viernes, 28 de agosto de 2009

De vuelta a la tierra

El 2008 literario dejó un nombre bien señalado, bien subrayado, bien brillante, el de Marcelo Lillo, aquel silencioso e ilustre poblador de Niebla, que, entre gallos y medianoche, se vio cegado por todos los reflectores, en la mejor de las lides, a partir del éxito de su primer libro de cuentos “El fumador y otros relatos” (Mondadori, 2008). De la mano del ultra autorizado crítico español Ignacio Echeverría, la mayoría de los críticos y reseñistas locales adherimos a la bendición del novel cuentista, saludando un trabajo que se ganó esos merecimientos con una escritura comedida, correcta, iluminada sin ser deslumbrante.

Entonces, el paso siguiente que diera Marcelo Lillo sería seguido con atención, y, en efecto, se generó expectación en los lectores, en los críticos y en los reseñadores. Expectación que culminó con el reciente lanzamiento de “Gente que baila sola” (Mondadori, 2009), el segundo libro de relatos de Lillo, quien ahora, ya con chapa de escritor –de escritor exitoso, más encima-, tuvo una exposición aún mayor.

Cuestiones mediáticas aparte, los 13 cuentos de “Gente que baila sola” delatan unas cuantas cosas respecto de la evolución escritural de Marcelo Lillo, a partir del revuelo generado por “El fumador”. Las primeras páginas del libro nos dan cuenta de un conjunto que viene ya algo desencajado, dispar. Conviven en él cuentos del cariz del primer libro, y otros que claramente fueron creados teniendo en mente más en remedar el estilo de su libro anterior, antes que perseverar en la creación espontánea y novedosa de nuevos relatos. También es notorio cómo Lillo ya empieza a mostrar los síntomas de quien ha desarrollado rápidamente una conciencia de escritor, es decir, de alguien que, de repente, “se sabe” escritor, un estado habitual en la fase adolescente del narrador, donde la fascinación por el acto de escribir, y esa urgencia por redactarlo, terminan oscureciendo antes que aclarando.

Otro flagrante síntoma de esta fase de rotura de cascarón, del coming of age, es que las lecturas del autor permean tanto su escritura, que terminan notándose en varios de los cuentos. Se habla de Raymond Carver, mejor es decir que Marcelo Lillo tiene unos cuantos parricidios pendientes, y que, si todo está en su sitio, habremos de constatarlos en las siguientes obras del autor, entre ellas, una novela que ya se anunció.

Consecuencias de este estado de sobreconciencia escritural, son algunos rasgos que se ven claramente en varias páginas de este nuevo libro de Marcelo Lillo. Así, vemos en el cuento inaugural, “El artista del barrio”, que Lillo tiene a bien poner en boca del sabihondo e infantil protagonista del relato toda la cocina literaria, esto es, la cocina literaria del propio Lillo. Un innecesario e inútil floreo expositivo de cómo el autor pergeña sus tan exitosos relatos, un desafortunado ejercicio de decir (abundan las frases sentenciosas) y no mostrar, de forzar una máquina que funciona a un ritmo mucho más lento. Lillo explica y complica al lector, y arruina su escritura, denotando que se optó por la reproducción de un malo conocido, antes de crear un bueno por conocer.

No obstante, hay una buena cuota del estilo que encumbró a Marcelo Lillo al pináculo libresco en 2008. “Plegaria por Mustafá” es un buen ejemplo de ello, un entramado donde no se ve ninguna hilacha, en donde se puede avanzar a gusto, y recorrer una exposición de melancólicas postales de la esforzada provincia que son elocuentes por sí solas (aún cuando acá utilizó la carta de los Detenidos Desaparecidos, un añejo conejo que ya salió de demasiadas galeras), pues el autor no forzó un estilo que le granjeó lícita fama, con sus escenarios tristes, sus personajes en zozobra, empapados en la precariedad, jalonados por vivir al borde de la cornisa. Se puede avanzar con gusto en relatos como “Mustafá” porque acá está el Lillo que se quiere ver, el Lillo que no recurre a una especie de grosero Deus ex Machina, algo telenovelesco para tocar la fibra del lector sensible, como lo hace en “Via Crucis”, y para desatar, en un par de líneas, los nudos.

Queda entonces ver cómo será el Lillo de largo aliento, luego de este empate 1 a 1 entre sus dos libros de cuentos. Veremos si en el alargue de este desigual partido, que Lillo dominó a placer en el primer tiempo, pero que tuvo que aguantar el chaparrón y colgarse del travesaño en el segundo, el autor sigue en carrera, si lograr sortear la valla y clasificar a la siguiente fase.


Marcelo Lillo
“Gente que baila sola”
Ed. Mondadori, Santiago, 2009, 212 págs.



*Publicado originalmente en El Periodista N° 176, 28 de agosto de 2009

viernes, 31 de julio de 2009

Poeta traicionado

En nuestros anaqueles ha aparecido recientemente el libro “Caminando sobre el tejado” (LOM, 2009), obra del poeta, novelista, ensayista, actor, editor y director de cine ruso Yevgeny Yevtushenko (Siberia, 1933), una de las voces relevantes de la poesía mundial, hoy por hoy. Su nombre y pluma empezaron a tomar vuelo en la década de los 60, cuando, verso en ristre, arremetió contra un estalinismo brutal, aún presente a pesar de la muerte del dictador soviético. En 1965, en conjunto con otros colegas -como la “zarina” de la poesía rusa contemporánea, Anna Ajmátova, quien antes había ninguneado la obra de Yevtushenko-, firmaron una carta de protesta, repudiando el juicio adverso que el poeta Joseph Brodsky (quien también lo acusó de doble estándar años después) recibiera de parte de las autoridades soviéticas. En 1968 también se opuso al Pacto de Varsovia. También ese año, los estudiantes de la celebérrima universidad inglesa de Oxford nominaron a Yevtushenko (junto con autores de la talla de Jorge Luis Borges) para ocupar la cátedra de poesía, pero una férrea oposición de la derecha conservadora organizó una campaña en contra del poeta, acusándolo de ser “sirviente del régimen (soviético)” y de haber sido soplón de los literatos Andrey Sinyavsky y Yuli Daniel. Finalmente, Yevtushenko perdió la elección.
En Chile, Yevtushenko tiene su historia. Invitado por Pablo Neruda, el vate ruso recitó sus poemas y fue paseado por buena parte de nuestra faja de tierra, cortesía del autor de Canto General. Sin ir más lejos, Neruda y Yevtushenko luchan palmo a palmo la medallita del “poeta del amor”. Luego, en 1971, Nicanor Parra incluyó poemas de Yevtushenko en la señera antología de poesía rusa que el antipoeta confeccionó. Después, en 2006, el entonces presidente Ricardo Lagos condecoró a Yevtushenko con la Medalla Bernardo O’Higgins. A fines de los 80 Yevtushenko inició una carrera política como diputado del Soviet Supremo, en 1991 se mudó a Oklahoma, Estados Unidos, donde reside actualmente, y hace poco estuvo en nuestro país para presentar “Caminando sobre el tejado”, un volumen pequeño, que es la edición en castellano de un libro que hace unos años fue publicado en inglés y ruso.
Con todos estos sabrosos antecedentes sobre la mesa, podría pensarse que el poemario será un plato fuerte, un potente atracón de versos e imágenes de alguien cuya valentía proverbial frente a regímenes tan absolutos y oscuros como el de Stalin es algo voceado en todo el orbe. Pero no.
Este libro es una muestra palmaria del daño tremendo e insalvable que una traducción mediocre puede hacerle a la poesía. De esto es posible darse cuenta recién en la página 25, luego de sendos prólogos sobre el autor, una nota biográfica del autor (que no se entiende por qué va después de la semblanza que hace José Miguel Varas), nota biográfica del traductor, escrito de Javier Campos sobre la experiencia de traducir los poemas del autor ruso, para culminar con una nota a la presente edición. Entendemos que tal cantidad de material previo se incluyó para que el libro no cayera en la categoría de opúsculo.
Para ya entrar en materia, los poemas de “Caminando sobre el tejado” se presentan, en su gran mayoría, como textos sosos y laxos, desprovistos de cualquier noción de musicalidad o siquiera ritmo, enfermos de un encabalgamiento forzado (no hay métrica, ni menos rima), de un quiebre a regañadientes de algo que es más bien mera prosa. Javier Campos en su lata exposición señala que “ojalá la traducción haya captado el corazón de los originales de Yevtushenko”, algo que ni siquiera el propio traductor sabe, pues no domina el ruso, y que, tras la lectura de este libro y en contraste con una biografía (la de Yevtushenko) pletórica de actos donde el corazón es el guía, no queda más que señalar que Campos fracasó en su cometido, al entregar una traducción con versos planos, con un escasísimo vuelo, con unas palabras carentes de brillo y sentido, atolondrada y explicativa en exceso, reflejando un precario aprovechamiento del idioma, lo que es particularmente grave en este caso, el de un poeta que desea transmitir sus sensaciones en medio de un régimen tan terrorífico como el de Stalin. Algunos ejemplos “La pintoresca sombra de mis pestañas/ que llevaba con aire despreocupado/ era eclipsada por mi curiosa nariz de Pinocho/ y llena de mocos”; “Los hombres no se entregan a las mujeres/ Las beben compulsivamente como si ellas fuesen vodka./ Y a veces, convirtiéndolas en basura, las golpean como a sus peores enemigos”; “¿Cuándo vendrá este Alguien a Rusia? ¡Hombre o mujer!/ Cuando… cuando todos seamos humanos (…) ¿Cuándo llegará al mundo,/ una nueva humanidad/ y cuándo será posible que nosotros no nos engañemos/ a nosotros mismos”.
En el mismo escrito explicativo de Campos, se señala que Yevtushenko le solicitó que tradujera estos poemas, y que trabajó codo a codo con el traductor, dando –se entiende- su bendición al trabajo. Es ejercicio habitual que los traductores utilicen como salvoconducto el visado del autor traducido (cuando está vivo), pero dado éste, y otros casos de traducciones fallidas a lo largo de la historia de la poesía, es más bien irrelevante, pues también es sabido que los autores no son siempre los mejores jueces de sus propias obras, más aún cuando estas no están en su lengua materna.
Ninguna de estas credenciales salva el trabajo de Campos –y por ende, el libro-, quien al sólo traspasar del inglés al castellano estos versos, encarna la socorrida imagen del traduttore-traditore, aquel traductor que no ha dado el ancho y que termina haciéndole un autogol a la obra original. ¿O en realidad Yevtushenko es acá un poeta medio asiuticado o panfletario? Una edición bilingüe podría solucionar el entuerto, mas este libro no servirá para esclarecer estos cuestionamientos.


Yevgeny Yevtushenko
“Caminando sobre el tejado”
LOM, 2009, Santiago, 69 págs.

*Publicado originalmente en El Periodista N° 175, 31 de julio de 2009

lunes, 20 de julio de 2009

Empoderando la poesía

Se dice que nuestros jóvenes poetas son buenos lectores, que nuestras nuevas camadas miran hacia atrás sin ninguna vergüenza, que nuestras novicias generaciones van al rescate de las precedentes, que las releen y las reescriben. Todo esto, y mucho más, es completamente cierto en lo que se refiere al trabajo que hacen nuestros poetas más noveles. Lo que también es certero y comprobable es que nuestros poetas beben de fuentes primarias como Enrique Lihn y Nicanor Parra, trabajan reeditando a próceres olvidados como Rosamel del Valle o Gustavo Ossorio, y también ponen mucho ojo a lo que se escribe –y escribió- en Estados Unidos. Casos sobran. Un ejemplo ilustrísimo, -y digno de publicitar hasta en las puertas de los baños públicos, de ser posible-, es la importantísima traducción que Rodrigo Olavarría hizo de “Aullido”, el gran poema de Allen Ginsberg, que más encima publicó Anagrama, dándole difusión hispanoamericana a la labor de Olavarría. Y antes, reductos como la revista Plagio y la Escuela de Literatura Creativa de la UDP han sido tribuna y semillero, respectivamente, de jóvenes traductores de poetas norteamericanos.
Así las cosas, la publicación del libro “Una poética activa. Poesía estadounidense del siglo XX” (Ediciones UDP, 2009), obra del curador y crítico de arte británico, nacionalizado español, Kevin Power (1944), es oportuna y útil. Siempre es oportuna y útil la publicación de ensayos de calidad, puesto que hay una buena masa de poetas que están creando y pensando sus propias poéticas, tomando en cuenta la estética, formas y estilos que Estados Unidos ha tenido a bien (y muy bien) desperdigar por el mundo.
Un tema recurrente en trabajos de revisión del quehacer artístico es la selección de autores. Este ítem es habitualmente el callejón sin salida al hablar de libros como este de Kevin Power (editado primeramente en los años 70, y cuya actual publicación es una tercera versión), o bien de variadas antologías de poesía chilena que se han publicado en los últimos años. Que faltó este, que sobra este otro, ¿y qué pasó con Fulano? ¿Mengano está y no Perengano? En este caso, tales preguntas son casi irrelevantes. Sin decir tampoco que la selección de Power sea perfecta, sí es acorde al prólogo que el autor incluye, en que nos deja claro que los autores seleccionados muestran en sus obras, en su pensamiento y en su trabajo, un activismo movilizador, sobre todo en empujar más allá las fronteras del lenguaje. Habla el mismo Power: “una poética quiere decir una actitud ante la vida desprovista de autoconmiseración por una cultura burguesa (…) No es una poesía que emerge pasivamente en un paisaje ya cargado de descripción, sino una poesía que ya conoce su camino (…) A estos poetas les atañe no sólo la experiencia humana, sino el acto de vivir”. Para Power, la emoción y la intensidad de la experiencia son la gran referencia, y modelan el poema y la poética.
No es un tema de activismo político, de lo contrario se habría incluido a autores como Robert Lowell, por ejemplo. No es tampoco un tema político-ideológico, por esto mismo la presencia de Pound no es para nada polémica –ni siquiera es discutible-, puesto que hoy es de consenso mundial que el autor de “Con usura” es urbi et orbi reconocido por su aporte mayúsculo a la configuración de la poesía en lengua inglesa del siglo XX, antes que otra cosa. Es posible que, a partir del hecho incuestionable que Estados Unidos instaló nombres poéticos tremendos durante el siglo XX (Edgar Lee Masters, Carl Sandburg, T.S. Eliot, Wallace Stevens, Hart Crane, Langston Hughes, Rita Dove, et. al.), se “eche de menos” a uno u otro autor; caer en este ejercicio es perder el tiempo. En este sentido, bien sabios fueron Power o sus editores (quien corresponda) de no utilizar artículo definido en el subtítulo, pues si se agrega un “la” delante de “poesía norteamericana del siglo XX”, otro gallo habría cacareado. La ausencia de dos letras indica que Power no tiene pretensiones enciclopédicas, canónicas ni totalizantes en su trabajo.
Power, -ex subdirector del Museo Reina Sofía- aporta quince ensayos donde estudia con meticulosidad y cariño a autor y obra. No es menor el hecho de que Power haya conocido a muchos de estos autores personalmente, y mucho menos el que se note en su escritura un claro afán de estudiar una obra con entusiasmo, pero a la vez con rigor, pero no un rigor hostil con el lector de a pie, sino amable –clave en la ensayística existosa-, aderezado con los siempre bienvenidos fragmentos poéticos. No le escapa a contubernios como el consumo de drogas del beat Ginsberg, y lo equipara al empleo que hace Gary Snyder del budismo zen.
En definitiva, la aparición de este libro es feliz por la calidad de su contenido (hoy, a más de 30 años de su primera publicación es material de consulta insoslayable), el tema que trata, por el que ensayos de este calibre se haya reeditado en Chile (con la ampliación del corpus con las inclusiones de W.S. Merwin y John Ashbery), entre otras cosas. Un acierto por los cuatro costados.


Kevin Power
“Una poética activa. Poesía estadounidense del siglo XX”
Ediciones UDP, Santiago, 2009, 374 págs.

*Publicado originalmente en Revista Grifo N°15, julio de 2009

martes, 14 de julio de 2009

Memorias de un soldado

Por regla general, recordado lector, todo lo que hace un Premio Nobel de Literatura es noticia, o al menos digno de ser revisado en algún articulillo o columna (parecida a esta que está leyendo), y en el caso del escritor alemán Günter Grass, coronado nobelesco en 1999 esa regla se mantiene. “Pelando la cebolla” (Punto de lectura, 2008) es una de las últimas novedades editoriales que ha llegado a nuestro país, mediante el sello Punto de lectura, la editorial de bolsillo del Grupo Santillana.
El libro (que cubre 20 años de la vida de Grass, entre 1939 y 1959), en una movida predecible, ya sacó más de alguna roncha, ya hizo correr la indignación, rasgar vestiduras y poner gritos en cielos alemanes, por el simple hecho de que en este volumen el autor de “El tambor de hojalata” (de cuyo proceso de incubación trata este libro) se revela como miembro de las nefastas SS, lo que, en todo caso, fue un secreto a voces, enarbolado durante décadas por los rivales de Günter Grass. Material suficiente para el escándalo global, y asimismo para las ventas. Es que tras leer “Pelando la cebolla”, y considerar la forma y momento en que se presenta la gran bombita del volumen, no se puede dejar de pensar en que esta revelación llega de forma sospechosamente retrasada. En Alemania se alegó, se vociferó que Grass, dadas estas yayitas en su hoja de servicio, debería haber rechazado el Nobel. Pelos de la cola a estas alturas.
La revelación de la filiación de Grass a las SS se instala con bombos y platillos, en medio de una biografía más bien tibia, y donde la capacidad nemotécnica de Grass curiosamente no es tan clara y diáfana como en su “período oscuro”. Curioso, la memoria de Grass tiene como un switch de encendido y apagado en este libro. Más curioso todavía, cuando Grass obtuvo el Nobel por sus “traviesas fabulas negras, que revelan la cara oculta de la historia”. El propio Grass lo reconoce hacia el final: “debo admitir que tengo un problema con el tiempo, muchas cosas que tienen un comienzo y un fin precisos, no las registré hasta que pasó mucho tiempo desde que ocurrieron”. Trate de notar eso, querido lector.
Y claro, es bastante más decidor, harto más atrapador haber formado parte del escuadrón militar más terrorífico del que tenga memoria la historiografía moderna, que las no muy sabrosas listas de libros, las repetidas referencias a la cebolla como materialización de una memoria con un poco de Alzheimer, y las demasiadas preguntas retóricas. Hay que decirlo, el nazismo tira más que una yunta de bueyes. Y si el nazismo es el ingrediente principal de la purga, del exorcismo biográfico de un escritor ganador del Nobel, tantísimo más.
Pero también uno se pregunta si es que en realidad este ejercicio libresco de Grass, antes que “pelar la cebolla” no será pasarle una “manito de gato” o derechamente “correr un tupido velo” a su tan bullada membresía en las SS. El libro es bastante grueso, y aunque el Tercer Reich haya pretendido quedarse mil años en el poder, llenar más de 400 páginas requiere más que eso. A su vez, centrarse en la llamada “vergüenza de los sobrevivientes” es leer mal el libro. Encararlo desde los dimes y diretes también. Pedirle a Grass que devuelva su medallita, peor, pues sólo por “El tambor de hojalata” el autor ganó con merecimientos fama mundial y respeto total como escritor. Quizás sea mejor que usted, amigo lector, juzgue usted mismo, tras leer el libro. A ver qué tanta alharaca.


Günter Grass
“Pelando la cebolla”

Ed. Punto de lectura, Madrid, 528 págs.

*Publicado originalmente en 60 Watts N°4, julio de 2009

viernes, 3 de julio de 2009

La regularidad del poeta

Hace algunos meses, el poeta nacional Andrés Morales (Santiago, 1962) hizo noticia en medio de ese polémico episodio que fue el viaje de la Presidenta Michelle Bachelet a Cuba. En la ocasión, la Casa de las Américas solicitó –en el marco de la Feria del Libro en la que Chile fue el país homenajeado- al presidente de la Sociedad de Escritores de Chile (SECH), Reynaldo Lacámara, la confección de una antología de poesía chilena. Lacámara, a su vez, encomendó la labor a Morales, ganador del Premio Pablo Neruda de poesía en 2001, señero académico y miembro de la Academia Chilena de la Lengua, con solamente tres meses de plazo para completar la titánica labor. Andrés Morales cumplió, pero cuando se aprestaba a viajar a la isla, fue bajado del avión, a punta de metralleta, afirmándose que Morales no estaba en condiciones de viajar, debido a que, según versión del propio poeta, llevaba algunos kilos de sobrepeso de equipaje, que serían libros. El poeta tuvo que quedarse en Chile, mientras que en Cuba su trabajo era leído in absentia del autor, que, por supuesto, se quedó sin recibir los merecidos créditos por su labor, créditos que sí se llevó el presidente de la SECH, Reynaldo Lacámara, relegando a Morales a un triste y poco honroso segundo plano. Cundió la indignación en el medio poético local (tanto por el trato dado a Morales en el aeropuerto, así como por el que Lacámara se llevara en Cuba laureles que no le correspondían enteramente), se escribieron inmediatos espaldarazos a Morales, se prometieron investigaciones que llegarían hasta las últimas consecuencias, pero del hecho, mucho más no se supo.
Hoy Andrés Morales (a quien, muy probablemente, jamás se le ha visto sin estar ataviado con impecables traje y corbata) ha dejado bien atrás esos amargos tragos, y vuelve a estar en la palestra –con mucho menos ruido, por cierto- por la publicación de su decimoséptimo poemario, “Los cantos de la Sibilia” (Universitaria, 2009), libro que, previo al bochornoso impasse cubano, obtuvo en 2007 el Primer Premio en el concurso “La porte des poètes” en París. El hecho de que Andrés Morales publique un libro de poesía ya no es, a estas alturas, ninguna novedad. Esto no porque la aparición de una nueva obra de este poeta no sea algo de suyo destacable, sino porque lo hace con una regularidad de relojería suiza, que no deja espacio a otra reflexión más que su trabajo escritural ha sido tremendamente metódico y comedido, y que ha sabido mantener un encomiable compás a lo largo de casi tres décadas.
Andrés Morales es un autor apegado a las formas clásicas de la poesía, tanto en forma, así como en cuanto a temática, en buena medida. Morales construye y reconstruye los ritmos que siempre ha utilizado en sus libros pasados, el poeta no reinicia, sino que continúa un trabajo que pareciera no haberse interrumpido en décadas, y al que parece que le quedan decenios más por delante; todo ello echando mano a épocas de esplendor en la historia de la humanidad y el arte. La antigüedad clásica, la obra de Mozart, la Generación del 27, todo puesto en servicio al tejido de un vasto entramado operático, que jalone un enfoque de una actualidad personal y global, de un mundo interno y de unas circunstancias difíciles para el ser humano. Lo anterior se traduce en poemas certeros y exactos como el siguiente: “Todo lo demás se hunde acribillado/ con la mordaza cruel de la verdad torcida.// Todo lo demás arruina el escenario/ mientras la paz desciende hipócrita, feroz.”, circunstancias difíciles, heridas profundas en la biografía nacional, como el poema “Pretérito presente”, que tiene como epígrafe el año fatal de la historia de Chile, 1973, “Colgados, electrizados,/ ¿muertos?/ con toda la alegría del ayer// Colgados,/ amordazados siempre/ gritando por el hoy:/ no por mañana”.
Andrés Morales no dejará de escribir ni de trabajar por la poesía castellana, no dejará de hacerlo porque es en la palabra donde salda una deuda interminable con el mundo en zozobra permanente, en locura incurable y donde, de vez en cuando, las circunstancias obligan al poeta a utilizar ritmo y lenguaje para nombrar y significar el día a día. Por ejemplo, en esta pasada, Morales rinde homenaje a sus compañeros de ruta poética que ya no están, como Stella Díaz Varín, Eliana Navarro y el aún recordado Gonzalo Millán. Los muertos de ayer y de hoy. Y todo mediante el lenguaje, el decir, las palabras. El poema “Lenguaje” (con el que cerraremos este comentario) ilustra con elocuencia este malestar permanente de Morales, este motor de su obra, de su vida: “Tanta confusión en las palabras,/ tanta Torre de Babel y tanto grito/ perdido, en medio de la plaza/ o a oscuras en la casa a medianoche.// Tantas cosas que se dicen desdiciendo/ repetidas, infinitamente, siempre/ o nunca, para entonces, ad aeternum,/ vacío de la voz y la grafía.// No me sirve este lenguaje mutilado:// Sólo el gesto, la tibieza, algún abrazo”.


Andrés Morales
“Los cantos de la Sibila”

Ed. Universitaria, Santiago, 2009, 111 págs.

*Publicado originalmente en El Periodista N° 174, 3 de julio de 2009

viernes, 19 de junio de 2009

El sexo y la academia

Muy lueguito soplará 80 velitas en su torta cumpleañera el escritor, teórico literario e influyente pensador mundial George Steiner (París, 1929). 80 años en cuya mayoría este paladín de la literatura comparada, ha logrado, con una maña procelosa y distintiva, lo que las grandes mentes de este mundo suelen hacer: dejar a la vista la nervadura, el tinglado del mundo y sus fenómenos. A los 80 se supone que se hacen los balances en los cuarteles de invierno, se vuelve la mirada atrás con la satisfacción del deber cumplido, con la autocomplacencia de la superación de altos y bajos, y con la mirada paternal de quien ha vivido demasiados años en este mundo.
Por el contrario, Steiner ataca con “Los libros que nunca he escrito”, obra que ya levantó algo de polvo en Europa y que trae a Chile la editorial Fondo de Cultura Económica, pero que es producto de una astuta estrategia editorial de la proverbial casa mexicana, la del joint venture con sellos de otras latitudes, pero con menor rango de acción, como es el caso presente con la refinada y privativa editorial española Siruela, archifamosa por sus libros de tapa ultra dura, su papel sedoso como una caricia y autores que solamente leen en el mundo un puñado de personas de rancio abolengo lector. El mismo FCE acercó al grueso del público latinoamericano el excelente ensayo “Los años de esplendor”, sobre la vida de James Joyce en la ciudad italiana de Trieste. Libros que en España son obra de microeditoriales, pero que con el patrocinio megafonero del FCE pueden alcanzar la difusión que tienen las grandes multinacionales del libro.
Volviendo a Steiner, la boutade que el autor propone –las supuestas ansias por lo no escrito, por lo pendiente-, no gravita mucho con lo que nos encontramos en las páginas interiores. Esto es una escritura que se sostiene en sí misma, y logra balancear en un solo malabar la densidad del ensayo propio del erudito pensador de hoy, que trata temas como la envidia y la masturbación echando mano a un enciclopédico bagaje de lecturas, pero a su vez con las necesarias dosis de originalidad y punción, como para convertir en este libro en un volumen que con apenas un pequeñísimo desbalance o con un gramo menos en los kilos del apellido del autor, no habría alcanzado los altos vuelos que “Los libros que nunca he escrito” alcanza.
El presente volumen se divide en siete ensayos, piezas que, según quiere plantear Steiner, es cada una un abstract, un protolibro no desarrollado. Estos ensayos son la sinopsis y el resumen de lo que ha preocupado y movido la labor de este intelectual durante toda su obra, la creación artística, lo judío, la enseñanza, los animales, el lenguaje, el sexo, a lo que se suma la envidia artística (personificada en el estudio del escritor italiano contemporáneo a Dante, Cecco d’Ascoli), ensayos en los cuales Steiner no deja sobarse el lomo a sí mismo, algo innecesario, dado su currículum que bien podría tener la longitud de uno de los ensayos del libro.
Pero hay un condimento selecto, clave para poder bucear en este libro y no morir de tedio en la intentona: la pasión. Steiner, un judío de familia vienesa, que arrancó del horror nazi en 1940 para instalarse en Nueva York, con estudios en Harvard y Oxford, fue siempre un ebrio de la enseñanza, febril estado que sabe transmitir con el entusiasmo de los humanistas que lo saben todo, pero también saben transferirlo con exaltación. Aplausos aparte, no cometeremos acá el error de señalar que este libro es para el lector común y corriente por el hecho de que uno de los sellos que edita el nombre tiene alcance continental. Nada más errado. Una prosa como la que acá propone Steiner lo confirma. La vehemencia y el humor son un gancho –y aunque el autor luzca cierta sorna ante el deconstructivismo y el postestructaralismo-, pero para seguir el camino que el autor ha regado de migas, hay que estar atento y preparado para el encontronazo con alguien que no deja ni dejará ser un académico de tomo y lomo, y que habla en académico. Acá no se democratiza nada.
Otra gran cualidad de este libro, Steiner no nos dora la píldora con el 11 de septiembre del 2001, un tema que ya exaspera por su sola mención dada la atosigante y majadera explotación del suceso que surgió tras la caída de las Torres Gemelas. Steiner menciona una sola vez el apocalíptico evento, para volver a centrar sus esfuerzos denodados y felices en la labor que lo ha convertido en un pensador famoso y hasta querido en el mundo: el enseñar a leer. Hay terreno, igualmente, para apuntar con el dedo a un intelectual que elude una responsabilidad política (de hecho acá fustiga la política partidista), pues Steiner ante el dilema elige, como ha sido su costumbre, correr un tupido velo. Steiner catequiza al lector en “Gramáticas de la creación”, “Después de Babel” y “La muerte de la tragedia” y lo hace en este puñado de libros por desarrollar; lo hace sin ningún tipo de ambages, con franca erudición y polisemia sin pretensión, y, por sobre todo, con un humor impar y a ratos sorprendente. Tómese como ejemplo la primera parte del ensayo “Los idiomas de Eros” (el nombre del escándalo): “¿Cómo es la vida sexual de un sordomudo? ¿Con qué incitaciones y cadencias se masturba? ¿Cómo experimenta el sordomudo la libido y la consumación?”. Aunque Steiner trata de delinear una suerte de autobiografía sexual (de hecho “habla y ha hecho el amor en cuatro idiomas”), logra plantearnos razonables dudas sobre la diferencia de hacer el amor “en alemán” y “en francés”, aunque una lectura acabada del ensayo nos pinta a un Steiner que como semental es un gran y honroso políglota. Empezar a enumerar conquistas sexuales es una receta perfecta para ganar pase directo al desprecio público por fanfarronería. Steiner se salva jabonado en todo caso. Habrá que perdonarle esas y otras lindezas a George Steiner, pues harto ha hecho en su carrera, incluso cuando se le frunce, en su particular minuto de confianza, escribir sobre lo que no ha escrito.


George Steiner
“Los libros que nunca he escrito”
Ed. FCE / Siruela, México, 2008, 237 págs.


*Publicado originalmente en El Periodista N° 173, 19 de junio de 2009



viernes, 12 de junio de 2009

Una maraña de seres parlantes

Verónica Zondek (1953) es, estimado lector, una de las poetas más importantes que existe en esta parte del mundo que llamamos Chile. Su labor poética, su desempeño como traductora, editora y también como gestora cultural, han sido consistentes y permanentes, y le han granjeado a la autora respeto y renombre. Pueden dar cuenta de ello las poetas Soledad Fariña y María Teresa Adriasola (conocida también como Elvira Hernández), por décadas compañeras de ruta y trabajo de la laboriosa Zondek, quien ha fijado su residencia en la idílica capital de la Región de los Ríos, Valdivia.

Hoy, el último testimonio de ese empeño poético es “Por gracia de hombre” (2008), publicado por LOM, sello en el que la autora es miembro del comité editorial. Fuerte poesía, querido lector, pero no en tanto a la agresión, sino en cuanto a la reciedumbre, al coraje. Verónica Zondek se plantea y se para frente a las voces poéticas chilenas más pintadas, el horror del holocausto, o la sociedad indiferente, e impone su discurso firme y elocuente, impone su tarea infatigable de metaforizar y construir la imaginería de una actualidad y una historia, impone el cruce irrenunciable con su origen hebreo, esa zozobra constante, esa urgencia desde donde la autora escribe. Botón de muestra, el poema “Fuego”: “¿Cómo tragar el dolor entre llamas azules/ en la infernal hoguera de las Inquisiciones/ o en la quema de libros con Torquemada/ o en aquella última,/ Anguita,/ cuando incendiaron libros para sofocar revoluciones?/ Y ¿qué de ese otro fuego tan perfecto/ ese, el amarillo de Auschwitz,/ rasgando carnes tan añejas y tan tiernas/ o esas otras llamas/ esas, las del Infierno católico ahora abolido?”. El libro cuenta también con reproducciones de trabajos del artista Guillermo Núñez, Premio Nacional de Artes 2007, ejercicio que la autora ya realizó, pues en el libro “Entre lagartas” figuran ilustraciones de Gabriela Villegas.

Verónica Zondek es una digna representante de ese grupo de mujeres que escribieron poesía durante los 80 en Chile (labor heroica era hacer cualquier tipo de arte en esa negra década), ese grupo de mujeres que destila una dignidad que pareciera casi extinta en la literatura actual, y que con la herramienta poderosa de un lenguaje desmembrado y trastocado, desenmascaran territorios cruzados por literatura, memoria, y poesía. En este sentido, el poema “Camélido” actúa como una mini biografía, una bitácora, un recorrido y sus vicisitudes, “Pesa el peso de la letra/ y pesa la lana del cobijo/ y pesa la búsqueda del puerto/ y lo hallado en la neblina. (…) Pesa y re-pesa el cansancio/ y la búsqueda eterna del deseo. (…) Pesa la nostalgia de la cueva segura/ y el sueño de mi pecho antiguo. (…) pesa el derrame/ y los hijos/ y el presente/ y el mañana./ Pesa/ pesa la solución de hoy/ y pesa ‘la solución final’/ y pesa el arte de soñar con fugas./ Pesa/ pesa todo.”

Lo auténtico, estimado lector, lo auténtico campea en la poesía de Verónica Zondek y en este libro. Circula también la valentía de mirarse de forma constante en el espejo que es la vida, con sus roturas, trizaduras, y negruras, porque es desde ese ejercicio que Verónica Zondek escribe, sin dejarse nada atrás.


Verónica Zondek
“Por gracia de hombre”
LOM, Santiago, 2008, 79 págs.


*Publicado originalmente en 60 Watts N°3, junio de 2009


viernes, 5 de junio de 2009

¿Por qué no puedo ser del red set?

El mercado editorial registró hace algunas semanas el nacimiento de una de sus novedades cool, nos referimos a “La deuda” (Mondadori, 2009), última entrega del escritor y columnista Rafael Gumucio (Santiago, 1970). El libro se basa en un caso real, el de la estafa del llamado “contador de las estrellas”, que embaucó a diestra y siniestra a media farándula criolla. También se echa mano a ciertos incidentes de corrupción política. En el libro, el resentido Juan Carlos Riquelme desfalca al atribulado cineasta Fernando Girón (oriundo de Macul y a quien la divina providencia social hizo rubio) quien además de ser desplumado por su contador y amigo, debe enfrentar los embates que este hecho acarrea en su matrimonio con Fernanda Valdés, ex alumna del Villa María y aguerrida gerenta de comunicaciones de TVN. En paralelo, la novela tiene como eje secundario las vicisitudes de Riquelme, quien escapa de Chile y trepa por Latinoamérica evadiendo a la Justicia, hasta que finalmente cae en cautiverio. Se entiende que la acción del libro transcurre para generar la tensión necesaria para sazonar el desenlace: el encuentro entre Girón y Riquelme, en la cárcel donde el segundo cumplía condena.

Suceden varias cosas con esta novela de Gumucio, y que hacen que simplemente no funcione. La primera de ellas es el baladí hecho que elige Gumucio como armazón para desarrollar su muy ambicioso proyecto, una noticia de farándula. La segunda de ellas se desprende de la anterior, Gumucio aspira a crear un libro que, en el papel, no dejará títere con cabeza al meterse contra la Iglesia, la política, la culpa cristiana, el cine chileno, la PDI, la corrupción en la Concertación, la clase media, el determinismo insalvable -casi al nivel de casta hindú-, que da el origen social, la literatura misma, etcétera., temas que, si se revisa la carrera de Gumucio como cronista y columnista, se verá que son sus obsesiones, sus perennes cuentas pendientes. Las páginas del libro rezuman un apuro, un atarantamiento incluso, por sacarse este hueso de pollo que Gumucio tiene atravesado en el gaznate, un apuro por escribir una novela política (en el sentido amplio y no ideológico del término), que desnude a la sociedad local y todos sus males, de una sola patada.

A partir de esto, una tercera cosa que sucede con “La deuda” –y su principal cojera- es que se aprieta mucho, y, como no podía ser de otra forma, se abarca poco. Gumucio promete una bomba de 150 megatones para terminar entregando guatapiques al lector. No se puede dejar de pensar que si el autor tuviera un poco más de paciencia, podría haber desarrollado con los años cada uno de estos temas -que no son nuevos- en libros individuales, con más calma, con mayor atención. Pero en fin, Rafael Gumucio eligió poner todos los huevos en una canasta harto frágil. Los cartuchos del que podría haber sido un extenso proyecto novelístico se utilizaron todos a la primera oportunidad, en un territorio plagado de adverbios terminados en “mente”, y de la palabra “odio” usada en las más diversas instancias.

En cuarto lugar, el tránsito de crónica a novela que el autor emprende se nota accidentado y por momentos fallido. Gumucio no toma en cuenta que hay arbitrariedades que se permiten en el campo de la opinión periodística (Macul como epicentro de la clase media, et. al.), pero que en la ficción, donde hay que construir tinglados argumentales y personajes sólidos, simplemente chirrían. Una cosa es cronicar el clasismo o la corrupción, y otra muy distinta es exponerlo con una dimensión poética o artística, con los intrincados códigos de la ficción. El discurso taxidermista y encasillador, que en un cronista suscita –idealmente- el pensamiento y la discusión, puede sonar fatuo y caprichoso en la voz un narrador omnisciente y en exceso escrupuloso de su poder sobre la historia. A propósito de esto, no se puede dejar de recordar a Machado de Assis y su novela “Esaú y Jacob”, que circula en nuestras librerías. Gumucio repite un narrador que en 1904 era una novedad, pero que en 2009 es difícil de digerir. Hasta en la división capitular se parece al libro de Machado, con microepisodios que están en páginas enfrentadas.

El pretencioso proyecto de “La deuda” se desmorona en un texto blando, lugar en que se deshacen las intenciones de desnudar yayas enquistadas de cierto sector de la sociedad (aquel en el cual Gumucio hace su vida diaria, como lo delatan los guiños a restaurantes y locales comerciales, tal como lo hizo su camarada Patricio Fernández en “Los nenes”) a partir de un narrador y personajes que se despachan filípicas y moralinas de esta clase: “La voz en off explica demasiado (lo que precisamente sucede en este libro). Típico de las películas chilenas eso de la voz en off. Pero la gracia de la novela es que no se cuenta sola, es que hay una voz esquizoide que la cuenta”, “El paraíso es lo más entretenido que hay. Son los pecadores los que son una lata. Rodeado de borrachos y puteros. ¿Tú has leído a Santo Tomás? La Suma teológica es lo más divertido que hay”, “nadie está condenado a ser pobre, y nadie es pobre porque otros son ricos, todo depende de tu capacidad de emprender, de soñar una vida mejor”. Así las cosas, no hay incomodidad ni diversión, como se señaló en el lanzamiento y en la contraportada, respectivamente.

¿A quién se dirige “La deuda”? (la pregunta levantó cierta polvareda), por cierto que no a un “lector subnormal” como se insinuó en LUN, pero tampoco a un gran público, como pretende Rafael Gumucio al meterse en las patas de todos los caballos de la plaza, aunque use la farándula como punto de fuga. Esto no porque en Chile –supuestamente- se lea poco, sino porque, una vez más, se opta por escribir para un reducido y nada marginal grupo de amigos y compañeros de juerga. Con esta novela (que tal como su desabrida prima hermana “Los nenes” probablemente no haga mucho ruido), queda establecido que Rafael Gumucio nos queda debiendo unas buenas crónicas, modalidad de la cual no debió haberse alejado mucho.


Rafael Gumucio
“La deuda”
Ed. Mondadori, Santiago, 2009, 352 págs.


*Publicado originalmente en El Periodista N° 172, 5 de junio de 2009

miércoles, 20 de mayo de 2009

Puro periodismo

Lo hemos dicho en otras ocasiones y lo diremos nuevamente, estimado lector: la crónica goza de excelente salud y se expande con rapidez. Dentro de la narrativa la crónica es, con holgura, la modalidad que ha dado los resultados más felices. Juan Pablo Meneses, Francisco Mouat, el indiscutible Pedro Lemebel, Roberto Merino, y ahora el periodista Werne Núñez (Quintero, 1975) lo confirman.
Del último de los mencionados, editorial Norma ha publicado “Crónicas de un subnormal para gente inteligente” (2008), volumen que reúne los particulares trabajos periodísticos que Núñez ha realizado para varios medios de prensa escrita. Empecemos señalando, eso sí, que el título del conjunto es algo desafortunado y forzado (innecesaria la autoflagelación del autor, innecesario el lisonjeo al lector), y que la portada tampoco es muy feliz, con una imagen del corazón (alguien dijo, erradamente, que era carne de chancho) con textura de papel mural (que se descascara con una sola pasada de uña) y un pobre “photoshopeo” de solapas que no entra en sintonía con el contenido interior, bien diagramado e impreso en buen papel.
En cuanto al texto, la lectura del trabajo de Núñez da cuenta de la calidad de su autor, miembro de ese cuadro honor de los periodistas portátiles (término acuñado por Juan Pablo Meneses), de ese periodismo alternativo de revistas “tan ABC1”. Experimentado reportero, Núñez ha pasado por diversos medios, destacando su fogueo en la Zona de Contacto, esa taquillera cantera de narradores de disímil devenir; valga esta mención porque el sello de la “Zona” –suplemento en el que Núñez llegó a ser editor- se ve en la escritura del autor, más allá de que algunas de las piezas consignadas en el libro aparecieron en ese suplemento. ¿A qué nos referimos al hablar del sello de la “Zona”? nos referimos a una escritura que rezuma desplante, una escritura que no deja de mostrar que el periodismo de autor tiene un peso, y una escritura que tiene como norte lo pop (o freak, si se quiere usar esa deleznable palabreja), aunque sea su lado B. Así es posible ver las caras más ocultas –y menos amables- de personajes que han dado para la risa y el escarnio, como Salo Luna, el manufacturado perro “Cosita” y el “Papurri” Piñera, junto con otros más anónimos que –y he aquí el verdadero valor periodístico/literario del libro- tienen una intríngulis oculta que se sacó de las anónimas sombras, como los evangélicos de Curanilahue, o los inmigrantes africanos residentes en Chile.
En todo caso, estimado lector, lo antedicho son, en buena medida, mocedades de estilo, veleidades que salpimientan un trabajo escritural correcto y efectivo. Ciertas cuestiones momentáneas de tono, si se quiere. Werne Núñez tiene los elementos básicos e indispensables para conformar el cuadro del buen cronista: buena pluma, valentía y la voluntad y tenacidad del sabueso. Ir siempre tras la historia, sea de la naturaleza que sea, sea donde sea, sea con o contra quien sea.
La contraportada del libro (espacio que, como se sabe, da para cualquier cosa) incluye el eslogan “crónicas escritas desde el mejor periodismo literario”; dejando de lado el obvio carácter publicitario de la frase, hay que decir que aquí hay más periodismo que literatura. Abundan los que han debatido y tratado de borrar las fronteras entre ambas disciplinas (desde García Márquez para abajo), pero en esta pasada gana el reporteo a las claras. Otros se ocuparán del mentado debate periodístico-literario, acá diremos que Werne Núñez es más periodista que nada, y no le apetece ser otra cosa. Y ya que el autor se metió en el mundo infantil chileno mediante el retrato de uno de sus íconos más ilustres, como lo es Roberto Nicolini, usemos la cortina de “Cachureos” para describir a Werne Núñez, y a todos sus cofrades, que se empeñan y logran con éxito enaltecer a la quizás más vilipendiada de las profesiones, el periodismo, pues se bajan de aviones o buses, exploran dentro y fuera de un computador, son siempre investigadores y audaces periodistas, y que en más de una ocasión -ya sea el deber o el gusto- se disfrazan para hacerse los artistas.


Werne Núñez
“Crónicas de un subnormal para gente inteligente”
Ed. Norma, Santiago, 2008, 185 págs.


*Publicado originalmente en El Periodista N° 171, 20 de mayo de 2009

viernes, 8 de mayo de 2009

Cinco años no es nada

Hace un tiempo, estimado lector, el joven poeta nacional Enrique Winter (1982) hizo llegar a este redactar, con esfuerzo (como trabajan todos los poetas jóvenes) su segundo libro de poemas, titulado Rascacielos, editado no en Chile sino en México, en la colección Limón Partido, parte del llamado Proyecto Literal, que también alberga a la poeta Elizabeth Neira y donde también participa el inquieto Héctor Hernández Montecinos.
Pues bien, Winter, que también ha trabajado aplicadamente traduciendo y editando autores, nos acerca este libro, el segundo desde “Atar las naves”, su debut editorial en poesía del año 2003, bajo el alero de las ya consolidadas Ediciones del Temple (publicación que le ha valido no pocos reconocimientos y un renombre respaldado con trabajo). Dato que hay que considerar, debido a que ha pasado agua bajo el puente. A qué me refiero, el Enrique Winter de “Atar las naves” era por entonces un estudiante de derecho, juvenil, con resabios de enseñanza media aún en el cuerpo. Hoy “Rascacielos” nos debiera mostrar a un autor que ya ha dejado atrás todo eso; hoy –según la nota biográfica incluida en el libro- es abogado de profesión, un tipo que, en el papel, se ha puesto pantalones largos, corbata y terno. En todo caso, la anterior es una imagen algo burda para señalar que el autor ha dejado de ser un chiquillo.
En virtud de lo anterior, y con un espacio de cinco años entre poemarios, uno podría esperar un lenguaje distinto, imágenes distintas, preocupaciones diferentes a las de aquel muchacho de 21 años que editó su primer libro. Sin embargo, hay continuación antes que ruptura, lo que se confirma hacia el final, cuando se señala que “Atar las naves” no está tan lejano temporalmente a “Rascacielos”, que es un libro cuyos poemas tienen cara de ser hermanos de los de “Atar las naves”. Se impone la continuidad antes que la renovación, por lo tanto, cualquier intento de ver este libro desde la óptica de un proceso de maduración, de un coming of age, queda totalmente desechado.
Vamos al texto entonces. En el blog del Proyecto Literal se señala que “se considerarán para publicación sólo aquellos poemarios terminados y que tengan unidad formal y temática”, lo que es bastante curioso, pues si hay algo que no tiene este libro es unidad formal y temática. Winter ha integrado un abanico de formas y temas, rompiendo ese molde. Poemas con rima consonante y sonetos comparten páginas con otros de largo aliento, de métrica más libre. Y si hay que hablar de temas, podría decirse que el hilo conductor de los versos pareciera que son transcripciones directas de las vivencias del autor, y sean estampas liceanas o del paisaje mexicano. La biografía o la bitácora de viaje como material de trabajo (no diré “la realidad”, puesto que el concepto es inasible como pocos). Se nota que el autor ha “salido del horroroso Chile” y ha deambulado por el globo, y no ha querido perder pisada de ese periplo.
Queda claro que “Rascacielos” y “Atar las naves” son libros hermanos –o primos cercanos-, concebidos desde un mismo prisma, pensados y dibujados a partir de un mismo modelo y un mismo tiempo, de un mismo punto de fuga. Se comparten imágenes similares, como la recurrencia a lo adolescente, lo colegial (“aprendiendo a mascar el último pedazo de helado/ sin quedar con el gusto de madera del palito” o “Me reí mucho cuando un ex compañero de colegio/ interrumpió mi baile para decir que siempre quiso/ darle a mi ex.”), imágenes que son un contrapeso de frases altisonantes que hay en el libro (“la verdad está sobrevalorada”), o palabras que son harto espinudas, a saber “burguesía”, “Latinoamérica”, “subdesarrollo”, “barrio alto”. Además persiste cierta estética medio sucia, medio marginal (bien abundante en la producción poética “sub 30” criolla), se desliza cierta pedofilia o abuso deshonesto, al mismo tiempo que hay cierto compromiso social, o de denuncia (como sucede en el poema “El Alexander”).
Los variopintos poemas de “Rascacielos” dan cuenta, eso sí, de un autor atento que se esfuerza por trabajar la palabra, por hacerla funcionar en el papel y traerla a los comedores de diario, dando valor a este libro. Un poeta que cuida que cada verso tenga adosadas unas cuantas imágenes que carguen de sentido las palabras, y que, al menos en algunos pasajes, haya un ritmo que haga correr los poemas en orden y musicalidad. No obstante, esto ya lo habíamos notado en “Atar las naves”, ya entonces habíamos notado a un autor que tiene pasta para dominar el oficio y desarrollarlo con el tiempo, notamos que había un buen manejo de imágenes, sugerencias, sintaxis, una interesante potencialidad de estilo.
Sin embargo, no es posible esquivar la sensación de que quedamos a la espera, mientras leemos este “Rascacielos”, de que la poesía de Enrique Winter dé ese paso, a una palabra depurada y podada, y que definitivamente deje atrás una juventud que se escapa; un estilo que sea claramente distinguible, a una voz madura que hable fuerte y claro, y que alcance las alturas que su autor promete con fundamentos y trabajo concienzudo y permanente por la poesía chilena. Si será mediante sonetos, endecasílabos, verso blanco, o lo que sea, está por verse. Y ojalá que no tengamos que esperar otros cinco años para constatar la consolidación de una de las buenas voces de la poesía joven chilena del joven siglo XXI.


Enrique Winter
“Rascacielos”
Ed. Literal, México, 2008, 99 págs.


*Publicado originalmente en El Periodista N° 170, 8 de mayo de 2009

viernes, 24 de abril de 2009

Cuando la novela era virgen

¿Qué es “Esaú y Jacob (FCE, 2008)? ¿Qué es este libro que la editorial Fondo de Cultura Económica ha tenido a bien colocar en nuestras librerías? ¿Qué es este volumen, compuesto por el brasileño Joaquín Machado de Assis (1839-1908)?, ¿es, en efecto, la reedición de un clásico de la novela, o quizás algo más parecido a un testamento novelero recién salido de imprenta, un anacronismo editorial? ¿es posible que la aparición de este libro se ajuste más a la taxidermia literaria, a la muestra de cómo se hacían novelas en tiempos que ya no volverán?
Todas estas preguntas pueden tener un “sí” como respuesta, querido lector, todas pueden calzar con esa impresión imposible de acallar que surge al leer esta novela. Pero, a su vez, no podemos dejar de aseverar –y por ende, disfrutar- que al tomar este volumen, tomamos un muy buen libro, obra de un autor avant la lettre, mestizo descendiente de esclavos, tartamudo y epiléptico. Pero a la vez nos enfrentamos a la novela en su ingenuidad pura, en una pubertad libresca tierna y virgen, que sería corrompida con el correr del mismo siglo que este volumen inauguró en 1904.
La lectura de esta obra de Machado de Assis es una experiencia lectora cabal, aún –y por- su decimonónico y floreado estilo, su narrador omnisciente al nivel de la divinidad, su anticuada división capitular (hay más de cien y varios no pasan de media página), su apelación al lector, y no solamente al lector, sino a la lectora, puesto que el adelantado Machado de Assis sabía, antes que se inventaran las campañas de marketing, los focus group, encuestas y sondeos de clase ninguna, el target del genéro novela: las mujeres, las grandes lectoras de este tipo de libros en el siglo XIX, así como en postrimerías del XX a la mujer se le achacaría el ser la gran consumidora de teleseries. Digno de nota es el narrador, que cuenta y sabe todo, pero su manejo de los hilos de la trama es tan absoluto que plantea dudas, maneja tiempos, instala cuestionamientos y preguntas deliberados para mover a su total antojo y destreza la perilla de la tensión lectora.
La novela cuenta la historia de Pedro y Paulo, hermanos gemelos que nacen para ser “grandes hombres” –y grandes rivales-, según la cabocla, pitonisa que avizoró el brillante y a la vez terrible futuro de los niños (futuros doctor y abogado, futuros republicano y monárquico), brillante, puesto que ambos serían protagonistas de la turbulenta política brasileña del cambio de siglo, que trajo el advenimiento de la República a ese país, y terrible, puesto que ambos pelearían por el amor de Flora, una dulce e inocente joven que tiene su tierno corazón partido por los conspicuos mellizos, quienes, ya de mayores, llegan al Parlamento brasileño, cumpliendo el oráculo que predijo grandeza a los hermanos.
Por cierto que la novela sirve, por si fuera poco, para conformar una elegantísima, exquisita y acuciosa postal de los personajes, usos y costumbres de la sociedad de la entonces capital brasileña de fines del siglo XIX, Río de Janeiro, destreza propia de Machado de Assis, talento propio de este escritor a quien se le ha achacado la paternidad de la literatura brasileña moderna –algo nada descabellado, pues temprano abandonó el Romanticismo para luego superar el Realismo-, y que ya antes de este libro se había hecho un nombre con obras como la revolucionaria “Memorias póstumas de Blas Cubas” (1881), “Quincas Borba” (1891) y “Don Casmurro” (1900). Si hasta Susan Sontag y Woody Allen se sintieron tocados por Cubas, y hay quienes han rastreado a Machado/Cubas en el autoreflexivo Lester Burnham, protagonista del filme “Belleza Americana”, interpretado por Kevin Spacey. Burnham inaugura la película declarando su fallecimiento, “en menos de un año, estaré muerto. Por supuesto, todavía no lo sé. Y en cierta manera, ya estoy muerto”, declaración algo más frugal que la de Cubas, quien apela “al gusano que primero royó las frías carnes de mi cadáver, dedico con sentido recuerdo estas memorias póstumas”.
Así las cosas, la publicación de “Esaú y Jacob” es un acierto por donde se la mire, es la publicación en castellano de una de las obras faltantes de Machado de Assis, es la publicación de una gran novela y una nueva estación en la revaloración de la obra de este prócer literario, es la publicación y exhibición de una pieza de museo digna de admiración, visita obligada y aprendizaje, es la publicación de un libro esencial en cualquier mapeo o cartografía de la novela latinoamericana moderna. Por sobre todo, es la publicación de una más de las obras de Joaquín María Machado de Assis, eso debiera ser suficiente, sin más.


Joaquín Machado de Assis
“Esaú y Jacob”
Fondo de Cultura Económica, Santiago, 2008, 348 págs.


*Publicado originalmente en El Periodista N° 169, 24 de abril de 2009

jueves, 9 de abril de 2009

Dale con Neruda

¿Seguiremos leyendo a Neruda en el futuro? ¿Desaparecerá de los anaqueles? Lanzo un par de preguntas algo ingenuas, querido lector, alimentadas por el hecho de que hoy el busto de Neftalí Reyes fue desbancado de una patada por la juventud libresca chilena, y en su lugar han colocado dos estatuas sagradas: Nicanor Parra y Enrique Lihn, acompañadas por otras estampitas menores. Pareciera que la labor de continuación de los muy extendidos estudios, catastros y loas nerudianos correspondiera a damas y señores de más edad, de otras épocas, de otro Chile en buenas cuentas. ¿Habrá, a estas alturas del partido, jóvenes que lleguen a las editoriales, plenos de esperanza y exaltación, a presentar un proyecto que sea “un libro sobre Neruda”?, improbable es decir poco, quimérico quizás sea más apropiado. Pero respire tranquilo, lector apreciado, no corra, porque Neruda hay en todas partes. Las repisas poéticas de las librerías, en las cuales el vate parralino ocupa, digamos, un 70% del espacio, lo delatan, acercándonos a ese terror que el propio autor tenía de que publicaran hasta sus calcetines. Concentrémonos en eso, amén de hechos palmarios como el que Pablo Neruda es estudiado -gracias a esa apoteosis nerudiana remanente de los profes- en cada aula colegial de este país. Agréguese el año 2004, año del centenario del nacimiento del vate, año en que se produjo la saturación del mercado cultural con el producto Neruda, atracón del cual muchos aún no se recuperan. Queda claro, eso sí, que para los más veteranos es tan difícil desligarse de Neruda, como fácil es para los jóvenes dejarlo acumular polvo en los estantes.
Concentrémonos, de todas maneras, en el libro “Tal vez nunca. Crónicas nerudianas”, un conjunto de artículos compuestos por el Premio Nacional de Literatura 2006 José Miguel Varas (uno de esos antedichos señores de edad), quien en 2008 sopló 80 velitas en su torta de cumpleaños. El volumen es editado por Universitaria, en esa honrosísima colección que este tradicional sello dedica a quienes se han ganado el máximo galardón literario local. Antes una pequeña mención. El libro como objeto ha perdido calidad, la impresión que ha hecho Salesianos se ve extraña, el libro se ve más débil, frágil, las tapas menos gruesas, el encuadernado con menos pegamento; unas solapas que, además de inútiles (están en blanco), pareciera que se van a rasgar por lo delgado de la cubierta. Quizás habría que revisar eso, en vistas a considerar el libro como un bien durable, que perdure más allá de las crisis mundiales.
Digresiones hechas, vamos al texto. Varas es de esos viejos cronistas que resisten y permanecen en el tiempo; esos cronistas, que ya son como leyendas, semidioses de linotipia que escanciaban licores en las noches mágicas en el centro bohemio, mientras se imprimía el diario, en una jarana que ya no existe, pero que seduce tanto y en la que periodistas y escritores venían a ser como lo mismo, perdidos en difusos torbellinos de vino tinto, pipeño o lo que fuera. Ahí se forjó el estilo de estas crónicas, las que están escritas con esa manera impecable y recortada de Varas, que durante toda su vida se ha empeñado en documentar el Chile que le toca vivir.
En esta ocasión, el punto de fuga es la vida del Premio Nobel 1971, pero sólo se queda en eso, en ser un personaje incidental, pues Varas pone a Neruda como excusa para hacer lo que hace mejor: cronicar el mundo, sanísima costumbre. Claro, la ligazón Neruda-Varas la habíamos visto en “Nerudiano” (1999) y “Neruda clandestino” (2003), donde fueron publicadas originalmente estos relatos, y donde Varas recrea el episodio, -elevado a la categoría de épica-, que fue el exilio del poeta. Un ejercicio de tremenda sanidad es no hacer lo que han hecho decenas y centenas de escritores, académicos, poetas, compañeros de ruta, compinches, yuntas y compadres de Neftalí Reyes: ponerlo al centro, instalarlo –aún- en el trono omnipotente. En ese sentido, este libro de Varas es un aporte, porque no se centra en el yo de Neruda -algo que Varas ha hecho siempre, valga señalar- sino en sus circunstancias. Se le baja algo el humo al inflado suflé del heroísmo, el romanticismo y la politiquería nerudianos, lo que hoy se agradece, y si ese ejercicio se da mediante la prosa sobria y seria de José Miguel Varas, tanto mejor. Así las cosas, igual no sería malo que la corten un ratito con Neruda.

José Miguel Varas
“Tal vez nunca. Crónicas nerudianas”
Ed. Universitaria, Santiago, 2008, 259 págs.


*Publicado originalmente en El Periodista N° 168, 9 de abril de 2009

viernes, 27 de marzo de 2009

Una prostituta honesta y piadosa

Reflexionando, mi querido lector, he llegado a la conclusión de que es imposible lograr una lectura que no esté condicionada por algo, “contaminada”, si se quiere. Siempre hay algo que condiciona la forma en que nos acercamos a los libros o a cualquier texto; nuestro ánimo, nuestros pensamientos, deseos, el clima, la crisis económica, la esquiva felicidad, etcétera. Esto que acabo de señalar no es nada original, pues ya antes el ensayista francés Georges Mounin apuntó que lo subjetivo, lo vivencial de la lectura son, en efecto, puntos de partida de cualquier investigación, crítica o vistazo literario, incluyendo, como no, el que usted tiene ante sus ojos, amigo lector.
Todo este caudal intelectual surgió en mí tras la lectura de “La novela luminosa”, libro póstumo del escritor uruguayo Mario Levrero (1940-2004), volumen que, divina providencia mediante, me dio a conocer sin querer una amiga muy especial, quien compartió su indignación por el alto precio del libro en las librerías locales. Amén de las atendibles quejas de esta muy querida amiga quintacostera, hay que jalonar a la figura de Mario Levrero como una de las más laboriosas de la literatura latinoamericana. Levrero publicó en este lado del mundo y en España, incursionó en subgéneros como la ciencia ficción y su labor subterránea hizo que el inefable Ángel Rama lo encajara en un grupillo de peculiares autores, como Felisberto Hernández y Marosa Di Giorgio.
Volvamos a la primera reflexión, aquella sobre la subjetividad, sobre lo que determina nuestras lecturas. Esto es totalmente válido cuando nos acercamos a este libro, que, en la más pobre de las apariencias, sería solamente un largo y puntilloso diario de vida, seguido de una novela corta. Pero concentrémonos en el principal de los ángulos de “La novela luminosa”; la mejor de sus caras es el rescate, mediante la literatura, de la vida de una persona (o al menos un trozo de ella) del olvido y del más total de los abismos. Lo que hace Levrero en este libro es algo que bien puede compararse a lo que enuncia Rainer María Rilke en la novena elegía del Duino, “aquí está el tiempo de lo decible”. Y toda esa larga minucia que Mario Levrero nombra en las primeras 450 páginas del libro es un año de vida que se ha salvado, que ha adquirido significado y sentido porque se ha nombrado, lo que no pueden decir las millones de personas en el mundo, de todas las edades y orígenes, que llevan diarios de vida que son todo para ellos, pero que, aún así, están a un universo de distancia de convertirse en libro, con todo lo trágico que pueda ser que todas esas existencias testimoniadas se diluyan en la oscuridad uniforme de la pesada noche mundial.
Por descontado “La novela luminosa” no es sólo un diario de vida en el que el autor derrama con soltura y naturalidad sus obsesiones, temores, miedos, achaques, esperanzas, calenturas y opiniones (su humanidad, sin más), sino que tiene el fundamental e inexcusable plus de estar compuesto –de lo contrario, no sería un libro publicado- con un acervo artístico y estilístico distintivo, resuelto y palmario. Es casi imposible no comparar este libro iluminado con otro agudo observador del diario absoluto, Gonzalo Millán, cuyo “Veneno de escorpión azul” (2007) bien puede ser un primo hermano -bien luminoso, por cierto- de esta bitácora de Levrero, bitácora que va más allá de las estructuras, formatos y literaturas, aún cuando Mario Levrero es consciente de su ejercicio y escribe para un lector que lo leerá y que –se espera- experimentará algo con el repaso del cotidiano acontecer del autor. A partir de esto, ¿no han salvado Levrero y Millán sus vidas y circunstancias de la total oscuridad, estando ambos, más encima, ad portas de la muerte?
“Lo siento, literatura, tú también que tienes algo de prostituta honesta y piadosa; también a ti te he abandonado, ensimismándome así, evocándome a tus costillas. También a ti te estoy perdiendo, pero era necesario. Espero que entiendas, estoy tratando de armar mi propio rompecabezas, estoy llamando con un grito que debe atravesar túneles de quince, dieciocho, veinte años de largo, llamando a mis pedazos dispersos, a los cadáveres de mí mismo que yacen insepultos, imágenes que nunca tuvieron un espejo para reflejarse”, nos franquea Levrero, quien, aparte de contribuir a generar -con ese oficio que parece inadvertencia- lúcida conciencia sobre la vida y el paso del tiempo, resolvió con felicísima destreza el puzzle que implica la oposición diario de vida/hacer literatura, desafío de suyo peliagudo, y que de seguro más de alguno de ese sinnúmero de escritores de diarios íntimos piensa salvable, porque cree que “sus cosas” tienen un valor incalculable en sí mismas, cuando en la inmensa mayoría de los casos no es así. Mario Levrero se ha despedido cruzando, hasta con gracia, el tramo de cuerda floja cuyo éxito final es el libro que el lector debiera comprar (aunque mi amiga hermosa se enoje), cuerda floja que, tendida sobre el precipicio del silencio y la desatención, fue sorteada con la luminosidad de la buena literatura.

Mario Levrero
“La novela luminosa”
Ed. Mondadori, Buenos Aires, 2008, 567 págs.


*Publicado originalmente en El Periodista N° 167, 27 de marzo de 2009

viernes, 13 de marzo de 2009

El memorioso elegante

Querido lector, si usted tiene en sus manos un ejemplar del libro “Luces de reconocimiento”, escrito por Roberto Merino (1961) y publicado por las ediciones UDP, pues agradezca a su buen juicio si lo compró, o bien a esa persona que se lo regaló. Ahora, si no lo tiene, pues bueno, haga el sacrificio y aparte algunos pesos del sufrido presupuesto mensual, y adquiéralo en librerías. O regálelo, no pasará indiferente.
Tanto entusiasmo, tanta alharaca de mi parte se ha cimentado al leer este conjunto de escritos (en rigor no son “ensayos”, como se señala en la cubierta del libro, por extensión y por tono, entre otras cosas) muchos aparecidos en prensa, confeccionados por el escritor Roberto Merino, hoy por hoy, un diestro exponente de la crónica, uno de los columnistas más señeros que hoy escribe en diarios, y además un laborioso editor, que ha dado muestras de un trabajo sólido en ese campo, como la edición de las crónicas de Joaquín Edwards Bello, ese oportunísimo megaproyecto literario que las Ediciones UDP están emprendiendo.
Ahora, la ventura de “Luces de reconocimiento” radica en dos factores, dos dones con los que cuenta el barbudo Merino: una memoria prodigiosa (o una prodigiosa capacidad para rellenar sus vacíos) y una pluma elegante, donairosa, con un peso específico definido, culto sin caer en la petulancia. Por esto mismo, la calidad del volumen también tiene dos vertientes. La primera de ellas es el ser un testimonio de un personaje que tuvo un contacto directo, cercano y hasta delirante con figuras proverbiales de la literatura reciente, como Rodrigo Lira, un poeta que aún es personaje, al medio filo entre la leyenda y la anécdota, aún vive entre “Cuánto vale el show” y sus muñecas rebanadas. Y el segundo arranque de virtud de este libro reside en que su autor escribe con un estilo definido, jalonado por la desenvoltura y el reposo. Merino hace hablar a la memoria, como todo un Nabokov (¿quizás como nuestro Nabokov?), y aplica la joyería del detalle, del dato que no pretende ser copucha ni cahuín, sino anécdota de los mejores cenáculos, de indelebles tertulias donde no se pela, sino que se conversa (hay ahí un precursor claro: Alfonso Calderón). Roberto Merino escribe de literatura chilena no con afán docente u opinante, sino con el humilde, honesto y feliz horizonte de escribir simplemente para salvar sus recuerdos –que son muchos- del olvido. Así las cosas, la ausencia de envanecimiento está asegurada, aunque, también hay que señalarlo, el lector no encontrará –puesto que el libro no lo pretende- el rigor académico, o el choque frontal que muchas veces también es necesario y deseable a la hora de instalar debates en la escena.
Qué sano y grato es la total ausencia de pretensión o de intelectualismo culturoso en Roberto Merino, qué gusto da encontrar un cronista que incluso es sincero con sus limitaciones, y que opta por la franqueza e incluso apela a la complicidad del lector en la aventura descubrir textos o autores. Un ejemplo: “Me ha costado entrar a los textos fundamentales de Una carta de Claudio Bertoni (…) cuando he tenido que contarle a alguien en qué consiste el libro no he podido pasar de la idea insatisfactoria de que se trata de unas cartas dirigidas a una mujer”, o bien “a veces pienso que la literatura ha sido, en mi caso, un camino equivocado”. Qué agrado (y qué logro del estilo) es hablar no desde una posición de autoridad, como una gárgola de la historiografía literaria, sino desde una posición horizontal, como en las fuentes de soda antes que en los cenáculos. Qué adecuado el título también, por “luces” y “reconocimiento”, por la forma en que se ilumina un costado de la literatura y los escritores de un período particular de la historia chilena, y también por cómo se los reconoce, se los descubre, se los vislumbra. Tal como lo señala la desaparecida pensadora estadounidense Susan Sontag, el reconocimiento es la modalidad del conocimiento que ahora se identifica con el arte.
Por si fuera poco, hay que agregar que el libro es obra del tándem Roberto Merino-Andrés Braithwaite, la dupla más calificada que tiene hoy la industria editorial criolla, la mejor joint venture que este y cualquier libro chileno pudiera pedir o esperar. Merino & Braithwaite son plata en el banco. Sin mucho más que decir, recordado lector, resta que usted se apersone en un expendio de libros (las cunetas son indignas de este buen trabajo) y pida sus “Luces de reconocimiento”, para iluminarse, conocer y reconocer literatura chilena, y no morir de tedio en el intento.


Roberto Merino
“Luces de reconocimiento”
Ediciones UDP, Santiago, 2008, 176 págs.


*Publicado originalmente en El Periodista N° 166, 13 de marzo de 2009

domingo, 1 de marzo de 2009

Retrato del artista como miserable profesor

Según lo que nos ha revelado Enrique Vila-Matas, es la vida la que configura a la literatura. Sumemos a esta más que elocuente sentencia del escritor catalán una pregunta mezclada con un toque de suspicacia, ¿no es acaso por una curiosidad, revestida de un conveniente intelectualismo, que entramos en el detalle de las vidas de los escritores? Este postulado se confirma al repasar los 47 movidos años de exilio autoimpuesto de James Joyce (1882-1941) en los cuales desarrolló lo más granado de su producción literaria, esa que ubicó al autor dublinés en el pináculo de la literatura del siglo XX. Dentro de ese ostracismo, destaca su período temprano, el que John McCourt repasa en extenso en su libro “Los años de esplendor. James Joyce en Trieste, 1904-1920”, obra que la editorial Fondo de Cultura Económica ha tenido la acertadísima decisión de editar en lengua castellana.
Hasta ahora la autoridad en James Joyce recaía en la figura del académico norteamericano Richard Ellmann, cuya biografía del autor, publicada originalmente en 1959, aún mantiene tras medio siglo de existencia, un reinado difícilmente rebatible, lo que sucede también en castellano, pues la investigación de Ellmann circula en nuestros anaqueles en un gruesísimo volumen editado por Anagrama. Esta meticulosa biblia joyceana instaló también una especie de silencio biográfico que en lengua inglesa –y por ende en la castellana- recién vino a ser roto por este libro de McCourt, que sin duda se empina como el trabajo sobre Joyce más importante desde la monumental y reverenciada biografía de Ellmann.
Pongamos algo de foco sobre John McCourt, un profesor dublinés de literatura, hoy residente en la ciudad de Trieste, quien además de seguir los pasos biográficos de Joyce se alza como la única personalidad académica capaz de hacerle el peso a Richard Ellmann. Sin embargo, el repaso del trabajo de McCourt dista muchísimo de emplazar una suerte de rivalidad entre ambos especialistas, quienes además de vivir en contextos espaciales y temporales distintos, han instalado –involuntariamente- un juego limpio, transformando sus trabajos en complementos ideales para desentrañar la vida y obra de uno de los escritores más importantes del siglo XX.
Volvamos a la cita vilamatiana, volvamos a mencionar cómo la vida configura a la literatura, y enfrentemos esa aseveración con el relato que hace McCourt (que en 2004 se adjudicó el Premio Commiso por mejor biografía) de la etapa triestina de Joyce. Si la vida configura a la literatura, entonces son, por decir lo menos, estoicos los procesos de generación de “Dublineses”, “Retrato del artista adolescente” y el inicio de “Ulises”, todos a partir de comerse paletadas bien llenas de miseria a orillas del Adriático. Pero esta relación mísero-creativa es solamente uno de los aspectos que guían el libro de McCourt, quien trabajó con fuentes italianas de primera mano para rastrear el duro e incipiente exilio de Joyce, donde el escenario, la ciudad hoy italiana de Trieste es no solamente decorado ni escenario, sino una entidad con un poder muy relevante en el modelado de las mejores obras de Joyce, en las cuales, incluyendo a “Finnegans Wake”, destilan influencias de este, a la sazón, puerto del imperio austrohúngaro, multilingual y muliticultural, con pujante actividad comercial, y con un efervescencia política protagonizada por los irredentistas italianos, ajetreo que solamente pudo ser aplacado por un hecho de un calibre como la Primera Guerra Mundial.
Un Joyce político, un Joyce botarate, derrochador, mal administrador de sus escasos ingresos, un Joyce despectivo, melómano y emprendedor (fue un pionero de la industria del cine en su despreciado Dublín), un Joyce que trataba a su hermano Stanislaus como si fuese su junior, un Joyce que luchó por casi una década para que le publicaran los hoy indiscutibles cuentos “Dublineses”, un Joyce fascinado por lo judío (material cardinal para la creación de Leopold Bloom, uno de los antihéroes más insignes de la literatura moderna) a lo que se acercó especialmente por su labor como profesor particular de inglés, y que contó entre sus alumnos a su querido Italo Svevo (o como prefiere denominarlo McCourt, por su nombre verdadero Ettore Schmitz), esas son algunas de las facetas del autor irlandés descritas en el libro, traducido al castellano por Juan José Utrilla, traducción encomiable porque logra conservar la meticulosidad investigativa y a la vez la atrayente afabilidad de la prosa de McCourt.
Tras revivir estos “años de esplendor” queda meridianamente claro que el cruce entre James Joyce y Trieste es quizás uno de los más prósperos que haya ocurrido en la literatura universal. Basta reparar en Ulises, ese mosaico inigualado y de chúcara clasificación. ¿Sería el mismo libro si es que James Joyce no hubiera entrado en contacto con el irredentismo italiano, el socialismo europeo continental, o con el feroz Futurismo de Marinetti, o si Joyce no hubiera tenido como pan de cada día, el trato con eslovenos, croatas, serbios, griegos, italianos, alemanes, húngaros y austriacos, todos ávidos de imponer su cultura, lenguaje y religión sobre la otra?
El título original en inglés es, -como no podría ser de otra forma al hablar de James Joyce- un pun, un juego de palabras, pues “The years of Bloom”, además de esplendor, es también la época del florecimiento (bloom), el florecimiento del escritor clave de un siglo donde la novela llevó las banderas de la literatura, y del personaje (Bloom) de la odisea literaria más connotada de la narrativa contemporánea. Si la idea es conocer a James Joyce, este libro de John McCourt es ineludible, no sólo por la sustanciosa y acabada investigación que aporta, pues McCourt, -por si lo anterior fuera poco- soporta su trabajo en una narrativa harto legible y amena. Combinación feliz y nada frecuente en la ensayística literaria actual.


John McCourt
“Los años de esplendor. James Joyce en Trieste, 1904-1920”
Ed. Fondo de Cultura Económica/Turner, México, 2002, 360 págs
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*Publicado originalmente en Hueders N°3, marzo de 2009

viernes, 30 de enero de 2009

Está pegando fuerte la pampa

Está haciendo calor, apreciado lector, seguramente usted lo ha apreciado cuando hace trámites en las calles. Pero también pareciera que en la literatura chilena (la narrativa en específico) también está pegando fuerte el sol, hace calor, y la arena, el polvo y los pedruscos empiezan a dominar el paisaje. Esto porque el pasado año 2008 se han lanzado tres libros con olor a tierra, secos como desiertos y donde el sol pega como una patada. Primero el campeón pampino, el paladín de Atacama, el bueno de Hernán Rivera Letelier sacó nueva novela con tema viejo (“Mi nombre es Malarrosa”), el excelente cronista Francisco Mouat reflotó un viejo y buen libro con tema siempre vigente (“El empampado Riquelme”) y luego fue el escritor Carlos Franz quien ha sido abducido por los hechizos del vasto Norte Grande (quiero creer que es Atacama el espacio elegido por Franz), y pone al desierto como escenario de su primer conjunto de cuentos “La Prisionera”, editado por Alfaguara.
Ya antes Franz había evidenciado su obsesión de arena y desolación, mediante la novela “El desierto” (2005), inaugurando un paraguas que albergaría su trabajo posterior, ni más ni menos que en un conjunto de cuentos, modalidad que el autor de “La muralla enterrada” no había cultivado, al menos en forma de libro publicado. Franz es un escritor concienzudo, mateo, aplicado. Se esfuerza por conocer su oficio, lo estudia a fondo, es quizás de aquellos que sufre ante la página en blanco, y al acometerla no lo hace sin antes haber hecho las tareas, sin investigar. Pues bien, Franz aprendió el know how del cuento, sabe las condiciones, las reglas (lo que se nota especialmente en el cuidado dibujo de los personajes), y se lanza a escribir en un género que en el pasado más de algún descartable autor ha utilizado como receptáculo de sus fijaciones y trancas, o derechamente como un espejo en el cual se reflejan vanidad y medias tintas. Con todo, Franz no abandona la novela, pues se cuida de amarrar los relatos con la misma pitilla, a saber, el telón de fondo. Esto podría funcionar como una novela –de hecho este libro es en buenas cuentas un spin off de “El desierto”- con sus respectivos capítulos, aunque Franz los hace intercambiables, y con la posibilidad de que puedan ser vendidos por separado.
Estos cuentos causaron desconcierto en la crítica de su momento. Tomemos por ejemplo el cuento “El ojo de Dios”. Juan Manuel Vial, de La Tercera lo encontró “decepcionante”, en cambio la insobornable Patricia Espinosa, de LUN, lo halló “memorable”. Prueba fehaciente de que el criticar libros de cuentos es un dolor de cabeza para el comentarista, pues debe juzgar las partes y el todo, y no desafinar en el intento. Pues bien (y aprovechando la pillería de escribir a posteriori de los diarios de la elite), creo que no es tan necesario irse a ninguno de los extremos del espectro, como lo señalaron ambos comentaristas. Sí hay algo extraño en el lenguaje de Franz, no termina de adaptarse, integrándose a la nutrida casuística de esos escritores que piensan en la territorialidad a la hora de escribir, damnificando al relato, situándolos en una especie de miasma algo monocorde. Franz no logra sortear cierta ampulosidad ni cierta cursilería presentes en estos cuentos, que configuran fragmentos de un puzzle mayor-denominado Pampa Hundida-, historias mínimas e íntimas (no se escapa de la tendencia cinéfila “in”, tampoco) que nunca cerrarán bien del todo. El relato “El desierto florido” es prueba de ello. Acá Franz desliza cierta crítica social, “denunciando” algo ya archisabido, que los adelantos llegan tarde a provincias.
A esto hay que sumar que no hay mucha originalidad en el tema del tratamiento del desierto como paisaje. Su vastedad es comparada con la del mar, parangón que ya nos ha entregado en más de una ocasión Rivera Letelier, PhD. en literatura desértica. También el desierto como gran cementerio, convenientemente anónimo, como vía de tráfico de todo tipo de sustancias ilegales, y como oasis de vida cada vez que florece. Es que, siendo sinceros, no hay mucho más que hacer con un peladero gigantesco como es un desierto (digamos el que conocemos en esta parte del mundo).
Franz claramente domina el formato del cuento, pero le cuesta hacer volar a los relatos, darles vértigo. En resumen, Estos cuentos están lejos de ganar por KO –Permítase el giro cortazariano-. El lenguaje, menos llano, directo y escaso en fraseo de lo que se quisiera, perdido en puntillosos y a ratos cansadores pasajes –baches conocidos en la narrativa criolla-, resta impacto a estas historias, que pareciera serán absorbidas por el gran silencio pampino.


Carlos Franz
“La prisionera”
Ed. Alfaguara, Santiago, 2008, 167 págs.

*Publicado originalmente en El Periodista N° 165, 30 de enero de 2009