ No uses tus feroces cinceles/ de aguas tormentosas e indiferentes.”; “Te fuiste con el clak-clak, clak-clak de tus chalitas/ como una cebra contenta”.
La intimidad no solamente se manifiesta en el deseo de cercanía del otro, sino también en un rescate de los espacios. Por ejemplo, se ponen de relieve, así como las hojas del otoño –lo que recuerda a Wallace Stevens, por momentos-, los muebles de una casa, y la languidez en la que parecen desfallecer en las habitaciones vacías. Indistintamente, hay un deseo de despuntar la vida de todo mediante la palabra poética, buscar su trascendencia, lo que se pone de relieve en el poema que titula el libro, “¡Suerte la mía de estar vivo!,/ porque imaginé mi muerte al recordar los dientes feroces/ de aquel relumbrante animal./ Suerte de estar vivo en un presente tan lejano a mi infancia/ y a mi muerte,/ y que mi vida haya descendido por los enigmáticos pasillos/ del tiempo”.
Aún cuando el autor se muestra, desde luego, principiante en la poesía en libro, hay momentos en que es posible notar que Castaldi está en camino a pulir su lenguaje, convertir la vehemencia y el ansia en oficio, darle la profundidad que una poesía en maduración alcanzará. Hay versos bien logrados, con la artesanía fina del detalle. Esto deja en evidencia que el autor tiene una voz que busca ser labrada, afinarse y ganar densidad. Castaldi tiene los ojos muy abiertos y maneja la palabra con talento, de eso no hay dudas. La música que produce ha sido el mejor testimonio de ello. Sin embargo en el libro, con un ritmo infinitamente más lento que el del hip hop o el soul, el trabajo que se requiere es distinto. Con La pantera Camilo Castaldi está empezando a recorrer ese camino.
Camilo Castaldi
“La Pantera”
Desatanudos editores, Santiago, 2011, 69 págs.
Publicadas por
jisa
a la/s
2:29 p.m.
0
comentarios
Etiquetas: Camilo Castaldi, Desatanudos, poesía
miércoles, 21 de diciembre de 2011
Popmoderno
Dentro del panorama narrativo joven nacional, surge el nombre de María Paz Rodríguez (1981), profesional polifacética en el mundo literario y sindicada como una de las voces “sub 30” de la literatura criolla. Esto dado que formó parte de la recientemente publicada antología Voces -30, y también es incluida en el libro Junta de vecinas, de escritoras jóvenes chilenas (que se editó en España y no en Chile, vaya uno a saber por qué peregrina razón).
El Gran Hotel (Cuarto Propio, 2011) es la primera novela de esta escritora, aunque tal vez tildar el libro de novela sería algo forzado, no solamente por su corta extensión (no faltará quien diga que este libro es más bien un cuento largo, o una nouvelle, como se dice por estos días, de forma tan relamida), sino que también porque dentro del libro conviven una serie de formatos que lo hacen chúcaro a la hora de los encasillamientos. Esto último no es necesariamente malo.
Antes de entrar en materia, hay que hacerse cargo de un detalle en la solapa de este libro, ítem que adquiere particular importancia, dado que alude a este medio de comunicación. En la penúltima línea del texto, se señala que la autora ha realizado crítica literaria en diversos medios, entre ellos “Revista Interperie” (sic). Pifia que viene como anillo al dedo, cuando una de los lemas de esta publicación es “diga InteMperie”.
Gazapos aparte, y ya entrando en materia, es claro que la autora propone el juego de los símbolos, raya la cancha con un reglamento en el que la alegoría, el pop y el simbolismo llevarán la batuta a la hora de dar relevancia a un discurso que es chato y gris. Argumentalmente, la historia de este libro es la de una mujer, profesora, que hastiada de vagar por la exigente rutina académica, y que transporta inmediatamente al “Autorretrato” de nuestro reciente Premio Cervantes, Nicanor Parra, es posible decir que la protagonista es profesora en un liceo obscuro y ha perdido la voz –y algo más- haciendo clases. Pero el tono gris de la protagonista se da ante el mundo moderno, un mundo hipertecnologizado, donde la sociedad sufre una pulcra devastación. Ante esta vorágine, la protagonista decide plantar cara, y simbolizar la resistencia en un hotel de tres estrellas.
María Paz Rodríguez, en adelante instalará al hotel como la solución de todas las necesidades, tanto espirituales como materiales, y así lo ejemplifica esta suerte de mantra “El Gran Hotel me cuida. El Gran Hotel me espera. El Gran Hotel va a lavar mis heridas en uno de sus tantos baños. El Gran Hotel será por siempre mi único hogar”. Hasta ese momento la narración fluye con reglas claras, con una voz que cobra volumen a medida que avanza. Sin embargo, no demoran en aflorar los signos que dan cuenta de que María Paz Rodríguez es hija de una época, y es una escritora de su tiempo. Surge un manuscrito -elemento de utilería cada vez más usado en los argumentos novelísticos de hoy- obra de J., una desaparecida pareja de la protagonista, documento que tomará las riendas del relato, dando todas las pistas y disparando el texto en múltiples direcciones. Aquí tal vez esté una de las debilidades, puesto que por momentos, la sobre conciencia literaria, el excesivo juego simbólico entrampa el relato, y lo hace lento y pastoso por momentos, aún cuando el libro tiene solamente poco más de noventa páginas.
El Gran Hotel entonces empieza a mostrarse como un tapiz con diversas texturas y colores. Cohabitan la poesía y la prosa poética, operación que ya había mostrado antes Alberto Fuguet en Missing o Rodrigo Olavarría en su libro Alameda tras las rejas. Tal como sucede en las mencionadas obras, El Gran Hotel se libera de las rigideces de género, intento en el que pareciera que el propósito principal es el registro. Registrar todo, hasta el tedio de la protagonista, así como su ternura, sus espacios vacíos en distintas intensidades, lo que es traspasado en la disposición del texto, e instalando pistas falsas al lector, sombras chinas, las que alternan con momentos de honestidad en que cede el juego y queda de manifiesto el modus operandi que mueve la historia, que continúa con la huida de la protagonista en un auto robado con rumbo al desierto.
Con todo lo literario que intenta ser este libro, igual es posible encontrar lugares comunes, marcas de la narrativa joven de hoy. La referencias a músicos como Patti Smith (tal vez la cantante más manoseada de la literatura chilena actual) o al grupo Joy Division, hoy rozan el cliché. Además, acá están incluidas con faltas de ortografía, pues figuran Patty (sic) Smith y Echo and the Bunnyman, cuando es “Bunnymen”, en plural. Tal vez esto pueda ser un detalle menor, pero ya no lo es tanto cuando los narradores chilenos de hoy sobreexplotan el pop y lo utilizan reiteradamente como un sustento literario.
Tras anudarse y enlazarse, la historia encuentra un desenlace. Tras todos los símbolos y los círculos, la novela se muestra en lo que es en esencia: la historia de desamor de una mujer del mundo de hoy, un desamor del cual la protagonista se debe reponer. El Gran Hotel es una historia interesante, que da cuenta de una escritora con talento, con habilidades para entregar una propuesta literaria apreciable. Veremos qué noticias nos traerá el futuro de María Paz Rodríguez.
María Paz Rodríguez
“El Gran Hotel”
Ed. Cuarto Propio, 2011, 95 págs.
Publicadas por
jisa
a la/s
12:42 p.m.
0
comentarios
Etiquetas: Alberto Fuguet, Cuarto Propio, María Paz Rodríguez, novela, Rodrigo Olavarría
domingo, 11 de diciembre de 2011
Parricidio
Como toda ópera prima editada por un sello multinacional, La soga de los muertos –primera novela del joven escritor y periodista Antonio Díaz Oliva (1985)– ha hecho ruido. No es de extrañar, dado que esta obra contiene varios elementos
que cautivan el interés de nuestro periodismo cultural en clave juvenil: la visita a Chile del poeta beatnik Allen Ginsberg para participar en el épico Congreso de Escritores organizado por Gonzalo Rojas y celebrado en Concepción en 1960, la saga de películas Volver al futuro y la sempiterna postulación de Nicanor Parra al Nobel de Literatura. Estos condimentos salpimientan el libro de Antonio Díaz, escritor que se ha abierto camino con rapidez en el periodismo cultural chileno, específicamente en la revista Qué Pasa, a lo que hay que sumar su libro Piedra Roja: los mitos del Woodstock chileno, publicado en 2010.
Volviendo a la novela, los ingredientes antedichos son parte de un decorado que se antepone a un hilo conductor más íntimo y profundo: la relación padre-hijo. Una relación que, tal como se plantea, parece más bien la historia de ausencias, de presencias fugaces, de presencias que parecen ausencias. Díaz Oliva echa mano a la visita proverbial de Ginsberg para articular el conflicto paternofilial que ensambla
la historia del narrador. Un niño que crece bajo el alero de la lectura de cómics, del delirio que le produce Volver al futuro y de la carencia de un padre que en el pasado trabó contacto con Nicanor Parra y el mentado Ginsberg, y que años después organizaría una campaña para que el antipoeta obtuviese el Premio Nobel de Literatura en 1994.
La brevedad del estilo de Díaz Oliva (vista en escritores como Diego Zúñiga y Alejandro Zambra) puede rastrearse en autores que han servido de luminarias a las nuevas generaciones,
como es el caso de Álvaro Bisama. El laconismo capitular de La soga de los muertos lleva a pensar en aquel de Estrellas muertas. Es más, tal como ambos libros comparten
editorial, comparten también el mismo error (no es más que eso): no tener casi ninguna página numerada.
Esta novela es una historia con cabos sueltos, lo que puede ser una cualidad o un defecto, según quien lo mire. Zambra señaló, a propósito de la brevedad, que la escritura es un desafío de precisión; acá sucede más bien lo contrario. La rapidez con que pasan los capítulos bien podría acercar La soga de los muertos a un libro de estampas, un fragmentado Bildungsroman en cuyas páginas solamente hay unas pocas notas al pie. Los datos siempre serán insuficientes. Con todo, no deja de ser adecuado mentar a Parra, puesto que el libro antes de tratarse de antipoesía o de ayahuasca, se trata de parricidios, de matar padres ausentes. Hay momentos en que esto se insinúa, por ejemplo cuando el grupo PARRA se entera con amargura de que el Nobel de 1994 recayó en el japonés Kenzaburo Oé; en ese instante, el grupo que pegó carteles hasta el hartazgo en La Reina, se desbanda sin más. Luego un momento en el que el niño protagonista ingresa a un departamento, en cuyas ventanas solía ver cuadros, en sus viajes en micro hasta el colegio. El niño protagonista ingresa
al departamento y encuentra a su padre, en la escena tal vez más azucarada del libro.
La soga de los muertos es la primera novela publicada de Antonio Díaz Oliva. El autor de seguro aportará nuevos libros en los cuales haya más profundidad, un aliento más largo, presencias más duraderas.
Antonio Díaz Oliva
“La soga de los muertos”
Ed. Alfaguara, Santiago, 2011, sin número de páginas.
*Publicado originalmente en Revista Grifo N°23, diciembre de 2011
Publicadas por
jisa
a la/s
1:10 p.m.
0
comentarios
Etiquetas: Alfaguara, Antonio Díaz Oliva, novela
domingo, 4 de diciembre de 2011
Guía hipster de Bruselas
Hace muchos años, un entonces escritor adolescente llamado Gonzalo Maier (Talcahuano, 1981) publicó a los 18 años una novela llamada El destello (opera prima de la cual el autor, siguiendo la tendencia, prefiere no hablar) a través de la editorial LOM. La misma casa editora hoy pone en librerías y otros comercios del ramo Leyendo a Vila-Matas, segunda novela de este periodista. Harta agua ha pasado bajo el puente de Maier, ahora el pequeño aspirante a escritor es esposo y padre, se ha curtido en la redacción de diversas revistas y tomó la muy soberana decisión de mandarse a cambiar a mejores pagos, sin mirar para atrás.
Las tres últimas líneas del párrafo previo sirven para contar de qué va Leyendo a Vila-Matas. Tenemos al protagonista de la historia –el propio Maier- en un tren cruzando Europa para encontrarse con el escritor español Enrique Vila-Matas, a quien Maier entrevistará, dado que escribe un libro sobre su obra. En el tren conoce a una chica alemana que tiene una complicada historia de amor (como si alguna no lo fuera) y con quien el protagonista pareciera que tendrá un encontronazo sexual en cualquier momento. Pero el encontronazo sexual –al menos en potencia- sucede en la cabeza del protagonista, que se perturba cuando su mujer le avisa que un vecino egipcio pasará la noche en casa, dado que olvidó sus llaves.
Leyendo a Vila-Matas es un libro ameno y afable como una guía de turismo. Liviano, complaciente, bien hilado, bien redactado. Así, en sus páginas podemos aprender dónde comer buenos waffles si es que alguna vez al despreocupado lector le toca viajar a Bélgica, que “la felicidad son discos desconocidos que sin darnos cuenta se transforman en favoritos” o que “la felicidad puede ser el sonido de un timbre”.
Por supuesto, como integrante de su generación, esta novela tiene los vicios que presentan otras narraciones contemporáneas, la brevedad mal entendida, el gusto de dejar vacíos, y esa manía algo irritante de transformar uno o varios pasajes del libro en un soundtrack o mixtape que no hace más que dar la impresión de que el autor tiene buena oreja, o que escucha a las bandas de moda, intentando hacer de esto un sustento literario. Las dos líneas del argumento de las cuales pudo surgir algo de tensión, la relación del protagonista con la alemana “Niña Poste” y la paranoia que genera el que un vecino duerma bajo el mismo techo que la esposa del protagonista no se desarrollan. El autor prefiere hablar de sí mismo, eso pareciera ser más importante, dando tips sobre relaciones humanas, y alguna deslavada caluguita sobre Vila-Matas. Gonzalo Maier goza de una vida sana y en equilibrio, suceso que tiene la gentileza de comunicarle al lector.
Ahora, el título de la novela no es más que el usufructo del autor de Bartleby y compañía para ganar lectores, que bien podrían sentirse víctimas de una grosera publicidad engañosa. Tampoco se trata de que este libro sea un ensayo vilamatiano, pero queda claro que Maier usa el nombre de Vila-Matas –medalla sagrada del lector quintaesencial- para hacer lo que hacen no pocos narradores hoy: terminar hablando de sí mismos.
Gonzalo Maier
“Leyendo a Vila-Matas”
LOM, Santiago, 2011, 89 págs.
*Publicado originalmente en El Periodista N° 210, 2 de diciembre de 2011
Publicadas por
jisa
a la/s
11:23 p.m.
0
comentarios
Etiquetas: Gonzalo Maier, LOM, novela
viernes, 2 de diciembre de 2011
Flacidez
Un meteorólogo llamado Nicolás Fonseca, impotente y alejado de su mujer e hijo. Un perro que, en verdad nunca estuvo. Un constructor que se pierde en la montaña, sobrevive décadas en el tierral y que muere producto de una cacería humana por parte de carabineros. Estos son algunos de los elementos que Jaime Collyer (Santiago, 1955) intenta conjugar en Fulgor (Mondadori, 2011), la última novela de este escritor nacional.
La historia del libro es bastante simple, Nicolás Fonseca trabaja solo en un observatorio y sufre de disfunción eréctil tras una operación de hernia. El empleo lo mantiene alejado de su mujer e hijo. En su labor, que consiste en reportar pronósticos climáticos diariamente, está lejos de sus seres queridos de los que solo sabe por teléfono, pero ello no es impedimento para que se vea entreverado en una serie de –llamémoslas así- peripecias, a saber: ser testigo solitario de una difusa supernova; encontrar un cachorro perdido en medio de la montaña, que se transforma en su mascota; trabar contacto con un constructor civil que se perdió en la montaña, rebautizado como “El Yeti” y que come los desechos de los basureros del observatorio y de un centro de esquí cercano, y también interactuar con un mayor de Carabineros, que persigue al ermitaño perdido en las alturas.
Digamos que si hay que calificar esta novela de Collyer en una sola palabra esta sería insustancial. Hay algo paradójico en este libro, su autor recurre a un lenguaje recargado y ampuloso para tratar de insuflar algo de enjundia a una historia laxa, en la que, en rigor, nada tiene mucha trascendencia, y está llena de episodios más bien arbitrarios que están unidos forzosamente para crear la falsa ilusión de una unidad. También hay otros que sobresalen por lo insólitos, como por ejemplo el caso del Yeti, un personaje que, aparte de merodear los cubos de basura de los recintos instalados en plena montaña en busca de comida, comete abigeato, delito que desencadena una cacería humana que termina con una insólita violencia (ad hoc a los tiempos que corren, en todo caso) por parte de los carabineros que persiguen al llamado Yeti.
A pesar de que Collyer mete en la juguera elementos en el papel sabrosos, entre los que sobresale el pene endeble del protagonista, causa natural de sus desvelos, o los supuestos descubrimientos astronómicos que realiza Fonseca o la riqueza de la relación que puede surgir entre un hombre solitario y un tierno perrito. Sin embargo, estos componentes tambalean en el débil tinglado argumental que propone el autor, dando la impresión de no ser más que meras digresiones sin mayor cuento. Si a esta irresoluta manera de exponer los hechos, le sumamos el lenguaje pastoso, infumable y plagado de embelecos que utiliza Jaime Collyer –y que hacen imposible no pensar que escribe para un lector con residencia en la península ibérica-, da como resultado una novela convencional y aburrida, carente de riesgo y chispa, y que parece no dejar nunca de estar enganchada en segunda, que carece del despliegue de atractivos mínimamente necesarios para configurar una narración atractiva, y que, para rematar, se corta abruptamente.
Todo lo antedicho no deja de ser llamativo, siendo que Collyer es un escritor con trayectoria, estatus que confirman con ingente generosidad tanto la solapa como la contratapa de este volumen. Sin emabrgo, la impresión que queda después de leer Fulgor es que es un libro que perfectamente pudo haber sido hecho por un narrador principiante, torpe en sus procedimientos, con una impericia acartonada. Y por si esto no fuera suficiente, la editorial también aporta su pifia; así sucede en la página 155, donde falta parte del texto.
Jaime Collyer, que había dejado una grata impresión con su anterior novela La fidelidad presunta de las partes, retrocede con esta entrega, un volador de luces tan fulgurante como la luna nueva.
Jaime Collyer
“Fulgor”
Mondadori, Santiago, 2011, 162 págs.
Publicadas por
jisa
a la/s
1:57 a.m.
0
comentarios
Etiquetas: Jaime Collyer, Mondadori, novela
jueves, 10 de noviembre de 2011
Entre cuatro paredes
El cerrar la puerta de nuestras habitaciones es la forma más común y cotidiana que conocemos para privatizar nuestros espacios. Y dentro de nuestras alcobas, la cama juega un rol insospechadamente capital. Describiendo el soporte y ambiente del amor, del sueño, del nacimiento, de la muerte, los juegos, la lectura, la escritura, entre otras empresas, el libro Historia de las alcobas, (FCE-Siruela, 2011) obra de la historiadora y feminista francesa Michelle Perrot (París, 1928), bien puede ser considerado una historia de la sociedad, una historia de los hombres y de sus instituciones. Bajo sábanas y frazadas, en este caso.
Para Michelle Perrot, quien ha emprendido otros ambiciosos proyectos como Historia de las mujeres en occidente (en conjunto con Georges Duby), nuestras habitaciones y todo lo que ellas contienen nos dicen mucho respecto de quiénes somos, un teatro con ropa de cama de la existencia humana. Con esa premisa, este libro resulta ilustrativo, contundente y ameno. Invocando a Foucault y jalonándolo como un personaje que ha reflexionado como pocos sobre diversos espacios, Perrot concluye que la habitación personal es la materialización en escala de nuestros universos. El orden de la alcoba es el orden de nuestro mundo, y esta es la premisa general de la que se sirve la historiadora para luego pormenorizar en las complejidades sinuosas del espacio vital en sus diversas modalidades.
La erudita cartografía de la recámara a lo largo de la historia que ha creado Perrot, es, desde luego, una historia de lo íntimo. La obra se divide en una serie de capítulos que se consagran a disímiles tipos de habitaciones, casi todas de descanso, por decirlo de alguna forma (el margen es amplio, se cubre desde recámaras reales hasta dormitorios colectivos, pero también se revisan espacios de reclusión o de penitencia). Pero es posible distinguir una línea progresiva, que va desde las fastuosidades de las impenetrables habitaciones reales, como la del Rey Sol Luis XIV, hasta el dormitorio obrero colectivo, pero manteniendo como centro a la habitación como un espacio privilegiado en las viviendas o recintos.
En este recorrido la galería de personajes e historias a absorber es copiosa, con un predominio de mujeres (aún cuando a este tema Perrot ha dedicado el grueso de su obra, y que en este libro es palpable en el retrato que hace de la muerte de George Sand, es un error ver esto como deformación profesional), cuyos relatos están a medio camino entre la historia y la crítica literaria (esto se hace notorio, por ejemplo, cuando la autora aborda la obra de Marcel Proust, específicamente La prisionera), lo que da a este libro un carácter versátil, sin la pesantez de suyo rigurosa del catastro historiográfico, pero con el dinamismo de la crónica, del perfil, en esta pasada, cameral. La sanidad de este libro radica en esa marca, es sanidad, antes que un defecto, antes que una cojera que se pueda apuntar con el dedo.
Tal como lo hizo magistralmente Georges Perec en La vida instrucciones de uso, Michelle Perrot monta en su libro un involuntario edificio plagado de habitaciones-historias, un edificio de lectura con la fachada a la vista, donde quien llega puede interiorizarse en una cornucopia de alcobas. Hay distancias entre Perrot y Perec, por supuesto, pero se abren las puertas de lo íntimo con este libro, las puertas de lo íntimo que, con todo, ha jalonado la historia de siglos recientes, a puertas cerradas.
Michelle Perrot
"Historia de las alcobas"
FCE-Siruela, México, 2011, 353 págs.
Publicadas por
jisa
a la/s
5:02 p.m.
0
comentarios
Etiquetas: ensayos, Fondo de Cultura Económica, Michelle Perrot, Siruela
miércoles, 2 de noviembre de 2011
De cara al Bicentenario
Una de las sensaciones que queda al leer los poemas de Sumario (Ediciones Tácitas, 2011), cuarta entrega del poeta nacional Cristóbal Joannon (Santiago, 1974) es que llega con un atraso de casi un año. Esto porque, tal vez, cuando mejor efecto podrían haber causado este conjunto de poemas que le dan duro a lo nacional, era cuando el país completo estaba embriagado por la fiesta interminable del Bicentenario de esta república, de democracia imperfecta. Pero no es más que un detalle este error en el timing, puesto que los vicios propios de una sociedad llena de parches, mentiras y cojeras siguen siendo parte de nuestra idiosincrasia, aún cuando todos los días se intente maquillar o falsear un país que no es copia feliz de ningún edén.
La poesía de Joannon se caracteriza por su franqueza, pero en esta ocasión, se hace del discurso oficial que pulula y ha fijado residencia en las oficinas, en los templos de la burocracia, en los pasillos, no necesariamente del poder, sino que en los recintos donde el lenguaje de la organización es el idioma de lo falso, de lo oficial falsario. Adoptando el tono del discurso oficial, del comunicado, del bando militar, Joannon recrea y revive en su libro el relato que es la columna dolorosa del Chile de las últimas tres décadas. El autor no es el primero ni tampoco será el último en hacerse cargo de la dinámica vital del Chile posdictadura, ni tampoco de sus actores secundarios, como los “Chicago boys” u otros actores de reparto de nuestra terrorífica historia pinochetista, que dejó huella en el imaginario post 1990.
Joannon logra tomar el ritmo e imponer la cascada de imágenes, apelando mediante una voz omnipresente, intmidantemente omnipresente. De entrada lo que hay es la apelación a un tú, un sonsonete que es el reto al sometido, la lección al esclavo: “Debería avergonzarte tu actitud: participas/ de nuestra pax americana y al mismo tiempo/ la desprecias. Tú sabes cuánto valoramos las tareas que has ejecutado; hay en ti energía y dedicación. No cometas el error de ofender/ a quienes velan por tu salud y bienestar”. Es la reproducción del correctivo que puede dar un jefe, pero calzado en la matriz intimidante del torturador que interroga. Joannon quiere reproducir esos circuitos del terror, esos discursos del apriete y de la amenaza, tal vez queriendo galvanizar este tipo de lenguaje como algo nacional, idea espeluznante, y no alejada del todo de las vivencias cotidianas de miles de chilenos actuales: “Esperábamos otra cosa de ti; bastante rápido/ se te fueron los humos a la cabeza, incluyendo ése./ Con qué velocidad dejaste de responder el correo./ ¿Qué clase de culpa inquieta tu vigilia? ¿Otro galvano/ aún por conseguir en el podio de las grandes causas?”
La queja de Joannon es clara, es prístina su querella ante el Chile globalizado y dependiente de forma directa de los dictados de papá EE.UU., pero nunca olvidando la grosera y chocante precariedad de un país que suele invertir denodados y eufemísticos esfuerzos en mostrar afuera una imagen que simplemente no se tiene: “Hemos optado por una tristeza menos evidente; se nos describe/ como un retén de pacos apolillándose al final de Cono/ asolado por marejadas y monstruos cartográficos. Carne de perro por dentro, cuero de chancho por fuera”.
Joannon diversifica sus recursos en este volumen, proponiendo un justo contrapunto entre la época clásica y nuestros días, entre la estabilidad implantada con sangre en un imperio militar, y una dictadura sudamericana que siguió esos designios dos mil años después. Así no es raro que haya una referencia al retórico griego Protágoras, pues es el discurso el instrumento de poder, la expresión verbal de una nación inmersa en la mentira: “Ya que en esto de las contradicciones/ recordemos aquí a unos cuantos dignatarios/ que saben ex cathedra cómo debiésemos vivir:/ becarios diligentes, paladines del buen sentido,/ liberales que juraron en Cerro Chacarillas/ y decidieron no contradecir a sus empleadores”. O que haya referencias latinas: “Si allá arriba, donde Roma gobernó, el terrorismo escampa/ y ya no saben qué hacer con moros y cristianos, pues bien,/ quizás deban mirarnos a nosotros esta vez”.
Parriano en sus expedientes, Joannon instala un discurso de alerta, propone la idiomática del eufemismo y de lo ornado. El suyo es el esfuerzo por denunciar la dorada guirnalda del discurso oficial, de la advertencia, del mandato. Desempolvando y sacándole brillo a la retórica de las oficinas del centro o de los diversos departamentos del aparato público, el poeta pone delante del lector el idioma del mundo, desprovisto de arte –aún cuando su vehículo sea un libro de poemas-, de belleza. Está en los propósitos de Joannon reproducir la rigidez de la nota, el reporte y el sumario, reproducir con un imaginario nutrido un esquema social, el talante gris y amargo de las instituciones que funcionan. Si en otras ocasiones, Joannon propuso un discurso poético sin ambages, ahora hace exactamente lo contrario, poetiza los ambages que han caracterizado el discurso, la lengua amarga y ficticia del Chile actual.
Cristóbal Joannon
Ediciones Tácitas, Santiago, 2011, 55 págs.
Publicadas por
jisa
a la/s
3:43 p.m.
0
comentarios
Etiquetas: Cristóbal Joannon, Ediciones Tácitas, poesía
viernes, 30 de septiembre de 2011
Rasguña las piedras
Dentro de nuestro particular medio cultural, el nombre de Carmen García (Santiago, 1979) es más que conocido. Esto porque esta socióloga de profesión es parte de la desaparecida revista y hoy productora cultural Plagio, responsable, entre otras iniciativas, de “Santiago en 100 palabras”, uno de los concursos literarios más masivos de los que se tenga registro en Chile.
Tal vez lo demandante que implica ser gestor cultural provocó una laguna de siete años para que García publicara su segundo libro de poemas, Gotas sobre loza fría (Cuarto Propio, 2011), sucesor de La insistencia (2004). Pero aunque ha pasado tiempo, el discurso poético, el decir de la poesía de esta autora parece intacto. Empapada en el microcuento y en los nanometrajes (videos de 30 segundos de duración, de los cuales Plagio también ha organizado certámenes), la concisión de estas composiciones es familiar, así como su tono, la carga de su lenguaje.
A pesar de la distancia temporal Gotas sobre loza fría no está lejos de La insistencia. Es posible ver cambio, variantes en un proyecto poético en clave breve, sin dejar de ser recio, directo, descarnado por momentos. Si La insistencia no escatimó en presentar una procesión de imágenes caracterizadas por una intimidad salvaje y sin concesiones, lo que en esta oportunidad resalta es la opción de la autora de bruñir un discurso y echar mano a los elementos más básicos del planeta, la tierra, la fauna, el agua, las piedras, que nos recuerdan, por ejemplo, al Efraín Barquero que instala su mesa fraternal sobre la tierra.
Estas son las herramientas que abundan en este libro, cuya lectura da cuenta de una intención, de un ansia particular por reconstruir un pasado, “Nacimos para recordar el abecedario de nuestra tierra/ y lo que hemos hecho es esquivar la cólera/ las cenizas de nuestros muertos/ enterrarlas en un pañuelo rojo/ y aferrarnos a un espejo que se representa a sí mismo”.
Carmen García plantea una querella hacia el pasado “Con un martillo/ mis hijos golpean el final de las horas/ como si en sus manos estuviera el poder del tiempo/ un simulacro/ todos sospechamos el siguiente paso// Los ríos blancos cruzan la vida de otros/ y nos miran con un ojo bizco”, pero pareciera ser una querella sorda, una querella que no ceja, y vale en sí misma por la palabra y su permanencia, dibujada con piedras.
Gotas sobre loza fría marca una nueva estación en la poesía de Carmen García, y aunque esta es su segunda entrega, asienta una voz distintiva en un panorama plagado de nombres y libros disímiles. Superando enojosas separaciones de género o cualquier clasificación espuria, la poesía sumaria y pujante de García gana por varios cuerpos, de seguro por cumplir con un rasgo esencial que debe tener un poema para sobrevivir: el cargar de sentido la palabra, el dotar de fortaleza al disipado lenguaje de la tribu actual.
Carmen García
“Gotas sobre loza fría”
Ed. Cuarto Propio, Santiago, 2011, 59 págs.
*Publicado originalmente en El Periodista N° 208, 30 de septiembre de 2011
Publicadas por
jisa
a la/s
1:13 p.m.
0
comentarios
Etiquetas: Carmen García, Cuarto Propio, poesía
