viernes, 3 de enero de 2014
Biblioteca de viejo
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jueves, 10 de noviembre de 2011
Entre cuatro paredes
El cerrar la puerta de nuestras habitaciones es la forma más común y cotidiana que conocemos para privatizar nuestros espacios. Y dentro de nuestras alcobas, la cama juega un rol insospechadamente capital. Describiendo el soporte y ambiente del amor, del sueño, del nacimiento, de la muerte, los juegos, la lectura, la escritura, entre otras empresas, el libro Historia de las alcobas, (FCE-Siruela, 2011) obra de la historiadora y feminista francesa Michelle Perrot (París, 1928), bien puede ser considerado una historia de la sociedad, una historia de los hombres y de sus instituciones. Bajo sábanas y frazadas, en este caso.
Para Michelle Perrot, quien ha emprendido otros ambiciosos proyectos como Historia de las mujeres en occidente (en conjunto con Georges Duby), nuestras habitaciones y todo lo que ellas contienen nos dicen mucho respecto de quiénes somos, un teatro con ropa de cama de la existencia humana. Con esa premisa, este libro resulta ilustrativo, contundente y ameno. Invocando a Foucault y jalonándolo como un personaje que ha reflexionado como pocos sobre diversos espacios, Perrot concluye que la habitación personal es la materialización en escala de nuestros universos. El orden de la alcoba es el orden de nuestro mundo, y esta es la premisa general de la que se sirve la historiadora para luego pormenorizar en las complejidades sinuosas del espacio vital en sus diversas modalidades.
La erudita cartografía de la recámara a lo largo de la historia que ha creado Perrot, es, desde luego, una historia de lo íntimo. La obra se divide en una serie de capítulos que se consagran a disímiles tipos de habitaciones, casi todas de descanso, por decirlo de alguna forma (el margen es amplio, se cubre desde recámaras reales hasta dormitorios colectivos, pero también se revisan espacios de reclusión o de penitencia). Pero es posible distinguir una línea progresiva, que va desde las fastuosidades de las impenetrables habitaciones reales, como la del Rey Sol Luis XIV, hasta el dormitorio obrero colectivo, pero manteniendo como centro a la habitación como un espacio privilegiado en las viviendas o recintos.
En este recorrido la galería de personajes e historias a absorber es copiosa, con un predominio de mujeres (aún cuando a este tema Perrot ha dedicado el grueso de su obra, y que en este libro es palpable en el retrato que hace de la muerte de George Sand, es un error ver esto como deformación profesional), cuyos relatos están a medio camino entre la historia y la crítica literaria (esto se hace notorio, por ejemplo, cuando la autora aborda la obra de Marcel Proust, específicamente La prisionera), lo que da a este libro un carácter versátil, sin la pesantez de suyo rigurosa del catastro historiográfico, pero con el dinamismo de la crónica, del perfil, en esta pasada, cameral. La sanidad de este libro radica en esa marca, es sanidad, antes que un defecto, antes que una cojera que se pueda apuntar con el dedo.
Tal como lo hizo magistralmente Georges Perec en La vida instrucciones de uso, Michelle Perrot monta en su libro un involuntario edificio plagado de habitaciones-historias, un edificio de lectura con la fachada a la vista, donde quien llega puede interiorizarse en una cornucopia de alcobas. Hay distancias entre Perrot y Perec, por supuesto, pero se abren las puertas de lo íntimo con este libro, las puertas de lo íntimo que, con todo, ha jalonado la historia de siglos recientes, a puertas cerradas.
Michelle Perrot
"Historia de las alcobas"
FCE-Siruela, México, 2011, 353 págs.
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viernes, 2 de septiembre de 2011
El sentido del viaje
Hace bastante rato que el nombre de Cynthia Rimsky (Santiago, 1962) surge en la literatura nacional a la hora de nombrar escritores que cuentan con propuestas interesantes y dignas de lectura. Rimsky ya ha llamado bastante la atención con dos obras anteriores, Poste restante (2001) y Los perplejos (2009), ambos publicados por la editorial Sangría, y ahora es la editorial Fondo de Cultura Económica la que publica su última entrega, Ramal. Acá una digresión. Dentro de una más que correcta edición, sólo hay un traspié, la solapa, donde figura una poco afortunada foto de la autora.
La contraportada de esta novela –al menos la porción a cargo de la escritora mexicana Valeria Luiselli- compara la escritura de Ramal con la de W.G. Sebald (tal vez lo más parecido sea el utilizar fotografías al interior del texto). Lo cierto es que la lectura de esta novela de Cynthia Rimsky no nos lleva por los anillos de Saturno, sino que nos revela un tributo a Claudio Magris, y más específicamente a El Danubio. Hablemos claramente, la escritura de Magris no se parece en nada a la de Rimsky, pero es claro que ambos textos comparten puntos de fuga similares. El viaje, bordeando un río, por parte de un protagonista que emprende una travesía por encargo, son elementos comunes en ambas obras, que toman rumbos distintos.
La historia es protagonizada por “el que viene de afuera”, quien tiene como proyecto el explorar el potencial turístico que tiene el ramal entre Talca y Constitución, con todas sus estaciones, perdidas en el boscaje impenetrable de la provincia profunda, donde el tiempo se olvidó de avanzar, o bien, como lo desliza la autora en más de un pasaje del libro, es el mal llamado progreso (encarnado en una planta de celulosa, por ejemplo) que deja en el abandono a esos poblados.
Desde el principio de esta historia podemos constatar a una autora en pleno dominio de sus talentos narrativos, cosa bien poco común dados los tiempos que corren. Como pocos en la narrativa actual, Rimsky aporta con Ramal una narrativa con un ritmo preciso, una respiración adecuada, que da cuenta de una novela construida con cuidado, con una precisión poética. Dividido en “vueltas” el relato va dado cuenta de lugares que representan la resistencia, y es por esto que antes de representar un tiempo que se fue, encarnan la precariedad de un presente más urgente que nunca, tanto en los pueblos que sobreviven a la vera del ramal, así como en la relación que el protagonista mantiene con su hijo.
En ambas dimensiones hay zozobra y urgencia, situaciones retratadas con una destreza encomiable por parte de Cynthia Rimsky, que con esta novela aporta uno de los libros más valiosos que ha aparecido en el año.
Cynthia Rimsky
“Ramal”
Editorial FCE, Santiago, 2011, 161 págs.
*Publicado originalmente en El Periodista N° 207, 2 de septiembre de 2011
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viernes, 26 de marzo de 2010
Qué se ama cuando se reedita
Aunque no tenemos ni el ocio ni el tiempo suficientes, podríamos señalar sin equivocarnos que los literatos chilenos más antologados en la historia del universo se llaman Óscar Hahn y Gonzalo Rojas (Lebu, 1917). La obra de ambos ha sido reunida, reimpresa y vuelta a imprimir principalmente por dos sellos, la Editorial Andrés Bello (quien en tres años publicó dos gruesas y muy parecidas antologías de Óscar Hahn), y el Fondo de Cultura Económica (En el caso de Hahn LOM también ha sacado libritos recopilatorios del poeta residente en Iowa, de todos tamaños y colores). En los últimos años, sólo en Chile ambas casas editoras, como si se tratara de las Páginas Amarillas, se han encargado de abrir la represa e inundar librerías y bibliotecas con conjuntos de estos poetas.
Así las cosas, la Feria del Libro de Santiago 2009 nos trajo, una vez más, antologías de Óscar Hahn y Gonzalo Rojas. Entiéndase bien, ambos son de nuestros mejores poetas. Si Nicanor Parra llegara a morir –ni Dios lo permita-, el bastón de poeta vivo y capital de la lengua castellana pasará a manos de Rojas. Hahn, entendemos, está un poco más atrás en la fila, pero su turno llegará igual.
¿Por qué se desafía al lector con estas curiosas estrategias de Greatest hits? ¿Por qué se desfila por la cornisa de la repetición editorial? Hahn no alcanza a sacar un libro nuevo, cuando ya le están armando otra antología. En fin. En el caso de Rojas, intuimos que las recopilaciones tienen el aditivo de incluir poemas inéditos, de lo contrario no tendría sentido publicarlas. Este es el caso que hoy nos convoca, el libro “Qedeshím qedeshóth” la última reunión de los poemas de Gonzalo Rojas, y que la editorial Fondo de Cultura Económica ha editado en un formato que tiene el lujo y la calidad material que se merece la obra del autor de “Contra la muerte”, conformando una edición que está a la altura de las circunstancias, pues se utilizaron los mejores materiales y la hechura es impecable. El contenido lo conocemos de sobra, intachable también.
De Gonzalo Rojas sabemos harto, y a la vez muy poco. Sabemos que es de Lebu, que coqueteó con la Mandrágora surrealista, que perdió sus años mozos yéndose de putas, que interpeló directamente a Ezra Pound, Rulfo y Rimbaud. Los mejores poemas están en este conjunto, a saber “Carbón” (tal vez su poema más bello), “¿Qué se ama cuando se ama?”, “Perdí mi juventud en los burdeles”, “Réquiem de la mariposa”, “Qedeshím qedeshóth”, entre otros. Está lo mejor y lo nuevo, doce poemas, que son el principal motivo por el cual se saca este libro al mercado, deduciendo que un poeta de 93 años, por muy sano que esté, necesariamente escribe más lento, o al menos no con la velocidad necesaria como para conformar un nuevo libro. Y para que esos nuevos poemas sueltos no se pierdan mientras el autor aún vive, bien viene revestirlos de todo lo mejor que Gonzalo Rojas ha escrito antes, y publicar una plaquette acompañada de otros 300 poemas.
Que hable Rojas. “Carbón”: “Madre, ya va a llegar: abramos el portón,/ dame esa luz, yo quiero recibirlo/ antes que mis hermanos. Déjame que le lleve un buen vaso de vino/ para que se reponga, y me estreche en un beso,/ y me clave las púas de su barba”. “Perdí mi juventud en los burdeles”: “Perdí mi juventud en los burdeles,/ pero daría mi alma/ por besarte a la luz de los espejos/ de aquel salón, sepulcro de la carne,/ el cigarro y el vino”. “¿Qué se ama cuando se ama?”: “Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra/ de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar/ trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,/ a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso”. “Contra la muerte”: “Dios no me sirve. Nadie me sirve para nada./ Pero respiro, y como, y hasta duermo/ pensando que me faltan unos diez o veinte años para irme/ de bruces, como todos, a dormir en dos metros de cemento, allá abajo”.
Nada más podemos decir de la poesía de Gonzalo Rojas por ahora. Nada más de la potencia de sus imágenes, de las palabras sensitivas, del amor y la muerte tan bien tratados, la cachondez tan bien tratada. Y lo último que podemos decir de “Qedeshím qedeshóth” es que es la mejor puerta de entrada para conocer la poesía de Gonzalo Rojas, salvo hasta que este nos abandone en esta vida terrenal y se edite y reedite ese libro, desde ya necesario, que serán sus obras completas.
Gonzalo Rojas
“Qedeshím qedeshóth. Antología”
Editorial FCE, Santiago, 2009, 347 páginas.
*Publicado originalmente en El Periodista N° 187, 26 de marzo de 2010
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viernes, 20 de noviembre de 2009
Gran hermano, gran cronista
La vida del novelista, ensayista y reportero inglés Eric Blair, más conocido por su nom de plume, George Orwell (1903-1950), fue harto productiva, a pesar de solamente haber vivido 46 años, y de haber pasado muchos de ellos viviendo pobre y esforzadamente. Usted, buen lector, quizás lo tiene más en mente por ser el autor de dos de las novelas más importantes antitotalitarias del siglo pasado en la lengua inglesa, a saber, “La granja de los animales” y “1984” (cuna del “Gran hermano”, ese concepto que hoy se usa como salvoconducto para sustentar el dudoso fenómeno de los realities), pero también Orwell se las arregló para escribir una considerable cantidad de artículos periodísticos, diarios y otras obras en las cuales fue consignando el desarrollo de la centuria pasada. Una buena parte de ese trabajo de no ficción está contenido en “Matar a un elefante y otros escritos”, libro editado por el sello mexicano Fondo de Cultura Económica, en conjunto con la editorial española Turner, en una de las colecciones más elegantes que se pueden encontrar en librerías hoy, la colección Noema.
El volumen, que contiene ensayo, diarios de guerra, crónicas y reseñas de libros, se divide en diez partes, y de esta división sobresalen dos, que son de suyo destacables. La primera de ellas comprende los diarios que Orwell escribió durante la Segunda Guerra Mundial y la segunda, sus reminiscencias de la Guerra Civil Española (conflicto en el que participó activamente). En ambas piezas podemos ver a Orwell en su dimensión intelectual más clara, haciendo frente al totalitarismo estalinista (siendo él un socialista) y el fascismo (ya antes en su juventud se había mostrado particularmente al colonialismo inglés, como se puede ver en el texto homónimo, en el que el autor describe su vida en la ex Birmania), pero a la vez desarrollando una mirada que no deja escapar detalle de una sociedad que sufre transformaciones tremendas, cómo no, mientras desde el cielo los obuses nazi recluían a los ingleses en el subsuelo.
En este libro (que es una selección de los cuatro tomos publicados en inglés de ensayos y cartas de George Orwell) encontramos a un Orwell observador del entorno, pero también un Orwell que lucha por sobrevivir dignamente, pero sin heroísmos. Dada su pobre salud fue rechazado por el ejército regular, alistándose en el Home Guard, grupos civiles para la defensa doméstica. Nada tremendamente gravitante en el escenario de la guerra. Luego Orwell obtendría un trabajo en la BBC, pero que tampoco realizó de muy buena gana, “Lo que más me asombra de la BBC no es tanto la miseria moral y definitiva futilidad de lo que hacemos, sino más bien la sensación de frustración, la imposibilidad de hacer nada en condiciones”. En 1943 Orwell renunció a la BBC y empezó a escribir y desempeñarse como editor en el semanario de izquierda Tribune; “A mi antojo” era el nombre de la columna que escribió, de las cuales también este libro incluye una selección.
Compromiso político, compromiso con la gente, compromiso con la información. Por muy proselitista que suene lo antedicho, eran los motores que movilizaban a Orwell, los chispazos que hacían trabajar su mente y luego su pluma. Esto queda meridianamente demostrado en los retrospectivos “Recuerdos de la Guerra Civil Española”, incluidos en este libro. Orwell tomó las armas para pelear contra Franco movido por la crueldad del imperialismo colonial inglés y por las precarias condiciones de vida en que sus compatriotas vivían, en los años 20 y 30 del siglo XX.
Teniendo en cuenta los días que corren en Chile –elección presidencial ad portas-, no viene nada de mal repasar el ensayo “La política y la lengua inglesa”, escrito en 1946, pero con marcada vigencia en nuestros días, aún cuando han pasado 63 años, aún cuando estamos en Chile, y aún cuando acá no hablamos inglés. Con todo, el fenómeno se repite, la deformación del idioma por parte de los políticos, la prostitución de la lengua por parte de quienes están en el poder. Orwell describe con detalle cómo las palabras, las frases y los dichos utilizados por gobernantes y parlamentarios se van vaciando –instrumentalmente- de sentido, condenando a la lengua a desfallecer en un mar de vaguedad, donde la dicción ampulosa de quienes están frente a los micrófonos (hoy agregaríamos las cámaras de TV) son verdaderas bombas de humo para nublar la visión y entorpecer la comprensión, una división, en apariencia torpe, para continuar reinando. “En nuestros tiempos –sentencia Orwell-, el discurso oral y el discurso escrito de la política son, en gran medida, la defensa de lo indefendible (…) por eso, el lenguaje de la política ha de consistir, sobre todo, en eufemismos, en interrogantes, en mera vaguedad neblinosa (…) si el pensamiento corrompe la lengua, también la lengua puede corromper el pensamiento”.
George Orwell, escritor impecable, incuestionable, rotundo en la autenticidad. Eso nos muestra “Matar a un elefante y otros escritos”.
George Orwell
“Matar a un elefante y otros escritos”
FCE/Turner, México, 2009, 389 págs.
*Publicado originalmente en El Periodista N° 182, 20 de noviembre de 2009
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viernes, 11 de septiembre de 2009
Fomento a la lectura, pero en serio
Si usted ha caminado por ciertas calles de nuestra capital, o bien visto con atención el flanco de nuestras albiverdes orugas del Transantiago, recordado lector, probablemente habrá notado los carteles que son parte de la nueva (y enésima) campaña gubernamental de fomento a la lectura, impulsada por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, como parte de su Plan Nacional de Fomento a la Lectura (PNFL). Si usted es un lector más conectado con el mundo virtual, podrá haber visto los spots publicitarios en YouTube. La campaña, titulada “Yo leo”, pretende (tal como las decenas de iniciativas similares que en el pasado intentaron acercar al público los libros, fracasando miserable e inapelablemente), según palabras de la propia ministra de Cultura, Paulina Urrutia, animar al público a leer, a “la formación del hábito lector, (que) requiere de una primera etapa de animación a la lectura, de profunda motivación que convoca a la participación de todos como ‘proyecto país’ (las comillas son nuestras) y que debe incluir a todos los actores involucrados: autores, editores, medios de comunicación, organizaciones sociales, profesores, colegios, estudiantes, bibliotecas, universidades, ministerios, municipalidades, entidades privadas, entre muchos otros”. Un tremendo, optimista y altisonante objetivo, que, sin embargo, se acomete mediante equívocas y torpes frases tales como “yo leo en el baño” (como si la idea fuese glorificar la lectura escatológica), o “yo leo cantando” (¿?). Así las cosas, se podría seguir inventando lemas como “yo leo mientras amaso pan” o “yo leo mientras manejo maquinaria pesada”, etc.
Más allá del mayor o menor entendimiento que tengan las autoridades, de que fomentar la lectura implica un cambio cultural mayúsculo, y que debe ser acometido con políticas públicas de sólida base y de acción intensiva y extensiva, antes que con tristes y precarios voladores de luces publicitarios, existen iniciativas concretas en el sector editorial, productos palpables y a la mano del público, para obtener luces y claves respecto de cómo lograr formar niños que lean. Es el caso de la editorial Fondo de Cultura Económica, tal vez el único sello editorial en lengua castellana que dedica colecciones completas a temas como la edición de libros y la reflexión sobre cómo insertar con éxito a los niños en el universo de la lectura. El ejemplo lo establece la colección “Espacios para la lectura”, una serie de tomos bella y elegantemente editados, que reúne obras dedicadas en exclusiva a la reflexión sobre la enseñanza e impulso del hábito lector en edades tempranas.
Así, hace poco el FCE puso en los estantes de nuestras librerías uno de los trabajos más destacados de uno de los actores más relevantes a nivel mundial en lo que se refiere a literatura infantil y juvenil, hablamos del libro “Conversaciones. Escritos sobre la literatura y los niños” obra del crítico, profesor, ex bibliotecario y ensayista inglés Aidan Chambers (1934), autor de libros como “Dime” y “El ambiente de la lectura”, obras donde se subraya el valor de la lectura desde la juventud, y se aconseja a los padres sobre cómo transformar a los niños en voluntariosos y felices lectores. Publicado originalmente en 1985, Chambers revisa en este conjunto de ensayos y conferencias (en el que se incluyen piezas como “El lector en el libro”, escrito que le granjeó a Chambers el premio de excelencia crítica otorgado por la Children’s Literature Association), la literatura, los primeros escarceos que los niños pueden tener con ella, y el importante rol mediador de los adultos en el éxito de ese proceso, de suyo exigente por estos días. Volviendo al tema del fomento lector y sus dudosas campañas, “Conversaciones” es particularmente útil para los profesores de castellano (o como se les diga ahora), pues incluye ejemplos prácticos de cómo interesar a un niño en un libro.
La lectura de este volumen nos deja algunas pistas útiles, que debieran ser aprovechadas sobre todo por quienes ejercen la docencia. Por ejemplo, el compartir la lectura como experiencia donde el profesor (o los padres) y los niños logren identificarse en la actividad de leer, mediante la conversación y la discusión de lecturas. Lo medular es conversar (no olvidar este verbo) sobre libros, poner en un espacio común la experiencia y el contexto lector, lo que sirve para reforzar un libro recién leído, o bien para tentar a un lector potencial de ese libro. La conversación es la estrategia, la invitación, la carnada, si se quiere, para enredar al niño en la virtuosa red de la lectura.
“Conversaciones” tiene una secuela llamada “Dime”, publicada por el mismo FCE, y que figura en la colección del libro acá reseñado (donde también se incluye un apreciable trabajo de Teresa Colomer, especialista española en libros infantiles). No vendría nada de mal acercarse a estos materiales de calidad probada, antes de poner oreja a blandengues campañas improvisadas, donde se intenta inyectar amenidad y factores de acercamiento con eslóganes y jingles de mal gusto y peor estofa. Mejor es prestar atención y amplificar el mensaje de quienes, como Aidan Chambers, ya desde hace décadas tienen la película bastante clara.
Aidan Chambers
*Publicado originalmente en El Periodista N° 177, 11 de septiembre de 2009
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viernes, 19 de junio de 2009
El sexo y la academia
Muy lueguito soplará 80 velitas en su torta cumpleañera el escritor, teórico literario e influyente pensador mundial George Steiner (París, 1929). 80 años en cuya mayoría este paladín de la literatura comparada, ha logrado, con una maña procelosa y distintiva, lo que las grandes mentes de este mundo suelen hacer: dejar a la vista la nervadura, el tinglado del mundo y sus fenómenos. A los 80 se supone que se hacen los balances en los cuarteles de invierno, se vuelve la mirada atrás con la satisfacción del deber cumplido, con la autocomplacencia de la superación de altos y bajos, y con la mirada paternal de quien ha vivido demasiados años en este mundo.Por el contrario, Steiner ataca con “Los libros que nunca he escrito”, obra que ya levantó algo de polvo en Europa y que trae a Chile la editorial Fondo de Cultura Económica, pero que es producto de una astuta estrategia editorial de la proverbial casa mexicana, la del joint venture con sellos de otras latitudes, pero con menor rango de acción, como es el caso presente con la refinada y privativa editorial española Siruela, archifamosa por sus libros de tapa ultra dura, su papel sedoso como una caricia y autores que solamente leen en el mundo un puñado de personas de rancio abolengo lector. El mismo FCE acercó al grueso del público latinoamericano el excelente ensayo “Los años de esplendor”, sobre la vida de James Joyce en la ciudad italiana de Trieste. Libros que en España son obra de microeditoriales, pero que con el patrocinio megafonero del FCE pueden alcanzar la difusión que tienen las grandes multinacionales del libro.
Volviendo a Steiner, la boutade que el autor propone –las supuestas ansias por lo no escrito, por lo pendiente-, no gravita mucho con lo que nos encontramos en las páginas interiores. Esto es una escritura que se sostiene en sí misma, y logra balancear en un solo malabar la densidad del ensayo propio del erudito pensador de hoy, que trata temas como la envidia y la masturbación echando mano a un enciclopédico bagaje de lecturas, pero a su vez con las necesarias dosis de originalidad y punción, como para convertir en este libro en un volumen que con apenas un pequeñísimo desbalance o con un gramo menos en los kilos del apellido del autor, no habría alcanzado los altos vuelos que “Los libros que nunca he escrito” alcanza.
El presente volumen se divide en siete ensayos, piezas que, según quiere plantear Steiner, es cada una un abstract, un protolibro no desarrollado. Estos ensayos son la sinopsis y el resumen de lo que ha preocupado y movido la labor de este intelectual durante toda su obra, la creación artística, lo judío, la enseñanza, los animales, el lenguaje, el sexo, a lo que se suma la envidia artística (personificada en el estudio del escritor italiano contemporáneo a Dante, Cecco d’Ascoli), ensayos en los cuales Steiner no deja sobarse el lomo a sí mismo, algo innecesario, dado su currículum que bien podría tener la longitud de uno de los ensayos del libro.
Pero hay un condimento selecto, clave para poder bucear en este libro y no morir de tedio en la intentona:
Otra gran cualidad de este libro, Steiner no nos dora la píldora con el 11 de septiembre del 2001, un tema que ya exaspera por su sola mención dada la atosigante y majadera explotación del suceso que surgió tras la caída de las Torres Gemelas. Steiner menciona una sola vez el apocalíptico evento, para volver a centrar sus esfuerzos denodados y felices en la labor que lo ha convertido en un pensador famoso y hasta querido en el mundo: el enseñar a leer. Hay terreno, igualmente, para apuntar con el dedo a un intelectual que elude una responsabilidad política (de hecho acá fustiga la política partidista), pues Steiner ante el dilema elige, como ha sido su costumbre, correr un tupido velo. Steiner catequiza al lector en “Gramáticas de la creación”, “Después de Babel” y “La muerte de la tragedia” y lo hace en este puñado de libros por desarrollar; lo hace sin ningún tipo de ambages, con franca erudición y polisemia sin pretensión, y, por sobre todo, con un humor impar y a ratos sorprendente. Tómese como ejemplo la primera parte del ensayo “Los idiomas de Eros” (el nombre del escándalo): “¿Cómo es la vida sexual de un sordomudo? ¿Con qué incitaciones y cadencias se masturba? ¿Cómo experimenta el sordomudo la libido y la consumación?”. Aunque Steiner trata de delinear una suerte de autobiografía sexual (de hecho “habla y ha hecho el amor en cuatro idiomas”), logra plantearnos razonables dudas sobre la diferencia de hacer el amor “en alemán” y “en francés”, aunque una lectura acabada del ensayo nos pinta a un Steiner que como semental es un gran y honroso políglota. Empezar a enumerar conquistas sexuales es una receta perfecta para ganar pase directo al desprecio público por fanfarronería. Steiner se salva jabonado en todo caso. Habrá que perdonarle esas y otras lindezas a George Steiner, pues harto ha hecho en su carrera, incluso cuando se le frunce, en su particular minuto de confianza, escribir sobre lo que no ha escrito.
George Steiner
“Los libros que nunca he escrito”
Ed. FCE / Siruela, México, 2008, 237 págs.
*Publicado originalmente en El Periodista N° 173, 19 de junio de 2009
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viernes, 24 de abril de 2009
Cuando la novela era virgen
¿Qué es “Esaú y Jacob (FCE, 2008)? ¿Qué es este libro que la editorial Fondo de Cultura Económica ha tenido a bien colocar en nuestras librerías? ¿Qué es este volumen, compuesto por el brasileño Joaquín Machado de Assis (1839-1908)?, ¿es, en efecto, la reedición de un clásico de la novela, o quizás algo más parecido a un testamento novelero recién salido de imprenta, un anacronismo editorial? ¿es posible que la aparición de este libro se ajuste más a la taxidermia literaria, a la muestra de cómo se hacían novelas en tiempos que ya no volverán?
Todas estas preguntas pueden tener un “sí” como respuesta, querido lector, todas pueden calzar con esa impresión imposible de acallar que surge al leer esta novela. Pero, a su vez, no podemos dejar de aseverar –y por ende, disfrutar- que al tomar este volumen, tomamos un muy buen libro, obra de un autor avant la lettre, mestizo descendiente de esclavos, tartamudo y epiléptico. Pero a la vez nos enfrentamos a la novela en su ingenuidad pura, en una pubertad libresca tierna y virgen, que sería corrompida con el correr del mismo siglo que este volumen inauguró en 1904.
La lectura de esta obra de Machado de Assis es una experiencia lectora cabal, aún –y por- su decimonónico y floreado estilo, su narrador omnisciente al nivel de la divinidad, su anticuada división capitular (hay más de cien y varios no pasan de media página), su apelación al lector, y no solamente al lector, sino a la lectora, puesto que el adelantado Machado de Assis sabía, antes que se inventaran las campañas de marketing, los focus group, encuestas y sondeos de clase ninguna, el target del genéro novela: las mujeres, las grandes lectoras de este tipo de libros en el siglo XIX, así como en postrimerías del XX a la mujer se le achacaría el ser la gran consumidora de teleseries. Digno de nota es el narrador, que cuenta y sabe todo, pero su manejo de los hilos de la trama es tan absoluto que plantea dudas, maneja tiempos, instala cuestionamientos y preguntas deliberados para mover a su total antojo y destreza la perilla de la tensión lectora.
La novela cuenta la historia de Pedro y Paulo, hermanos gemelos que nacen para ser “grandes hombres” –y grandes rivales-, según la cabocla, pitonisa que avizoró el brillante y a la vez terrible futuro de los niños (futuros doctor y abogado, futuros republicano y monárquico), brillante, puesto que ambos serían protagonistas de la turbulenta política brasileña del cambio de siglo, que trajo el advenimiento de la República a ese país, y terrible, puesto que ambos pelearían por el amor de Flora, una dulce e inocente joven que tiene su tierno corazón partido por los conspicuos mellizos, quienes, ya de mayores, llegan al Parlamento brasileño, cumpliendo el oráculo que predijo grandeza a los hermanos.
Por cierto que la novela sirve, por si fuera poco, para conformar una elegantísima, exquisita y acuciosa postal de los personajes, usos y costumbres de la sociedad de la entonces capital brasileña de fines del siglo XIX, Río de Janeiro, destreza propia de Machado de Assis, talento propio de este escritor a quien se le ha achacado la paternidad de la literatura brasileña moderna –algo nada descabellado, pues temprano abandonó el Romanticismo para luego superar el Realismo-, y que ya antes de este libro se había hecho un nombre con obras como la revolucionaria “Memorias póstumas de Blas Cubas” (1881), “Quincas Borba” (1891) y “Don Casmurro” (1900). Si hasta Susan Sontag y Woody Allen se sintieron tocados por Cubas, y hay quienes han rastreado a Machado/Cubas en el autoreflexivo Lester Burnham, protagonista del filme “Belleza Americana”, interpretado por Kevin Spacey. Burnham inaugura la película declarando su fallecimiento, “en menos de un año, estaré muerto. Por supuesto, todavía no lo sé. Y en cierta manera, ya estoy muerto”, declaración algo más frugal que la de Cubas, quien apela “al gusano que primero royó las frías carnes de mi cadáver, dedico con sentido recuerdo estas memorias póstumas”.
Así las cosas, la publicación de “Esaú y Jacob” es un acierto por donde se la mire, es la publicación en castellano de una de las obras faltantes de Machado de Assis, es la publicación de una gran novela y una nueva estación en la revaloración de la obra de este prócer literario, es la publicación y exhibición de una pieza de museo digna de admiración, visita obligada y aprendizaje, es la publicación de un libro esencial en cualquier mapeo o cartografía de la novela latinoamericana moderna. Por sobre todo, es la publicación de una más de las obras de Joaquín María Machado de Assis, eso debiera ser suficiente, sin más.
Joaquín Machado de Assis
“Esaú y Jacob”
Fondo de Cultura Económica, Santiago, 2008, 348 págs.
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domingo, 1 de marzo de 2009
Retrato del artista como miserable profesor
Según lo que nos ha revelado Enrique Vila-Matas, es la vida la que configura a la literatura. Sumemos a esta más que elocuente sentencia del escritor catalán una pregunta mezclada con un toque de suspicacia, ¿no es acaso por una curiosidad, revestida de un conveniente intelectualismo, que entramos en el detalle de las vidas de los escritores? Este postulado se confirma al repasar los 47 movidos años de exilio autoimpuesto de James Joyce (1882-1941) en los cuales desarrolló lo más granado de su producción literaria, esa que ubicó al autor dublinés en el pináculo de la literatura del siglo XX. Dentro de ese ostracismo, destaca su período temprano, el que John McCourt repasa en extenso en su libro “Los años de esplendor. James Joyce en Trieste, 1904-1920”, obra que la editorial Fondo de Cultura Económica ha tenido la acertadísima decisión de editar en lengua castellana.
Hasta ahora la autoridad en James Joyce recaía en la figura del académico norteamericano Richard Ellmann, cuya biografía del autor, publicada originalmente en 1959, aún mantiene tras medio siglo de existencia, un reinado difícilmente rebatible, lo que sucede también en castellano, pues la investigación de Ellmann circula en nuestros anaqueles en un gruesísimo volumen editado por Anagrama. Esta meticulosa biblia joyceana instaló también una especie de silencio biográfico que en lengua inglesa –y por ende en la castellana- recién vino a ser roto por este libro de McCourt, que sin duda se empina como el trabajo sobre Joyce más importante desde la monumental y reverenciada biografía de Ellmann.
Pongamos algo de foco sobre John McCourt, un profesor dublinés de literatura, hoy residente en la ciudad de Trieste, quien además de seguir los pasos biográficos de Joyce se alza como la única personalidad académica capaz de hacerle el peso a Richard Ellmann. Sin embargo, el repaso del trabajo de McCourt dista muchísimo de emplazar una suerte de rivalidad entre ambos especialistas, quienes además de vivir en contextos espaciales y temporales distintos, han instalado –involuntariamente- un juego limpio, transformando sus trabajos en complementos ideales para desentrañar la vida y obra de uno de los escritores más importantes del siglo XX.
Volvamos a la cita vilamatiana, volvamos a mencionar cómo la vida configura a la literatura, y enfrentemos esa aseveración con el relato que hace McCourt (que en 2004 se adjudicó el Premio Commiso por mejor biografía) de la etapa triestina de Joyce. Si la vida configura a la literatura, entonces son, por decir lo menos, estoicos los procesos de generación de “Dublineses”, “Retrato del artista adolescente” y el inicio de “Ulises”, todos a partir de comerse paletadas bien llenas de miseria a orillas del Adriático. Pero esta relación mísero-creativa es solamente uno de los aspectos que guían el libro de McCourt, quien trabajó con fuentes italianas de primera mano para rastrear el duro e incipiente exilio de Joyce, donde el escenario, la ciudad hoy italiana de Trieste es no solamente decorado ni escenario, sino una entidad con un poder muy relevante en el modelado de las mejores obras de Joyce, en las cuales, incluyendo a “Finnegans Wake”, destilan influencias de este, a la sazón, puerto del imperio austrohúngaro, multilingual y muliticultural, con pujante actividad comercial, y con un efervescencia política protagonizada por los irredentistas italianos, ajetreo que solamente pudo ser aplacado por un hecho de un calibre como la Primera Guerra Mundial.
Un Joyce político, un Joyce botarate, derrochador, mal administrador de sus escasos ingresos, un Joyce despectivo, melómano y emprendedor (fue un pionero de la industria del cine en su despreciado Dublín), un Joyce que trataba a su hermano Stanislaus como si fuese su junior, un Joyce que luchó por casi una década para que le publicaran los hoy indiscutibles cuentos “Dublineses”, un Joyce fascinado por lo judío (material cardinal para la creación de Leopold Bloom, uno de los antihéroes más insignes de la literatura moderna) a lo que se acercó especialmente por su labor como profesor particular de inglés, y que contó entre sus alumnos a su querido Italo Svevo (o como prefiere denominarlo McCourt, por su nombre verdadero Ettore Schmitz), esas son algunas de las facetas del autor irlandés descritas en el libro, traducido al castellano por Juan José Utrilla, traducción encomiable porque logra conservar la meticulosidad investigativa y a la vez la atrayente afabilidad de la prosa de McCourt.
Tras revivir estos “años de esplendor” queda meridianamente claro que el cruce entre James Joyce y Trieste es quizás uno de los más prósperos que haya ocurrido en la literatura universal. Basta reparar en Ulises, ese mosaico inigualado y de chúcara clasificación. ¿Sería el mismo libro si es que James Joyce no hubiera entrado en contacto con el irredentismo italiano, el socialismo europeo continental, o con el feroz Futurismo de Marinetti, o si Joyce no hubiera tenido como pan de cada día, el trato con eslovenos, croatas, serbios, griegos, italianos, alemanes, húngaros y austriacos, todos ávidos de imponer su cultura, lenguaje y religión sobre la otra?
El título original en inglés es, -como no podría ser de otra forma al hablar de James Joyce- un pun, un juego de palabras, pues “The years of Bloom”, además de esplendor, es también la época del florecimiento (bloom), el florecimiento del escritor clave de un siglo donde la novela llevó las banderas de la literatura, y del personaje (Bloom) de la odisea literaria más connotada de la narrativa contemporánea. Si la idea es conocer a James Joyce, este libro de John McCourt es ineludible, no sólo por la sustanciosa y acabada investigación que aporta, pues McCourt, -por si lo anterior fuera poco- soporta su trabajo en una narrativa harto legible y amena. Combinación feliz y nada frecuente en la ensayística literaria actual.
John McCourt
“Los años de esplendor. James Joyce en Trieste, 1904-1920”
Ed. Fondo de Cultura Económica/Turner, México, 2002, 360 págs.
Publicadas por
jisa
a la/s
11:53 p.m.
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