jueves, 17 de octubre de 2013

Pongámosle swing



Lo más probable sea que el nombre de Ted Gioia (1957) no le diga mucho a nadie en esta parte del mundo. Pues bien, Ted Gioia es un pianista californiano que, probablemente, sea uno de los estudiosos más relevantes del jazz en el mundo. Su nombre puede ser un absoluto enigma para el ciudadano de a pie, pero en los últimos dos años ha creado su mejor obra, dos libros que el New York Times ha calificado como notables, tal cual. El primero de ellos es Historia del jazz (2011) y el segundo, como un complemento perfecto, es El canon del jazz. Los 250 temas imprescindibles (2013), ambos editados por el sello español Turner, y que están a la venta en librerías chilenas. Dos libros que funcionan en conjunto, el primero como un repaso histórico del mencionado género musical, y el segundo actúa como un glosario de canciones colmado del entusiasmo, pero al mismo tiempo dotado de una destreza organizativa que convierte a este libro en una guía clara y sencilla para los aficionados, y un documento ineludible para los avezados.
El autor de este libro, como dijimos, es Ted Gioia, que además de tocar el piano fue fundador de los estudios jazzísticos de la Universidad de Stanford. Ese acervo docente permea esta gruesa entrega de casi 700 páginas, pues Gioia aporta un genuino e ilustrativo diccionario, de temas, de tipos. En orden alfabético, el autor establece un corpus jazzístico compuesto por los 250 temas esenciales de un género musical, 250 piezas que son la plataforma, el punto de partida para innovar en el rubro. Composiciones que van desde las producciones de Tin Pan Alley al Broadway de George Gershwin e Irving Berlin, considerando también la presencia del jazz en el cine y las obras de compositores emblemáticos como Duke Ellington, Thelonius Monk o Miles Davis.
            Hablamos antes del Ted Gioia profesor. También de su entusiasmo, de su placer casi indisimulable al hablar de jazz. Valgan esas menciones también para describir su prosa, muy alejada del hermetismo especialista y desprovista del todo de pedantería o de inextricable jerigonza técnica. Las palabras de Gioia invitan, tienen la capacidad de atraer, compitiendo con las propias melodías que reseña, lo que empalma a la perfección con la útil lista de versiones recomendadas que el autor adjunta a cada reseña. Con todo esto, Gioia aporta todas las herramientas para armar la discusión y la reflexión, como detalles sobre la escritura de los temas, las diversas grabaciones, o el lugar que ocupa cada tema descrito en la historia del jazz.
Con todo, los alcances del jazz son escasos, o bien no todo lo amplias que se quisiera, pues pareciera ser un tipo de música en retirada, que pierde adeptos, cultores y, además, personas que reflexionen sobre él. No deja de ser gusto de unos pocos, una melodía de elite, si se quiere, no masosa. Nada de eso va en detrimento de este libro, que opera como una puerta de entrada a quienes quieran iniciarse en el género, así como un documento ineludible para los entendidos. Como todo canon, la discriminación, la preferencia de unos sobre otros está presente. Pero Gioia salta el obstáculo con su honesta presentación, desprovista de rigideces o de comisarías del género. Gioia es un entusiasta con un afán didáctico, que entrega en El canon del jazz tanta pasión como información, además de ilustrar las diversas partes que enteran la tradición del jazz (una tradición estancada, según de desprende de las palabras del autor en el prólogo, donde no oculta su preocupación por no incluir muchas composiciones recientes).
Ted Gioia, qué duda cabe, ha creado no sólo un setlist, sino uno de los textos referenciales del jazz, un libro que será un ineludible material de consulta, “un repaso al repertorio clásico del jazz, como el que me hubiera gustado que alguien me hubiese regalado en su día: un vademécum que me habría ayudado como músico, como crítico, como historiador y, sencillamente, como amante y entusiasta de este género artístico”.  


Ted Gioia
“El canon del jazz. Los 250 temas imprescindibles”
Turner, Madrid, 2013, 682 pgs﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽682 pna, 2013es"ágs.

martes, 15 de octubre de 2013

Un hombre solo



Los libros que utilizan como insumo el diario de vida, el dietario o la libreta de apuntes proliferan en nuestras librerías. Los hay espurios como La calle me distrajo de Patricio Fernández, o aquellos que funcionan como autobiografías veladas, como Notas de un ventrílocuo, la última entrega de Germán Marín. Y también está Diario de un canalla. Burdeos, 1972 (Mondadori, 2013), del uruguayo Mario Levrero (1940-2004).
            El formato permite licencias para el autor, pero que el lector sabe perdonar. El autor propone una tracalada de fragmentos que pueden ser inconexos y cuyo valor es declaradamente subestimado por el autor (“Sé que estos son papeles más para tirar”, “No me fastidien con el estilo ni con la estructura: esto no es una novela, carajo”), y el lector dispensa esa dispersión. En el caso del Diario de un canalla, Levrero habla de ratas, de gorriones y palomas, criaturas que observa mientras convalece de una operación a la vesícula. También se refiere a la escritura de una “novela luminosa, póstuma, inconclusa”. Lo hace en detalle, mientras pesquisa cada movimiento de estas criaturas del bajo zoológico que anima Levrero, ejercicio que disfraza una condición palmaria del individup que rellena las libretas: la soledad.
            ¿Qué hay detrás de todo este lenguaje, de todas estas palabras, de toda esta minucia? ¿Qué esconden del canalla solitario? Tras los pasajes animales que animan el diario del canalla se pasa a la segunda parte, Burdeos, 1972, inédito hasta ahora y que habría sido preparado por Levrero para ser publicado después de su muerte, en 2004. Aquí el autor de La novela luminosa es más explícito, aportando la sinceridad y la soltura que caracterizan su obra. Aparece su nombre civil, Jorge Varlotta (Mario Levrero son, respectivamente, el segundo nombre y apellido del autor) y aparece el testimonio como palanca narrativa, en este caso sobre la estancia del uruguayo en Francia, en septiembre de 2003, junto a su pareja Marie-France, o Antoinette en el libro. En otro continente Levrero aprecia la libertad que se siente con el extrañamiento y la distancia, con la lejanía de todo lo conocido, lo familiar. Pero de nuevo aparece acá el hombre solo, que está solo incluso en sus recuerdos, plagados de dudas vitales, de humanidad.
            Este último carácter es el que jalona las páginas de este libro, puesto que Mario Levrero, lejos del memorialismo riguroso, lo que hace es poner por escrito sus olvidos y su sospecha respecto de, ni más ni menos, sus vivencias y su valor como hombre de acción, “Entonces aparece la parte más dramática de todo esto: ¿dónde estaba yo? ¿Qué hacía? Recuerdo algunas caminatas mañaneras hacia el Jardín, pero no habrán sido tantas (…) Caminaría un poco. ¿Por dónde? ¿Durante cuánto tiempo? (…) No sé, no sé, no sé. De los tres meses en Francia me queda apenas el registro de algunas horas. Y fragmentos de lugares”. Aún cuando en algún momento el celebrado crítico Ángel Rama metió a Levrero en un saco que llamó “los raros”, su escritura se abre con una franqueza gozosa, que galvaniza este libro.
            ¿Este olvido es genuino o es una estrategia de escritura? Aunque esta pregunta puede ser inoficiosa, tal vez quepa hacerla al constatar el juego de olvido y memoria que Levrero plantea en este libro (y en otros también, como El discurso vacío), una estrategia que también refleja la urgencia de un diálogo, para no olvidar, para no volver a perder la memoria, para no volverse loco.  



Mario Levrero
Diario de un canalla. Burdeos, 1972.
Mondadori, 2013, Buenos Aires, 181 págs.

martes, 1 de octubre de 2013

El mono se presta



En Notas de un ventrílocuo (Alfaguara, 2013), Germán Marín se pone a tono con  los tiempos que corren. No es que se insinúe que Marín, uno de los mejores narradores chilenos que van quedando, se haya estancado en un pozo de anacronismo desabrido, sino que también ha ensayado un formato que está en boga por estos días; el dietario, la libreta de apuntes.

            Bajo el superficial juego de la ventriloquía, Marín propone un pacto de lectura distinto, un new deal de la otredad a partir del cual nos presenta sus notas sueltas, su conjunto de apartados y el lector condona la fragmentación, el popurrí temático, las digresiones. Así, estas notas chapotean en la crónica urbana, el comentario libresco, el cine, la reflexión íntima, la apostilla sobre los tiempos que corren. La libreta –cuyo escaso valor literario siempre es advertido por los escritores, como sucede también con Mario Levrero- permite esa versatilidad temática y temporal, ante la que no hay que rendir muchas cuentas, y Marín la aprovecha bien, validando la entrega de impresiones sueltas. Por momentos este libro se acerca a Todo Santiago, de Roberto Merino, puesto que el autor habla de un tiempo que se fue, en un lenguaje que casi ya no existe, haciendo en más de una ocasión arqueología santiaguina. El ventrílocuo recuerda diversos teatros desaparecidos, esquinas mutadas, boîtes legendarias.

            Dicho lo anterior, este libro de notas al azar tiene un rendimiento desigual. Hay apartados breves que no llevan a mucho, en las que se transparenta la hartura del ventrílocuo. Por ejemplo: “El cura de la parroquia también podía ser un ventrílocuo, recogido detrás de la rejilla del confesionario, apuntando las palabras que soltaba el penitente”; cierta tendencia al aleccionamiento o al aforismo: “Invertiré cierta afirmación usada: las mentiras quedan, los mentirosos desaparecen”. Pero estamos hablando de un libro de Germán Marín, donde también hay bastantes pasajes que valen la pena, especialmente aquellos en los que el autor tiene a bien reflexionar sobre su propio oficio, esto es el de escritor, o recuerda a sus compañeros de ruta.

            En perfecta concordancia con los días que corren, 40 años han pasado desde que Marín debutó en la escena editorial chilena con Fuegos artificiales (editado por Quimantú, sello aniquilado por la dictadura también hace cuatro décadas), por lo que no parece inadecuado que el autor marque su propia efeméride con un libro cargado de memoria.





Germán Marín

“Notas de un ventrílocuo”

Ed. Alfaguara, Santiago, 2013, 143 págs.

martes, 24 de septiembre de 2013

Padres e hijos




El de los 40 años ha sido, por lejos, el más impactante de los aniversarios redondos del golpe de estado chileno. Como nunca antes una nueva efeméride del quiebre de la democracia ha remecido a buena parte de los chilenos. Como nunca se han hecho exhortos de perdón y justicia. Las redes sociales dieron cuenta, como nunca, de su utilidad, puesto que a través de ellas se visibilizaron millares de pequeñas intensas historias del golpe y la dictadura, cosa imposible hace algunos años. Todo lo anterior reafirma que lo más importante en la vida no es sonreírle al mundo con optimismo y fe, sino buscar la justicia. Los medios de comunicación, por su parte, tuvieron un rendimiento dispar. Mientras Chilevisión descolló con producciones como “Chile, las imágenes prohibidas” y “Ecos del desierto”, Canal 13 se limitó a hacer un aséptico y timorato “corre video”, recalentando un charquicán de imágenes que ya se vieron un millón de veces en muchas otras partes y en muchos otros momentos.

Y están los libros. Era esperable que el mercado editorial aprovechara este aniversario del putsch, y lo hizo con la no ficción como estandarte principal. Entre los vol, las protestas estudiantiles de fines de los ochentay contingencia, con el relieve propio de cada pluma que úmenes aparecidos para conmemorar las cuatro décadas del desastre de 1973, está Volver a los 17. Recuerdos de una generación en dictadura (Planeta, 2013), una compilación de textos de escritores y periodistas chilenos que crecieron durante el régimen pinochetista. A cargo del conjunto está el periodista y escritor curicano Óscar Contardo (1974).

Hace algunas semanas me tocó presentar a Contardo a propósito de una nueva edición de su superventas Siútico. El escenario era el foyer del Teatro Municipal de Viña del Mar, posiblemente una de las ciudades que cuenta con una de las mayores tasas de ancianos pinochetistas en Chile. Algo así como Providencia con acceso al Océano Pacífico. Aprovechando la ocasión, Contardo informó a la concurrencia de qué iba este libro. Su propósito es fijar los recuerdos de los miembros de una generación nacida en dictadura, o que hayan tenido muy poca edad al momento en que Allende fue derrocado. Ante esto un senior viñamarino pidió la palabra y le censuró con amargura al antologador el no contar “la otra mirada”, “la historia completa”, “lo que pasó antes del 11 de septiembre” y “las causas de por qué pasó lo que pasó”. Contardo esquivó con desenvoltura y serenidad el rocket, subrayando que el asunto del libro es el recuerdo y no la historiografía. Esto lo confirma uno de los escritores que componen el conjunto, Álvaro Bisama, cuando apunta en su intervención en el libro que escribe del pasado acumulando retazos.

Las ventajas de un libro compuesto casi en su totalidad por sandías caladas no requieren de mucha explicación. Sí vale señalar que al ser éste un libro de memorias, en el que los autores deben bucear en sus recuerdos sobre el período más nefasto de la historia reciente de Chile, están obligados a ser honestos, sin dejar un centímetro a las cuchufletas y a la pirotecnia narrativa. De esta forma, Volver a los 17 se muestra como una combinación balanceada de intimidad y contingencia, con el relieve propio de cada una de las 15 plumas calificadas que conforman el libro, memorias que muestran marcas comunes como el terremoto de 1985, el caso degollados (otro golpe devastador) o las protestas estudiantiles de fines de los ochenta.

Como conjunto, Volver a los 17 es una sinfonía, posee distintos tonos, distintos colores. La llaneza infantil ante lo terrible de Contardo, Alejandra Costamagna o Nona Fernández contrasta con la ópera ligera de Patricio Fernández Chadwick, quien habla de un tío Andrés que era revolucionario hasta el golpe además de aportar una anécdota de su pasado como nieto de patrón de fundo. Luego se pasa a Rafael Gumucio, desmedido y sentencioso, dando paso a un reverso absoluto, al de Pablo Illanes, quien hace un repaso más liviano, cinéfilo y televisivo de la época. Luego, la periodista Andrea Insunza marca otro giro en el libro, pues se pasa del relato de alguien arrojado al período a un testimonio de alguien que sufrió en más de un flanco el pisotón de la bota militar. Nieta del ex secretario general del PC Luis Corvalán, entre otros parientes comunistas, su relato la pone, tal vez, más cerca del horror que las otras plumas del libro. Es el aria más trágica de esta obra, sin dudas.

Libro eminentemente político, Volver a los 17 es también un libro de padres e hijos. De paternidades incomprendidas, de candores perdidos, de rebeldías y lecciones. De distancias y rebeldías adolescentes que el tiempo supo desvanecer. Lo expone con claridad Andrea Insunza: “De algún modo, nosotros, los niños, competíamos con la dictadura por la atención de nuestros padres. Y en la medida en que crecíamos empezábamos a notar nuestras derrotas”.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Corazón delator



Que el castellano es un idioma dinámico y que está en constante cambio no es nada nuevo. Es hasta un lugar común. Pero encontrarse de frente con el proceso, en literatura al menos, no es algo que pase colado. Al contrario, es secretamente llamativo, seductor en su extraña dinámica, la que se puede evidenciar en la obra del escritor Junot Díaz (Santo Domingo, 1968), que hace unos pocos años obtuvo fama mundial con su novela La maravillosa vida breve de Óscar Wao, que le valió a Díaz premios a granel, entre ellos el Pulitzer en 2008.

En República Dominicana la lengua castellana ha evolucionado de forma clara, al punto que es posible distinguir al español dominicano como un dialecto, que se ha nutrido antes de lenguas africanas presentes en la isla, así que como del contacto con el inglés y otras variantes. Pero antes de conducir hacia un terreno agreste como es el lingüístico, volvamos a lo literario, en este caso a Junot Díaz y su libro de cuentos Así es como la pierdes (Mondadori, 2013).

En esta ocasión Díaz, un dominicano que a los seis años emigró a Nueva Jersey, retoma la vida de Yunior de las Casas (presente en Óscar Wao y en el libro Los boys), el desventurado nerd del gueto, que en esta colección de cuentos ha crecido y devenido en profesor universitario, con una vida amorosa plagada de baches y partidas falsas con la que debe cargar todos los días. El recuento de los amores de Yunior transcurre en escenarios diversos. De Nueva Jersey pasamos a Harvard y de ahí a República Dominicana, un país que desde el inicio -el cuento “El sol, la luna y las estrellas”- Díaz mira con desconfianza sardónica. Acá el autor describe un resort dominicano al que asisten Yunior y su pareja, con el propósito de salvar una moribunda relación. El complejo vacacional se le aparece como una fortaleza amurallada al protagonista, al tiempo que nota cómo sus compañeros de balneario pertenecen a la clase privilegiada o a europeos pálidos como galletas de agua, que no han pasado las penurias del protagonista, habituado la pobreza desde pequeño, en un país lleno de “ranchitos y llaves sin agua”. Uno de los rasgos más atildados de estos cuentos y de la literatura de Junot Díaz es poner de relieve la pobreza de su país natal y el desacomodo constante que implica ser un inmigrante de esa isla de miseria en el epicentro del imperio, que promete prosperidad, pero no la otorga fácilmente a aquellos que carecen de redes de apoyo, aún cuando escapen de una isla (incluimos acá a Haití) donde no sólo la pobreza aguijonea a sus habitantes, sino también la historia dominicana, marinada de sangre por la dictadura de Trujillo. La identidad y el sentido de pertenencia se ponen, al menos, en perspectiva.

Tal como las historias cambian de escenario, el autor también maneja los tiempos elásticamente. Desde el presente se viaja al pasado, se refresca como un elemento inseparable del hoy. El Yunior adulto nunca desmerece al niño que fue y que tiene una diáspora en el cuerpo. Este niño se muestra en “Invierno”, cuento en el que un padre dominicano –Papi- trae a su mujer e hijos (acá reaparece Rafa, hermano de Yunior, pero con un reverso amargo al de Los boys) a vivir junto a él a Nueva Jersey, a un departamento chico en donde la familia es prisionera en medio de un paraíso de nieve que los niños solamente pueden ver desde la ventana. Acá se muestra un poco de qué va Junot Díaz en estos cuentos. Yunior crece, luchando contra un entorno que se comunica en un idioma que no conoce, mientras empieza a conocer la infidelidad de la mano de su padre. Yunior intuye lo que pasa, pero deja flotando el asunto, hasta que todo se resuelve con la salida del departamento –otra diáspora- y el abandono a Papi, “Mami lloraba pero nos hicimos los que no nos habíamos dado cuenta. Les tiramos bolas de nieve a los carros que venían resbalándose y, una vez, me quité el gorro para ver cómo se sentían los copos de nieve al caer en mi dura y fría cabeza pelada”.

Pero este conjunto de cuentos está unido por un factor más manifiesto: el amor, o más específicamente las diversas ocasiones en que el multifacético Yunior lo pierde, luego de engañar a cada mujer con la que convive. Llama la atención la violencia con la que el protagonista lidia con las mujeres. La fuerza narrativa que poseen estos cuentos es también ese exceso. Delicadezas aparte, Díaz utiliza el léxico rabioso en pos de reproducir un discurso aprendido e incorporado en la aspereza del gueto y de su entorno familiar, que lucha por hacerse un lugar en la tierra prometida estadounidense, donde los dominicanos ocupan, junto con otras minorías, un lugar harto secundario. Tal vez acá surja la vigorosa figura latina del macho dominante, pero el antídoto amargo de cada episodio de absolutismo masculino es la soledad y la amargura del Yunior adulto, que se le comunica a quien lee de forma directa, sin exotismos del orden la vida loca, o torpes rotondas melodramáticas, sino con afilado slang y agudeza.

Nota aparte es el cuento “Otra vida, otra vez”, donde la voz cambia, el ritmo se atenúa, el registro se amplía, y es una mujer la que cuenta la historia, Yasmin, quien trabaja en la lavandería de un hospital. “Uso guantes para separar las montañas de sábanas. Las sucias las traen las camilleras, todas morenas. Nunca veo a los enfermos; me visitan a través de las manchas y las marcas que dejan en las sábanas, un alfabeto de dolor y muerte”. Acá se ve cómo la promesa de prosperidad se reduce poco más que  a un “sueldo americano, pero un trabajo de burro”.

Volviendo a lo idiomático, vale hacer una mención a la traducción castellana de este libro, un enérgico cambio a las lamentables versiones españolas que le han hecho tanto daño a la literatura de esta parte del mundo. En esta ocasión la tarea era exigente, no era solamente traducir del inglés, sino que estaba la exigencia de no perder todo un entramado de significados, casi un tercer idioma, animado con un ritmo singularísimo. Un ejemplo de esto es “Guía de amor para infieles”, un tour de force en segunda persona (presente en cuatro de los relatos del libro) que comprime y conformar una suerte de big picture  de los cinco años que siguen a un quiebre por infidelidad.

Los trascendencias de este libro exceden el mero catastro de tropezones amorosos. La versatilidad de Junot Díaz permite vislumbrar un entramado harto más complejo que el mero mal palmarés amoroso de un latino en EE.UU. Por el contrario, Díaz abre un forado donde se puede atisbar el desarrollo cultural de un grupo étnico. Así de complejo. Claro, el autor ya pone suficiente en nuestro plato al aportar los ingredientes para pensar en cuestiones como la fidelidad, la sexualidad, la obsesión, la intimidad, el matrimonio y la constitución de una familia. Pero Junot Díaz abre un campo importante, pues está conformando el relato de una cultura, la dimensión literaria de un grupo humano, apremiado por circunstancias terribles, una historia en desarrollo y un futuro incierto.